Con un bebé minúsculo en brazos, la joven Alphonsine está sentada sobre la tierra húmeda del campamento entre cientos de personas que, al igual que ella, han huido de los combates en Kivu Norte. Todos esperan pacientemente al lado de los camiones del CICR para recibir una ración alimentaria suficiente para varios días: un poco de harina, aceite, frijoles y sal.
Alphonsine sonríe pese al cansancio y muestra con orgullo a su hijo. “Le he puesto el nombre "Matesu" porque nació en medio de la guerra”. Matesu significa “sufrimiento” en swahili. El pequeño Matesu nació en septiembre, durante una de las muchas huidas precipitadas de Alphonsine en busca de un poco de seguridad. Durante el periplo, ella perdió el contacto con el padre del bebé. Sin embargo, está feliz de estar viva y de haberse reencontrado con muchos de sus familiares en el campamento de Kibati.
A su lado, Patience (*), una mujer de 45 años, madre de 11 hijos, no logra contener las lágrimas. Dice haber visto cómo un grupo de hombres armados asesinaba a su marido frente a ella. “No quiero contarles todo. Es demasiado doloroso. Cuando pienso en eso, inmediatamente me dan náuseas.” Le cuesta recordar los detalles de la desesperada huida del pueblo, cargando un bebé en la espalda y otro en brazos, en medio de una multitud aterrorizada. “Por suerte, todos mis hijos están aquí conmigo. El mayor, que pronto cumplirá 14 años, me ha ayudado mucho. Pero ahora, ¡ya no me queda nada! ¡Vivimos como animales!”
“Aquí vivimos en la peor de las miserias; muchas veces nos vamos a dormir con el estómago vacío. Cuando llegamos al campamento, tuvimos que pasar varias noches bajo la lluvia, porque no había suficiente refugio”, explica Jeanine (*), madre de siete hijos. Dos semanas antes, su familia tuvo que huir y abandonar sus campos de varias hectáreas antes de la cosecha. “Nuestra casa se incendió y nuestros bienes fueron saqueados. Prefiero morir en este campamento con mis hijos antes que regresar a la aldea”, agrega Jeanine antes de echarse a llorar ella también.
“Tuve que abandonar la escuela unos meses antes del examen final y ahora ya no tengo dinero para pagar el arancel escolar”, explica en un francés muy correcto Hakizimana, un joven de 18 años. Su gran preocupación es la supervivencia y la seguridad de su familia, compuesta por ocho miembros. “En septiembre, huimos de Kanombe para refugiarnos en Rugari, luego debimos abandonar Rugari para ir a Rumangabo y, luego, a Kibumba. Hace algunos días, de nuevo, tuvimos que huir al campo de Kibati 1, antes de hallar un lugar en el de Kibati 2. No creo que el periplo haya terminado y aquí no me siento seguro: la línea del frente está apenas a dos kilómetros”.
Estos testimonios fueron recogidos el 6 de noviembre de 2008 en el campamento de Kibati 2 donde, desde hacía dos días, el CICR y los voluntarios de la Cruz Roja de la RDC distribuían alimentos. Ese día, de pronto resonaron muy cerca disparos de fusiles y de armas pesadas. Después de un momento de silencio total, el pánico se apoderó de los desplazados que, corriendo enloquecidamente, abandonaron la fila de espera y huyeron hacia la ciudad de Goma con sus hijos más pequeños en brazos. Los trabajadores humanitarios, por su parte, interrumpieron la distribución de alimentos y también abandonaron el lugar.
Unas horas después, en medio de una precaria calma, los desplazados regresaron a pasar la noche en el campamento. A los dos días, el CICR y los voluntarios de la Cruz Roja de la RDC ya estaban de nuevo en el lugar para terminar la entrega de alimentos a las personas desplazadas de Kibati.
(*) pseudónimo