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24-04-2009  Reportaje  
Colombia: el momento que María Elena recordará por el resto de su vida
El 16 de octubre de 2009, a las 10:30, una bala perdida atravesó las paredes de madera de la habitación de María Elena y le hirió el brazo izquierdo. Por milagro, no alcanzó a su bebé de dieciséis meses, al que estaba amamantando en ese momento. Nunca olvidará ese momento.

©CICR/VII / F. Pagetti / ref.v-p-co-e-00576
María Elena con su hija.
“Cuando me hirió la bala", recuerda María, "mi beba comenzó a patalear para todos lados. Pensé que también había sido alcanzada por la bala. Pero no, no estaba herida. No recuerdo lo que sucedió después... Sólo tengo algunos recuerdos vagos, cuando pasamos por Bellavista, cuando me trasladan al puesto de salud en El Diviso y, más tarde, al hospital de Pasto.

María Elena y su familia viven en una modesta casa de madera en el corregimiento de Las Cruces, en el departamento de Nariño, en el sudoeste de Colombia. El día de nuestra visita, la vida en esta localidad donde habitan unas 40 familias parece tranquila: cuatro jóvenes están jugando al billar en un bar; unas cuantas jovencitas, en pantalones cortos y con los labios pintados de rojo, se pasean por la calle principal, conversan y se ríen; otros habitantes están construyendo un nuevo edificio comunal con ladrillos de hormigón prefabricados; algunos comerciantes y camioneros están almorzando, ya pasado el mediodía, en uno de los pocos restaurantes del lugar.

Ante esta escena cotidiana, ¿quién creería que Las Cruces es hoy uno de los lugares más peligrosos de Colombia? Los pobladores deben estar constantemente preparados para una visita imprevista de alguno de los varios grupos armados que están presentes en las zonas circundantes. Y cuando dos grupos opuestos se encuentran involuntariamente cerca del corregimiento, o cuando un grupo se enfrenta a una patrulla del ejército, todo lo que uno puede hacer es correr hasta su casa, tirarse en el piso y esperar que no lo alcance ninguna bala perdida.

En la noche fatídica del 16 de octubre de 2008, la única herida fue María Elena. Ignacia, la catequista del lugar, de 50 años, que enseña los principios básicos del cristianismo a los habitantes, puede identificar el tipo de arma que se ha disparado a partir del ruido que ha hecho. Tac tac tac. "Fue una M-60", dice, señalando una pequeña colina cerca de la entrada del pueblo.

Tras los disparos, uno de los hijos de María Elena salió a la oscuridad de la noche para ir a buscar a su padre, que estaba en casa de un vecino. Si bien no hay corriente eléctrica en Las Cruces, sí se recibe señal de telefonía móvil. Pero ninguna ambulancia ni taxi se arriesgaría a esas horas de la noche por un camino donde los grupos armados a veces instalan puntos de control móviles.

©CICR/VII / F. Pagetti / ref.v-p-co-e-00538
Bellavista, poblado por donde pasó María Elena camino al puesto de salud, después de haber sido alcanzada por una bala perdida.

La única opción era convencer a un camionero de que trasladara a María Elena, que estaba sangrando mucho, a la ciudad más cercana, con la esperanza de que le salvaran la vida. El camionero no era de Las Cruces, sólo estaba de paso. Fue un encomiable gesto de humanidad que aceptara hacer ese peligroso viaje a medianoche, por un camino sin asfalto con baches del tamaño de una bañera, y en el que se necesitan cerca de tres horas para recorrer 45 kilómetros.

María Elena sobrevivió, pero perdió el brazo izquierdo. "Ya no puedo lavar", dice. "Ni siquiera puedo preparar una sopa. Mi hija mayor, que tiene trece años, ahora se ocupa de cocinar, lavar, limpiar, ayuda con todo." El marido de María Elena sigue trabajando en la finca familiar, y ella ha abierto un pequeño almacén en su casa, donde vende pan, principalmente.

Tac tac tac. El sonido de un momento en la vida de María Elena que cambió todo en un instante. Por más que ella y su familia decidan quedarse en Las Cruces o desplazarse, como han hecho muchas otras familias, ese momento quedará en su memoria por el resto de su vida.

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24-04-2009