©CICR/R. Al-Rifai
Fatima
Fátima
Fátima es una mujer de 60 años. Con el rostro velado, nos habla de su vida pasada y de la forma en que afronta su nueva situación.
"Cuando falleció mi marido, hace 20 años, me trasladé a una granja en Harf Sufyan con mis ocho hijos. Tengo siete hijas y mi único hijo, que tiene ahora 20 años, sufre una discapacidad desde joven. Solíamos trabajar en la granja; nos ganábamos el sustento y éramos felices. De repente, cuando comenzó la guerra, todo cambió. Llevamos con nosotros todo lo que pudimos y nos dirigimos a Wadi Jaiwan (Jaiwan Medina). Dejamos nuestra hermosa granja y ahora vivimos en un aula, dentro de una escuela, con otras personas. Llevamos aquí casi dos meses, pero hace sólo dos semanas que finalmente recibimos unas mantas, lonas, cocinillas y otros elementos".
©CICR/R. Al-Rifai
Mas'ouda (izq.) y Seyda (der.) con sus hijos.
Mas'ouda
Mas'ouda es una de tantos yemeníes que se vieron obligados a abandonar su hogar a raíz del conflicto. Su rostro ajado nos cuenta su historia. "Tengo seis hijos. Viven conmigo y con mi esposo, junto con nuestros 45 nietos. Nuestra casa fue destruida por un incendio al principio de la guerra. Dejamos todo y decidimos salir de Harf Sufyan con mi vecina Seyda y su familia".
Seyda sigue con la historia. "En este momento, no tenemos más remedio que vivir en esta escuela. Al menos tenemos un techo que nos protege. Pero, ahora nos dicen que nos tenemos que ir porque empiezan las clases y necesitan las aulas. Mi esposo y yo tenemos doce hijos. ¿Dónde vivirá nuestra familia?
©CICR/R. Al-Rifai
Ha'ila
Ha'ila
Ha'ila y su esposo tienen ocho hijos. La larga caminata desde Harf Sufyan les llevó dos días. Viven en un espacio compartido: cuatro paredes sin techo, en un terreno solitario cercano a la escuela, en Jaiwan Medina.
“Durante la caminata a Jaiwan Medina, mi esposo se cayó y se quebró la pierna. Desde ese momento, se encuentra en la capital, tratando de recuperarse. Ahora vivo en una casa destruida con mis ocho hijos, cerca de la escuela". Señala las cuatro paredes de piedra que nos rodean. "Vea lo pequeña que es. Ni siquiera tenemos un techo. Cuando llueve, la casa se convierte en una bañera. Tratamos de proteger algunas de nuestras pertenencias colocándolas por encima del nivel del agua. Luego, nos cubrimos con la ropa que tenemos a mano. Inevitablemente, terminamos empapados. Por la noche, hace mucho frío. Si nuestra casa no hubiera sido destruida, no estaríamos aquí. Espero que mi esposo se recupere pronto, para que podamos solucionar nuestra situación".