Charles S. Maier es profesor de historia y titular de la cátedra "Leverett Saltonstall" en el Centro de Estudios Europeos "Minda de Gunzburg" de la Universidad de Harvard, Cambridge, Massachusetts, Estados Unidos.
Las cuestiones morales en el contexto
La polémica sobre el bombardeo atómico de Hiroshima y Nagasaki eclipsó, por muchos años, los debates sobre los bombardeos "convencionales" realizados durante la Segunda Guerra Mundial e incluso antes de ésta. Prevalecía un consenso tácito de que los bombardeos alemanes de Madrid, en otoño de 1936, de Guernica, Varsovia, Rótterdam, el ataque relámpago de Londres, y el bombardeo de Coventry, que arrasó la Catedral de San Miguel y devastó el centro de la ciudad, fueron actos de terror inhumanos, destinados sobre todo a aterrorizar a las poblaciones, mientras que los ataques posteriores, más destructivos aún, de los Aliados contra centros urbanos italianos, alemanes y, más tarde, japoneses (incluido el ataque de fuego concentrado lanzado contra Tokio en 1945, que posiblemente segó entre 100.000 y 125.000 vidas), realizados con centenares de aviones, cuya capacidad de carga de bombas era mucho más pesada, eran acciones militares legítimas (tal vez con una sola excepción: el ataque contra Dresde). Los violentos ataques efectuados en 1944 contra las ciudades y pueblos del norte de Francia, mucho más destructivos que las incursiones aéreas alemanas de 1940, se han aceptado, en general, como parte legítima del esfuerzo de guerra.
Sin duda alguna, los ataques alemanes fueron condenados; porque, incluso si el esfuerzo de guerra alemán pudiera considerarse legítimo (aunque sólo los alemanes suelen considerarlo así), los bombardeos de la Luftwaffe a menudo parecían gratuitos y excesivos, pensados sólo para aterrorizar y desmoralizar a la población civil. Poca finalidad militar tenía el ataque contra la ciudad vasca, y cuando fueron bombardeadas Varsovia y Rotterdam, la victoria ya estaba cercana. Pero ¿y los ataque aéreos de los Aliados? Aunque eran, posiblemente, tan violentos como los bombardeos alemanes, habitualmente se los defendía como un medio necesario para alcanzar un noble fin. En pocas palabras, el grueso del debate suscitado en el período de posguerra sobre los medios utilizados se subordinó, por largo tiempo, a la consideración del objetivo que se perseguía: la victoria de los Aliados era un noble fin, que justificaba el uso de los mismos medios que se condenaban cuando eran puestos al servicio de la victoria del Eje, esto es, un vil fin.
Lo que pasó, claro está, es que ese debate, que durante largo tiempo pareció haberse acallado, ha resurgido ahora. El presente artículo versa tanto sobre el contexto como sobre las cuestiones que entraña. Por la propia naturaleza del tema, en el artículo se incluye, necesariamente, un análisis de las cuestiones morales, así como una reseña histórica.
En realidad, el debate sobre los medios involucra dos aspectos, aunque suele suscitar confusiones. La guerra es un mal y se reconoce como tal, pero hay males menores y males mayores. En Occidente, existe el acuerdo general de que habría que mantener el mal de la guerra reducido a su mínima expresión, lo que impone limitaciones al recurso a la guerra (jul ad bellum) y a la forma de librar la guerra cuando se la considera necesaria (jus in bello). El concepto de "necesidad" suele representar el permiso para recurrir a la guerra y emplear medios de guerra dañinos, pero la necesidad siempre se mide en forma subjetiva. Y, en algunos casos, hasta la necesidad ha sido excluida, por medio de acuerdos internacionales, como excusa para causar daño a la población civil, aunque muchas veces esos acuerdos no se respetan.
La guerra supone un cálculo de los medios y los fines, que se realiza de varias maneras. Según la doctrina de la guerra justa tanto el recurso a la guerra como la conducción de una guerra ya decidida deben satisfacer ciertos criterios. Sin embargo, aun si la guerra se libra en forma limpia, causará muerte y destrucción. Por esta razón, el recurso a la guerra (codificado como jus ad bellum) debe ser el último recurso, que se emprende únicamente si el bien que se puede lograr es mayor que el daño que se causará. En la segunda esfera, la guerra se limita mediante la imposición de restricciones a la conducción de las hostilidades, es decir, a través del respeto del jus in bello. En el meollo de esas restricciones anidan dos consideraciones morales fundamentales: en primer lugar, preservar la distinción entre los civiles y los combatientes militares, y en segundo lugar, nuevamente, como en el caso del recurso a la guerra, la aplicación de la proporcionalidad como una norma que se ha de respetar: el daño infligido no debe ser desproporcionado con respecto al bien que, supuestamente, se logre. Un Estado agraviado no debe ir a la guerra con ligereza y, una vez empeñado en la guerra, no debe emplear un nivel de violencia desproporcionado respecto de la provocación. A la inversa, muchos militares, como el general Sherman, han sostenido convincentemente que el empleo de medidas severas durante la guerra hace que ésta sea menos probable.
Sin embargo, muchas medidas adoptadas durante la guerra también contradecían la otra prioridad moral básica de la conducción de la guerra: la distinción que ha de trazarse entre los combatientes y los civiles y, por extensión, la distinción entre los combatientes todavía no desarmados y los que se han tornado inofensivos porque han sido capturados o heridos. En resumen: no matar a civiles ni asesinar a prisioneros de guerra ni a heridos. La cuestión de matar a soldados que claramente han emprendido una retirada masiva, es menos clara. (Los ataques aéreos que Estados Unidos lanzó, durante la guerra del Golfo de 1991, contra las columnas del ejército iraquí, que estaban fuera de combate y en fuga, causaron alguna inquietud aquí, pero no tanta como para generar un importante tema de debate en Estados Unidos. Los estadounidenses no se creen realmente capaces de cometer crímenes de guerra. Cuando suceden, se los considera las excepciones que demuestran la regla.) La destrucción intencional de bienes civiles también se ha condenado, pero con intensidad mucho menor.
Aunque la distinción entre civiles y combatientes a menudo se ha borrado, esa distinción se reconoce desde la Antigüedad. Tucídides narra cómo se degeneró la moralidad de los ejércitos griegos en la guerra del Peloponeso. El diálogo de Melos y la represión de Mitilene indican que los civiles de sexo masculino eran considerados como soldados, al menos en potencia; pero recordemos también el horror que causó el ataque de los tracios contra Micaleso, cuando los soldados "saquearon las casas y los templos y masacraron a los habitantes, sin respetar a los niños ni a los ancianos; dieron muerte a todos los que encontraban a su paso, uno tras otro, niños y mujeres, e incluso las bestias de carga. (...) En particular, atacaron una escuela de niños, la más grande del lugar, en la cual apenas habían entrado los niños, y los mataron a todos" [1]. En los Anales de Tácito abundan estas crónicas, y las matanzas que se producían tras la captura de una ciudad sitiada siguieron siendo un lugar común hasta la guerra de los Treinta Años, en el siglo XVII. Aun así, se reconocía que ese comportamiento era, de algún modo, fundamentalmente incorrecto. Ese reconocimiento constituyó la base de lo que se describió como "derecho natural" o se desarrolló como "derecho internacional". En Europa, la teoría y la práctica del siglo XVIII intentaron volver a trazar la línea divisoria entre civiles y combatientes, no sin que algunos militares se quejaran de que este concepto sólo aumentaba la probabilidad de que hubiera guerras.
Pero, en los tiempos modernos, la cuestión se ha complicado, porque la tecnología de las armas modernas tiende, nuevamente, a borrar la distinción entre civiles y soldados. Sin embargo, la difuminación se ha producido, por así decir, en ambos lados. Por un lado, a causa de las armas nuevas, es más difícil limitar el número de víctimas y la destrucción. El uso de los submarinos y los torpedos en la Primera Guerra Mundial ilustra ese fenómeno en forma muy convincente. Si los submarinos tuvieran que avisar que se disponen a atacar, serían muy vulnerables y mucho menos eficaces. En esa situación, los Aliados no negaron que sería poco práctico que un submarino subiera a la superficie, pidiera a los pasajeros o a la tripulación de un buque que abordasen los botes salvavidas, y sólo entonces destruyese o capturase la nave; simplemente, declararon que los ataques sin previo aviso contra buques que transportaban civiles eran ilícitos. Por otro lado, la réplica alemana de que el bloqueo aliado (que, desde el punto de vista formal, era contrario a las normas de la guerra, ya que éstas permitían un bloqueo de corta distancia a la entrada de los puertos, pero no la interdicción de rutas navieras distantes) también causaba la muerte de personas civiles, nunca tuvo el mismo peso, puesto que los efectos del bloqueo eran indirectos y difíciles de prever como una consecuencia inmediata [2]. (La misma separación entre causa y efecto ha acompañado al debate sobre las sanciones económicas contra Irak u otros Gobiernos transgresores: ¿se justifica adoptar, contra un régimen dictatorial que supuestamente mantiene sojuzgado al pueblo, sanciones que afectan a toda la población?). Además, para 1918, los efectos de la guerra aérea, que se estaban revelando gradualmente, sobre todo a raíz de las incursiones de los dirigibles contra Londres, demostraban a las claras que había que tener en cuenta la cuestión del daño ocasionado a la población civil.
A la luz de las cuestiones que suscitan los bombardeos aéreos en general, a menudo el eje central del debate no ha sido si la necesidad militar puede justificar el daño infligido a la población civil y en qué medida, sino si la necesidad militar realmente entra en juego en el asunto. Dicho de otro modo, incluso si se dejara de subestimar la cuestión de las víctimas civiles, ¿sería posible alcanzar la victoria sin cometer actos de crueldad? El debate sobre el uso de la bomba atómica en Hiroshima, y más aún en Nagasaki, se ha centrado habitualmente en la cuestión de la necesidad de esos ataques para dar fin a la guerra. ¿Era necesaria una de esas bombas para obligar a los japoneses a rendirse? Al menos, los que abogaron por el uso de la bomba ¿creían que era necesaria para obtener la rendición de Japón sin graves pérdidas de vidas para los estadounidenses? [3]. La segunda bomba ¿era igualmente necesaria? ¿No podría haberse esperado un poco más antes de lanzarla?
Pero una de las razones principales de que se haya tomado (o se tomara) a los civiles como blanco es, desde luego, que la tecnología moderna obliga a los civiles a desempeñar un cierto rol en la guerra. La guerra depende cada vez más del conjunto de la sociedad, sobre todo de la mano de obra que se necesita para armar a una nación. Esta realidad pone en tela de juicio la distinción entre civiles y combatientes. La guerra moderna dependía hasta tal punto de la producción de material bélico en sitios alejados de los lugares de combate, que el concepto de una línea de frente parecía fuera de lugar. Sin duda, un país beligerante tenía derecho a destruir la capacidad industrial de su adversario, ya que eso se percibía como parte integrante del esfuerzo militar. Pero ¿tenía derecho a atacar a los civiles que trabajaban en los centros de producción? Como se sabe, los estrategas de la fuerza aérea británica fueron quieres plantearon, por primera vez, la doctrina de los "daños incidentales", en un intento por responder a esta cuestión. Había que aceptar a las víctimas civiles como un "producto derivado" de los ataques efectuados contra instalaciones dedicadas a la fabricación de material bélico o de productos civiles relacionados con las operaciones militares.
Nunca dilema alguno había conducido a disquisiciones tan sutiles. Tanto en la Guerra Peninsular de principios del siglo XIX como en la guerra franco-prusiana de 1870-1871, había surgido la cuestión de los guerrilleros no uniformados. Los militares prusianos insistían en que esos guerrilleros o francotiradores perdían la protección a la que tenían derecho los combatientes capturados como prisioneros de guerra, y que podía ejecutárselos sin más trámite. Más adelante, en las conferencias celebradas en Ginebra y La Haya, no se intentó proteger al soldado irregular como tal, sino establecer pautas para diferenciar a las milicias lícitas de los francotiradores, insistiendo, sobre todo, en que llevaran alguna insignia visible y que portaran las armas en forma abierta, sin ocultarlas [4]. Los francotiradores no eran civiles; se equiparaban más a los espías, que tampoco anunciaban su presencia y podían, por ello, ser ejecutados lícitamente en cuanto se los descubría. No sorprende que, en esas guerras, los comandantes severos a menudo actuaron sin mucha precisión. Y en 1914, el temor a los francotiradores desembocó en las atrocidades en gran escala cometidas por los alemanes en Bélgica. Pero en la Segunda Guerra Mundial, los guerrilleros se transformaron en partisanos, que, en opinión de sus aliados británicos o estadounidenses, merecían ser reconocidos como combatientes, pero quienes, para las fuerzas ocupantes, debían ser ejecutados. Como ciertos comandantes alemanes no sólo ejecutaban a los partisanos capturados, sino también ejercían represalias contra los civiles (el mariscal Kesselring, en Italia, dio notables ejemplos de ese tipo de acciones en un frente occidental), este problema pronto eclipsó incluso la suerte de los partisanos. Después de la Segunda Guerra Mundial, nuevas directrices, redactadas en 1949, extendieron la misma protección a los combatientes de la resistencia, y en décadas recientes, hasta los combatientes paramilitares han solicitado el mismo reconocimiento.
Sin embargo, la política de las represalias sigue siendo una de las cuestiones básicas de la guerra de guerrillas, porque parece emerger de esa "necesidad" que, a pesar de todos los convenios, sigue siendo la justificación subyacente de la violencia. La guerra de guerrillas, como la practicaban los partisanos en la Segunda Guerra Mundial y como se perfeccionó en las luchas de descolonización posteriores a esa guerra, involucró deliberadamente a la base civil, cuyos recursos utilizaba. Era una guerra por reclutar (a través del convencimiento o por la coerción) el apoyo civil para la causa partisana, o por hacer que ese apoyo fuera excesivamente costoso. La teoría de la guerra de guerrillas, que las autoridades francesas estudiaron con afán en los textos chinos y del Viet Minh, básicamente insta a borrar la distinción entre el pueblo y el ejército [5].
La participación de los civiles es lo que vincula la cuestión de la guerrilla o la guerra de partisanos con la de los bombardeos aéreos. Sin embargo, había diferencias. Después de todo, los partisanos actuaban con la presunta intención de matar o herir. Actuaban desde los campos o los bosques. Pero ¿cuáles eran los aspectos justificables e injustificables de un bombardeo lanzado sobre los civiles y sus familias, que simplemente iban a trabajar a las fábricas? Esta cuestión es anterior a la guerra aérea: el bombardeo nació en tiempos del fuego de artillería. En 1806, con su ataque contra Copenhague, los británicos popularizaron el concepto del bombardeo naval de una ciudad neutral. Sin embargo, para finales de la Primera Guerra Mundial se reconocieron las posibilidades que ofrecía el bombardeo y hubo que elaborar principios que reglamentaran su utilización. En 1923, una nueva conferencia en La Haya aportó un proyecto de Reglas de la guerra aérea, por las que se hubiera prohibido el bombardeo de las poblaciones civiles "que no estén en las proximidades inmediatas (...) de las fuerzas terrestres". Las Reglas fueron objetadas y nunca se ratificaron, aunque quedaron claramente planteadas como directrices cuyo rechazo había que fundamentar. Neville Chamberlain en 1938, y los generales de la fuerza aérea estadounidense, durante gran parte de la guerra, parecían inclinarse a una actitud de restricción (aunque, para 1944, la práctica de los estadounidenses parecía tan despiadada como la de los británicos). Sin embargo, los defensores británicos de la nueva arma no querían tener las manos atadas. La defensa del nuevo objetivo de guerra por parte del mariscal del Ejército del Aire Hugh Trenchard, y por último, el convencimiento de Arthur Harris (apodado "Bombardero") de que era precisamente el bombardeo de los centros civiles lo que podía llevar a Gran Bretaña a la victoria, prevalecieron sobre las anteriores vacilaciones. En 1928, Trenchard argumentaba que se podía procurar "aterrorizar a los trabajadores de las fábricas de municiones (tanto a los hombres como a las mujeres) para que se ausentaran del trabajo", pero que el bombardeo indiscriminado de una ciudad con el único fin de aterrorizar a la población civil era "ilegítimo" [6]. Esta distinción resultó, de lejos, demasiado tenue como para constituir la base de una estrategia. Al principio de la guerra, los británicos, siguiendo la línea esbozada por Trenchard, definieron la noción de los daños incidentales. Pero este concepto no era más que una versión actualizada del "doble efecto", ya contemplado por la doctrina medieval de la guerra justa del escolasticismo. Si, a pesar de los precauciones encaminadas a reducir al mínimo las víctimas civiles (sabiendo que esas precauciones eran necesarias para que el procedimiento resultara aceptable), aún así se hería o mataba a civiles para alcanzar un objetivo militar legítimo (nadie discutía que la eliminación de la capacidad industrial del enemigo fuera un objetivo legítimo), ese resultado era aceptable dentro de los límites del requerimiento más general de respetar la proporcionalidad [7].
Cabe destacar que tanto el recurso a la guerra como la conducción de ésta sólo eran justificables si se respetaba el principio de la proporcionalidad. Este concepto vinculaba el jus ad bellum con el jus in bello. Pero ¿era realmente una guía útil, especialmente teniendo en cuenta que los resultados no eran tan claramente decisivos como lo prometían los partidarios de los bombardeos como el general Harris o Lord Cherwell? No corresponde al alcance del presente artículo analizar las declaraciones y las estrategias de las guerras aéreas. Todos saben que, para 1945, el mismo Churchill abrigaba algunas dudas y que, hasta hace pocos años, Arthur Harris no gozó de los honores conferidos a los protagonistas de la guerra aérea. Pero, mucho antes, se habían aceptado, en términos generales, dos conceptos: en primer lugar, que los estadounidenses se habían aferrado, de algún modo, a la estrategia de los bombardeos de precisión, y que, desde el punto de vista moral, eran menos obtusos que los británicos, por lo menos en Europa; y en segundo lugar, que los bombardeos no eran realmente eficaces para lograr los objetivos asignados.
Sin embargo, ambas afirmaciones pueden ser rebatidas. Es verdad que, con la notable excepción del general Hap Arnold y su oficial subalterno Curtis LeMay (quien dijo "Bombardéenlos hasta devolverlos a la Edad de Piedra"), que fueron transferidos para que supervisaran el bombardeo de Japón en 1944-45, la doctrina militar estadounidense no sostenía que los bombardeos contra civiles podían, por sí mismos, conducir a un fin rápido del conflicto. Estados Unidos prosiguió los bombardeos a gran escala bajo el pretexto de alcanzar objetivos industriales o estratégicos particulares. Sin embargo, los bombarderos estadounidenses participaron en las incursiones contra Dresde y siguieron bombardeando objetivos casi hasta las últimas semanas de la guerra, cuando ya estaba claro que su función estratégica era escasa. Teóricamente, la destrucción de las comunicaciones por ferrocarril podía justificar casi cualquier ataque, pero en los hechos, la emoción que parece haber predominado es que no había que perdonar ni un solo objetivo. El argumento implícito estaba relacionado con la resistencia potencial. Ya no se argumentaba que se derrumbaría la moral de los civiles; simplemente, se postulaba que, cuanto mayor fuera la destrucción, tanto antes se produciría el colapso. Los estadounidenses también estudiaron cómo lograr los buenos resultados de las tormentas de fuego como las que devastaron Hamburgo. Y, claro está, los estadounidenses libraron una guerra aérea contra Japón cuyos objetivos eran precisamente las ciudades. Estados Unidos eligió armas (las bombas incendiarias) concebidas para lograr la devastación amplia de las zonas urbanas, a sabiendas de que tanto la población civil como los monumentos artísticos caerían víctimas de la destrucción.
Los famosos resultados del estudio estadounidense sobre el bombardeo estratégico llevaron a plantear la cuestión de la eficacia. Los autores del estudio, en particular John Kenneth Galbraith, sostuvieron que los bombardeos habían tenido un impacto muy inferior a lo que se pretendía. Según el informe, la producción industrial alemana había seguido aumentando hasta el otoño de 1944, que los ferrocarriles e incluso los edificios de las fábricas se reparaban con rapidez, y que la moral no estaba gravemente afectada. Las conclusiones del estudio, que minimizaban la eficacia de los bombardeos, fueron aceptadas por largo tiempo y eran citadas por aquellos que, en Estados Unidos, se oponían a los nutridos bombardeos de Vietnam del Norte lanzados por los presidentes Johnson y Nixon. Empero, evaluaciones más recientes, como la de Richard Overy, han puesto en tela de juicio las conclusiones negativas del estudio con respecto a la eficacia de la guerra aérea. Según Overy, los ataques de los Aliados produjeron una espiral descendente de colapso industrial para el Tercer Reich, sobre todo cuando los bombardeos se concentraron en objetivos industriales estratégicos. Alemania necesitaba petróleo sintético producido por hidrogenación, para satisfacer las tres cuartas partes del consumo interno. Entre mayo y septiembre de 1944, la "ofensiva del petróleo" privó a Alemania del 90 por ciento de su producción de petróleo sintético [8]. Al impedir el adecuado transporte de combustible, la destrucción de las líneas de ferrocarril limitó la utilización de los medios de defensa alemanes, lo que mejoró la eficacia de los bombardeos aliados y llevó a la destrucción de más suministros de combustibles, y así siguiendo. Es imposible comprobar la hipótesis opuesta, esto es, saber qué hubiera logrado la producción alemana sin los bombardeos. La producción alemana disminuyó sólo a partir de la segunda mitad de 1944, y se admite que parte de esa declinación se produjo cuando las tropas soviéticas finalmente se apoderaron de los yacimientos petrolíferos de Rumania, en momentos en que el Reich libraba grandes batallas en dos frentes.
De todos modos, el argumento de que los bombardeos son contraproducentes (como tendían a afirmar algunos de sus críticos) es tan simplista como la creencia de que los bombardeos podrían, por sí solos, haber derrotado al Tercer Reich, como insistía "Bombardero" Harris. Intuitivamente, parecería increíble que los ataques concentrados y continuos contra un país densamente poblado no habrían afectado el transporte y la producción y agotado a los obreros industriales, que pasaban las noches protegiéndose contra las bombas en los refugios existentes. La estrategia era, ciertamente, costosa: los pilotos de combate no eran fáciles de reemplazar; en los ataques murieron 140.000 estadounidenses y británicos, y se perdieron 21.000 aviones. Esta estrategia también tuvo un costo en el Pacífico. Es verdad que menos pilotos murieron por acción de los defensores japoneses, porque el país estaba casi desprovisto de medios de defensa; pero se pagó un precio muy alto en términos de vidas y esfuerzos necesarios para capturar las lejanas bases insulares, desde las cuales los aviones podían alcanzar las islas principales de Japón. Aun así, y con menos toneladas de bombas, los ataques aéreos infligieron un terrible número de víctimas, incluso antes de que los estadounidenses utilizaran sus dos armas nucleares.
Tal vez sería útil separar los argumentos en pro del bombardeo usados antes del Día D, de los que se esgrimieron después. Entre 1940 y 1942, Gran Bretaña fue incapaz de oponer una fuerza al enemigo fuera de África del Norte, salvo en la guerra aérea. La "necesidad" militar suele ser un factor sumamente subjetivo. Pero Churchill creía (en mi opinión, con razón) que era importante que el Reino Unido infligiera daños al enemigo en un momento en que Alemania había sido forzada a salir del continente, sus tropas en África estaban en dificultades y además, carecía de aliados de peso, lo que fue el caso hasta junio de 1941. Una vez que Rusia entró en la guerra, el bombardeo permitió a los británicos afirmar que ellos también estaban contribuyendo en forma positiva a la derrota de Hitler. Pero, como señala Overy, el hecho de que, en 1942, Churchill recurriera a los bombardeos fue provocado por las pullas de Stalin acerca de la inactividad de los Aliados con respecto a un segundo frente; además, la opción del bombardeo se utilizó en un momento en que esa acción parecía un despilfarro de potencia aérea que podía usarse para algo mejor [9]. También es probable que Dresde haya sido atacada principalmente porque los soviéticos se habían quejado de que Gran Bretaña y Estados Unidos, en el invierno de 1945, no compartían equitativamente la carga que representaban las futuras batallas terrestres que se librarían en suelo alemán.
Sin embargo, al principio, los argumentos en favor del bombardeo no se elaboraron oficialmente en términos de moral y represalia. Siguieron el curso, más tortuoso, de los razonamientos relativos al número de víctimas civiles que sería permitido causar a fin de frenar la industria de guerra alemana. Aunque Harris y otros pensaban que el terror como tal era admisible, porque sin duda debilitaría la voluntad del enemigo, los Aliados no aceptaban oficialmente esa justificación. Sin embargo, las primeras ideas sobre los daños incidentales demostraron ser suficientemente elásticas. Toda capacidad industrial o de transporte contribuía al esfuerzo de guerra de Alemania y Japón. ¿Cuánta devastación era admisible? Cuando lanzó sus ataques incendiarios contra Sodoma y Gomorra, hasta Dios estaba dispuesto a permitir que hubiera víctimas inocentes. Cuando cambió el curso de las cosas, la violencia estaba arraigada y la capacidad de infligir daños –mayormente indiscriminados- se había reforzado en gran medida. Sólo Hitler y Goebbels tuvieron la franqueza suficiente para declarar que los ataques V-1 y V-2, lanzados en las últimas fases de la guerra, realmente habían sido concebidos para sembrar el terror (de ahí su inicial, "V" por "Vergeltung", que significa "represalia" o "venganza"). Sin embargo, no pudieron ganar esa batalla.
El debate alemán y la cuestión de los tabúes
En retrospectiva, los debates que estas cuestiones suscitaron en la Alemania de posguerra tienen un aspecto llamativo: la relativa ausencia de reproches políticos, salvo en los círculos de la extrema derecha, al menos hasta hace algunos años. A pesar de todos los reproches implícitos contenidos en los debates sobre Dresde, esta ciudad nunca se transformó en otra Hiroshima. Desde luego, el número de víctimas fatales, a pesar de la inflación causada por la propaganda, fue inferior: 35.000 personas, no entre 70.000 y 100,000 [10]. Las razones de esta reticencia son fáciles de comprender: tras la guerra, Alemania Occidental pasó a depender de los británicos y de los estadounidenses para garantizar la seguridad contra la alianza del Pacto de Varsovia. Además, para muchos alemanes de posguerra "buenos", el hecho de plantear la cuestión del sufrimiento de los alemanes parecía contaminado por las políticas neonazis; era aceptable que los japoneses asumieran el papel de únicas víctimas a causa de la bomba atómica, un arma tan novedosa como terrible. Lo que es más, los japoneses no reclamaron por el ataque aéreo convencional, igualmente devastador, lanzado contra Tokio en abril de 1945.
De todos modos, el debate resurgió hace unos años, por dos vías separadas. En primer lugar, el tema de las víctimas alemanas reapareció y causó gran sensación en un libro de Jörg Friedrich titulado "Der Brand: Deutschland im Bombenkrieg 1940-1945" (El incendio: Alemania en la campaña de los bombardeos, 1940-1945). El libro de Friedrich apareció en momentos en que muchos escritores estaban planteando cuestiones relacionadas con el sufrimiento de los alemanes durante la guerra y preguntándose si la cultura alemana de posguerra había "reprimido" los debates sostenidos sobre la condición de los alemanes como víctimas, como afirmaba, sobre todo, el fallecido estudioso de literatura y novelista W.G. Sebald en las conferencias que dictó en Zurich, publicadas bajo el título "Guerra aérea y literatura". En relación con el mismo tema, Günter Grass publicó su novela "Im Krebsgang" ("A paso de cangrejo"), en la que, con sucesivos matices, narra el hundimiento en el mar Báltico de un buque alemán con 9.000 refugiados a bordo, que huían de la invasión soviética [11]. Ninguno de estos autores puede ser sospechado de tendencias neonazis: Friedrich había escrito sobre los crímenes de guerra cometidos por Alemania; Grass era un izquierdista disidente cuyo tema era la mutilación o la supervivencia de personas comunes atrapadas en una historia alemana, a la que tal vez habrían debido resistirse más temprano, cosa que no hicieron; Sebald había escrito historias melancólicas sobre los refugiados judíos alemanes y su incapacidad de superar el impacto de la persecución en la vida que llevaron después de la guerra. Evidentemente, todos estaban conmocionados por las cifras (medio millón de personas durante la guerra aérea; 9.000 víctimas en el buque fatídico), y necesitaban dejar que los muertos por fin hablaran.
En su libro, Friedrich intenta describir la guerra aérea desde el punto de vista de las personas bombardeadas, y lo hace sin escatimar detalles. Esta obra rompió el tabú virtual que prohibía el debate franco sobre el casi medio millón de alemanes civiles víctimas de las incursiones aéreas angloamericanas de 1940-1945, y la destrucción de ciudades y tesoros culturales. Separemos el libro del problema (o los problemas) que plantea. En el núcleo emocional de su narración, Friedrich destaca los horrores de las bombas incendiarias: la muerte por quemaduras de asfalto fundido, por incineración en sótanos, por asfixia causada por monóxido de carbono y falta de oxígeno. No faltan las descripciones de las grandes bombas explosivas y de los efectos de la onda expansiva sobre el cuerpo humano, ni omite mencionar los sistemas de guía y el marcado de los objetivos mediante bengalas. Pero las verdaderas protagonistas tecnológicas son las bombas incendiarias. Lanzadas de a miles, quemaban a su paso tanto los techos de los monumentos góticos o renacentistas como los de las viviendas particulares. Friedrich narra que los restos consumidos y carbonizados de las víctimas se llevaban en canastas para enterrarlos; describe la destrucción de las familias, los esfuerzos por organizar la defensa civil, y una medida que la población odiaba: la dispersión de los niños. Señala que la destrucción causada durante el último año de la guerra igualó a la de todos los años anteriores sumados: hubo incursiones devastadoras no sólo contra los ferrocarriles, sino nuevos ataques a ciudades ya castigadas en reiteradas ocasiones anteriores, y bombardeos de ciudades como Dresde, Würzburg y Potsdam, cuya destrucción parecía justificada principalmente por el hecho de que, hasta entonces, se las había perdonado.
Aunque el libro se centra, más que nada, en los bombardeos británicos, los lectores estadounidenses recordarán las abrumadoras crónicas sobre los ataques aéreos contra Tokio de los días 9 y 10 de marzo de 1945 y la destrucción causada por nuestros B-29, que, desde noviembre de 1944, sobrevolaban las ciudades japonesas prácticamente sin encontrar resistencia alguna, dejando caer armas incendiarias sobre casas de madera y causando pérdidas de vidas humanas incluso mayores. Billy Mitchell, el pionero estadounidense de los bombardeos navales, había anticipado esta situación ya en 1920, cuando describió a las ciudades japonesas como "los mayores objetivos aéreos que el mundo haya visto jamás..." [12].
El libro de Friedrich ofendió a muchos alemanes (y, con mayor razón, a los lectores angloamericanos) por su lenguaje exaltado, que toma prestada la retórica de la "solución final", incluida la terminología del Holocausto [13]. Pero me pregunto si nosotros, los lectores angloamericanos, para quienes la Segunda Guerra Mundial sigue siendo, sobre todo, la causa militar más justa, no estaremos criticando su lenguaje, cuyo fuerte tono emocional cabe reconocer, en un intento por evadir los cuestionamientos que provoca el libro (al igual que los lectores alemanes, que temen las apologías implícitas en la obra). Sí, Friedrich recurre a las imágenes que habitualmente asociamos con la literatura sobre el Holocausto... pero los niños y los adultos realmente morían incinerados. Esa actitud quisquillosa con respecto al lenguaje no debería usarse como un mecanismo de defensa para ganar tranquilidad con respecto a las fallas documentadas en el libro.
La tesis de la represión literaria propuesta por Sebald también exhibe defectos. En el primer período de la posguerra, como muestra la colección de Volker Hage, sí se publicaron crónicas alemanas sobre los bombardeos y la destrucción urbana [14]. Pero no estaban respaldadas por ensayos o novelas importantes. Esas cuestiones no dieron lugar a ningún debate en Alemania, como el que generaron los mismos alemanes en torno a sus propios crímenes de guerra y genocidios. Como señala correctamente Pfeiffer, sí hubo literatura extensa, aunque a menudo especializada, sobre los temas mencionados en segundo lugar. Más que un tabú explícito, había una inhibición que impedía producir o citar material sobre el sufrimiento de los alemanes como tal. Sí, hemos visto estudios sobre la guerra aérea: aquellos que escribieron los vencedores y el importante trabajo académico realizado en el centro de historia militar de Freiburg [15]. Pero esas obras no suelen explayarse sobre la experiencia de las víctimas de los bombardeos. Los comentadores también se han preguntado por qué los alemanes que no son neonazis no pudieron escribir esta historia en forma tan gráfica con anterioridad, ni se permitieron debatirla de modo más abierto. La respuesta que ofrecen Hans Ulrich Wehler y otros es que eran plenamente conscientes de que su régimen era responsable de la guerra y había matado gente a una escala aún mayor, cometiendo incuestionables asesinatos, ya que cada una de las muertes infligidas era intencional. Creo que algunos alemanes callaron no sólo porque no podían reconciliarse con las muertes, sino porque realmente comprendían dónde se había iniciado la cadena de la guerra asesina. "[Como jóvenes sobrevivientes], no juramos vengarnos de los bombarderos aliados. En cierto sentido, nos sentíamos solidarios con ellos; ellos destruirían el sistema que nosotros mismos [...] habíamos erigido, pero que no teníamos fuerza para derribar", escribe Peter Wapnewski [16]. Hasta Friedrich, indignado por los sufrimientos causados, dice: "La destrucción de las ciudades ayudó a eliminar a Himmler y a sus partidarios, que habían tomado como rehén estos lugares, esta historia y esta humanidad, toda Alemania y toda Europa". Pero era también Alemania la que había tomado estos rehenes "... mediante la violencia, la aprobación o la ira, por ecuanimidad o por impotencia. Una Alemania diferente era nada más que una hipótesis, algo que querría o podría haber sido". Sin embargo, añade que es igualmente hipotético preguntarse si la conflagración fue, tal vez, innecesaria: "¿Había que destruir la ciudad de Hildesheim a causa de su estación de ferrocarril? ¿Fue ésta la razón? ¿Realmente hubo alguna razón? Los que prendieron los incendios con furia y deliberación ¿querían ganar a cualquier precio, o era éste el precio que había de pagar por su victoria? Sin duda, se esforzaron por alcanzarla. Si este episodio no representa una tragedia en la historia de los Aliados, ¿qué significa su triunfo absoluto para la historia de los alemanes?" [17].
Los historiadores críticos simplemente tacharon el libro de demagógico e inexacto. En realidad, ésta es una estrategia que apunta a compartimentar la cuestión, que yo no comparto. Friedrich plantea cuestiones graves, que no podemos abordar con seriedad, si nos limitamos a objetar su lenguaje incendiario o su falta de equidad. Friedrich comprende efectivamente que, tras la derrota sufrida en 1940 en el Oeste, los británicos no parecían tener otra posibilidad que la de golpear al enemigo con cualquier arma que tuvieran a mano, si no podían ponerse de acuerdo. Como pensaba Churchill, para mantener la moral ¿no era necesario infligir algún daño a un enemigo que amenazaba con invadir el territorio y que estaba arrasando Londres? ¿Podía un hombre de Estado democrático, decidido a resistir, no seguir esta estrategia? Sin embargo, ¿no hubo un punto en el que la estrategia viró (como Arthur Harris dijo que debía hacerlo), pasando del ataque contra blancos precisos, fueran éstos los ferrocarriles o la industria, al bombardeo moral? No es que este cambio cause sorpresa. En la opinión de Friedrich, la guerra aérea se transformó, en Vergeltung, guerra de represalia o venganza, en la que los ingleses superaron, con creces, el nivel de destrucción que ellos mismos habían sufrido (del mismo modo, la guerra de Vergeltung estadounidense contra Japón excedió, de lejos, los daños sufridos en Pearl Harbour, tantas veces citado como justificación). La retribución impulsó la guerra aérea tanto como la estrategia. A pesar de las reminiscencias de Peter Wapnewski, muchos alemanes aguardaban con impaciencia las armas "V" de represalia, prometidas por Goebbels.
La polémica no sólo gira en torno al éxito militar. Como ya se ha dicho, la crítica de la eficacia de los bombardeos, planteada por el estudio estadounidense sobre el bombardeo estratégico, ya no parece una tesis defendible. Para el verano y el otoño de 1944, la maquinaria de guerra alemana se encontraba casi totalmente desbaratada. Las defensas aéreas vacilaban y la producción comenzó a disminuir abruptamente. Sin duda, dicen los historiadores que defienden los bombardeos, la lluvia de toneladas de explosivos lanzados desde el aire causaron ese colapso. A esta afirmación, los críticos pueden responder, en primer lugar, que otros factores, como las derrotas militares en tierra, tuvieron un papel importante, y en segundo lugar que, aunque los denominados bombardeos de precisión no eran precisos, los Aliados no tenían por qué bombardear las ciudades en forma tan indiscriminada. Personalmente, pienso que hay otro éxito que puede atribuirse a los bombardeos. La evidente impotencia de la defensa nazi explica, en parte, que, tras la Segunda Guerra Mundial, no hubo un verdadero movimiento revanchista ni nacionalismos provocadores. Por otro lado, la derrota carente de inmolación, también podría haber alcanzado el mismo resultado positivo después de la guerra. No: la cuestión sigue siendo el precio del éxito, un tema que se discute siempre y que deben debatir tanto los historiadores como los participantes directos en las acciones.
El inexistente debate angloamericano y la cuestión de las represalias
Creo que lo llamativo de esos debates es, ante todo, que no hayan tenido mayor resonancia en Alemania. A pesar de todas las clamorosas observaciones acerca de la propensión alemana a la victimización, la cuestión de los bombardeos está lejos de constituir un asunto político o de candente debate. No ha suscitado sentimientos de solidaridad ni ha despertado la conciencia del público como lo hizo el bombardeo de Hiroshima en Japón. La cultura cívica alemana ha abandonado la actitud del tu quoque que mantuvo, en gran medida, a lo largo de la década de 1950. Sí; por largo tiempo, hubo muchas historias de victimización, sobre todo entre los refugiados de Prusia oriental, los territorios ocupados por Polonia después de 1945, y los Sudetes. El libro de Friedrich puede verse como una continuación de esta corriente, caracterizada por la apología autocompasiva y a menudo derechista; pero de hecho, las personas que no son alemanas están dispuestas a escuchar esta narración con una solidaridad que, hasta hace muy poco, estaba excluida en Alemania, salvo en los ámbitos de la ultraderecha. Las disculpas de Vaclav Havel por las expulsiones de alemanes de los Sudetes fue un caso conspicuo. Sin embargo, ni el libro de Friedrich ni la serie de memorias y comentarios relacionados con el tema que aparecieron en los medios desencadenaron intentos importantes por afirmar la equivalencia moral entre los crímenes de guerra de Alemania y los bombardeos de los Aliados. Creo que esta reticencia se debe al reconocimiento profundamente arraigado de que uno no puede permitirse llevar una suerte de contabilidad moral que compense una serie de atrocidades con hechos que también podrían considerarse como tales. El festejo del Día de la Victoria Europea del 8 de mayo de 2005 demuestra más claramente aún que los alemanes están dispuestos a renunciar a toda explotación política de la cuestión relativa a la guerra aérea. Hace unos años, tendían a decir que su país no podía celebrar el 8 de mayo como el día de la liberación, ya que simultáneamente, esa fecha marcaba una catastrófica derrota nacional; pero en la última conmemoración, tanto en Moscú como en otros lugares, la actitud reticente había cambiado por completo: los alemanes participaron como alemanes que podían festejar sin reservas los resultados del 8 de mayo de 1945. Una cultura política que supera de este modo los sentimientos nacionales convencionales, no es el tipo de pensamiento que vaya a sostener las corrientes ocultas generadas por Jörg Friedrich. Jürgen Habermas estaría orgulloso: el patriotismo constitucional ha prevalecido incluso en la Alemania reunificada.
Hay otro hecho que, en mi opinión, también llama la atención poderosamente: la ausencia de debate en los Estados Unidos, aunque no en Gran Bretaña. La cultura política estadounidense permite, creo yo, un examen mucho menos tolerante de los errores que se cometieron al principio de la Segunda Guerra Mundial, al menos por ahora. Es verdad que los estadounidenses se han volcado a una expiación nacional con respecto a los aborígenes, la esclavitud, el linchamiento y la segregación de los afroamericanos, y el internamiento de los ciudadanos estadounidenses de origen japonés en la Costa Oeste durante la Segunda Guerra Mundial. Pero el recuerdo de la "guerra buena" todavía está demasiado fresco en su memoria, o es una percepción demasiado necesaria como para someterla al mismo escrutinio emocional. El encarnizado debate disparado, en 1995, por la exposición sobre el bombardero "Enola Gay", a pesar de las imperfecciones del material explicativo, reveló la gran resistencia del público a encarar este tipo de análisis [18]. Es posible cuestionar y debatir los sucesos de Hiroshima y Nagasaki, pero la guerra aérea convencional está más allá de toda reevaluación popular amplia. Las recientes historias sobre los bombarderos estadounidenses, sobre todo la historia de Stephen Ambrose acerca de las incursiones de los B-24 Liberator, se escriben en tono heroico. Thomas Childers, en su conmovedora historia sobre la guerra protagonizada por su tío, piloto de B-24, titulada Wings of Morning (Las alas de la mañana) (que evidentemente inspiró a Ambrose, aunque éste jamás lo reconoció), tampoco intentó poner en tela de juicio la lógica de las incursiones aéreas realizadas hasta abril de 1945 inclusive [19]. Pero el libro de Childers versaba, explícitamente, sobre una experiencia subjetiva, la muy peligrosa experiencia que los estadounidenses normales y corrientes atravesaban al ejecutar las órdenes que recibían, y Childers ha prometido escribir un segundo volumen sobre la experiencia de la guerra terrestre. Pero nadie ha sugerido que, si se supone que los soldados estadounidenses deben resistirse a cumplir órdenes inmorales o si los comandantes pueden ser sancionados por impartirlas, cabría incluir algún aspecto de la guerra aérea en esa categoría moral.
Los debates sobre la guerra aérea, que tienen lugar entre los alemanes, los británicos y los estadounidenses por igual, revelan que gran parte de las discusiones sobre la legitimidad o la justificación de los bombardeos aéreos masivos basada en la "guerra justa" estaba fuera de lugar. En las guerras nacionales a gran escala, incluso cuando las sociedades se encontraban bajo un régimen totalitario y se consideraba que los ciudadanos no ejercían influencia alguna sobre sus gobernantes, las represalias se transformaron en una práctica aceptada. Como un parlamentario británico, miembro del partido liberal, escribió en 1942, "estoy totalmente en favor del bombardeo de las zonas de las ciudades alemanas donde viven las clases trabajadoras. Soy un discípulo de Cromwell y creo en la idea de "matar en nombre de Dios", porque pienso que la población civil alemana nunca tendrá conciencia de los horrores de la guerra hasta que los haya experimentado en carne propia" [20]. Obviamente, cuando se habla de un bombardeo con fines pedagógicos no se está diciendo que los niños de cinco años merezcan recibir esa lección. Más bien, se supone que son los progenitores alemanes quienes tienen que aprenderla, al ver morir a sus niños inocentes. Pero incluso sin semejante grado de cólera justiciera, tendemos a aceptar las represalias. Sin duda, la amenaza de las represalias se convirtió en un recurso aceptable durante la Guerra Fría, cuando las operaciones masivas de represalia se basaban en la "disuasión recíproca segura" y en la estrategia del segundo golpe, basada en apuntar los misiles hacia las grandes ciudades enemigas, fue mayormente aceptada hasta la década de 1980, cuando el consenso sobre la disuasión nuclear comenzó a desvanecerse.
De todos modos, para la mayoría de nosotros, tal represalia debe entrañar consideraciones estocásticas o actuariales. Lo que sigue siendo inaceptable es tomar como blancos a personas civiles individuales. Lo que sí es aceptable es una represalia infligida con la certeza estadística de que un cierto porcentaje de civiles ha de morir. En última instancia, los que entre nosotros aceptarían la guerra aérea dicen que, en ciertas condiciones, puede ser necesario quemar bebés. Aunque los bebés no sean nuestro objetivo directo, todos estamos suficientemente familiarizados con las estadísticas como para saber que nuestra elección, influenciada por la historia, causará la muerte de aquellos a los que ninguna teoría de una sociedad en guerra podría acusar, plausiblemente, de haber optado por la guerra. Supuestamente, dijo el Señor: "Mía es la venganza". Pero la venganza también es nuestra, e incluso la muerte de civiles, a condición de que las víctimas no se seleccionen personalmente. Es curioso. ¿Por qué es más aceptable la muerte de, digamos, el cinco por ciento de la población de una ciudad con medio millón de habitantes (25.000 personas), siempre que no especifiquemos cuál cinco por ciento, mientras que fusilar a 50 rehenes sin más trámite es inaceptable? Sin embargo, es así. La cuestión no estriba exactamente en el carácter aleatorio de los ataques, porque el terrorista no sabe, por ejemplo, qué adolescentes se encontrarán en tal café de Jerusalén, ni quién estará trabajando en el World Trade Center. El o la terrorista infligen la muerte como en una lotería. ¿Se trata de la distancia? ¿El que mata desde cerca se considera más responsable que el que lo hace desde lejos? Cualquiera sea el origen de estos escrúpulos, y sea cual sea la causa de la muerte (bombardeo, bloqueo, radiación, y así siguiendo), la muerte de personas no individualizadas es más aceptable que la muerte de personas identificadas. Pero ¿es más aceptable, desde el punto de vista ético, tratar la vida y la muerte como un juego de lotería, que infligir la muerte a grupos específicos de personas? ¿Y por qué es más aceptable tolerar, como medio de guerra, el bombardeo masivo de ciudades y pueblos, con la certeza estadística de que habrá víctimas inocentes, y condenar el terrorismo que, intencionalmente, mata a civiles inocentes como si fueran peones en una respuesta política?
Hay dos respuestas posibles, y ninguna de ellas es muy satisfactoria. La primera es que el objetivo específico del terrorismo es matar a personas inocentes; en los bombardeos de las ciudades, la muerte de personas civiles es, simplemente, aceptada. Por supuesto, el historiador no es un especialista en ética. Pero ¿hasta qué punto se defiende esa distinción? La segunda respuesta es que los regímenes perversos mantienen como rehenes a sus propios ciudadanos, y son tan responsables por la muerte de personas "inocentes" como aquellos que intentan derribarlos. Los alemanes empezaron la guerra, o mejor dicho, la empezó su Führer. Eso suena bien, pero no hace menos cómplices a los bombarderos. ¿A qué edad se hacía uno nazi, o simpatizante de los nazis? Sin duda, no antes de los 4, ó 5, ó 6 años, o... o... o. Los lectores esperan, creo que con justicia, que los historiadores asuman la responsabilidad secundaria de aprobar o desaprobar las difíciles elecciones de los protagonistas. Decir que el libro "El incendio" de Friedrich es imperfecto debido a su falta de equilibrio o su lenguaje incendiario, no es suficiente para sacarnos de dificultades. Como buenos liberales, podríamos aducir, plausiblemente, que nuestros hombres de Estado y nuestros pilotos podrían haber matado a menos bebés o a menos no combatientes. Eso es lo que la mayoría de nosotros pensaría después de haber leído la obra de Friedrich. Sin embargo, a la postre, me veo obligado a enfrentarme con incoherencias y creencias que preferiría evitar. El jus in bello sigue siendo, en el mejor de los casos, un conjunto de directrices asintóticas, nunca respetadas por completo y a menudo violadas hipócritamente. Pero ¿qué otra alternativa tenemos?
NOTAS
[1] Tucídides, Historia de la Guerra del Peloponeso, vol. XXI.
[2] Geoffrey Best, Humanity in Warfare: The Modern History of the International Law of Armed Conflicts, Methuen, Londres, 1983.
[3] En muchos ensayos, Barton J. Bernstein puso orden en buena parte de los argumentos. Por supuesto, a continuación surgen las cuestiones cuantitativas. ¿Cuántas vidas tendrían que haberse salvado? Stimson y Bundy alegaban que la bomba atómica serviría para prevenir la invasión de Honshu, planificada para 1946, que podría haber costado "un millón de vidas". El argumento fue mejorado, porque la primera invasión, prevista para el otoño de 1945, probablemente habría tenido lugar en Kyushu, una isla más pequeña, con un menor número estimado de víctimas. Por otro lado, cuando los que critican el uso de la bomba postulan que no era realmente necesaria una invasión, los partidarios del uso de la bomba responden que el bloqueo de Japón probablemente habría costado más vidas japonesas que la propia bomba. V. la reflexiva ponderación de estas cuestiones desplegada por McGeorge Bundy en Danger and Survival: Choices about the Bomb in the First Fifty Years, Random House, Nueva York, 1988.
[4] Best, op. cit. (nota 2), pp. 190-200.
[5] Además de Best, v. Herfried Münkler (ed.), Der Partisan: Theorie, Strategie, Gestalt, Westdeutscher Verlag, Opladen, 1990, que contiene una serie de ensayos sobre teorías de la guerra revolucionaria y partisana.
[6] Best, op. cit. (nota 2), p. 274; Charles Webster y Noble Frankland, The Strategic Air Offensive against Germany, 1939-1945, 4 vols., Her Majesty’s Stationery Office, Londres, 1961, vol. IV, pp. 71-76.
[7] Stephen A. Garrett, Ethics and Airpower in World War II: The British Bombing of German Cities, St. Martin’s, Nueva York, 1993, pp. 142-144; Tami Davis Biddle, Rhetoric and Reality in Air Warfare: The Evolution of British and American Ideas about Strategic Bombing, 1914-1945, Princeton University Press, Princeton, 2002; también Michael Walzer, Just and Unjust Wars: A Moral Argument with Historical Illustrations, Basic Books, Nueva York, 1977.
[8] Los diversos informes de US Strategic Bombing Survey (Estudio estadounidense sobre el bombardeo estratégico) se dieron a conocer a partir de octubre de 1945; v. John K. Galbraith, A Life in Our Times: Memoirs, Houghton Mifflin, Boston, 1981; Richard Overy, Why the Allies Won, Norton, Nueva York, 1995, pp. 230-232.
[9] Overy, op. cit. (nota 8), pp. 103-04.
[10] El número de víctimas en Dresde se transformó rápidamente en un cálculo politizado. Por un tiempo, se estimó en unos 100,000 muertos; después, David Irving, en The Destruction of Dresden (1963), consideró plausible un total de 135.000, que ascendía gradualmente hasta 250.000. Este autor pareció, por último, aceptar la cifra de 100.000. Al régimen comunista le convino aceptar ese cálculo aproximado, pero unas estimaciones más cuidadosas redujeron el total. En la entrada del Zwinger, uno de los tesoros arquitectónicos de Dresde, hoy restaurado, todavía hay una placa colocada por el régimen de Alemania Oriental con su versión de la historia de la Segunda Guerra Mundial: "destrucción de la ciudad interior de Dresde" por las fuerzas aéreas de Gran Bretaña y Estados Unidos en febrero de 1945, "liberación" de Dresde de los fascistas por los ejércitos de la Unión Soviética en mayo de 1945, y reconstrucción de la obra maestra barroca por el Estado alemán obrero y campesino. Con respecto a la primera reevaluación erudita del número de víctimas, v. Götz Bergander, Der Luftkrieg in Dresden (1977), quien lo estimó en 40.000. El cálculo más reciente (entre 25.000 y 40.000) es el de Frederick Taylor, Dresden: Tuesday, February 13, 1945 (Harper Collins, Nueva York, 2004), obra que incluye un análisis de cómo se infló el número de víctimas (pp. 443-48). Con respecto a Hamburgo, v. la vívida narración de Martin Caidin, The Night Hamburg Died, Ballantine, Nueva York, 1960.
[11] Jörg Friedrich, Der Brand: Deutschland im Bombenkrieg 1940-1945, Propyläen Verlag, Munich, 2002, que Columbia University Press pronto publicará en inglés; W. G. Sebald, “Air War and Literature” (“Luftkrieg und Literatur”, 2001), ahora incluido en su obra On the Natural History of Destruction, traducción de Anthea Bell, Random House, Nueva York, 2003; Günter Grass, Im Krebsgang, Steidl, Gotinga, 2002.
[12] Citado en: Richard Rhodes, Downfall: The End of the Imperial Japanese Empire, Random House, Nueva York, 1999, p. 48.
[13] V. los excelentes artículos presentados en H-German (un foro de debate en Internet) por Joerg Arnold el 3 de noviembre de 2003 y por Douglas Pfeiffer el 4 de noviembre de 2003. En mi opinión, esos artículos abordan adecuadamente los puntos fuertes y débiles de esta obra. Pfeiffer hace mayor hincapié en las cuestiones militares y políticas, mientras que Arnold se centra más en los problemas morales y conceptuales. Otras personas también han señalado las inexactitudes del libro como fuente erudita. V., p.ej., la lista recapitulativa de errores elaborada por Horst Boogs, en su contribución a Ein Volk von Opfern? Die neue Debatte um den Bombenkrieg 1940-45, Rowohlt, Berlín, 2003. Obviamente, este debate encierra muchos temas controvertidos. Las cuestiones que reflejan una mentalidad más cerrada son las que conciernen a los historiadores como tales. ¿En qué medida puede el historiador meramente informar o analizar las diferentes posiciones sin comprometer su propio juicio moral? En segundo lugar, ¿qué clase de retórica es legítima para una narración histórica? Si un vocabulario particular queda asociado con lo que unánimemente se considera la atrocidad más abominable (como el lenguaje antiséptico utilizado por los nazis cuando llevaban a cabo la "solución final"), ¿es ilegítimo utilizar ese lenguaje para otras situaciones? ¿Es el "mal gusto" una categoría válida cuando se trata de escribir la historia? Saul Friedlaender procuró encarar esta cuestión desde el otro lado, cuando cuestionó el kitsch nazi, esto es, el esfuerzo intencional por evocar las dimensiones estéticas del fascismo y el nazismo. V. Reflections of Nazism: An Essay on Kitsch and Death, Harper & Row, Nueva York, 1984. Este fenómeno se ha conocido a través de películas (Hitler: Ein Film aus Deutschland, 1977, de Hans-Jürgen Syberberg, y The Night Porter, 1974, de Liliana Cavani), y novelas (Michel Tournier, Le Roi des aulnes, 1970, publicada en Estados Unidos bajo el título The Ogre). En su libro, Friedrich postula que el historiador no puede contentarse con una historia basada en la experiencia vivida, por más que sea importante transmitir esa experiencia. La televisión, el cine y el interés de la sociedad en el testimonio de las víctimas nos han llevado a pensar que, sin la evocación de la experiencia, la historia es estéril; empero, la historia no puede limitarse a la mera excavación de la experiencia a través de fotografías viejas, canciones tristes, extractos de diarios íntimos y cosas parecidas. Utilizar solamente estos vestigios equivaldría a crear una falacia patética. Es apropiado y, en mi opinión, a menudo es un deber transmitir los testimonios. Pero hacer justicia al testigo no es lo mismo que escribir historia. Puede ser el principio o el final de la reflexión histórica, pero son dos tareas distintas. Es posible que no haya historia sin memoria, pero tampoco puede existir una historia que no imponga disciplina a la memoria.
[14] Volker Hage, Zeugen der Zerstoerung: Die Literaten und der Luftkrieg, S. Fischer, Frankfurt, 2003. Esas crónicas comprenden, entre otras, las de Gerd Ledig, Vergeltung (1956), publicada en inglés bajo el título Payback, traducción de Shaun Whiteside, Granta, Londres, 2003, respecto de la cual Julia Torrie redactó un artículo para H-German (v., más arriba, nota 13), publicado el 5 de noviembre de 2003; y Hans Erich Nossak, Der Untergang (publicada inicialmente en 1948, reeditada por Suhrkamp, Frankfurt am Main, 1976); v. también un extenso ensayo de Scott Denham sobre Hans Erich Nossak, también publicado en H-German, 7 de noviembre de 2003.
[15] V. Klaus Maier y Horst Boog, en Militärgeschichtliches Forschungsamt (ed.), Das Deutsche Reich und der Zweite Weltkrieg, vol. 7, H. Boog et al., Das Deutsche Reich in der Defensive, Deutsche Verlags-Anstalt, Stuttgart, 2001; y Olaf Groehler, Bombenkrieg gegen Deutschland, Akademie Verlag, Berlín, 1990, desde el punto de vista alemán. Desde el punto de vista de los Aliados, v. Charles Webster y Noble Frankland, The Strategic Air Offensive against Germany, 1939-1945, 4 vols., Her Majesty’s Stationery Office, Londres, 1961; Wesley Frank Craven y James Lea Cate, eds., The Army Air Forces in World War II, 7 vols., Chicago, 1951; también, entre otros, Denis Richards, RAF Bomber Command in the Second World War, Penguin, Londres, 1994; y Max Hastings, Bomber Command, Pan Books, Londres y Sydney, 1981.
[16] En Lothar Kettenacker (ed.), Ein Volk von Opfern: Die neue Debatte um den Bombenkrieg 1940-45, Rowolt, Berlín, 2003, p. 122.
[17] Friedrich, op. cit. (nota 11), pp. 217-18.
[18] V. Philip Nobile (ed.), Judgment at the Smithsonian: Smithsonian Script by the Curators at the National Air and Space Museum, Marlowe & Company, Nueva York, 1995. La nota final de Barton J. Bernstein es una valiosa síntesis de los debates que se vienen registrando desde 1945.
[19] Thomas Childers, Wings of Morning: The Story of the Last American Bomber Shot down over Germany in World War II, Addison Wesley, Reading, MA, 1995; Stephen E. Ambrose, The Wild Blue: The Men and Boys who Flew the B-24s over Germany, Simon & Schuster, Nueva York, 2001.
[20] Geoffrey Shakespeare a Archibald Sinclair, citado en Hastings, op. cit. (nota 15), p. 147.