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26-11-2004  Historias del terreno  por Carlos Ríos, delegación del CICR, Bogotá
Colombia: transcurrieron 8 horas y 45 minutos antes de que Juan recibiera ayuda
"Me habría gustado seguir viviendo en el campo cultivando plátanos y maíz para venderlos y manejando la lancha en la que transportaba pasajeros y carga. Pero todo eso pertenece al pasado, ahora mi vida es otra"

Estas palabras provienen de un joven campesino colombiano a quien una mina antipersonal le cambió los planes y los sueños. Un joven de 26 años quien, hace dos años, se vio obligado a trasladarse desde su vereda ubicada en Norte de Santander (cerca de la frontera con Venezuela) hasta Bogotá, para comenzar un proceso de rehabilitación física y psicológica.

Juan* vivía con su tía Edilia* desde que era niño. Con ella cultivaba una tierra en la vereda Angalia, en el municipio de Tibú (Norte de Santander). Los ingresos que producía la venta del maíz y los plátanos, sumados a los obtenidos con la lancha, les aseguraban el sustento.

Juan intenta reconstruir su vida luego de perder la pierna izquierda en un accidente de minas.©ICRC/C. Rios

Pero, en un instante, todo cambió. El 7 de marzo de 2002, Juan regresaba a casa luego de visitar a algunos familiares en el pueblo. Pensó que si se ausentaba más de dos días, su tía podría preocuparse. Tomó un bus que lo condujo por una escarpada carretera hasta Filo Gringo, una vereda ubicada a mitad de camino de su casa. Desde allí debía caminar más de cuatro horas para llegar a su destino. Juan decidió almorzar antes de emprender el recorrido. Fue un viaje que nunca terminaría.

De repente, una explosión lo arrojó a varios metros de distancia. «Aunque el dolor era inmenso, no perdí el conocimiento. Sabía que había pisado una mina; caí en la cuenta por los montones de hojas secas que veía en el camino.

«Comencé a gritar como un loco a ver si algún hombre armado de los que se encuentran en la región me oía y me ayudaba, teniendo en cuenta que soy un civil. En vano. De pronto, cuatro campesinos llegaron y me subieron a una lancha. Sangraba mucho y el dolor era infernal.

«La lancha llegó a Puerto Catatumbo en 15 minutos. Desde allí me llevaron en un carro hasta Filo Gringo, a 30 minutos, donde recibí los primeros auxilios. Aunque estaba consciente, sentía que me iba a morir».

«Luego, en una camioneta, y tras dos horas de camino, llegamos a El Tarra, desde donde una ambulancia tardó seis horas en llegar a Ocaña».

Juan recuerda que entre El Tarra y Ocaña tuvieron que parar varias veces en los retenes que los grupos armados habían montado a lo largo de la vía. «En cada parada, a pesar de la gravedad de las heridas, teníamos que contar qué había pasado y, lo más importante, convencerles de que yo era un civil», recuerda Juan. En Ocaña, pese a los esfuerzos médicos, tuvieron que amputarle la pierna izquierda. En total, habían transcurrido 8 horas y 45 minutos antes de que Juan recibiera ayuda.

Seis días después, Juan fue dado de alta del hospital de Ocaña y se dirigió a Cúcuta, capital nortesantanderina. Allí se hospedó en casa de unos primos, adonde fue a visitarlo su tía. Ésta se mostraba algo preocupada y le comentó que había decidido no volver a la vereda, que prefería perder todo y quedarse en Cúcuta. Juan le preguntó qué pasaba y ella le contó que unas personas lo andaban buscando porque supuestamente él había puesto una denuncia y querían que la retirara; de lo contrario, su familia iba a pagar las consecuencias. «Lo mejor de todo es que yo nunca denuncié el incidente, ¿de qué sirve?,» dice Juan.

Una vez superada la etapa crítica del accidente, comenzó para Juan la fase más difícil: la rehabilitación. Por recomendación de los médicos del hospital de Cúcuta, donde recibió atención médica durante varios meses, se dirigió a la oficina del CICR, donde le comentaron la posibilidad que tenía de viajar a Bogotá para participar en un programa de rehabilitación financiado por el CICR. Juan aceptó de inmediato.

En el Instituto San Felipe Neri, en Bogotá, Juan, además de dedicarse a su rehabilitación física y psicológica, comenzó una formación profesional, lo que le permitirá ganarse la vida a pesar de su minusvalidez. Estudia panadería y piensa quedarse en Bogotá, «es una ciudad más adecuada para un minusválido. ¿Qué podría hacer ahora en el campo?», se pregunta.

Han pasado 16 meses desde que Juan llegó a Bogotá. Hoy su vida es otra y sus sueños también han cambiado. El efecto psicológico que la mina ha tenido en su vida es enorme. Durante muchos meses tenía problemas para conciliar el sueño, sentía miedo y ansiedad generada por la incertidumbre.

Su tía sigue en Cúcuta tratando de sobrevivir. No ha podido venir a visitarlo ni él ha podido ir a verla. Como Juan, centenares de colombianos se han visto obligados a cambiar sus sueños y sus metas por los efectos que las minas antipersonal han causado en sus vidas. «La guerra que vivimos es absurda», asegura Juan. «Todos somos hermanos y nos estamos matando. Yo me pongo a pensar ¿por qué pasa esto?».

A pesar del conflicto armado interno que reina en Colombia, este país se adhirió, en 1999, a la Convención sobre la prohibición de las minas antipersonal. Aun así, como el conflicto se ha recrudecido desde 2002, desgraciadamente, el problema de las minas antipersonal empeora y aumenta el número de víctimas civiles y militares. La acción contra las minas también se ve obstaculizada por el conflicto armado. Medidas para reducir la amenaza que representan estos artefactos para los civiles incluyen la educación sobre los riesgos de las minas. Otras medidas son la asistencia a víctimas como Juan. Estas actividades y medidas son esenciales para aliviar los sufrimientos que causan las minas antipersonal en Colombia.

Juan ha aprendido a ver la vida con optimismo. Ahora piensa en la forma de buscar recursos para montar su propia empresa. Está seguro de que saldrá adelante.


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26-11-2004