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1-11-1999  Declaración oficial  por Cornelio Sommaruga
El Derecho International Humanitario a las puertas del tercer milenio

XXVII Conferencia Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja, Ginebra, 1 de noviembre de 1999
Declaración del Presidente del Comité Internacional de la Cruz Roja, Señor Cornelio Sommaruga


La inauguración de nuestra Conferencia media entre dos fechas simbólicas:

Hace algunas semanas, celebramos el quincuagésimo aniversario de los Convenios de Ginebra. Dentro de unas semanas entraremos en un nuevo siglo y en un nuevo milenio.

Estos dos acontecimientos nos deben incitar a echar una mirada retrospectiva, para sacar las enseñanzas que se imponen: nos deben llevar, sobre todo, a mirar hacia el futuro para comprender mejor las promesas y los peligros.

En primer lugar, refirámonos al pasado.

La aprobación de nuevos convenios, los Convenios de Ginebra del 12 de agosto de 1949, fue un progreso extraordinario en el plano humanitario, especialmente la aprobación del Convenio relativo a la protección debida a las personas civiles en tiempo de guerra. Fue también un éxito político de primer orden; en efecto, con el bloqueo de Berlín y la guerra civil de China, el mundo parecía estar más dividido que nunca. Sin embargo, a pesar de estas divisiones, los Estados lograron reagruparse en torno a los emblemas de la cruz roja y de la media luna roja, para aprobar un nuevo régimen destinado a proteger a las víctimas de la guerra.

Si bien los nuevos Convenios de Ginebra han salvado millones de vidas, la división del mundo en dos bloques antagónicos obstaculizó con demasiada frecuencia el respeto del derecho humanitario durante los conflictos que surgieron como resultado doloroso de la Guerra Fría.

No lo olvidemos y eliminemos de nuestra mente la idea –errónea– de que las cosas eran más fáciles en tiempos pasados. Los obstáculos eran diferentes; no eran menos reales que los que tenemos hoy ante nosotros.

La Guerra Fría finalizó hace diez años con la caída del muro de Berlín; no hay motivo para añorar aquel período durante el cual la humanidad vivió bajo la amenaza constante de su propio aniquilamiento.

Pero hay que reconocer que el fin de la Guerra Fría no aportó la tranquilidad generalizada que los pueblos esperaban. Si bien soluciones políticas han puesto término a numerosos conflictos importantes en América Central, en Asia del Sudeste y en África Austral, otros conflictos han perdurado, pues factores endógenos han sustituido la anterior confrontación ideológica. Pero, ante todo, el fin de la Guerra Fría ha liberado tensiones y odios que han desembocado en conflictos de una rara violencia, principalmente en los Balcanes, en el Cáucaso y en Asia Central.

Mientras que el mundo ha superado las antiguas divisiones, mientras que el mundo está ceñido en una red de cambios cada vez más densa como consecuencia del extraordinario desarrollo de los medios de transporte y de comunicaciones, asistimos al aumento de las reivindicaciones de identidad y de los particularismos que conducen a una excesiva intolerancia, al rechazo de lo ajeno, a la exclusión y a la guerra, y que a veces llevan a la forma extrema de intolerancia que creíamos que había desaparecido para siempre: el genocidio.

La comunidad internacional y las organizaciones humanitarias se ven cada vez más confrontadas con situaciones caracterizadas por el aumento de los actores de la violencia, por el desmoronamiento de toda estructura estatal y por una creciente interrelación entre la acción política y la criminalidad del derecho común.

Mientras las necesidades de las víctimas son, quizás, mayores que nunca antes, la inseguridad impide con suma frecuencia la acción de las instituciones humanitarias. El Comité Internacional de la Cruz Roja, al igual que otras organizaciones, ha pagado en estos últimos años un alto precio por su voluntad de acudir en ayuda de las víctimas de conflictos a pesar de un contexto cada vez más caótico. Permítaseme evocar aquí la memoria de nuestros delegados, de nuestros colaboradores nacionales y de los socorristas de las Sociedades Nacionales de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja que han pagado con sus vidas su compromiso humanitario. Permítaseme también manifestar mi solidaridad a todas las demás organizaciones humanitarias que han sido víctimas de agresiones.

Los secuestros, las agresiones, los asesinatos, son acontecimientos trágicos que, desafortunadamente, reflejan el creciente menosprecio del derecho internacional humanitario, del emblema protector y del ser humano.

El CICR, en efecto, se enfrenta día a día a graves y repetidas violaciones del derecho humanitario.

El tiempo no me permite abordar con ustedes los diferentes escenarios de conflicto donde el Comité Internacional presta servicios. Sepan que nuestros delegados están actualmente presentes en más de cincuenta países afectados por la guerra, guerras civiles y otras formas de violencia, en África, Oriente Próximo, Asia, América Latina y Europa. Esta cifra demuestra por sí sola el número de conflictos que azotan a la humanidad y el volumen de las necesidades de los heridos, los prisioneros y las personas civiles víctimas de estos enfrentamientos.

Si tratásemos de extraer las características comunes de estos conflictos, desearía hacer hincapié en cinco preocupaciones:

La primera se refiere a la suerte que corre la población civil. En realidad vemos con demasiada frecuencia que las propias personas civiles son tomadas intencional y deliberadamente como objetivos. La guerra no persigue solamente la victoria de las armas, sino que va dirigida contra las personas civiles con el propósito de modificar la composición étnica de un territorio codiciado. Se ataca deliberadamente a las personas civiles, sea para obligarlas a huir, sea para eliminarlas. Los recientes acontecimientos en Croacia, Bosnia-Herzegovina, Ruanda, Kosovo y Timor están en la memoria de todos.

Esta evolución socava los cimientos del derecho humanitario.

Sin embargo, la amenaza va mucho más allá: son las propias bases de toda convivencia las que están en juego en virtud de políticas de purificación étnica o del genocidio. La comunidad internacional ha tenido que actuar y lo ha hecho. Es cierto que con diferentes resultados, y mezclando demasiado lo político y lo humanitario.

La segunda preocupación se refiere a las minas antipersonal, de las cuales ya se ha hablado ampliamente en conferencias anteriores. Sin embargo, esto no es óbice para que el presidente del Comité Internacional de la Cruz Roja alce su voz contra las armas que causan daños indiscriminadamente, que mutilan sin esperanza de curación y que continúan cobrando víctimas mucho después de finalizadas las hostilidades.

La aprobación de la Convención de Ottawa es una victoria en la lucha contra esta arma de cobardes. Sin embargo, ahora es necesario que ésta sea ratificada universalmente: hasta el momento sólo 88 Estados se han adherido a este tratado. También es necesario que las disposiciones sean respetadas y para ello es necesaria una nueva movilización.

La tercera preocupación se refiere al comercio de las armas ligeras que causan indecibles sufrimientos y desestabilizan los países destinatarios del flujo incontrolado de armas. Los Estados y las empresas que exportan armas deben tener presente que comparten con los combatientes la responsabilidad del uso que de ellas se hace.

Por último, deseo resaltar muy particularmente la suerte que corren las víctimas inocentes, principalmente los niños atrapados en el torbellino de la guerra. Me refiero a los niños soldados, a todos los niños enrolados, a veces por la fuerza, muchas veces involucrados en las misiones más riesgosas, puesto que no saben medir el peligro. Muchos mueren o son mutilados; a todos se les priva de su infancia, que queda truncada en el horror de los combates. Pero también hay que denunciar las agresiones contra los niños, los asesinatos, las violaciones y las violencias que ningún argumento puede justificar.

Al igual que el sufrimiento de los niños, nos preocupa el sufrimiento de las mujeres, y en este sentido deseo hacer a ustedes partícipes del compromiso del CICR de prestar especial atención en todas nuestras actividades a la suerte que corren las mujeres víctimas de los conflictos armados: en nuestros programas de difusión, en nuestras actividades de protección y en nuestros programas de socorro. Es el compromiso solemne adquirido por el CICR y que éste me ha solicitado dar a conocer a ustedes.

Si miramos ahora hacia el futuro, tenemos que reconocer que aún no columbramos un nuevo orden internacional. Hace diez años el mundo entró en un período de transición e inestabilidad que genera nuevos conflictos.

Todo hace pensar que estos conflictos provocarán en el futuro muchas más víctimas que en el pasado, aunque sólo sea a causa del crecimiento demográfico, de la creciente vulnerabilidad de la población, como consecuencia del desarrollo de la urbanización y de la degradación del medio ambiente natural, y, ante todo, a causa de la proliferación de armas de toda índole.

De acuerdo con todos los análisis, los conflictos internos serán mucho más numerosos que los conflictos entre los Estados. Como consecuencia de la desaparición de la bipolaridad, tanto en el orden interno de los Estados, como en el plano internacional, estos nuevos conflictos serán testigos de una nueva proliferación de los actores de la violencia, lo cual conducirá en algunos casos al derrumbe de toda estructura estatal.

Cualesquiera que sean las perspectivas, no podemos, no debemos dejarnos caer en el pesimismo. Las dificultades que, al parecer, nos tiene reservadas el futuro, no deben llevarnos a la resignación. Por el contrario, es necesario actuar.

Es por ello que el Movimiento Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja propone a ustedes un Plan de Acción que tiene como objetivo especial fortalecer el respeto del derecho humanitario y, por este medio, la protección de las víctimas de la guerra. Este Plan de Acción se basa en la convicción, fruto de la experiencia, de que si se desea hacer una obra útil, es necesario tratar de impedir el desencadenamiento de la violencia, en vez de reaccionar cuando nos vemos confrontados con el estallido de una violencia desenfrenada.

Ustedes conocen este Plan de Acción. Las medidas propuestas abarcan la universalidad de los tratados del derecho humanitario, la inclusión de las disposiciones de estos tratados en la legislación de los Estados, las distintas medidas que conviene adoptar para que todos aquellos que están llamados a respetar el derecho humanitario conozcan esas disposiciones y, por último, la necesidad de prevenir y reprimir las violaciones del derecho.

La comunidad internacional se ha provisto recientemente de los medios para garantizar esta represión en el plano internacional, mediante la creación de los tribunales penales internacionales para la ex Yugoslavia y Ruanda, y mediante la aprobación de los Estatutos de la Corte Penal Internacional que marcan una etapa decisiva en esta esfera. Todos aquellos que pudieran estar tentados de violar las normas del derecho humanitario han de saber que, en el futuro, se exponen a tener que responder por sus crímenes.

Por último, es necesario recordar que al adherirse a los Convenios de Ginebra, los Estados se han comprometido no sólo a respetar dichos Convenios, sino también a hacerlos respetar en toda circunstancia. En efecto, cada uno de los miembros de la comunidad internacional se ha comprometido a velar por que estos tratados se respeten de forma universal y a utilizar sus propios medios para ello: las presiones diplomáticas, las presiones en el marco de las organizaciones internacionales, incluidas las presiones económicas, siempre que se respeten las disposiciones que prevén derogaciones en favor de los grupos más vulnerables.

¿Puede incluso esta obligación conducir a la autorización del uso de la fuerza? El derecho internacional humanitario no lo prevé, pero tampoco lo excluye. En realidad es a la luz de las disposiciones de la Carta de las Naciones Unidas que se debe solucionar esta cuestión.

Las consultas que el CICR ha realizado a más de 20.000 víctimas de la guerra en el transcurso de los últimos meses, han demostrado que todos, y subrayo todos, son conscientes de la necesidad de que existan normas que limiten la violencia en la guerra, aun cuando las ideas difieran en cuanto al contenido de dichas normas.

Lo que las víctimas y las organizaciones humanitarias esperan de los Gobiernos no es que éstos sustituyan a los organismos humanitarios emprendiendo sus propias acciones de socorro, sino que velen por el respeto de las normas a las cuales han suscrito. Corresponde a los Estados hacer todo lo posible por que los tratados a los que se han adherido sean respetados universalmente y, de esta forma, puedan hacer una contribución –decisiva– a la protección de las víctimas de la guerra.

Esas víctimas han depositado su confianza en nosotros. Que la XXVII Conferencia Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja envíe al mundo un mensaje claro con vistas a restablecer el respeto del derecho humanitario.

Volvamos a situar al ser humano y al respeto de su dignidad en el centro de la reflexión política y en el centro de la decisión política, pues el ser humano es siempre la finalidad, tanto del Estado como de la comunidad internacional.

Abramos nuestros corazones al llamamiento de las víctimas. Sepamos escucharlas y darles la ayuda que necesitan. Sepamos darles la protección que su situación reclama, apoyándonos en los Convenios de Ginebra, en donde podamos hacerlo; aventajándolas siempre que sea necesario. Obremos en favor de una mayor tolerancia y de una real solidaridad.

“Cualesquiera sean su valor y su alcance, esos textos sólo tienen vigencia en función de los hombres que los aplican”, dijo el doctor Marcel Junod, que trabajó como delegado del CICR en todos los continentes, en su libro "El Tercer Combatiente" .

En esta misma obra añadía lo siguiente: “Muchas veces, durante las misiones que me llevaron a todos los teatros de la guerra, tuve personalmente la sensación de que yo mismo estaba empeñado en un combate.

Hay que combatir contra todos los que violan los Convenios, los pisotean o los olvidan. Hay que combatir para que se apliquen y para que se amplíen. Hay que combatir para que se acepte su espíritu cuando los textos son imperfectos.

Quien acepta esta misión no elude en absoluto los peligros de la batalla, pero permanece ciego y sordo a sus razones.

"Los adversarios nunca son más de dos, pero junto a ellos y, a veces, entre ellos hay un tercer combatiente”.

Este tercer combatiente es el delegado del CICR que se aventura entre las líneas para organizar un canje de prisioneros o para prestar socorro. Es el socorrista de la Cruz Roja o de la Media Luna Roja que acepta poner en peligro su vida por acudir en ayuda de aquellos que sufren. Pero también lo somos todos, los que nos hemos reunido en esta Conferencia bajo los emblemas de la cruz roja y de la media luna roja.

Las víctimas de la guerra han depositado sus esperanzas en nosotros. Sepamos responder a sus expectativas.

Ref. EXSO 99.11.01-SPA

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