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Ayude a las víctimas de la guerra: ¡haga un donativo al CICR hoy!
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25-08-2008  Reportaje  
Georgia: la vida continúa en las aldeas, pero ya nada es igual
Casi todas las personas que podía hacerlo huyeron a zonas seguras, pero los ancianos y los enfermos quedaron librados a su propia suerte, en aldeas aisladas. El CICR les proporciona ayuda y les asiste para restablecer el contacto con sus familiares.

©ICRC/J. Barry
Muchos de los ancianos que quedaron en las aldeas cuando los demás pobladores huyeron, son mujeres.

La aldea quedaba a unos tres kilómetros de la carretera principal a Gori, sobre un estrecho camino vecinal. Unas vacas de color castaño pastaban tranquilamente en las praderas. En los campos de maíz, acababa de terminar la cosecha. Los huertos estaban llenos de duraznos rojos y ciruelas violetas. La escena era idílica, salvo por el fantasmal silencio que reinaba en la zona.

Un anciano con un sombrero de tela estaba parado frente a un portón de hierro. Cuando los dos Land Cruisers del CICR se detuvieron a pedir indicaciones, se ofreció a mostrarles el camino. Más adelante, un grupo de hombres mayores sentados a la sombra de un árbol se acercaron a los vehículos, cuando éstos se detuvieron junto a una hilera de sólidas casas de ladrillos con techos de metal corrugado.

Uno tras otro, los habitantes fueron saliendo de altos portones, detrás de los cuales había huertos llenos de árboles frutales. Sólo un detalle hacía a esta sencilla escena diferente de cualquier otro encuentro en una aldea. Casi todas las personas que se aproximaban a los vehículos eran mujeres ancianas. Algunas se apoyaban sobre bastones. Sonreían con rostros arrugados, curtidos por el sol; su cabello blanco se ocultaba debajo de viejos pañuelos. Los hombres también mostraban la piel curtida y las manos arrugadas de agricultores que han pasado la vida trabajando en los campos.

Cuidados mutuos

©ICRC/J. Barry
En tiempo de conflicto, los ancianos son más vulnerables aún.

Al verlos aproximarse, parecía muy triste que estas personas de edad fuesen víctimas de una guerra que, unas semanas atrás, hubiese parecido inimaginable en este pacífico lugar.

Medea Javakshvili, que dijo tener 65 años, pero que parecía mucho más vieja, abrazó a una colaboradora del CICR, diciendo: "Mi hijo es cirujano en Gori, y mi hija está lejos. Ninguno de los dos puede venir a casa. Estoy aquí con mi hijo discapacitado. Estamos totalmente solos".

Otras mujeres, muchas ataviadas con vestidos negros, medias cortas y pantuflas, expresaron preocupaciones similares. Dijo una de ellas: "Necesitamos medicamentos; no podemos ir a Gori a comprarlos porque no hay transporte. Estamos aislados aquí".

Otra dijo: "Tenemos miedo, porque no sabemos qué está pasando".

La Sra. Javakhshvili seguía estrechamente abrazada a la colaboradora del CICR. "Usted sería una hermosa esposa para mi hijo", le dijo sonriendo.

Una mujer más joven se unió al grupo: "Sólo quedan doscientas personas aquí. Normalmente somos unos novecientos habitantes. Todos se fueron cuando comenzaron los enfrentamientos".

Cuando le preguntaron por qué se había quedado, la mujer, que dijo llamarse Tsitso, respondió: "No había otra persona que pudiese cuidar a los viejos".

"Ustedes son nuestra esperanza, no nos dejen solos", dijeron las demás mujeres, acercándose. "Ustedes son nuestra familia ahora".

Tras distribuir el arroz, la sal, el azúcar y el aceite de cocina que habíamos traído para las personas que se habían quedado sin víveres, seguimos viaje.

Un futuro incierto

©ICRC/J. Barry
Tanto los jóvenes como los ancianos quedaron desconcertados por lo que les ha sucedido desde que comenzaron las hostilidades.

La carretera comenzó a subir. En una aldea donde se paseaban al sol unos gansos y un agricultor llenaba contenedores de agua en el grifo público, otro grupo de ancianos se acercó cuando llegamos a la plaza central.

Dijo la ex directora de la escuela: "Llegaron unos hombres armados que se llevaron los equipos de la escuela. Pero nosotros tuvimos suerte, porque no se llevaron todo".

Le preguntamos si la escuela reabriría sus puertas cuando comenzase el período de clases. Respondió que no sería posible, ya que en la aldea sólo quedaban quince niños.

Mzia, una niña de once años, pecosa y de cabello rubio, es una de ellos. "Sí, quiero ir a la escuela, pero todos mis amigos se han ido", dijo con tristeza.

"Nosotros también nos hubiéramos ido", dijo el padre de Mzia, que estaba junto a ella. "Pero mi hijo es ciego. ¿Dónde podíamos ir? Mi otra hija vive en Tshkinvali y no puede salir de allí. Quisiera saber cómo está".

Al observar el aspecto de esta aldea, era evidente que, al igual que la anterior, había corrido mejor suerte que las poblaciones situadas cerca de las líneas del frente.

Pero el trauma de esta guerra, inesperada y violenta, que ahora todos esperan haya terminado, ha afectado a todos los pobladores.

"Sí, necesitamos alimentos", dijo un hombre viejo cuando le entregamos los socorros que habíamos traído. "Pero, más aún, necesitamos que haya paz".

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25-08-2008