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Cerca de Gonaives. Micheline, cuya casa fue destruida por un huracán, vive bajo una tienda con sus seis hijos.
El delegado del CICR Patrice Brutus se crió en Gonaives, la ciudad costera más azotada por los huracanes Gustav, Ike y Hanna en el verano (boreal) de 2008.
Patrice señala un campo ubicado en las afueras de la ciudad. Diez días atrás, 250 familias cuyas casas fueron destruidas o muy dañadas por las tormentas de septiembre estaban refugiadas allí en tiendas de la Cruz Roja haitiana. Ahora el campo está vacío.
Hallamos a las familias a un kilómetro de distancia, siguiendo un camino sin pavimentar. Atraídos por nuestras luces, hombres, mujeres y niños forman una multitud a nuestro alrededor. Necesitan alimentos y agua, pero ante todo están desesperados por recibir atención. Temen haber sido olvidados desde que la policía confiscó sus tiendas y los echó de su campamento en vísperas de Año Nuevo.
“Primero se llevaron mi tienda. Les supliqué que me la dejaran porque tengo seis niños, incluyendo un bebé recién nacido”, dice Micheline Jean. Visiblemente angustiada, intenta calmar el llanto de su hijo. Hoy todavía no ha podido alimentarlo.
Micheline comparte la tienda que logró rescatar con otras diez personas. Hay familias que no tuvieron la misma suerte. Están apiñadas debajo de sábanas y ropas atadas a palos de madera en el sitio que encontraron para su última morada: una parcela de tierra rocosa sin agua, sin letrinas y sin mucha esperanza.
En los días previos a Año Nuevo, las autoridades cerraron tres de los siete campamentos de Gonaives, la tercera ciudad más grande de Haití. No dieron explicaciones claras. Los emplazamientos se habían establecido en noviembre para alojar las tiendas de decenas de miles de personas que habían estado refugiándose en escuelas, iglesias y otros edificios públicos. La decisión tomó por sorpresa a los residentes y a los organismos internacionales que habían estado suministrando alimentos, agua y atención médica en los campamentos.
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Cerca de Gonaives. Familias cuyas casas fueron destruidas por los huracanes viven fuera de la ciudad en refugios improvisados.
Los desalojos forzosos enfrentaron a los organismos humanitarios con el desafío de ayudar a decenas de miles de personas a volver a sus casas en un- país de unos nueve millones de habitantes, donde la mayoría de las personas vive con menos de dos dólares por día. Gonaives, una ciudad de 300.000 habitantes, se ha convertido en el centro de la lucha para ayudar a Haití a salir de los efectos de una devastación que ya se ha cobrado más de mil millones de dólares en daños materiales, 800 muertos y más de 100.000 hogares destruidos o dañados.
El pedido de fondos de ayuda humanitaria internacional para Haití apenas ha reunido poco más de un tercio de los 106 millones de dólares solicitados por la ONU. Los esfuerzos orientados a la recuperación y la reconstrucción han flaqueado. La Organización Internacional para las Migraciones ha distribuido paquetes con elementos para la construcción a las personas desplazadas, pero éstos apenas contienen material suficiente para reconstruir una pequeña habitación, y claramente son insuficientes para la reconstrucción de una casa entera.
“Los paquetes de construcción son sólo un gesto para alentar a las personas a regresar a sus hogares”, dice Daniel Dupiton, director de la Cruz Roja de Gonaives. “Nadie cuenta con medios para pagar a albañiles, por eso venden los paquetes para comprar alimentos”.
Desde diciembre, la Cruz Roja ha estado capacitando a sus voluntarios en la adquisición de habilidades básicas de carpintería para que puedan reparar casas. Hasta ahora han refaccionado 50 hogares, con otros 50 en camino.
“Después del huracán, ayudé a evacuar a personas de sus hogares” dice Kexby Saget, voluntario de 23 años. “Ahora me hace sentir muy bien ayudarlos a volver”.
Kexby es uno de los 200 voluntarios que han estado aprendiendo a hacer ventanas y puertas, a revocar cielorrasos y colocar pisos. Alvin Orisme fue uno de los primeros en beneficiarse de las habilidades recientemente adquiridas. Él y su esposa y sus doce niños fueron desalojados de un campamento en vísperas de Año Nuevo, pero a diferencia de muchos de los residentes, tenían una casa habitable a la que volver.
“De no haber sido por la Cruz Roja”, dice, “estaría en la calle”.
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Gonaives. Voluntarios de la Cruz Roja de Haití ayudan a reconstruir casas.
Dupiton teme que más personas tengan que dejar sus refugios antes de estar preparados para volver a sus hogares. Hay dos mil casas con necesidades urgentes de reparación y él está presionando a las autoridades locales para que sigan el modelo de la Cruz Roja.
La Cruz Roja sólo está reparando casas en zonas a las que se considera seguras para el regreso. Las autoridades han prohibido la reconstrucción de hogares ubicados a menos de 10 metros de la orilla del río, pero muchas personas carecen de la capacidad o el dinero para mudarse.
Erick Phillippe y su familia querrían dejar el edificio abarrotado donde se refugian desde que las tormentas destruyeron su casa ubicada a orillas del río. Él y su esposa quedaron atrapados en un árbol durante dos días antes de ser rescatados, y ambos aún tienen pesadillas sobre la reaparición de las inundaciones.
Sus temores están justificados. Gonaives, situada como un cuenco sobre una llanura entre los océanos y las montañas, despojada durante décadas por la tala de árboles para la extracción de carbón vegetal, es muy vulnerable a las inundaciones. Cuando llegaron los huracanes, la riada que llegaba desde las laderas desprotegidas arrastró la capa superior del suelo, cubriendo la ciudad con 2,5 millones de metros cúbicos de lodo. En 2004, la mayoría de los 3.000 haitianos que perdieron la vida en la tormenta tropical Jeanne vivían en Gonaives. La comunidad internacional prometió millones para dragar los ríos y desarrollar proyectos de drenaje, pero poco fue lo que se hizo.
Al sur de Gonaives, en Montruis, las autoridades reconstruyeron los bancos del río después de que fueran destruidos en las tormentas de septiembre, pero los residentes temen que con la llegada de la siguiente temporada de huracanes vuelvan a romperse.
Jocelyne Saint Louis es una viuda de 27 años con tres niños. Seis meses después de que las inundaciones se llevaran su hogar ubicado a orillas del río, vive aún con sus hijos en un campamento asolado por el polvo con otras 60 personas, a pocos metros de los márgenes del río y su anterior hogar. La Cruz Roja ha proporcionado tiendas y vigila la bomba de agua, pero la ayuda alimentaria se acabó en octubre. Ahora las mujeres trabajan en un restaurante local a cambio de las sobras para alimentar a sus familias.
Jocelyne está agachada en la precaria tienda donde ella y sus niños duermen sobre ropas desplegadas sobre unas piedras. “Nunca pensé que algo así iba a ocurrirme”, murmura. “Siento como si fuera a pasar el resto de mi vida en este campamento. No veo ninguna salida”.