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14-03-2008  Entrevista  
Bagdad, marzo de 2003 - Testimonio de un delegado del CICR
En marzo de 2003, Roland Huguenin era el portavoz del CICR en Bagdad. Recuerda la angustia de los iraquíes frente a la inminencia de la ofensiva militar, los bombardeos, los sufrimientos padecidos por la población de la capital y las esperanzas frustradas.

©ICRC
Roland Huguenin, en la oficina del CICR en Bagdad, en marzo de 2003.

Usted se encontraba en Bagdad en marzo de 2003, ¿cuál era el estado de ánimo de la población iraquí ante la inminencia de la intervención militar?

Con la cercanía de un conflicto que parecía inevitable, la angustia aumentaba en todo el país. Pienso que la mayoría de los iraquíes estaban convencidos de que la intervención iba a producirse, pese a las multitudinarias manifestaciones en contra en todo el mundo.

Los iraquíes aún tenían muy presentes los bombardeos de 1991 y temían las consecuencias humanitarias de una nueva intervención militar, pero creo que, en ese momento, no se sentían ni lo suficientemente libres ni lo suficientemente seguros para atreverse a expresar una opinión clara y pronunciarse acerca de sus expectativas en cuanto al futuro.

Usted fue testigo del ataque a Bagdad, ¿cómo vivió esos días dramáticos la población de la capital?

Vea también:
  • Roland Huguenin. Testigo ocular - Bagdad, marzo de 2003.
  • The ICRC appeals to the parties to the conflict to respect international humanitarian law - 20 March 2003
  • Informe sobre las actividades del CICR en Irak, 22 de marzo de 2003.
  • En cuanto comenzaron las operaciones militares, la ciudad de Bagdad se vio paralizada, la economía dejó de funcionar. El acceso a la atención médica y el suministro de agua potable y electricidad se vieron seriamente limitados.

    Durante el ataque a la ciudad, además de los bombardeos aéreos colosales, inmensas nubes de humo ensombrecían el cielo: eran los incendios de petróleo creados artificialmente por las fuerzas armadas iraquíes alrededor de toda la ciudad para intentar, en vano, oscurecer la visión de los pilotos de los bombarderos. La contaminación atmosférica era espantosa. Luego, se levantaron tormentas de arena de una violencia increíble y el cielo alternaba entre el amarillo de la arena y el negro del humo.

    Las tiendas estaban cerradas y la población vivía casi encerrada en sus casas. Luego, cuando bombardearon los principales puntos neurálgicos, se suspendieron los servicios telefónicos y de electricidad.


    ¿Cuál fue la acción del CICR?

    El CICR estaba trabajando desde hacía mucho tiempo en el país y tenía un profundo conocimiento de las redes de distribución del agua y la electricidad. Gracias a la presencia de los ingenieros iraquíes que trabajaban con el CICR, esas redes siguieron funcionando en Bagdad, aunque de manera limitada, hasta el ataque final.

    Desde el comienzo de los bombardeos, el pequeño equipo del CICR que permaneció en Bagdad se ocupó, prioritariamente, de garantizar un abastecimiento mínimo de agua y electricidad y distribuyó equipos médicos de urgencia para operar a los heridos.

    Visitábamos continuamente todos los hospitales, pero como éramos pocos teníamos que desplegar esfuerzos considerables para obtener una visión global de la situación.

    Lo que más me importaba, como portavoz del CICR, era transmitir la voz de las víctimas, que eran tantas, y dar a conocer la situación desesperada de los hospitales.


    ¿Cómo hizo para superar las dificultades provocadas por la destrucción de las infraestructuras, en especial de las telecomunicaciones?

    Al principio, estábamos casi aislados del mundo, pero también de nuestros colaboradores en el país: como todas las centrales telefónicas de la ciudad habían sido destruidas, se había vuelto casi imposible entrar en contacto con ellos. La ciudad estaba ocupada, ya no había resistencia militar y, sin embargo, era tan difícil establecer la comunicación que la acción humanitaria corría el riesgo de verse paralizada.

    Por suerte, en cuanto cayó la ciudad, muchos iraquíes se precipitaron para ofrecerse como voluntarios. En parte, gracias a ese movimiento fue que logramos establecer contacto con una red de gente dispuesta a involucrarse.

    Entonces, ¿la solidaridad de muchos iraquíes fue lo que hizo posible que se pudiera responder a las necesidades más urgentes?

    Sí. Muchos iraquíes, médicos, farmacéuticos e ingenieros sanitarios, entre otros, se acercaron al CICR de forma voluntaria para ofrecerle sus servicios o se presentaron en el hotel Palestina, donde estaban alojados los periodistas y donde también se habían instalado las fuerzas internacionales. Eran tantos que, a veces, había filas de voluntarios dispuestos a ayudarnos.

    Algunos periodistas también nos ayudaron mucho: cuando alguno de ellos lograba acceder a un hospital alejado, nos transmitía las informaciones que había recabado, como la cantidad de heridos y sus necesidades específicas.


    Según su opinión, ¿el año 2003 marcó un quiebre en Irak desde el punto de vista humanitario?

    Algunos iraquíes habían depositado muchas esperanzas en el cambio de régimen. También contaban con que se restablecieran rápidamente las infraestructuras, como había ocurrido en 1991.

    Pero los iraquíes llevaban más de 13 años sufriendo las consecuencias de las sanciones económicas. Los medios instaurados por los organismos humanitarios no habían podido, por lejos, satisfacer las necesidades de toda una nación. En aquel entonces, el CICR se había preocupado particularmente por la dramática suerte de los niños en los hospitales y por el abastecimiento de medicamentos de las estructuras de salud.

    En los primeros meses posteriores al cambio de régimen, muchos grupos humanitarios afluyeron al país. La convergencia de esa afluencia y de la invasión militar hizo que se volviera muy delicado mantener la distinción necesaria entre lo que pertenecía al orden de lo humanitario y de lo militar, sobre todo porque muchos cuerpos de las fuerzas armadas realizaban además un trabajo de ingeniería civil.

    Y luego, unos meses después, esos grupos humanitarios se retiraron, lo que debió dejar un sabor amargo en esa población que sufría desde hacía tanto tiempo.

    Las frustraciones que se suscitaron fueron inmensas, pues, desde abril de 2003 y durante las semanas, e incluso los meses, posteriores, no pudo observarse ningún avance tangible.

    Otros documentos en esta sección
    En el mundo > Oriente Próximo y África del Norte > Irak 

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