Portada
  English
  Arabic
  Russian
  Chinese
Ayude a las víctimas de la guerra: ¡haga un donativo al CICR hoy!
israel-stories-050607
5-06-2007  Reportaje  
El Golán ocupado: historias de separación
La ocupación de la meseta del Golán por Israel impone severas restricciones a la vida cotidiana de los residentes árabes. Además, muchos tienen familiares en Siria, del otro lado de la línea de demarcación, a quienes no ven desde hace años.

Haniya Saleem Bader Eldeen Shams tiene 59 años. Vive en el Golán ocupado desde 1968, cuando llegó para casarse. Su hijo, Yusef Husein Shams, explica que la familia de su madre vive del otro lado de la línea de demarcación.

©ICRC/B. Barrett/il-e-01368
Haniya Saleem Bader Eldeen Shams

"Ella tenía una salud de hierro", dice, "pero, desde 2003, sufrió un infarto y hubo que hospitalizarla tres veces. Siempre llora, está triste y deprimida".

La última vez que Haniya vio a su familia fue en 2003, durante un viaje de una semana a Jordania. En el último día de la visita, su hermano mayor murió de un ataque al corazón, pero como el cuerpo fue trasladado a Siria, Haniya no pudo ir al entierro. Según su hijo, esa experiencia quebrantó su salud.

Antes, en 1990, Haniya pudo pasar un mes con su familia en Siria, gracias al programa de visitas familiares del CICR, pero las autoridades israelíes suspendieron el programa en 1992.

Todas las semanas, Yusef gasta unos 50 dólares en una llamada telefónica de 20 minutos, para que Haniya pueda hablar con su familiares.

"Es caro", dice Yusef, "pero, después de su enfermedad, hago lo que puedo para ayudarla".

"Cuando vino aquí, dejó atrás a sus familiares. Cesó de frecuentarlos, y no pudo ver crecer a los más pequeños. Ella extraña el ambiente familiar. Si se reanudara el programa, las visitas a los familiares compensarían algunos de esos momentos y sanarían, en parte, las heridas."

* * *

"Venir aquí fue una decisión difícil", dice Najwa Fawaz Abu Shagra-Amasha. "Mi familia y mi padre estaban muy tristes. Trataron de disuadirme. Tuve que ignorar sus ruegos para encontrar la fuerza de atenerme a mi decisión y no dejarme embargar por la tristeza."

©ICRC/B. Barrett/il-e-01370
Najwa Fawaz Abu Shaqra

Esta mujer de 24 años dejó su hogar en Damasco en 2004, recién casada, para vivir con su marido en el Golán ocupado. Se habían conocido en la Universidad de Damasco, donde ambos estudiaban.

"Al principio, el regreso de mi marido al Golán ocupado no era un problema", explica. "Nos vimos por tres años, mientras estudiábamos, y nos enamoramos. En ese momento, mi alternativa era dejar a mi novio, o dejar a mi familia. Me llevó un año obtener la autorización para venir aquí", añade. "Cuando llegó la aprobación, tuve que aprovecharla. Si hubiera vacilado, hubiese perdido la oportunidad".

Además de los problemas que entraña la adaptación a una nueva comunidad, Najwa no tiene derecho a tener una cédula de identificación israelí durante los primeros tres años de residencia, lo que significa que no puede viajar fuera de Israel y del Golán ocupado, no puede estudiar y no puede trabajar.

Su marido encontró trabajo como profesor de inglés en Beer Sheba, en el centro de Israel, y sólo vuelve a casa los fines de semana. Ella no tiene familia propia en Golán ocupado, y sin el programa de visitas familiares que le permitan cruzar la línea de demarcación, no sabe cuándo volverá a ver a sus seres queridos.

Dice que el momento más difícil fue hace dos años, cuando nació su hijo. "Quería estar con mi madre", dice. "Yo estaba triste; fue muy duro no tenerla conmigo."

* * *

"Mi padre estaba hablándonos desde la colina de los gritos con un altavoz, y se emocionó en demasía. Tuvo un ataque al corazón y murió allí mismo", explica Aida Kasim Amasha. "Inmediatamente, pedí permiso para ir a su funeral, pero me lo negaron. Quería tocar a mi padre por última vez."

©ICRC/B. Barrett / il-e-01369
Aida Kasim Amasha

La colina de los gritos está del lado sirio de la línea de alto el fuego, en la meseta del Golán, por encima de la aldea de Majdal Shams, a su vez ubicada en el lado ocupado por Israel. Las familias divididas desde el alto el fuego de 1967 usan altavoces para comunicarse por encima del alambre de púas que las separa.

Aida, de 47 años, vino de Damasco en 1980 para casarse en el Golán ocupado. Aunque estudió matemáticas, física y química en Siria antes de trasladarse, no tiene permiso para trabajar en Israel.

El año pasado, murió su madre, de 83 años. "Había estado enferma mucho tiempo, y la habían operado. Pero no pude ir a verla antes de que muriera." Dice que ahora está tan deprimida, que casi no sale de su casa.

Tiene cuatro hermanos y dos hermanas en Siria, pero no es posible visitarlos. "Los casamientos familiares allá son acontecimientos muy tristes para nosotros", añade. "No podemos participar."

Para ella, las dificultades de la vida en el Golán ocupado no son nada nuevo. Hace quince años, perdió a su hija de cinco años. "Lo único que pudo hacer mi familia fue darme el pésame desde la colina de los gritos."

* * *

Para Sheikh Hasan Yusef Basheer, de 93 años, "la familia es una experiencia física".

©ICRC/B. Barrett /il-e-01366
Sheikh Hasan Yousef Basheer

"Necesitamos tocarnos, sentir cómo los niños se trepan a nuestro cuerpo." Aunque sus hijas viven con él en la aldea de Majdal Shams, los restantes miembros de la familia están del lado sirio de la línea de alto el fuego trazada en 1967. "Los familiares son muy importantes", dice.

Pudo participar en una visita familiar organizada en 1979 y repitió la experiencia en 1990, pero las autoridades israelíes suspendieron el programa en 1992. "Era como un gran casamiento", dice. "Era la primera vez que veía a todos mis familiares desde la guerra de 1967. Todos cantaban, todos querían besarme y yo los besaba a todos. Pude quedarme un mes entero; estuvo muy bien."

Desde esa última visita, dos de sus hermanos murieron, pero todavía le queda un hermano, una hermana, sobrinos y sobrinas. Dice que espera verlos nuevamente, "si Dios quiere".

En su carácter de "anciano" druso, pudo cruzar a Siria en septiembre de 2006, como parte de un peregrinaje religioso anual facilitado por el CICR. Pero dice que el peregrinaje es demasiado corto, dejando a los peregrinos poco más de una tarde para dedicar a sus familiares.

"Después de tanto tiempo sin verse, es difícil hablar. Al principio, uno no sabe qué decir. Necesitamos tiempo para acomodarnos, conversar, restablecer el contacto, y recordar los viejos tiempos."

"El peregrinaje es demasiado breve para eso", dice. "Sólo reabre las heridas. Cuando vuelvo, estoy deprimido y triste." Se casó con su segunda mujer en 1994, "pero ella nunca pudo conocer a mis familiares del otro lado."

"Eso no está bien", concluye. "La gente muere sin poder ver a sus familiares. Todos somos seres humanos; ¿no tendríamos que tener derecho a visitar a los nuestros?"

* * *

"Soñé con el entierro de mi madre", dice Mohasna Sulieman Taweel Merij. "Por la mañana, me enteré de que había muerto esa noche." La madre estaba enferma desde hacía tiempo, y Mohasna intentó visitarla, pero no fue posible. "Mi madre lloraba y me suplicaba por teléfono que fuera a verla, pero yo no podía."

©ICRC/B. Barrett / il-e-01367
Mohasna Sulieman Taweel Merij points to her family's village in Syria just the other side of the mountain.

"Me envió un mensaje el día antes de su muerte, pidiéndome que la llamara, pero nuestro teléfono no funcionaba. Permaneció viva hasta la una de la mañana, preguntándose por qué yo no la llamaba", dice Mohasna.

Al enterarse del fallecimiento de su madre, trató de cruzar la línea de demarcación furtivamente y recorrer a pie los cuatro kilómetros hasta su aldea natal, pero sus hijos se lo impidieron, debido al peligro de los campos minados.

En 1973, cuando tenía 16 años, Mohasna se trasladó de la aldea de Hadar, en Siria, al Golán ocupado, para casarse. Volvió una vez, en 1990, mediante el programa de visitas familiares. Su marido murió de un infarto poco después de esa visita.

Todavía puede telefonear a su familia en Siria, pero como ahora es viuda, sólo puede permitirse una llamada breve cada dos meses. "Nos pasamos todo el tiempo llorando por teléfono y los oigo suplicarme que vaya a visitarlos."

Ahora, su preocupación es si podrá ver a uno de sus hermanos, que está enfermo desde hace tres años. "Tenemos casi la misma edad, y mientras éramos niños, tuvimos una buena relación", explica. "Quiero verlo de nuevo, pero temo que muera antes. No lo he visto en 16 años. Ver a mi hermano es lo que más deseo en la vida."

Mohasna tiene tres hijos y tres hijas. Una de sus hijas vive en Austria, y vino a visitarla. Mohasna viajó a Austria por tres semanas, cuando su hija dio a luz. "Es más fácil ir a Austria que a la aldea de mi familia, que está detrás de esa montaña" dice, señalando en dirección de Siria. "Caminando, llegaría en treinta minutos..."

Añadir a:
Otros documentos en esta sección
En el mundo > Oriente Próximo y África del Norte > Israel 

Volver al principio de esta página
Portada | Mapa del sitio | Búsqueda | Nuevo | Contactos | Copyright | Normas de privacidad | RSS
© 2008 Comité Internacional de la Cruz Roja
5-06-2007