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14-05-2009  Reportaje  
Líbano: las mujeres cuentan cómo sobreviven a los conflictos
Entre 2006 y 2008, tres conflictos devastaron partes de Líbano. Como sucede en todas partes, las mujeres sufrieron más que nadie, pero también demostraron tener una fuerza notable para superar las penurias y el dolor. Cuatro mujeres libanesas nos cuentan cómo sobrevivieron.

©CICR/VII/Franco Pagetti/v-p-lb-e-01220
Fatma conduce a su familia a un lugar más seguro

A principios de agosto de 2006, la guerra entre Israel y Hezbolá llegó a Mhaibib, una diminuta aldea en el sur de Líbano, a sólo tres kilómetros de la frontera con Israel. Fatma Jaber, de 47 años, era uno de los habitantes de esa aldea.

"El ataque comenzó durante la noche", dice. "Por la mañana, nos escondimos en la casa de mi tío. Éramos alrededor de cincuenta personas, pero nuestra familia, formada por diez personas, era la única con niños; también estaba con nosotros mi cuñada con su hijo recién nacido".

En la casa donde se refugiaron, también hubo heridos y muertos. Después de un tiempo, la familia tuvo que decidir si quedarse y afrontar el peligro, o dejar la aldea, lo cual también era arriesgado. Decidieron ir a pie a la aldea cercana de Meis el Jebel, llevando consigo sus atados de ropa y los alimentos que pudiesen encontrar.

"A eso de las cuatro de la mañana, se reanudaron los bombardeos, esta vez muy intensos", recuerda Fatma. Entonces oyó los gritos de sus vecinos de la aldea, avisándole que su madre se había caído.

No fue fácil levantar a la madre de Fatma: "Es muy pesada, pesa más de cien kilos. Los vecinos decían que debíamos apresurarnos, porque el bombardeo era cada vez más intenso. Pero no podía dejarla". Por fin, ella y su hermana caminaron lentamente junto a su madre hasta la aldea.

Allí, la familia se refugió en la mezquita durante una semana, junto con otras 500 personas. Las condiciones no eran fáciles: "No había leche ni medicamentos. Es una aldea pequeña; no hay farmacias ni supermercados". Una semana después, el CICR trasladó al grupo a un lugar más seguro.

El 14 de agosto de 2006, día en que se acordó el alto el fuego, la familia regresó a su hogar y se encontró con la casa destruida, los animales muertos, cuerpos en las calles y el terrible olor de la muerte. Pero Fatma, la sobreviviente, mostró una actitud pragmática: "Limpiamos todo rápidamente y nos reacomodamos. Sin duda alguna, es mejor dormir entre los escombros de la casa de uno, que en las camas de una casa ajena".

La recurrente pesadilla de Hasniyye: la muerte de su hijo después de la oración

©ICRC/VII/Franco Pagetti/v-p-lb-e-01199
Cementerio en el campamento palestino de Beddawi, en Trípoli. Hasniyye cerca de la tumba de su hijo.

En 2007, estalló un nuevo conflicto, esta vez en la ciudad de Trípoli, en el norte de Líbano; el foco de las hostilidades fue el campamento palestino de Nahr el Bared, un asentamiento que contiene tanto viviendas sólidas como construcciones provisionales y que alberga a 40.000 personas. Durante tres meses, hubo intensos enfrentamientos entre el ejército libanés y los milicianos del grupo Fatah al Islam. Cuando el ejército finalmente dominó la situación, en septiembre de 2007, habían muerto unas 400 personas y la población del campamento se había desplazado; muchas viviendas quedaron reducidas a escombros.

Hasniyyeh Yehia Tawiyyeh, de 60 años, lo perdió todo. Sigue viviendo en el campamento de Beddawi, cerca de Nahr el Bared, con la esperanza de poder regresar a su hogar algún día.

"¿Tiene usted idea de lo que se sufre cuando hay que abandonar el hogar y las pertenencias, y huir sólo con la ropa que se lleva puesta? pregunta. "Sin dinero, sin alimentos, sin nada. Yo soy refugiada desde hace tiempo; nací en 1948, el año en que perdimos nuestro país, Palestina. Y ahora, me veo obligada a desplazarme una vez más".

Hasniyye vive en el séptimo piso de su edificio y a menudo tiene que subir y bajar por la escalera. "Mi esposo estaba enfermo", recuerda. "Estuvo en la unidad de cuidados intensivos siete días, y no podía caminar mucho ni subir escaleras. Cuando regresó del hospital, intentamos ayudarlo a subir hasta el apartamento, pero murió allí, en la escalera".

"Todo esto fue una pesadilla. Nunca soñamos que nos sucedería algo así", dice Hasniyye. Pero, según dice, las personas que han regresado a Nahr el Bared se quejan del lodo y de los escombros que hay por todos lados. "Ni siquiera los animales vivirían en estas condiciones", suspira.

Pero, todavía faltaba lo peor. El hijo menor de Hasniyye había vivido seis años en Beirut, y vino a visitar a su madre en julio de 2007 para ayudarla a encontrar otro lugar donde vivir.

"Al día siguiente, fue a participar en la oración de los viernes", dice Hasniyye, pero nunca volvió... En una demostración pacífica contra las hostilidades, hubo un tiroteo y murieron dos jóvenes: uno de ellos era mi hijo..."

Hasniyye reflexiona sobre su destino: "He atravesado muchas, muchas circunstancias difíciles. Pero si pusiera todas esas penurias en una mano, y la muerte de mi hijo en la otra, ésta pesaría más. Su muerte es lo único que verdaderamente me afecta".

Fatmeh y Nouhad: vivir en la línea del frente de la guerra urbana

©ICRC/VII/Franco Pagetti/v-p-lb-e-01163
El barrio de Bab el Tebbaneh, en Trípoli.


Nuevamente, Trípoli: otro verano, otro conflicto. Entre mayo y agosto de 2008, grupos armados combatieron casa por casa en los barrios de Bab el Tebbaneh y Jabal Mohsen, hasta que el ejército restableció una frágil paz. Tradicionalmente, había una convivencia pacífica entre las personas de diferentes creencias, pero cuando las tensiones políticas desembocaron en la violencia, miles de personas quedaron sin hogar.

Fatmeh Sandi, de 41 años, y su esposo Nawras Al Suss, de 49, huyeron de su pequeño apartamento en Bab el Tebbaneh cuando fue alcanzado e incendiado por un impacto de granada. Su calle era, prácticamente la línea del frente en los enfrentamientos.

"Los primeros días fueron muy duros", dice Fatmeh. "No había agua potable, electricidad ni suficiente comida. Vivíamos en un refugio subterráneo, iluminado con velas, pero eso también era peligroso. El piso estaba lleno de agua y hacía mucho frío".

Cuando su apartamento recibió de lleno el impacto de una granada, la pareja buscó refugio en Siria. El esposo, Nawras, es sirio, aunque nació en Bab el Tebbaneh.

Tienen diez hijos, de entre ocho y 22 años. Dos están en la universidad. Sandi cuenta con orgullo que su hija de 19 años aprobó sus exámenes oficiales durante los enfrentamientos. Aunque las hostilidades pueden reanudarse en cualquier momento, la pareja ahora está reparando su vivienda, ya que no tienen otro lugar adonde ir.

Su vecina, Nouhad Shaaban, de 60 años, dice: "Cada vez que comenzaban los disparos, nos trasladábamos a otra habitación, para estar más protegidos; teníamos que llevar a mi hermana, que estaba enferma. Estábamos protegidos contra las balas, pero no contra las granadas. Nos quedábamos allí por uno o dos días, según la intensidad de los enfrentamientos. Nos arrastrábamos por el piso para ir hasta el baño".

Cuando las cosas empeoraron, los familiares de Nouhad huyeron al campo y se refugiaron con familiares. Durante la huida, debieron deslizarse furtivamente de un edificio a otro, a través de agujeros en las paredes, para escapar de los francotiradores.

Nouhad desconfía del futuro: "Hemos sufrido tantas guerras, que ya no esperamos que haya paz. Sabemos que tenemos que almacenar alimentos y estar preparados para enfrentarnos con lo peor".

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14-05-2009