Bassam Singer entró en estrecho contacto con Muhamad Hajj Musa en el peor momento de la corta vida del niño. “Empecé a visitar a Muhamad poco después del accidente. Antes de trabajar con sus miembros, teníamos que levantarle la moral, porque estaba deprimido y triste” recuerda Bassam. Mohamed está sentado junto a él en silencio.
Para Muhamad, no es nada fácil hablar sobre “aquel día”, cuando su vida cayó en la desesperación. Habla entrecortadamente, en frases muy breves, antes de derramar unas lágrimas silenciosas. Fue el 11 de agosto de 2006, pocos días antes de que Muhamad cumpliera doce años. “Fui con mi padre a llevar comida a unas personas que no podían salir de Smaiya”, dice, brevemente.
El sur de Líbano estaba asolado por la guerra. El hombre en la motocicleta y su hijo pensaban que había un alto el fuego, y se sentían relativamente seguros. De repente, la motocicleta chocó contra un obstáculo en la carretera.
"Algo explotó"
“Mi padre se lastimó; yo caí de la motocicleta y fui a dar a un pozo. Recuerdo que hubo una explosión”. A causa de la detonación de la bomba en racimo, el cuerpo de Muhamad comenzó a arder. “Un perro me ayudó, me arrastró hasta el río tirando de mi ropa. Los voluntarios (de la Cruz Roja) me sacaron del río. Recuerdo que mis piernas estaban deshechas”. También recuerda que les suplicó que ayudasen a su padre, que yacía a unos metros de distancia, ya que el equipo de primeros auxilios no había advertido su presencia.
El padre de Muhamad no sufrió heridas de gravedad. Pero el niño había perdido ambas piernas y todavía tiene las cicatrices de las terribles quemaduras que padeció ese día. Las quemaduras hicieron que la colocación de la prótesis fuese muy dolorosa. Dice Bassam Singer: “Cada vez que tocábamos su pierna, le dolía muchísimo”.
Antes de que Muhamad llegara al taller de ortopedia de Bassam Singer, se había sometido a varias operaciones y a largas sesiones de fisioterapia. Pero el técnico ya lo estaba tratando; visitaba al niño en el campamento palestino de Rashidiyyeh, cerca de Tiro, más al sur. Los Musa son una de las muchas familias palestinas refugiadas en Líbano.
El esfuerzo vale la pena
Después de finalizadas las operaciones, comenzó el trabajo en el centro de ortopedia. Era una labor minuciosa: el niño tenía sesiones de rehabilitación de cuatro horas, de lunes a viernes. Pero lo hizo a satisfacción de su instructor. “Muhamad es, por naturaleza, una persona muy dispuesta a cooperar. Tiene gran fuerza de voluntad, y mejoró muy pronto. En la última etapa, hasta logró subir por la escalera solo”, dice Singer.
El caso de Muhamad no era novedoso para el especialista libanés. “En nuestra clínica, casi el 80% de los pacientes viene con lesiones causadas por un bombardeo israelí o por la explosión de una mina terrestre o una bomba en racimo”.
No es lo que esperaba Singer, de 34 años, cuando abrió su clínica después de recibir formación del CICR a principio de los años 90, tras la guerra civil libanesa. Pensaba atender a pacientes amputados a causa de accidentes automovilísticos o afectados por diabetes severa.
Nuevos estallidos de violencia provocan más víctimas
Pero, los constantes brotes de violencia en Líbano le traen, una y otra vez, víctimas del conflicto. “Muchos de nuestros pacientes provienen del sur de Líbano y tienen las mismas lesiones que Muhamad, a veces peores”, dice Singer. La gente que trabaja en campos contaminados por minas, como los agricultores y los pastores, suelen ser víctimas de esos artefactos.
Paradójicamente, la retirada del ejército israelí del sur de Líbano en mayo de 2000 fue sólo un episodio. "La gente estaba tan feliz que corría y saltaba por todos lados. Lamentablemente, muchas personas pisaron municiones en racimo y minas antipersonal", recuerda Singer. En ese solo día, recibió 25 pacientes a los que se les debió practicar una amputación.
Es particularmente trágico que los niños sean víctimas de municiones en racimo —algo que ocurre con frecuencia—, pero su recuperación es bastante más fácil. Una de las personas que atiende a Muhammad dice: "el niño puede recomenzar su vida y, más adelante, trabajar como cualquier adulto. No le sucede lo mismo cuando el herido es un adulto; es mucho más difícil adaptarse a esa nueva condición física".
Por ahora, Muhamad debe permanecer en su casa. La escuela que dirige la UNRWA (el organismo de las Naciones Unidas encargado de los refugiados palestinos) en su campamento de refugiados carece de instalaciones para atender a niños discapacitados. Sus padres son muy pobres: el padre no puede trabajar y la familia sobrevive gracias a las tareas de limpieza que realiza la madre. Por esta razón, no pueden enviar a Muhamad a una institución privada. Pero Muhamad no pierde la esperanza: “Para mí, lo más importante es poder educarme y trabajar”, afirma ansioso.