Alina mueve cuidadosamente el andador de metal, apoyándose pesadamente en él; su rostro expresa gran concentración. Avanza lenta pero decididamente por el sendero de losas. Arrastra un pie, mientras pasa todo su peso al otro. Evita con cuidado apoyar el andador sobre la grava que bordea el sendero, y esquiva las macetas llenas de plantas polvorientas colocadas a intervalos regulares a ambos lados del camino. Finalmente, llega a su destino: una gran carpa blanca en la que funciona el pabellón de mujeres del Hospital del CICR para personas heridas por armas, en Peshawar. Éste ha sido el hogar de Alina durante los últimos dos meses.
Nos sentamos afuera de la carpa, bajo el sol de primavera, y Alina me cuenta cómo llegó a ser paciente de este hospital. Su padre es zapatero en la ciudad de Darra Adam Khel, en la Agencia de Khyber, cerca de la ciudad de Peshawar, en el noroeste de Pakistán. Es la menor de su familia. Su madre está con ella en el hospital, y explica que sus seis hermanos y tres hermanas están al cuidado de su abuela y de sus tías mientras ella se recupera.
Alina abraza sus piernas mientras me cuenta lo que le sucedió el día del accidente. Salía de su casa para jugar con sus amigas cuando de pronto, hubo una explosión terrible. "Fue inesperado", explica. "La bomba estalló y no sé si provenía del ejército o de los talibanes. Sigo sin saberlo". Una de sus amigas murió en el acto. Alina quedó inconsciente, y casi no recuerda lo que pasó después. La metralla causó heridas en sus dos piernas, y aunque su padre la llevó a la clínica local, las heridas se infectaron y su estado comenzó a empeorar. Finalmente, el padre de Alina la trajo a Peshawar en busca de ayuda.
Alina es uno de los 50 pacientes que reciben tratamiento en el hospital del CICR en Peshawar. Todos son víctimas de explosiones, balas, minas terrestres y artefactos explosivos utilizados en el conflicto que tiene lugar en las Zonas Tribales bajo Administración Federal y en la Provincia de la Frontera del Noroeste.
El hospital fue instalado en febrero con el fin de atender a los pacientes heridos por armas y, con la reciente intensificación de las hostilidades entre las fuerzas del Gobierno y los grupos armados en el noroeste de Pakistán, ha ampliado su capacidad y actualmente puede atender a cien pacientes. Explica el Dr. Adnan, uno de los médicos pakistaníes que trabajan en el hospital: "Atendemos a todos, ricos o pobres, combatientes o civiles, musulmanes o cristianos". Como Alina, muchas víctimas son personas civiles. La mayoría de ellas no tiene otra posibilidad de recibir atención médica. Las clínicas y los puestos sanitarios en las zonas afectadas por el conflicto carecen de los medios necesarios para tratar las complejas heridas causadas por las bombas y las balas.
Tras someterla a dos operaciones para retirar los trozos de metralla, Alina está mejorando. Recibe sesiones de fisioterapia y sus piernas están recuperando la fuerza necesaria para caminar. Sentada junto a la carpa del hospital, juega con Linda Jury, una enfermera que dejó su trabajo en un hospital de Melbourne para venir a trabajar a Peshawar. "Es triste ver sufrir a los niños", dice, "pero me alegra verla jugar de nuevo. Alina está mejorando y es uno de nuestros casos de éxito".
El amplio pijama azul de Alina envuelve holgadamente su pequeño cuerpo. Espera volver a su casa pronto. Cuando le pregunto qué le gustaría ser cuando sea grande, dice sonriendo: "Maestra". Pero cuando le pregunto si tiene ganas de volver a la escuela, su rostro se ensombrece y responde que, por ahora, ni ella ni las otras niñas de su pueblo regresarán a la escuela, porque ésta fue destruida durante el bombardeo.