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6-11-2008  Declaración oficial  
Taller para oficiales superiores sobre las normas que rigen las operaciones militares
Alocución del señor Jakob Kellenberger, Presidente del Comité Internacional de la Cruz Roja, durante la apertura del curso, Ginebra, 3 de noviembre.

Señor Presidente del Consejo de Estado,
Distinguidos invitados y participantes:
Señoras y señores:

Me es grato dar la más cordial bienvenida a un público tan numeroso. Su presencia me complace muy particularmente, señores oficiales, y la diversidad de sus uniformes corrobora su importancia. Ya el año pasado, respondieron ustedes masivamente a la invitación del Comité Internacional de la Cruz Roja y del Ejército suizo. Ello me permite pensar que el contenido de este taller reviste un interés muy particular para los oficiales superiores.

En 2007, celebramos a la vez los 100 años de los Convenios de La Haya sobre la conducción de las hostilidades y los 30 años de los dos primeros Protocolos adicionales a los Convenios de Ginebra, que representan un importante progreso en materia de protección de las víctimas de conflictos armados internacionales y no internacionales. Hoy, esta protección es más necesaria que nunca. El número de civiles muertos en los conflictos no ha cesado de aumentar desde la Segunda Guerra Mundial.

Sin querer ser fatalista, hemos de reconocer que es poco probable que esta tendencia se estabilice en los años venideros. El mundo y los intercambios se han vuelto más complejos, las relaciones internacionales se han polarizado de nuevo. Múltiples conflictos armados continúan asolando nuestro planeta. A nivel internacional, las tropas participan en numerosas operaciones, con diferentes mandatos. Al mismo tiempo, la opinión pública en todos los continentes es cada vez más reticente a aceptar los famosos “daños colaterales”.

Señores oficiales, ustedes provienen de más de cuarenta países de todas partes del mundo; los respectivos Estados se han adherido a los diferentes instrumentos jurídicos, entre ellos a los Convenios de Ginebra, y con ello se han comprometido a respetarlos. Ese conjunto de normas, sea que se les designe con el nombre de derecho de los conflictos armados o de derecho internacional humanitario, fue creado para limitar el sufrimiento de las poblaciones civiles, incluso durante las propias operaciones militares, y para garantizar la protección de los militares que han cesado de combatir.

Es ésta la verdadera dimensión de este taller. Ya que, como saben, entre los textos y las situaciones que describen existe la realidad de los conflictos. Que revela lo peor y lo mejor del hombre.

Las operaciones militares son acciones que no toleran la imprevisión. Para que sean eficaces, deben obedecer a un cierto número de normas dictadas por la experiencia y la reflexión. Si éstas no se respetan, ello puede conducir al desastre. Se plantea pues, inevitablemente, la cuestión de la responsabilidad.

Las acciones no sobrevienen por sí solas. Se producen por una o varias causas; y las que originan la acción deben rodearse de las precauciones habituales. Lo mismo sucede por lo que respecta al derecho: de no aplicarse, hombres, mujeres y niños que no participan, o que ya no participan en los combates padecerán. De nuevo surge la cuestión de la responsabilidad.

Aprender el derecho, comprenderlo, traducirlo en mecanismos concretos, en actos claros sobre el terreno, forma parte del proceso de integración. Pero sin responsabilidad colectiva e individual, sin una cadena de mando sólida, los resultados no serán concluyentes.

Cuanta más atención presten las fuerzas armadas a las normas que rigen las operaciones militares, cuanto más se ocupen del derecho internacional humanitario, mejor lo integrarán en la práctica y más capaces serán de aplicarlo. No se trata sino de aplicar las obligaciones que les incumben. Pero aquellos que consideran como una cuestión de honor aplicarlas escrupulosamente ganan en legitimidad y respeto.

Señoras y señores:

Una segunda edición es siempre arriesgada. Tras el descubrimiento de una primera vez, las ediciones siguientes corren el peligro de convertirse en rutina. Ese peligro puede evitarse fácilmente gracias a un ingrediente naturalmente poderoso: el compromiso. Es precisamente el desafío que se plantea en esta reunión.

El CICR se ha fijado un objetivo, con el apoyo primordial del Ejército suizo: crear un curso internacional para oficiales superiores, a fin de incitar a las fuerzas armadas a apropiárselo. Nuestra ambición es que estas fuerzas armadas hagan suya la materia de este taller y vayan más allá, considerando la posibilidad de organizar el curso en el respectivo país, como lo ha hecho Francia, primer país, después de Suiza, que lo organizará en 2009.

Sabemos hoy con certeza que para que la integración y la aplicación del derecho tengan plenamente éxito, son las propias fuerzas armadas las que han de ponerlas en obra. Les corresponde poner a disposición los recursos humanos y materiales para lograrlo. Para ello, ha de integrarse el derecho en la doctrina, la enseñanza y el entrenamiento. Además, si se desea verdaderamente ir hasta el final de este largo proceso, es indispensable crear un sistema de sanciones eficaz. Es la única forma de lograr que la labor diaria dé sus frutos.

El CICR no sólo está dispuesto, sino también está decidido, a respaldar los esfuerzos de los aquí presentes y los de los respectivos ejércitos. Lo hace desde hace varias décadas poniendo a disposición importantes recursos. Continuará brindando su apoyo, que se ha intensificado muchísimo en los últimos años. Prueba de ello, el diálogo entablado por la Institución con 162 fuerzas armadas en el mundo. Un diálogo a menudo fecundo, siempre necesario, al que se unen un número de partes en constante aumento.

Ese diálogo se justifica y toma toda su dimensión en los principales teatros de operaciones del mundo en los que trabaja el CICR: Afganistán, Irak, Sudán, Chad, Israel y los territorios autónomos y ocupados, Colombia, Filipinas o Sri Lanka. Por doquier, el CICR refuerza su diálogo con las fuerzas armadas estadounidenses, con las de la OTAN, así como con las diversas y numerosas fuerzas armadas africanas, latinoamericanas o asiáticas.

No olvidamos a los otros portadores de armas. Siempre que la seguridad lo permite, entablamos contactos con los grupos armados no estatales. No deja de ser arriesgado, pero el CICR desea mantener y desarrollar relaciones con todas las partes en un conflicto. Les incitamos a que, en la medida en que sus medios lo permitan, integren todas las disposiciones del derecho y las respeten.

Mientras una parte esté abierta al diálogo, éste no ha de rechazarse de ninguna manera. Es el medio que da acceso a las víctimas de los conflictos, el medio que permite salvar vidas. El CICR no trabaja ni en favor ni en contra de una parte; quiere, por el contrario, entablar el diálogo con todos los actores de un conflicto. Los únicos beneficiarios directos del CICR son las víctimas de un conflicto, dondequiera que se encuentren.

Señoras y señores:

Como ustedes saben, los Principios Fundamentales del Movimiento Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja más conocidos son la neutralidad y la independencia, y lo que acabo de mencionar con respecto al diálogo es la ilustración perfecta de ello. Pero el principio de humanidad no es menos primordial, aunque le demos menos realce por lo evidente que nos parece. No obstante, el campo de batalla no es muy propicio al sentimiento de humanidad. Ese sentimiento debe preservarse, extenderse: el respeto de las normas en vigor no es únicamente un imperativo jurídico, sino también el garante de la dignidad humana.

Por eso, en este período de incertidumbres socio-económicas y político-militares, propicio a cambios radicales de todo tipo –inmigración masiva, estallidos de violencia étnica o confesional, reivindicaciones nacionalistas– el CICR aspira a prevenir mejor las violaciones del derecho en los conflictos armados. Es una labor colosal que sólo puede realizarse con la voluntad de los Estados y de los portadores de armas. Cada conflicto provoca sus horrores, sus poblaciones desplazadas, sus combatientes muertos o heridos, el hambre y la miseria; sabemos muy bien que, desafortunadamente, eso no cambiará, y el CICR, junto con otros actores, se esfuerza por prestar asistencia y protección a aquellos que lo necesitan.

Aunque no desaparezcan, esas situaciones pueden atenuarse mediante la prevención de las violaciones de las normas del derecho humanitario. La mejor forma de prevenir las violaciones en los conflictos armados u otras situaciones de violencia es convencer a aquellos que asumen la responsabilidad de las operaciones sobre el terreno de que siempre es posible controlarlas mejor. Para ello, hay normas para la conducción de las hostilidades, normas para entablarlas, un marco obligatorio que ha de respetarse, sin por ello excluir la necesidad militar, que se justifica bajo ciertas condiciones.

Durante las dos semanas de este taller, examinarán ustedes estas cuestiones espinosas; abordarán numerosos temas delicados, se verán confrontados a varios dilemas. Por último, debatirán sobre la mejor forma de integrar el derecho en los programas de formación y en las operaciones militares en curso. Como sus predecesores el año pasado, compartirán las respectivas experiencias y como ellos, espero, reconocerán la pertinencia del derecho de los conflictos armados y de las normas de los derechos humanos aplicables, que constituyen el marco jurídico fundamental para la conducción de las operaciones militares en diferentes situaciones.

Reconocer el valor de esas normas es un primer paso importante. Pero una vez aceptadas esas disposiciones teóricas, es menester hacerlas compatibles con las exigencias de las operaciones militares. Esa labor de transposición, de traducción es capital. Introduce un elemento esencial en la experiencia de los conflictos modernos: el de los límites impuestos por la razón y el derecho.

En efecto, no es nada nuevo, y aquellos, tanto militares como civiles, que han sufrido o sufren directamente a causa de la violencia relacionada con los conflictos pueden dudar de esas limitaciones que en principio los protegen, –y lo comprendemos. No obstante, es nuestra labor común hacer que esos límites sean efectivos y tangibles, y esa labor ha de renovarse siempre con determinación.

El CICR está constantemente en contacto con militares en diversos teatros de operaciones. Quizás incluso uno de ustedes se encontrará entre ellos. Sabrán entonces que para nuestros delegados, la misión que desempeñan, en el marco de su cometido, es sumamente importante, de la misma manera que lo es para las fuerzas armadas, que cumplen con su propio cometido. Esta noción de servicio, base de las instituciones humanitarias y militares, favorece las convergencias, pero también establece límites muy bien definidos. Aunque no son herméticos entre sí, esos ámbitos de actividad particulares tienen finalidades diferentes. No hemos de olvidarlo.

Señoras y señores:

El año próximo se celebrará el 150º aniversario de la batalla de Solferino entre las tropas franco-sardas, conducidas por Napoleón III y Víctor Manuel II, y las tropas austriacas del emperador Francisco José. Una batalla que echaría los fundamentos del Movimiento Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja y de la codificación del derecho humanitario. Una batalla que causó miles de muertos en un solo día.

Así pues, un nuevo aniversario para conmemorar, pero ante todo una excelente ocasión para recordar que 150 años después de Solferino, la protección de aquellos que no participan o que ya no participan en las hostilidades sigue siendo una cuestión de candente actualidad.

Una ocasión asimismo para recordar las obligaciones que nos incumben, y el deber de humanidad sin el cual el derecho a ser tratado con humanidad permanecerá letra muerta.

Muchas gracias por su compromiso en ese sentido.

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6-11-2008