Acerca de las definiciones de la tortura
Los motivos de la tortura son muchos. Han sido objeto de largos debates en incontables publicaciones e informes, particularmente en estudios y documentos médicos realizados por el ICRT en Copenhague y en otros centros de rehabilitación similares. Aunque la finalidad de este informe no es volver sobre el tema, parece necesario y útil hacer una serie de comentarios basados en la experiencia adquirida por el autor en el CICR.
La "tortura de Estado", política gubernamental cuya finalidad es acabar con cualquier -o con toda la- oposición política y, como tal, infligida a todo sospechoso de ser un "enemigo" de las personas que ostentan el poder, sigue siendo, desafortunadamente una práctica muy real. La tortura de "presos políticos", especialmente de sus líderes, sigue practicándose en muchos países (la expresión "preso político" se emplea aquí por conveniencia para designar a los oponentes, reales o considerados como tales por el Gobierno; pocos Gobiernos -de haber alguno- reconocen tener "presos políticos"). Este uso de la tortura es el que mejor se aviene con la descripción de "el arma más eficaz contra la democracia" como lo emplea el IRCT danés (cita de la doctora Inge Genefke [4]). Desafortunadamente, esta más bien restrictiva definición tiende a hacer olvidar que se puede utilizar -y de hecho se utiliza- la tortura en muchos otros contextos.
Evidentemente, este tema tiene otras muchas vertientes. El CICR no tiene su propia definición de la tortura y emplea, cuando es necesario, las ya existentes -o ninguna-, según convenga en una determinada situación. A lo largo de los años, las definiciones de la tortura se han vuelto más complejas, y no necesariamente más claras (véanse las definiciones de Amnistía Internacional y de la Asociación Médica Mundial, ambas formuladas en 1975, así como la de 1984 de las Naciones Unidas en su Convención contra la Tortura). La definición generalmente aceptada hoy es la de la ONU: se define la tortura como una forma agravada de trato o castigo cruel, inhumano y degradante.
Cabe destacar que mediante las definiciones de la tortura se ha intentado corroborar los propósitos de aquellos que la practican (en las primeras definiciones, como por ejemplo la del profesor Chet Scrignar de la Universidad de Tulane, Nueva Orleans, no se pretende determinar las intenciones del torturador, sino sólo describir los efectos de ésta en la víctima; el profesor Scrignar define la tortura como "un trauma internacional deliberadamente concebido por personas viles para ocasionar sistemáticamente dolor y sufrimientos a un individuo determinado, y que culmina con el colapso físico y psicológico de la víctima"). La antigua noción de que la principal finalidad de la tortura es hacer "hablar" a las personas (y dar información) fue correctamente contrarrestada en el decenio de los setenta por la noción opuesta, es decir, que su intención es, de hecho, hacer que la población en general guarde silencio... Es este tipo intencionado de tortura el que realmente intenta reprimir la democracia.
Sin adentrarnos en un minucioso análisis de la tortura tal y como se practicaba a mediados de la década de los noventa, hay que decir, no obstante, que la finalidad de la tortura no es tan claro como lo era, por ejemplo, a mediados de la década de los setenta o a comienzos de la década de los ochenta. En aquellos años, la fórmula la "tortura contra la democracia" era, si no la regla, al menos, qué duda cabe, la forma más visible y difundida de tortura de Estado sistemática. Era el tipo de tortura que se había aplicado a las víctimas (o "supervivientes", como se les denomina hoy) que lograron llegar a los distintos centros de Europa y América del Norte, donde fueron acogidas y atendidas por profesionales de la salud y por especialistas en derechos humanos preocupados. Esas personas han sido las fuentes de información para muchas de las publicaciones sobre la tortura.
Pero, al igual que ocurría ya entonces, la verdadera finalidad de la tortura tenía, a mediados de la década de los noventa, un espectro mucho más amplio de razones que la "mera" disuasión de los disidentes políticos. La tortura siempre se ha empleado, y sigue empleándose, por muchos otros motivos. Una de las formas más perversas de tortura es su utilización para obtener la sumisión y la colaboración de personas que no están involucradas en un determinado conflicto, pero que son torturadas y chantajeadas para que se infiltren o presten declaración contra supuestos "enemigos" del Gobierno.
La colaboración forzada, con todas sus implicaciones, es sin lugar a dudas uno de los más trágicos aspectos del empleo de la tortura. Las víctimas que se han visto forzadas a colaborar son rechazadas y marginadas por todos, y corren gran riesgo de ser asesinadas o torturadas por su propia gente.
La tortura y otras formas de violencia perpetradas en aras de lo que hoy se denomina "limpieza étnica" constituyen otro ejemplo que hace al caso. Se ha torturado brutalmente -muchos han muerto despiadadamente- a personas civiles inocentes sin postura o ideología política, únicamente para obligarles a abandonar su tierra. Esas personas son víctimas de una política que poco tiene que ver con la represión de la democracia.
También podemos mencionar un tercer ejemplo de tortura que no se atiene a la definición de "antidemocracia", a saber las palizas y otras formas de violencia increíblemente crueles e inhumanas -que sólo se pueden calificar de tortura- propinadas a los presos en algunos países. Esas personas son presos de derecho común, y no disidentes u oponentes de ningún tipo, y se les tortura para disuadirles de huir. Cuando se dice a los guardias de las prisiones que su ya de por sí miserable sueldo se verá reducido al 50% si un preso se escapa, no dudan en emplear formas inimaginablemente violentas de represión.
Podría proseguir la lista. Lo que se trata de dejar claro aquí es que hay que considerar la lucha contra la tortura como lucha que abarca todas esas formas de tortura, y no sólo la tortura de disidentes políticos, reales o imaginarios. Es en ese sentido en el que en la definición de la Convención de la ONU sobre la tortura, al determinar las posibles intenciones de la tortura, se dice con razón como punto fundamental : "... o por cualquier otra razón".
La misma expresión violencia organizada es quizá defendida con razón por muchos grupos que actúan en favor de los derechos humanos. Esa violencia se ha empleado, y sigue empleándose, con los mismos propósitos que la tortura y, en algunos casos, ha habido una política gubernamental para aplicarla. En otros, el motivo que se oculta tras el empleo de la violencia organizada puede resultar menos claro ... La expresión incluye seguramente la noción de tortura, sea cual fuere la definición, y es posible que, en muchos casos, su empleo sea preferible al siempre controvertido término de "tortura" (de lo que aquí se trata al decir "controvertido" es de que el propósito de intervenir contra la tortura es hacer que cese, y no andarse por las ramas diseccionando definiciones; ésta es una de las razones por las que el CICR no utiliza definición específica alguna, sino que prefiere describir lo que está sucediendo).
Los efectos de la tortura o de la violencia organizada (¿y qué decir de la violencia "no organizada?) para las víctimas son, evidentemente, muy diferentes dependiendo del grupo destinatario. Cuando se es sometido a la tortura de Estado, los activistas políticos, que están "preparados" para la tortura -en algunos casos, incluso "formados" para contar con ella- disponen de mecanismos para hacerle frente; obviamente, de tales mecanismos carecen los hombres, las mujeres y los niños que son torturados, porque se encuentran en el lugar equivocado o pertenecen a un grupo étnico mal visto (o ambas cosas), pero que no son militantes en causa específica alguna. En varios países, las personas civiles presas de las distintas formas de "limpieza étnica" son ejemplos de personas que no están, en absoluto, "preparadas" para la espantosa violencia que contra ellas se perpetra.
Seguramente no se trata aquí de comentar los divergentes parámetros de esos grupos médicos profesionales que aprueban lo que se puede resumir como el enfoque "síndrome de la tortura", ni de aquellos otros profesionales que creen que los efectos de esa misma forma de tortura variarán mucho dependiendo de la fuerza interior, de la personalidad y de los mecanismos de respuesta de aquellos a quienes se aplica.
Baste decir que todavía queda mucho trabajo por hacer a ese respecto. El punto principal que cabe señalar aquí es que no hay que considerar la tortura únicamente como una forma de represión de potenciales presos políticos, sino como un mal mucho mayor.
Acerca de la documentación sobre la tortura
Se puede decir que el CICR tiene una gran experiencia en esta materia, porque ha estado visitando a presos políticos sin interrupción desde 1918. Desafortunadamente, con frecuencia, la tortura ha sido uno de los puntos abordados durante dichas visitas.
Los delegados y los médicos del CICR recaban los datos sobre la tortura durante sus visitas a los presos en los lugares de detención (rara vez, los médicos del CICR ven a los presos una vez puestos en libertad). Lo hacen durante la fase esencial de la visita, que incluye el diálogo y el contacto directos con los detenidos. Esas entrevistas sin testigos son una de las condiciones no negociables para que se lleven a cabo las visitas del CICR. Sólo gracias a ese contacto personal y directo con el preso puede el CICR esperar obtener información fiable sobre los distintos temas que le interesa tratar.
La cuestión de la tortura y sus consecuencias es evidentemente una de las principales preocupaciones del CICR. Al entrevistarse con los presos individualmente y posibilitarles el hablar de sus problemas y preocupaciones, los delegados y los médicos del CICR obtienen una imagen general de la situación. Una vez que el CICR tiene una idea clara al respecto, el principal objetivo es abordar el tema a nivel oficial con las correspondientes autoridades, instándolas a poner término a esas prácticas.
Ya se ha mencionado el cometido específico adicional de los médicos. En algunos casos, el personal enfermero del CICR también asiste al delegado y a los médicos en estas tareas.
En los informes remitidos a las autoridades se ha de dar una imagen completa y precisa de la situación de los presos. Trabajar con profesionalidad, con delegados y médicos formados, cotejar minuciosamente toda la información recibida -de las autoridades y de los presos- permite al CICR determinar lo que realmente ha sucedido. Se insiste, en particular por lo que respecta a los médicos que examinan a las víctimas de la tortura y obtienen la mayoría de la información clave gracias a su relación privilegiada médico-paciente, sobre el hecho de que han de describir minuciosa y ampliamente la tortura. El principal objetivo es evaluar las consecuencias generales de la tortura, y no sólo hacer una lista de los métodos empleados.
Éste es un punto importante, que comporta, al menos, dos subsecciones. Primera, cabe decir que limitarse a "enumerar métodos", un proceder demasiado empleado al documentar la tortura, no es una manera eficaz de abordar el tema. En dichas listas no se puede reflejar el verdadero horror de una situación, y se tiende a separar los "métodos físicos" de los métodos psicológicos". Segunda, hay que destacar que las lesiones visibles y aparentes sólo son una parte de la historia, y quizá no la peor. Los delegados del CICR están formados para ver más allá de las meras cicatrices y marcas de la tortura que pueden ver o que se les muestra en un primer momento. "Las peores cicatrices están en la mente" (dice del doctor Sten W. Jakobsson, Estocolmo) [5]; a las víctimas de la tortura les resulta mucho más fácil mostrar las heridas de su espalda que hablar de las del alma. Debería evitarse a toda costa lo que podríamos denominar el enfoque de documentación "LQVELQH" (término que significa "Lo que ve es lo que hay") Las secuelas de la tortura han sido ampliamente descritas en otro lugar [6, 7]. Desafortunadamente, muchos profesionales de la salud que trabajan con solicitantes de asilo, por ejemplo, han de presentar "pruebas físicas" para demostrar que ha habido tortura. En muchos países, todavía no se aceptan las pruebas psicológicas de la tortura como argumento válido.
Sea cual fuere el método de análisis empleado por los profesionales en estudios e informes acerca de la tortura, parece necesario decir algo en cuanto a la manera de consignar la documentación en general. Hay una tendencia a utilizar "listas de control" y otras listas por el estilo en las actividades sobre el terreno. Con frecuencia, la información obtenida de las víctimas de la tortura es muy variada y, dado el empleo cada vez más frecuente de ordenadores y sistemas de bases de datos, los profesionales de la salud inexperimentados que tienen que manejar esa información, la presentan, a menudo, en forma de cuadro, limitándose a comprobar qué métodos de tortura se han utilizado, y a enumerarlos. Peor todavía, las cifras y las categorías de esos cuadros se introducen, con frecuencia, en un sistema que calcula "estadísticamente". Es posible que, en algunos casos, esas cifras confieran profesionalidad a un informe; pero, a menudo, inducen a error y son, qué duda cabe, limitativas.
En el CICR se insta a los delegados y a los médicos que se hallan en período de formación a que eviten esa mentalidad "tabular". Nada puede reemplazar un informe escrito por un profesional, en el que se describen los métodos y las observaciones con frases objetivas y con cuantos ejemplos sean necesarios. Esos ejemplos pueden ser la transcripción de las palabras de la víctima o un resumen, lo que sea más conveniente y práctico. Muchas organizaciones de derechos humanos profesionales trabajan de esta manera, y no se basan en engañosas presentaciones tabulares.
En el siguiente cuadro, intencionadamente simplista (cuadro 1), se ilustra el tipo de documentación que, en opinión del autor, convendría evitar. Las deficiencias deberían ser especialmente obvias en el ejemplo de tres casos que figura más adelante, pero el principio es válido para cualquier cuadro de este tipo.
Cuadro: Ejemplo ficticio de tres presos víctimas de la tortura
Métodos