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30-06-2001 Revista Internacional de la Cruz Roja Nº 842, pp 367 - 390 El CICR y las relaciones cívico-militares en los conflictos armados ![]() Resumen: En un creciente número de conflictos las fuerzas armadas y las organizaciones humanitarias deben actuar de manera paralela. Sin embargo, sus objetivos son distintos: por un lado, contribuir a la resolución política y militar del conflicto y, por otro, mitigar las consecuencias del conflicto sobre las poblaciones víctimas. Por consiguiente, la acción humanitaria del CICR se rige por los principios de imparcialidad, neutralidad e independencia. Debe llevar a cabo sus actividades independientemente de todo objetivo y consideración política o militar, aplicando como único criterio las necesidades de las víctimas. Por su parte, las fuerzas armadas están sujetas al poder político que establece el marco de su misión y los objetivos que han de conseguir, recurriendo entre otras cosas a la fuerza. El autor llega a las tres conclusiones siguientes:
- La meta de la acción humanitaria no es resolver el conflicto, sino proteger la dignidad humana y salvar vidas. Debería llevarse a cabo de manera paralela a un proceso político que, teniendo en cuenta las causas subyacentes del conflicto, procure alcanzar una solución política. Las organizaciones humanitarias deben preservar su independencia de decisión y de acción, a la vez que mantienen consultas estrechas con las fuerzas armadas. Sección 1 Las relaciones cívico-militares en tiempo de conflicto armado: teoría y práctica La relación entre las actividades humanitarias y las actividades militares, así como la cooperación entre quienes las despliegan, ocupan un lugar destacado en el actual debate internacional sobre la gestión de situaciones de crisis. En término generales, hay que congratularse por los cambios que hoy hacen posible que las organizaciones militares y las organizaciones humanitarias actúen de manera concertada y coordinen sus respectivas actividades en relación con un creciente número de conflictos. Junto con una participación más frecuente de las fuerzas militares en la gestión de situaciones de crisis desde finales de la guerra fría, se observa una tendencia política a ampliar el ámbito de las actividades de las misiones militares. Ello merece detenida consideración y análisis. Las denominadas operaciones multidimensionales de consolidación de la paz pueden abarcar tareas de índole civil y humanitaria, e incluso concentrarse en ellas. Esta extensión podría desembocar en relaciones potencialmente problemáticas e incluso competitivas entre las organizaciones militares y las organizaciones humanitarias; pero más grave aún sería que llegue a difuminarse la frontera entre la acción humanitaria y la acción militar, pues podría verse socavado el concepto mismo de acción humanitaria, que es la piedra angular de las actividades y del cometido del CICR. La Comisión Independiente sobre Kosovo resume diáfanamente el problema en un reciente informe, señalando que la misión humanitaria fundamental de proteger la vida y la seguridad de la población civil está precisamente sitiada en una intervención militar, y se interroga sobre cómo podrían las organizaciones humanitarias entablar relaciones de trabajo más estrechas y continuas con las organizaciones militares sin poner en entredicho su misión. [1] El CICR considera que la presencia simultánea de organizaciones humanitarias y de fuerzas de mantenimiento o de imposición de la paz en situaciones de conflicto armado o de violencia interna, exige un enfoque complementario en dos vertientes: por un lado, la contribución a la solución política del conflicto en la cual se tengan en cuenta las causas subyacentes de éste, y por otro, la mitigación del sufrimiento de la población civil provocado por la crisis. Los principios fundamentales de imparcialidad, neutralidad e independencia que sustentan la labor del CICR reflejan esta necesaria distinción entre acción política –de la cual se deriva la acción militar– y la acción humanitaria, que debiera estar exclusivamente determinada por las necesidades de las personas afectadas por los conflictos. En el seno de la OTAN, la Unión Europea (UE) y las Naciones Unidas se observa una significativa evolución que tendrá consecuencias de peso para las relaciones cívico-militares. La OTAN está estableciendo nuevas unidades de asuntos civiles y modificando su doctrina sobre Cooperación cívico-militar. La Unión Europea estableció recientemente varios comités para tratar de los aspectos civiles y militares de la gestión de situaciones de crisis. Se prevé que para el 2003 esté lista para funcionar una "fuerza de reacción rápida" mayoritariamente europea (60.000 efectivos) para cumplir con las denominadas "misiones de Petersberg", relativas a "misiones humanitarias y de rescate, misiones de mantenimiento de la paz, y misiones en que intervengan fuerzas de combate para la gestión de crisis, incluidas las misiones de restablecimiento de la paz", de conformidad con el artículo 17 del Tratado de la Unión Europea. Aún no se ha determinado en detalle las acciones que esas misiones podrán llevar a cabo. Las Naciones Unidas, a su vez, están examinando los cauces para poner en práctica las recomendaciones formuladas en el Informe Brahimi, de agosto del 2000, en el cual se examinan en detalle varios aspectos de las operaciones de mantenimiento de la paz [2]. En el informe se exhorta a la adopción de un enfoque más amplio e integrado en el mantenimiento de la paz, de manera que se tengan presente los aspectos humanitarios de las misiones de esa índole. La finalidad del presente artículo es examinar esos acontecimientos, así como plantear y analizar las principales opciones abiertas al CICR en los planos estratégico y operativo. A la luz de estas consideraciones, trazaremos un panorama general de la postura del CICR con respecto a las relaciones y a la cooperación entre la Institución y las misiones militares internacionales. En este artículo, las referencias a la participación militar en las actividades humanitarias aluden exclusivamente a la participación de fuerzas militares multinacionales en situaciones asociadas a conflictos armados. No trata de la participación militar en la prestación de ayuda humanitaria en caso de desastres naturales o tecnológicos, ni de la intervención de las fuerzas armadas nacionales con fines humanitarios. La función de las fuerzas militares en la gestión de crisis posteriores a la guerra fría En el transcurso del último decenio, se han combinado varios factores que guardan relación entre sí para alentar una mayor participación militar en la gestión de situaciones de crisis. Todos estos factores se derivan del fin de la guerra fría. Ÿ Reformas al interior de las fuerzas armadas - En varios países las fuerzas armadas se encuentran en fase de transición. Dado que hoy el riesgo de una agresión externa ha disminuido de manera significativa, el tradicional énfasis en la defensa territorial se ha desplazado en cierta medida a otras funciones, incluidas las operaciones de apoyo a la paz, como se suele denominar a las misiones militares en situaciones de conflicto, y de ayuda de urgencia en caso de catástrofes naturales. Así, los Estados estudian diversas modalidades para aprovechar la capacidad militar en nuevas tareas. El envío de fuerzas armadas a regiones en crisis y la asignación de actividades humanitarias a las fuerzas armadas se considera, por lo menos en ciertas situaciones, una opción viable e incluso deseable, que aporta a las fuerzas armadas una nueva y adicional finalidad. Ÿ La cambiante naturaleza de los conflictos - La evolución geopolítica en los últimos diez años ha provocado un nuevo tipo de conflicto. El fin de la guerra fría puso término a una serie de guerras atizadas por terceros, pero también incrementó la vulnerabilidad de los Estados débiles a disturbios internos y, en algunos casos, llevó a la desintegración de éstos en Estados fallidos, desgarrados por enfrentamientos armados entre una horda de núcleos de poder locales. Una de las facetas más inquietantes de estos nuevos conflictos es que, muy a menudo, las personas civiles ya no se ven "atrapadas en medio del fuego cruzado" sino que deliberadamente son blanco de ataques debido a su identidad como miembros de determinado grupo de la sociedad. El alto precio que ha honrado la población civil y la desestabilización de regiones enteras han determinado la creciente necesidad de la intervención militar para restablecer la paz y la seguridad. Ÿ Evolución de la función del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas - El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas ha adquirido nueva importancia. Existe hoy mayor probabilidad que durante la guerra fría de que los Miembros permanentes lleguen a un consenso en favor de la intervención militar atendiendo a razones humanitarias, o por lo menos, de que se abstengan de hacer uso de su derecho de veto en tales circunstancias. Ello ha aportado un mayor margen de maniobra no sólo en el mantenimiento de la paz sino también en la imposición de la paz. Particularmente desde la Guerra del Golfo librada en 1991, el Consejo de Seguridad ha ampliado el ámbito de lo que considera "amenaza a la paz, quebrantamiento de la paz o acto de agresión", conforme al sentido del artículo 39 de la Carta de las Naciones Unidas. De esta manera, se ha ocupado de guerras civiles y emergencias como las de Irak, Somalia, Angola, Liberia, la República Centroafricana, la antigua Yugoslavia y Timor Oriental.
Ÿ A comienzos del decenio de 1990, las Naciones Unidas, en particular en su Programa de Paz, avanzaron el postulado de que en adelante no sería posible disociar las cuestiones humanitarias del más amplio problema de la paz y la seguridad [3]. Con esta consideración presente, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas intenta dar cabida a problemas de carácter humanitario, atendiendo a su dimensión y a sus eventuales repercusiones. Ÿ Estas consideraciones y sus consecuencias han llevado a las Naciones Unidas a concebir un enfoque integrado y han repercutido en la tendencia a combinar la acción militar y la acción humanitaria en el mantenimiento de la paz. Evolución del mantenimiento de la paz Ÿ De manera tradicional, las operaciones de mantenimiento de la paz se han sujetado a los principios del consentimiento (entendido como el consentimiento de las partes beligerantes para la ejecución de la operación en cuestión), y del recurso a la fuerza únicamente en caso de legítima defensa. Las misiones de esta índole han abarcado la vigilancia y la supervisión del cumplimiento de acuerdos de cesación del fuego y de armisticio, la observación en zonas fronterizas, el establecimiento de zonas de separación entre beligerantes, la asistencia en el retiro de tropas, y la vigilancia u organización de elecciones. Algunas de estas operaciones, que en su totalidad se han emprendido previa invitación de Gobiernos soberanos, han incluido tareas de orden humanitario, a nivel local y como medida auxiliar (Golán, Sahara Occidental, Gaza, Chipre, Congo, etc.). Ello no ha conllevado, sin embargo, una estrecha relación con las organizaciones humanitarias, que a menudo no realizaban actividades en la misma región o mantenían apenas una presencia limitada allí. Ÿ Ante la aparición de nuevos tipos de conflictos particularmente mortíferos entre facciones beligerantes dentro de un mismo Estado, el concepto de operaciones de mantenimiento de la paz comenzó a evolucionar durante el decenio de 1990. A raíz de la intervención en el norte de Irak en 1991, y más específicamente luego de la caída del gobierno de Somalia a fines de ese año, vieron la luz por vez primera las operaciones de imposición de la paz. Estas operaciones surgieron ante acontecimientos que no constituían necesariamente amenazas para la seguridad internacional, pero que sí justificaban una intervención a tenor del Capítulo VII de la Carta de las Naciones Unidas (imposición de la paz) con el fin de resolver una "crisis humanitaria". Mediante su resolución 794 (Somalia), el Consejo de Seguridad amplió la noción de "amenaza a la paz, quebrantamiento de la paz o acto de agresión" para incluir la intervención con el propósito de prestar asistencia humanitaria.
A veces se hace referencia a las misiones que las Naciones Unidas ( UNMiBH y UNMIK) y la OTAN (SFOR, KFOR) llevan a cabo en los Balcanes y a varias de las misiones de mantenimiento de la paz de las Naciones Unidas en curso, como operaciones de la "tercera generación" o de "consolidación de la paz". Estas se asemejan mucho más a las misiones de mantenimiento de la paz originales (pues gozan del consentimiento general de las partes), aunque añaden un nuevo elemento, puesto que contribuyen a la reconstrucción del Estado y de las estructuras sociales. Así, por ejemplo, mediante la resolución 1029 (1995) del Consejo de Seguridad, se confirió a la Misión de Asistencia de las Naciones Unidas en Ruanda una función directa en la repatriación de los refugiados hutu. En Bosnia, la SFOR participa, en distinta medida, en actividades como la supervisión de las fuerzas de policía, el establecimiento de nuevas estructuras administrativas, el arresto de criminales de guerra, la supervisión de elecciones, la reconstrucción de puentes y caminos, la remoción de minas, y el restablecimiento de la infraestructura. En Kosovo, la KFOR ejecuta tareas similares atendiendo a su mandato predominantemente orientado a la "consolidación de la paz", al igual que la Fuerza Internacional en Timor Oriental (UNTAET).
Labor humanitaria desplegada por fuerzas militares En cierto sentido resulta paradójico que durante el último decenio, en varias situaciones trágicas en las cuales surgió la crucial necesidad del recurso a la fuerza militar para restablecer la paz en vista del derrotero que tomaban los conflictos, las fuerzas militares –en cumplimiento de los cometidos asignados por sus respectivas autoridades políticas– participaron en mayor medida en actividades de carácter eminentemente humanitario. El ejemplo más destacado de ello es la Fuerza de Protección de las Naciones Unidas en Bosnia (UNPROFOR).
En situaciones de hostilidades que no han cesado, la labor humanitaria que despliegan las fuerzas militares trae aparejada peligros de distinto orden: Ÿ las fuerzas en cuestión corren el riesgo de ser consideradas partes en el conflicto, o de convertirse, de hecho, en partes en él. Si el cumplimiento de su misión exige el uso de la fuerza, la acción humanitaria puede quedar en entredicho. Existe, asimismo, la tentación de hacer que la asistencia humanitaria esté supeditada al cumplimiento, por parte de los beligerantes, de las condiciones políticas fijadas por órganos políticos; En contraposición, sin embargo, cabe considerar con menos reservas la función "humanitaria" de las fuerzas militares en situaciones postconflictivas. En las situaciones en que se ha restablecido la paz o esté en curso un proceso de estabilización (Camboya, después de los acuerdos de París, y Bosnia, después de Dayton), la prestación de asistencia militar directa plantea menos problemas al no existir riesgo de que se identifique o de que se confunda a los soldados como miembros de una u otra de las partes en conflicto (pues las partes en cuestión habrán dado su consentimiento para la presencia de la fuerza de mantenimiento de la paz). No obstante, cabe señalar que incluso en estas situaciones, la imagen de una acción humanitaria que guarde vínculos demasiado estrechos con una acción militar puede plantear problemas si se reanudan las hostilidades. Un ejemplo particularmente patente fue la gestión de la crisis de Kosovo por parte de la OTAN en 1999, que dejó a la comunidad internacional cavilando acerca del doble papel de unas fuerzas armadas que simultáneamente participaban en la guerra y en la asistencia humanitaria. Mientras los aviones de combate atacaban blancos en Yugoslavia, la misma alianza militar dedicaba ingentes recursos para proveer sustento a los refugiados que llegaban a Macedonia y Albania. Aunque en esas circunstancias se aprobó el uso de la logística militar para brindar asistencia a cientos de miles de refugiados, también provocó desasosiego con respecto a la militarización de la ayuda humanitaria. Además, surgió el temor de que con ello se sentaran precedentes para que los Gobiernos asignaran recursos para la prestación de socorro por parte de los militares en detrimento de los cauces civiles. Debate en materia de política Dos argumentos –relacionados con el presente debate sobre políticas– parecen ganar adeptos: Ÿ La mayor contribución que pueden aportar las fuerzas militares a la acción humanitaria es el restablecimiento del orden y de la seguridad, que ayudará a crear un entorno propicio para las actividades humanitarias, al tiempo que se abordan las causas de la crisis. Si bien se reconoce que los militares podrían desempeñar una función humanitaria de una u otra manera, las misiones humanitarias no deberían ser nunca la principal razón para el despliegue de tropas. Tampoco debieran utilizarse como la hoja de la higuera que encubre la inercia política. Ÿ En el plano normativo - Un reciente análisis de la situación, en particular tras el fracaso de la UNPROFOR, ha dado lugar a una nueva circunspección en los círculos militares cuando se trata de su participación en la labor humanitaria. Así, en la doctrina revisada de la OTAN sobre la cooperación cívico-militar se declara la intención de la organización de adherir al dogma de la "primacía de la misión", conforme a la cual el aspecto militar de una misión deberá prevalecer en toda circunstancia sobre cualquier acción humanitaria. Según comentara el general Briquemont, los militares no pueden ocupar el lugar de las organizaciones humanitarias que cuentan con objetivos, métodos y pericia propios; resultando a todas luces vano intentar superar el trabajo del CICR o del ACNUR. [6] En el plano político, sin embargo, existe, como se señaló más arriba, una marcada tendencia a definir políticas para una participación más directa de las fuerzas militares en las tareas civiles y humanitarias. Aunque el "marco estratégico" de las Naciones Unidas en Afganistán es aún un experimento inconcluso y ha generado cierto escepticismo, este concepto, que se aplica en este momento con mejores resultados en Kosovo y Timor Oriental, podría con el tiempo servir como medio para integrar, en una fase temprana, dentro de una estrategia política global, las exigencias de todos los interesados, ya sean éstas de carácter político, militar o de otra índole, con la asociación de la comunidad humanitaria. Además, con regularidad se plantea la reforma de las Naciones Unidas y de las organizaciones regionales con miras a alentar una mayor participación de las organizaciones humanitarias en las esferas políticas y de solución de conflictos dentro del proceso de adopción de decisiones. En el plano operacional - Aún cuando el panorama parezca despejarse en lo que hace a la doctrina militar, podrían subsistir problemas a nivel operacional entre las organizaciones humanitarias y las organizaciones militares. Se observan redoblados intentos para lograr un acercamiento entre las organizaciones humanitarias y las fuerzas militares sobre el terreno, en particular mediante el apoyo militar directo a la labor humanitaria. El desafío para las organizaciones humanitarias reside en crear un contexto en el cual el ámbito de la acción humanitaria quede claramente diferenciado de la acción militar, de manera que los esfuerzos humanitarios puedan beneficiarse de la ventaja de una cooperación más estrecha con las fuerzas militares. En Bosnia-Herzegovina, por ejemplo, el ACNUR y la SFOR han establecido un sistema de estrecha coordinación en virtud del cual existe personal de enlace y asesores militares adscritos a las oficinas que mantiene el ACNUR a nivel local y regional. La razón para ello estriba en la vital importancia que concede el ACNUR a la seguridad en sus actividades, en particular en el apoyo que se brinda a los refugiados y a las personas desplazadas, y en el cometido explícito conferido a la SFOR por parte de la comunidad internacional para que participe en la ejecución de aspectos civiles del plan de paz. Cooperación cívico-militar - La cooperación cívico-militar, un concepto al que hemos hecho alusión en el presente debate, merece particular atención. Tradicionalmente, los militares han utilizado esta noción para referirse a la obtención de apoyo para su misión por parte de la población civil (la OTAN la define como una función de apoyo al combate). En la actualidad, la cooperación cívico-militar se interpreta ampliamente como una interfaz entre los militares y la población civil, incluidas las organizaciones humanitarias. No obstante, sigue siendo un concepto bastante amplio bajo el cual los distintos contingentes de la OTAN desplegados en la zona de los Balcanes, por ejemplo, llevan a cabo una gran variedad de tareas que van del mero enlace con la población civil y las autoridades al acopio de información –corriente y de servicios de inteligencia– y abarcan incluso actividades humanitarias. Así pues, toda referencia a la cooperación cívico-militar debe hacerse con cautela. Sea cual fuere la interpretación que se conceda a este concepto, éste expresa ante todo y fundamentalmente una función militar. Por consiguiente no es una expresión afortunada para describir las relaciones del CICR con las fuerzas militares, ni para describir las funciones de un delegado cuyo papel esencial consista en el enlace con las fuerzas militares. El riesgo inherente a la cooperación entre civiles y militares reside en que podría inducir a los militares a sobrepasar los límites de su cometido (militar) y concentrarse más en actividades humanitarias que en tareas de paz y seguridad. Esferas de cooperación entre las organizaciones humanitarias y las fuerzas militares Dos razones primordiales dictan el interés de los militares en no verse completamente apartados de la acción humanitaria: Ÿ Los militares consideran que, independientemente de la naturaleza de una operación militar, un factor clave para el éxito de ésta reside en establecer y mantener buenas relaciones con la población local. Así, aunque los militares no consideran la participación en la labor humanitaria como una tarea principal, si estiman que se trata de una actividad auxiliar comprendida dentro del objetivo más amplio de la "aceptación de una misión". Los responsables de la doctrina militar a veces expresan este parecer respecto de la acción humanitaria. Ÿ Según una opinión difundida entre los militares, independientemente de su cometido, la población local esperará que el personal de mantenimiento de la paz ayude a satisfacer sus necesidades, particularmente en situaciones en las cuales las organizaciones humanitarias por sí solas no dan abasto. Conviene tener debidamente en cuenta este factor político en el debate acerca de la cooperación cívico-militar. Ÿ Los militares podrían necesitar del CICR como intermediario neutral Así ocurrió en Somalia, donde los delegados del CICR visitaron a personas detenidas por la UNISOM II y a prisioneros del General Aidid. Más recientemente, el CICR se hizo presente para brindar asistencia a soldados de las Naciones Unidas capturados por el Frente Unido Revolucionario (RUF) en Sierra Leona, y en la actualidad efectúa visitas a detenidos bajo custodia de la KFOR en Kosovo. El CICR plantea reiteradamente el argumento arriba expuesto. Trabajo de servicios de inteligencia y comunicación - Las fuerzas armadas de las Naciones Unidas se encuentran bajo la creciente presión de quienes configuran sus mandatos para que intercambien información con las organizaciones civiles y humanitarias, en gran medida como resultado de las críticas contra la UNOSOM y la UNAMIR por su incapacidad para compilar sistemáticamente información militar y política. Cabe preguntarse en qué medida debiera el CICR beneficiarse de la información dimanante de fuentes militares y, en sentido contrario, qué tipo de información podría proporcionar el CICR a los militares llegado el caso. El Grupo de Tareas sobre Mantenimiento de la Paz de la OTAN insiste en la importancia de la transparencia, sin la cual la tensión entre los componentes políticos, militares, humanitarios y de otra índole de una relación cívico-militar llevaría inevitablemente a la confusión y a la incomprensión en determinados momentos. La OTAN es consciente de que un elemento fundamental en el establecimiento de un mecanismo de trabajo para la coordinación entre las fuerzas militares y todas las demás organizaciones reside en el mutuo intercambio de información. No obstante, un obstáculo para ello podría ser la reticencia que demuestran ciertos organismos y organizaciones para comunicar información o recabar información de servicios de inteligencia. [10] De manera general, el acopio de información es un asunto medular en la relación entre la labor humanitaria y el trabajo militar. Conforme suelen expresarlo a veces los militares, "un oficial es en primer lugar y ante todo un oficial de servicios de inteligencia". Pero para el CICR, la confidencialidad es, naturalmente, un factor limitante cuando se trata de proporcionar información. En general los militares comprenden y aceptan esta actitud. Escoltas armadas ¿Deberían los militares proporcionar escoltas armadas para los organismos humanitarios? La comunidad humanitaria está dividida frente a esta pregunta. El punto de vista del CICR, que ha sido objeto de debates en varias ocasiones en los últimos años –en particular a la luz de su experiencia en Somalia– es que esta organización no debiera recurrir a escoltas armadas, ni siquiera a la protección de soldados de las Naciones Unidas. La preocupación del CICR en cuanto al uso de escoltas armadas se relaciona básicamente con una cuestión de imagen: se podría considerar al personal del CICR como aliado de alguno de aquellos que portan armas, impresión que podría poner en entredicho su propia seguridad, así como –y quizás más importante– la seguridad de las personas a quienes el CICR en principio debe ayudar. Podría también establecer un peligroso precedente contrario a la idea fundamental de la Cruz Roja. Cabe recordar que, el año 1995, en la XXVI Conferencia Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja se aprobó la resolución "Principios y acción en la asistencia internacional humanitaria y en las actividades de protección" que, como norma general, excluye el recurso a la protección armada de las operaciones humanitarias. Las directrices, que contemplan también las circunstancias excepcionales bajo las cuales se podría solicitar protección armada, tienen carácter vinculante para todos los componentes del Movimiento. [11] No obstante una clara postura en materia de política en cuanto al uso de escoltas armadas, determinadas circunstancias excepcionales pueden justificar un distanciamiento del principio de abstención del uso de escoltas armadas, como ha ocurrido en el Cáucaso septentrional donde al CICR no le ha restado más opción que aceptar la protección armada proporcionada por las fuerzas de seguridad rusas para salvaguardar y posibilitar el movimiento de sus delegados. Un asunto distinto es la protección armada de las instalaciones y del equipo del CICR por parte de fuerzas de mantenimiento de la paz o de personal de seguridad. Durante varios años se ha establecido esta protección en situaciones en que se ha considerado indispensable. El propósito de esta protección es primordialmente colocar bienes y propiedad a buen resguardo de bandoleros y delincuentes. Ello no debería socavar la percepción de que el CICR es neutral e imparcial. Utilización de recursos militares para operaciones humanitarias El CICR hizo amplio uso de equipo militar en varias situaciones de emergencia durante el decenio de 1980 y comienzos del decenio de 1990. Entonces había adoptado una postura relativamente flexible con respecto al uso de recursos militares, a saber que no existía fundamento dogmático suficiente para excluir esta posibilidad, siempre y cuando el CICR ejerciera control directo sobre esos recursos. Por ejemplo, en los puentes aéreos organizados en favor de Etiopía en 1985 y 1988, se emplearon mayoritariamente aviones militares proporcionados por las fuerzas armadas de Suecia, Gran Bretaña, Bélgica, Canadá, Alemania, Unión Soviética y Polonia. En varias operaciones de emergencia los militares han prestado también invaluables servicios a las organizaciones humanitarias asumiendo el control del uso del espacio aéreo y de las pistas de aterrizaje. El CICR, sin embargo, se muestra cada vez más precavido con respecto al uso de recursos militares en sus operaciones (salvo los servicios arriba mencionados), en particular debido al uso simultáneo de naturaleza distinta que pudiera darse a estos recursos en un conflicto. Conforme señalara Rafael Olaya, "en ciertos lugares, dentro de perímetros geográficos idénticos, los recursos militares se han utilizado de manera simultánea en actividades de imposición de la paz, de mantenimiento de la paz, y en actividades humanitarias. Como consecuencia de ello, el CICR se ha mostrado en los últimos años más cauteloso en cuanto al uso de recursos militares en sus operaciones dentro de esos contextos. En Somalia, se tornó prácticamente imposible para el CICR utilizar aeronaves militares que habían transportado equipo militar el día anterior, o lo harían al día siguiente, en el marco de la consecución de los objetivos de imposición de la paz”. [12] No obstante esas experiencias, el CICR no ha excluido por completo el uso de recursos militares, en particular cuando las circunstancias en las que se ofrecen sean favorables para el desenvolvimiento de su labor, o cuando no se pueda disponer de recursos civiles comparables. Formación Tanto las organizaciones humanitarias como los militares concuerdan en que la incompatibilidad cultural es con frecuencia uno de los principales obstáculos para la cooperación eficiente, aunque, como Hugo Slim ha observado, "las organizaciones militares y las organizaciones humanitarias se encuentran de muchas maneras tan vinculadas como distanciadas por sus raíces comunes en la guerra". Hace notar que tanto el acto de morir por su país como el acto de salvar vidas son considerados acciones nobles. Una gran diferencia estriba, sin embargo, en que mientras para los soldados en general es sencillo y éticamente aceptable demostrar una faceta humanitaria en ciertas ocasiones, lo contrario (esto es, que el personal humanitario participe en actividades militares) es mucho menos plausible. [13] En la mayoría de conferencias y seminarios prácticos sobre relaciones cívico-militares se plantea como tema reiterado y prominente el afán por tender puentes entre dos culturas esencialmente diferentes. Según señalara Joelle Jenny, un ejército y una organización humanitaria trabajan con lógicas fundamentalmente diferentes. Mientras los soldados responden a líneas de mando y a conjuntos de reglas y órdenes operacionales claros, el personal que presta asistencia suele tener mentalidad independiente y goza de considerable poder de decisión sobre el terreno. [14] Existe creciente consenso sobre la necesidad de preparar la coordinación antes de que surjan los conflictos, mediante una mejor capacitación que brinde a los militares la oportunidad de conocer la forma en que los trabajadores humanitarios realizan sus tareas y familiarice a éstos con el enfoque militar. El conocimiento y el respeto de los respectivos cometidos pueden contribuir a evitar malentendidos. Además, la formación es un medio para fomentar el carácter predecible de las situaciones. Este es un aspecto importante para los militares, para quienes el mundo de la acción humanitaria es el reino de una asombrosa diversidad. La formación anticipada también brinda una oportunidad adicional para difundir, entre los miembros de las fuerzas armadas nacionales, el conocimiento del derecho internacional humanitario, y en especial de las consecuencias particulares para las operaciones de mantenimiento de la paz. De manera análoga, tanto las Naciones Unidas como los Gobiernos debieran promover el conocimiento de las líneas directrices sobre el derecho internacional humanitario formuladas por el Secretario General de las Naciones Unidas. Diversos funcionarios del CICR participan en distintos cursillos de esta índole en los cuales presentan ponencias sobre el derecho internacional humanitario y aspectos operacionales o conceptuales de la labor de la organización. También han tomado parte en algunos de los cada vez más numerosos ejercicios militares que abordan las relaciones cívico-militares. Conclusión En síntesis, se puede discernir tres políticas entre las cuales ha oscilado el CICR en los últimos años. Aislamiento En el caso del CICR, consiste en atrincherarse detrás de los Principios Fundamentales del Movimiento de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja y del cometido que desempeña a tenor del derecho internacional humanitario y, por consiguiente, evitar todo contacto con los militares a nivel operacional. Se trata a todas luces de una postura insostenible, en particular cuando las Naciones Unidas despliegan una fuerza de mantenimiento de la paz que actúa en el contexto de la misma crisis que el CICR. El CICR no puede meramente guardar distante reserva frente a lo que hacen los militares (y otras organizaciones humanitarias), con la esperanza de que las partes beligerantes y todos los demás sectores a los que atañe la crisis comprendan su enfoque y sus principios. La esencia misma de su cometido obliga al CICR a fomentar las relaciones con todos los sectores implicados en un conflicto armado. Proselitismo En el caso del CICR, ello supone un intento por congregar a todas las organizaciones humanitarias bajo el estandarte de sus principios, haciendo que la neutralidad, la imparcialidad y la independencia se conviertan en el fundamento de toda acción humanitaria. La pregunta reside en saber si se ajusta a la realidad, e incluso si es deseable, el hecho de pretender "vencer" en el debate sobre la naturaleza fundamental de la acción humanitaria. La transformación del personal de las Naciones Unidas, por ejemplo, en una forma de acción humanitaria estrictamente neutral sería una empresa tan vana como presuntuosa, puesto que sería contraria a la naturaleza intrínseca de las Naciones Unidas. Para los organismos humanitarios de las Naciones Unidas, la neutralidad supondría independencia frente al resto del sistema y, por ende, con respecto a su propio marco político e institucional. Aún cuando desearan distanciarse de los aspectos políticos de una crisis, los organismos de las Naciones Unidas a los cuales compete la acción humanitaria no disponen ni de los medios institucionales, ni jurídicos, para hacerlo. Además, incluso si estos organismos humanitarios lograran disociarse, por ejemplo de las operaciones de mantenimiento de la paz de las Naciones Unidas, las partes en conflicto sin duda les recordarían que integran la misma organización. En el concepto de las personas en general, es prácticamente imposible disociar por completo las operaciones militares de las actividades inspiradas por principios humanitarios cuando ambas se ejecutan bajo la bandera de las Naciones Unidas. Estaría igualmente reñido con la realidad que el CICR intentase convertir a las organizaciones no gubernamentales en adeptos de sus principios y de su cultura institucional puesto que son libres de escoger su propio punto de vista. Conviene, asimismo, preguntarse si el proselitismo no actuaría, en última instancia, en detrimento del mensaje del CICR según el cual el empeño humanitario debe mantenerse por completo separado de los motivos políticos. Ecumenismo El ecumenismo –política que preferimos– es una suerte de tercera vía, por la que de hecho ha optado con frecuencia el CICR. De manera más clara se reconoce que existe una tendencia hacia la cooperación más estrecha entre la acción humanitaria y la acción militar, en particular en el contexto de las Naciones Unidas, dentro de la cual se intenta dar cabida y no doblegar o ignorar esa cooperación, y por lo tanto se sitúa a medio camino entre el "control de daños" y la "participación constructiva". El CICR debiera hacer gala de tolerancia ante otros enfoques y resistir la tentación de creer que exclusivamente su política humanitaria es la correcta. Las diferencias en cuanto a percepción plantean desafíos conceptuales para el CICR, a saber para determinar cuál es la esencia de la acción humanitaria y cuál es apenas una opción pragmática en virtud del contexto. La opinión que prevalece entre las organizaciones humanitarias, por ejemplo, es que el principio único y absolutamente fundamental de la acción humanitaria es la imparcialidad. Expresado de otra manera, únicamente la parcialidad en la determinación de los beneficiarios y de la manera en la cual se les brindará ayuda parece estar en franca contraposición con la idea per se de la acción humanitaria. El CICR debiera declarar su disposición a cooperar con las fuerzas militares y con otras organizaciones humanitarias, preservando su identidad institucional. Cabe reconocer que resulta equívoca la idea que sitúa por un lado la labor humanitaria "pura" y neutral representada por el CICR y, por otro, la acción humanitaria politizada e incluso tal vez la acción militar –que dista de ser humanitaria o neutral–. En lugar de ello, observamos: (1) la acción humanitaria que se inclina de manera sistemática hacia la neutralidad; (2) la acción humanitaria que adquiere un cariz más o menos neutral dependiendo de las circunstancias; y (3) los militares, a quienes ante todo incumbe el restablecimiento de la paz y de la seguridad y cuya misión es tributaria de decisiones con motivación política. Cuando de salvar vidas se trata, se debe adoptar un enfoque pragmático. No es inconcebible que en determinadas situaciones los militares puedan estar en mejores condiciones que el CICR para llevar a cabo ciertas tareas humanitarias. Su función (militar) en el ámbito humanitario debiera, sin embargo, ser siempre subsidiaria. El término que debiera regir estas complejas relaciones es la complementariedad. Sección 2 Líneas directrices del CICR para la cooperación cívico-militar Contexto general El punto de partida del CICR en la definición de sus relaciones con los militares son los Principios Fundamentales de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja al igual que las disposiciones pertinentes del derecho internacional humanitario. Estos sitúan el contexto general para la naturaleza y el alcance de esa relación. El CICR trabaja independientemente de cualquier objetivo de índole política o militar. Sus actividades abarcan no apenas la asistencia a las víctimas de los conflictos armados y de la violencia interna sino –y fundamentalmente– la protección de éstas, atendiendo tanto al derecho como a los principios humanitarios. Los tres aspectos que se puntualizan a continuación son importantes para el CICR. Tratan de la respectiva naturaleza de la intervención militar y de la acción humanitaria del CICR, así como de la relación entre ambas y de las posibilidades para una cooperación. Ÿ El objetivo de la acción humanitaria del CICR no es la resolución de conflictos sino la protección de la dignidad y de la vida humanas. Las actividades humanitarias del CICR no pueden en modo alguno estar supeditadas a objetivos y consideraciones de orden político o militar. Diálogo con los responsables militares y políticos de la adopción de políticas y decisiones El CICR pretende trabar y sostener un diálogo con los círculos políticos y militares donde se formulan las políticas que rigen la intervención militar en las emergencias derivadas de conflictos armados. El adelanto del diálogo entre los organismos y las dependencias competentes de las Naciones Unidas, la OTAN y la Unión Europea es objeto de particular atención. El objetivo fundamental de ese diálogo es promover la visión que tiene el CICR de la acción humanitaria y, de ser necesario, fomentar y mantener contactos de utilidad para la cooperación operacional y para impulsar el respeto del derecho internacional humanitario. Además, el CICR también busca ese diálogo fuera del mundo occidental, especialmente en regiones donde existe el marcado deseo de conferir un carácter regional al mantenimiento de la paz. Cooperación operacional con las fuerzas de mantenimiento de la paz Siempre que resulta factible, el CICR promueve contactos con miras al intercambio de información pertinente, en particular en situaciones en las cuales lleva a cabo actividades en la misma zona de operaciones que las fuerzas militares. Cuando procede, el CICR asigna a uno o más responsables para ocuparse del enlace con el mando militar sobre el terreno y a otras personas que, en la sede, asumen idénticas funciones respecto del mando militar supremo de que se trate. El CICR mantiene igualmente contacto con las autoridades políticas y militares pertinentes, exhortándolas a la clara determinación del cometido de las fuerzas de mantenimiento de la paz en lo que a las consecuencias humanitarias de ese se refiere, de manera que se obvie toda ambigüedad con relación al cometido y a la función del CICR. Intenta cerciorarse, en particular, de que la acción militar no vulnere el carácter imparcial, neutral e independiente de su trabajo. Se empeña, asimismo, en velar por el respeto del derecho internacional humanitario por parte de las misiones militares internacionales. Sin recurrir como norma (que puede ser dispensada en casos excepcionales) a la protección armada para sus operaciones, incluidos los convoyes de suministros de socorro, el CICR acoge con beneplácito todo esfuerzo que inviertan las misiones militares internacionales para crear un entorno seguro para las actividades humanitarias [17]. Protección de equipo e instalaciones del CICR por guardias armados El CICR no excluye el recurso a guardias armados para la protección de su equipo y sus instalaciones en situaciones en las cuales se considere indispensable tal protección (por ejemplo, en medio de intensa criminalidad). No obstante, las repercusiones que pudieran conllevar tales medidas en cuanto a la imagen de la neutralidad y de la imparcialidad del CICR son objeto de evaluación regular. Utilización por parte del CICR de recursos militares o de la defensa civil En general, el CICR ejerce cautela en el uso de recursos militares o de la defensa civil, considerando que la necesidad, y no la disponibilidad, debe dictar tal opción. El CICR no objeta la utilización de esos recursos por parte de otras organizaciones humanitarias, siempre y cuando ello no entorpezca sus propias actividades. Cuando el CICR usa esos recursos (porque se ofrecen en condiciones que aportan una clara ventaja, o porque no se dispone de recursos civiles comparables), se cerciora de que esta decisión no perjudique la imagen de neutralidad e imparcialidad de que goza y de que guarde consonancia con la estrategia y los principios operacionales. Contribución del CICR a la formación A través de cursillos sobre el derecho internacional humanitario y los principios básicos que rigen la acción humanitaria, el CICR aspira a ejercer influencia en la formación de personal militar asignado a misiones militares en el extranjero o a participar directamente en ella. Con este propósito, forja y mantiene relaciones institucionales directas con las academias militares y demás establecimientos que imparten formación a personal civil y militar para tales misiones. Establece la dimensión de la cooperación que estima apropiada según las circunstancias, en una gama que va desde las contribuciones puntuales hasta la cooperación formal a largo plazo (como en el caso del programa iniciado con SHAPE). El CICR también se empeña en aprovechar sus programas de formación para familiarizar a su personal con los distintos aspectos de las misiones militares internacionales y los diferentes conceptos de la cooperación cívico-militar que se aplican en el terreno. Participación del CICR en conferencias y relación entre acción militar y acción humanitaria Mediante su dinámica participación en conferencias multilaterales y de otra índole que tratan de la relación entre la acción militar y la acción humanitaria, el CICR aspira a promover su enfoque del manejo de crisis y a compartir la experiencia operacional que ha adquirido. Busca también desarrollar y mantener una red de contacto entre quienes se ocupan de asuntos relacionados con la seguridad internacional. La participación del CICR en acontecimientos de esta naturaleza depende de la posibilidad que se le brinde para contribuir a las deliberaciones o del interés que tenga para la organización el tema que se proponga examinar. Participación del CICR en ejercicios de adiestramiento militar El CICR participa –de manera selectiva– en ejercicios de adiestramiento militar cuando se le invita a hacerlo y cuando el propósito de esos ejercicios sea servir de cauce para la formación en el manejo militar de crisis que abarque la relación entre el sector humanitario y el sector militar. En estas ocasiones, la meta es dar a conocer mejor el cometido y las actividades del CICR y divulgar el conocimiento del derecho internacional humanitario. La contribución del CICR debiera comenzar en la fase de planificación. Se concede prioridad a los ejercicios internacionales.
Notas 1. Kosovo Report of the Independent International Commission on Kosovo, Oxford University Press, 2000, p. 108. 2. Examen amplio de toda la cuestión de las operaciones de mantenimiento de la paz en todos sus aspectos, Doc. ONU A/55/305-S/2000/809, 21 de agosto de 2000. 3. Un Programa de Paz, Informe del Secretario General, Doc. ONU A/47/277-S/24111, 17 de junio de 1992. 4. "Respeto del derecho humanitario internacional por las fuerzas de las Naciones Unidas", Boletín del SG de la ONU, DOC- ST/SGB/1999/13. 5. Compendium of Views and Experiences on Humanitarian Aspects of Peacekeeping, Grupo Especial de Tareas sobre Mantenimiento de la Paz de la OTAN, 1999. 6. Seminario CICR/UNPROFOR, 23 de febrero de 1995. 7. Joelle Jenny: "Civil-military cooperation in complex emergencies: How far can we go?" (próxima publicación). 8. Op. cit. (nota 5). 9. Loc. cit. (nota 4). 10. Op. cit. (nota 5). 11. Texto publicado en la Revista Internacional de la Cruz Roja, Nº 133 edición en español, enero-febrero de 1996, p. 72. Véase en particular el párrafo G.2.c). 12. Seminario de capacitación sobre la paz, Pretoria, 21 de noviembre de 1995. Traducción CICR. 13. Citación de Tim Laurence, "Humanitarian asistance and peacekeeping: An uneasy alliance", Whitehall Papers Series, 1999. Traducción del CICR. 14. Op.cit. (nota 7). 15. Estatutos del Movimiento Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja, 1986. 16. Acuerdo sobre la organización de las actividades internacionales de los componentes del Movimiento Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja, 26 de noviembre de 1997, publicado en la Revista Internacional de la Cruz Roja, Nº 145, edición española, marzo de 1998, pp. 173-191. 17. Véase nota 11. |