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Comité Internacional de la Cruz Roja
3-12-2003  Declaración oficial  por  Jakob Kellenberger
Discurso del Doctor Jakob Kellenberger, Presidente del Comité Internacional de la Cruz Roja
XXVIII Conferencia Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja, Ginebra, 2 al 6 de diciembre de 2003

Proteger la dignidad humana constituye un objetivo sencillo y un desafío inmenso a la vez. El objetivo es sencillo porque se inscribe en el corazón mismo del derecho humanitario y de la acción humanitaria. El desafío es inmenso a causa de las numerosas amenazas que se ciernen sobre toda la humanidad, en particular por la índole de los conflictos armados contemporáneos.

Esta mañana me gustaría exponer la visión que tiene el CICR del mundo actual, teniendo en cuenta que realizamos nuestra labor en el fragor de los conflictos armados. Quisiera comunicarles la opinión de los delegados del CICR que trabajan en el terreno y cuyos informes se sustentan en el contacto diario con las sufridas víctimas de los conflictos armados, quienes disponen de recursos increíbles para afrontar su terrible prueba.


Lamentablemente, todos los relatos de nuestros delegados nos son muy familiares: los sufrimientos a que dan lugar los conflictos armados son enormes y, por lo general, duraderos. Aunque la índole esencial de la guerra y sus consecuencias no cambian, las guerras adquieren nuevas formas y características que exponen a las personas vulnerables a peligros aun mayores. Muchos conflictos armados no internacionales, que constituyen el tipo de conflicto más extendido actualmente, están caracterizados por ataques repetidos contra los civiles y sus bienes, que no sólo sufren los efectos indirectos de los combates, sino que son el objetivo mismo de los ataques. Las causas de estos conflictos son muy numerosas, pero una de las más importantes es, hoy como ayer, la lucha personal por el poder y la riqueza. La creciente polarización de nuestro mundo va acompañada, desgraciadamente, por una creciente polarización de palabras y nociones. Los “otros”, ya sean individuos o un pueblo entero, ya no se perciben como aliados ni como un factor de enriquecimiento, sino como adversarios cuya diferencia constituye una amenaza. La falta de diálogo se manifiesta no sólo entre países y continentes, sino también dentro de los países y las comunidades locales. La disposición a escuchar a los otros no implica necesariamente una invitación popular al diálogo “entre culturas”.


Aun cuando disminuye la intensidad de los conflictos en el terreno militar, éstos siguen arrebatando la vida a las personas que pisan una mina, y a aquellas que, a causa de los combates, ya no tienen acceso al agua potable o a la atención médica. Miles de familias siguen sin tener noticias de los familiares desaparecidos. Las medidas arbitrarias, la violencia indiscriminada y la ley del Talión continúan predominando en la mayoría de los conflictos.


Como bien sabemos, la terminación de un conflicto armado no significa necesariamente que terminen los sufrimientos de muchas personas que quedan marginadas y olvidadas. Los recursos naturales de sus países atraen a menudo más el interés que la salud o la educación de su población. Las organizaciones humanitarias que responden a una situación de urgencia provocada por un conflicto armado deben extender, por lo tanto, casi de forma indefinida, el período de “transición”; ello sólo lleva consigo más desgracias y, en muchas ocasiones, conduce a la reanudación de los combates. Los debates sobre las estrategias de salida para las organizaciones humanitarias deben ir acompañados por un debate más sistemático sobre las estrategias de entrada para los organismos de desarrollo.


Existen medios para aliviar el sufrimiento causado por los conflictos armados, y se han efectuado algunos progresos al respecto, aunque es evidente que las medidas para prevenir los conflictos armados siguen constituyendo, con creces, la tarea más importante.


El derecho internacional humanitario, siempre que sea respetado sobre el terreno, contribuye a prevenir el sufrimiento. Es gratificante destacar que, durante los últimos cuatro años desde la XXVII Conferencia Internacional, muchos Estados han asumido obligaciones en virtud de los instrumentos pertinentes del derecho humanitario. En la actualidad, 191 Estados son Partes en los Convenios de Ginebra, 141 lo son de la Convención de Ottawa por la que se prohíben las minas antipersonal y 92 han ratificado el Estatuto de Roma, que establece la Corte Penal Internacional. Estos instrumentos, para que puedan ser plenamente eficaces desde el punto de vista humanitario, deben incorporarse en las legislaciones nacionales y en las directrices militares internas y deben ser cumplidos efectivamente sobre el terreno por los Estados y los grupos armados.


El CICR ha cumplido la promesa que formuló en 1999 de satisfacer las necesidades específicas de las mujeres y niñas afectadas por conflictos armados y de esforzarse por atraer la atención de las partes beligerantes sobre la prohibición de todas las formas de violencia sexual. Para ello, publicó en 2001 un estudio detallado sobre el tema. Las conclusiones de dicho estudio fueron incorporadas en su propia práctica operacional; a tales efectos se distribuyeron unas directrices a sus delegaciones, para que se tengan mejor en cuenta las necesidades específicas de las mujeres.


En febrero de 2003 se celebró aquí, en Ginebra, una conferencia internacional de expertos con el fin de examinar la mejor manera de abordar el problema de las personas desaparecidas y de ayudar a sus familiares. Los resultados de la conferencia fueron importantes y alentadores, y enriquecerán los debates que mantendremos aquí durante los próximos días.


Además, el CICR continúa llamando la atención sobre los riesgos derivados de la proliferación de armas pequeñas y del desarrollo de nuevas tecnologías susceptibles de ser utilizadas con fines hostiles. Nunca un espectro tan amplio de grupos ha tenido a su disposición medios de guerra. La falta de un control eficaz de esa disponibilidad de las armas y del desarrollo de nuevas armas constituye una auténtica amenaza para la humanidad.


Los aspectos positivos citados –y habría otros dignos de mención– no pueden, sin embargo, enmascarar el alcance y la persistencia del sufrimiento causado por un número excesivo de conflictos. El sufrimiento inenarrable y el abandono a su miseria de miles de personas continúan siendo una de las mayores preocupaciones del CICR, igual que lo es el desprecio manifiesto por la integridad física y mental y por la dignidad de las personas en muchísimos lugares, y la ceguera criminal de aquellos que cometen actos dirigidos a propagar el terror entre la población civil. Me inquieta también que se intente, de nuevo, justificar la tortura. También quiero expresar la indignación que todos sentimos ante los asesinatos de miembros de personal del CICR, de voluntarios de Sociedades Nacionales de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja, así como de miembros de otras organizaciones humanitarias, y por otros ataques criminales dirigidos contra ellos.


Se ha hablado y escrito mucho sobre los cambios ocurridos en el mundo durante estos últimos años, especialmente desde los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 en los Estados Unidos. Es innegable que estos acontecimientos han repercutido en las relaciones internacionales, pero también han servido para sacar a la luz tensiones que ya existían previamente y que continúan caracterizando el panorama geopolítico. Dichos acontecimientos se añadieron a otras tragedias humanas, a las que en algunos casos, lamentablemente, desplazaron del centro de la atención de los medios de comunicación.


Después del 11 de septiembre, los actos destinados a propagar el terror entre la población civil han alcanzado una nueva dimensión; como consecuencia, la lucha contra las actividades terroristas ha adquirido, igualmente, una nueva dimensión. Esta lucha, si bien es necesaria y legítima, no debe socavar los valores en los que ha de fundarse la sociedad, en particular la protección de la dignidad humana de conformidad con el derecho internacional. Establecer un equilibrio adecuado entre la seguridad de Estado y la dignidad de los individuos siempre ha constituido un problema. Hoy, es un desafío particular y debemos afrontarlo. El hecho de que el terrorismo debe condenarse sin reservas no nos exime de reflexionar acerca de las razones por las cuales comunidades enteras toleran actividades terroristas, o incluso las apoyan.


Desgraciadamente, ya es una tradición que en cada Conferencia Internacional el CICR exprese con vehemencia su preocupación por la falta de respeto del derecho internacional. Me hubiera gustado apartarme de esa tradición. Pero no es posible, hoy menos que nunca, en particular porque a veces se impugna la pertinencia del derecho internacional humanitario por razones que no siempre me resultan claras. Las preocupaciones abarcan la totalidad del derecho internacional humanitario, en particular las disposiciones destinadas a proteger a los heridos, los prisioneros de guerra, las familias de personas desaparecidas, los refugiados y los vencidos, cuyo propósito es salvaguardarlos de la violencia y los abusos de poder, pero también de la indiferencia y del abandono.


El CICR está convencido de que el derecho internacional humanitario, en su formulación actual, es, en su conjunto, una base jurídica adecuada para afrontar los retos que plantean los conflictos armados contemporáneos. Su aplicación depende en buena medida de la voluntad positiva y resuelta de los Estados de cumplir cabalmente su responsabilidad de respetar y hacer respetar ese cuerpo de derecho en todas las circunstancias. Los Estados tienen la obligación de tomar todas las medidas posibles para poner fin a las violaciones del derecho humanitario, intercediendo ante quienes las han cometido o ante quienes puedan tener en su poder detenerlas. No es que falten normas, lo que falta a menudo es la voluntad para aplicarlas.


Defender el imperio de la ley, o reafirmar la pertinencia del derecho internacional humanitario en el mundo actual, no implica que este derecho sea perfecto o inmutable. Esto se aplica igualmente al derecho internacional humanitario. Hay interpretaciones diferentes de ciertas nociones clave del derecho humanitario, y es necesario aclararlas. Puede que se justifique reclamar que se actualice y continúe desarrollando el derecho internacional humanitario. Tampoco estoy seguro de que se haya dicho la última palabra en lo que concierne a la pertinencia del derecho internacional humanitario en la lucha que opone los Estados a grupos armados que actúan a nivel transnacional. En el transcurso del año que está por terminar, el CICR reafirmó enérgicamente el derecho internacional humanitario. Se consultaron expertos gubernamentales y no gubernamentales en diversas reuniones en todas las regiones del mundo. Se publicó un informe sobre “El derecho internacional humanitario y los desafíos en los conflictos armados contemporáneos” que ustedes han recibido y que han tenido oportunidad de leer. En los debates que se inician hoy, tendremos la posibilidad de examinar su contenido. Espero que algunas de las convicciones en las que se inspira el CICR sean incorporadas en la Declaración y en el Programa de Acción Humanitaria que serán aprobados por la Conferencia. El CICR tiene la intención de seguir adelante con su trabajo, en particular en el ámbito jurídico, con el fin de determinar y promover los medios más adecuados –sean éstos nuevos o ya existentes– para asegurar que se apliquen mejor las disposiciones del derecho internacional humanitario. Esta labor se orientará también por el estudio sobre el derecho internacional humanitario consuetudinario, que sintetiza un amplio trabajo de investigación y análisis de la práctica de los Estados. El estudio, en el cual colaboraron muchos expertos, se publicará en 2004, y será un aporte importante al debate con los Estados.


El objetivo esencial del derecho humanitario y de la propia acción humanitaria es promover la dignidad humana. Este objetivo no refleja ingenuidad política. Las organizaciones humanitarias tienen plena conciencia de que hay que hallar un equilibrio entre las necesidades legítimas de seguridad y la necesidad, igualmente legítima, de preservar la integridad física y mental de las personas, así como, en definitiva su dignidad. Dicho equilibrio es fundamental para el derecho internacional humanitario y para mantenerlo es preciso realizar un verdadero esfuerzo. Estoy convencido de que se puede garantizar la seguridad de un Estado sin vulnerar las normas fundamentales del derecho humanitario, se puede controlar un territorio sin dejar de respetar a su población, y se puede detener a personas que pongan en peligro el orden público respetando su integridad física y espiritual y sin menoscabar su dignidad. Sin duda alguna, todos convenimos en ello. Sin duda convenimos también en que los actos terroristas son la absoluta negación de los principios humanitarios básicos, y condenamos, unánimemente, la matanza de personas civiles a que dan lugar tales actos criminales. Estoy seguro de que también coincidimos en que tenemos que evitar caer en la dinámica de no observar el derecho, en particular el derecho humanitario, sea porque nos dejamos arrastrar a ello involuntariamente, sea mediante medidas extremas de represión.


Me parece oportuno hablar brevemente sobre la realización de la acción humanitaria. Frecuentemente, esta acción es poco comprendida y cada vez más es objeto de amenazas, incluso de ataques. La acción humanitaria queda expuesta a riesgos adicionales cuando los Estados tratan de utilizarla para promover intereses políticos particulares. Cuando esto ocurre, la distinción entre el ámbito de la acción militar y el del empeño humanitario se difumina en la mente de las personas, especialmente entre la población civil afectada por los combates.


No he venido aquí para abogar por un divorcio entre los esfuerzos humanitarios y los políticos, o entre la acción humanitaria y la militar. Incluso, es justo añadir que la acción militar puede tener un aspecto humanitario cuando garantiza un entorno seguro en el cual los trabajadores humanitarios puedan realizar su labor. Todo lo que el CICR pide es que los Estados que, en calidad de Altas Partes Contratantes en los Convenios de Ginebra, asignaron al CICR un cometido de acción humanitaria independiente y neutral, apoyen al CICR en la realización de dicho cometido. En términos operacionales, es necesario mantener la distinción entre las actividades políticas y militares, por un lado, y las actividades humanitarias, por otro. Debe hacerse un espacio para dar cabida a la acción humanitaria neutral, imparcial e independiente. El hecho de que insistamos en preservar dicho espacio es un reflejo de nuestra preocupación de no depender de una ideología, de un país o de un grupo de países. La independencia del CICR y la neutralidad, tan íntimamente vinculada a aquella, es un medio para llegar a un fin; son requisitos para emprender la acción en cualquier lugar y con total imparcialidad.


La acción humanitaria del CICR continuará estando determinada por su voluntad de permanecer cerca de las personas que necesitan protección y asistencia, especialmente en lo más enconado del combate, como en Bagdad o en Monrovia este año. Sin embargo, para mantenerse del lado de las víctimas, el CICR y otras organizaciones humanitarias primeramente tienen que tener acceso a las víctimas, lo que significa tener acceso a las autoridades, a los señores de la guerra o a los grupos de quienes dependa su suerte. Obtener este acceso es una tarea compleja y, con frecuencia, riesgosa. Es de vital importancia que la independencia del CICR goce de credibilidad.


Antes de referirme a las prioridades del CICR para el año próximo, y en vista del orden del día de esta Conferencia, quiero mencionar dos retos fundamentales que debemos afrontar tanto individual como colectivamente.


El primero se refiere a las iniciativas para disminuir el sufrimiento generado por la guerra; es decir, ¿cómo podemos proteger mejor a la población civil contra el uso indiscriminado de armas y a los combatientes contra medios excesivamente crueles para matar y herir? ¿Cómo podemos limitar más eficazmente el desarrollo de esos medios, su disponibilidad y su empleo, especialmente por lo que atañe a nuevos tipos de armas? Se trata de un reto al que dedicaremos una buena parte de nuestro tiempo esta semana.


El segundo reto es encontrar cauces para facilitar la labor de las organizaciones humanitarias como el CICR, a fin de que puedan cumplir su misión sin tener que sacrificar la vida de personas que de hecho tienen como cometido ayudar a las víctimas de la guerra. ¿Cómo pueden estas organizaciones intervenir rápida y eficazmente en condiciones de seguridad razonables? Y ¿qué método de comunicación o de negociación puede ayudarnos a obtener un acceso más flexible e inmediato a las personas que necesitan nuestra ayuda?


¿Qué cabe esperar del CICR en los próximos años? A pesar de las limitaciones cada vez mayores impuestas por la situación de seguridad, en los últimos años hemos logrado llevar a cabo operaciones humanitarias en casi todas las zonas de conflicto del mundo. Basándose en esta realidad, el CICR no escatimará esfuerzos para aportar su apoyo a todas las víctimas de conflictos armados y situaciones de violencia. El CICR está determinado a hacerlo como un agente verdaderamente independiente. Estamos persuadidos de que una independencia que sea creíble para todos le ofrece mayores posibilidades de poder cumplir su mandato, especialmente en este mundo cada vez más polarizado.

El CICR continuará dando a sus actividades de protección y asistencia la misma importancia. Y es evidente su estrecha relación: las actividades de asistencia suelen determinar el alcance de sus actividades de protección. La definición de una política del CICR en relación con los períodos de transición ha demostrado ser útil a este respecto. Y estamos examinando más a fondo nuestra política de asistencia.


Consciente de su responsabilidad por lo que atañe al derecho internacional humanitario, el CICR continúa contribuyendo a la tarea de interpretar, aclarar y, si procede, ampliar ese derecho. Y las medidas destinadas a mejorar el respeto de las normas vigentes del derecho internacional humanitario tienen una importancia muy especial para el CICR, teniendo en cuenta las penosas situaciones que viven día a día sus delegados sobre el terreno. Pido a los Estados y a los grupos armados que nos ayuden en este sentido. La observancia del derecho humanitario no es sólo un problema en las situaciones que ocupan los titulares de los periódicos. Lo es también en la mayoría de los conflictos armados de todo el mundo. El CICR no lo olvida y dará igual importancia a las situaciones que son noticia y a las que no lo son. Siendo la coherencia parte integrante de la credibilidad, ante situaciones similares el CICR actuará de la misma manera. Debemos hablar claro y también guardar silencio de forma coherente según lo requieran las circunstancias.


El CICR considera que la necesidad de ampliar el derecho internacional humanitario se plantea con particular urgencia en lo que respecta a las normas aplicables a los conflictos armados que no son internacionales. Plenamente consciente de que se trata de cuestiones delicadas, entablará consultas con los Estados a este respecto, basándose en las conclusiones del informe que se ha presentado a esta Conferencia. El estudio sobre el derecho humanitario consuetudinario, será sin duda alguna una importante contribución al diálogo con los Estados.


Como queda claro en el Programa de Acción Humanitaria, en los próximos años, el CICR prestará particular atención a dos ámbitos de actividad. Por un lado, a la tragedia de las personas desaparecidas y de sus familias. En esta Conferencia se formulará una promesa al respecto. También se dará especial importancia a la fiel aplicación de las normas vigentes en relación con el uso y el desarrollo de las armas, y se instará a la formulación de nuevas normas destinadas a prevenir los sufrimientos innecesarios y los daños superfluos. Fue una noticia alentadora la aprobación la semana pasada de un nuevo protocolo a la Convención de 1980 sobre Ciertas Armas Convencionales relativo a los “residuos explosivos de guerra”. El CICR expresa su reconocimiento a los Estados por haber respondido de forma tan responsable a sus llamamientos para que tomen medidas que permitan poner fin al sufrimiento causado por los residuos explosivos de guerra.


El CICR sigue dispuesto a entablar relaciones de cooperación y coordinación con otras organizaciones humanitarias, dentro y fuera del Movimiento, que compartan su firme determinación de proteger y prestar asistencia a las víctimas de los conflictos armados y las situaciones de violencia. El Movimiento sigue siendo el marco privilegiado de cooperación para el CICR. Y la atención que se le preste como red de cooperación dependerá, como es el caso de todas las redes, de su competencia operacional y del espíritu de cooperación de cada uno de sus componentes.

El CICR desea ardientemente que la universalidad del Movimiento sea una realidad lo antes posible. En cuanto las condiciones externas lo permitan, será necesario reanudar con determinación el proceso de adopción del tercer Protocolo adicional.

Como ustedes habrán comprendido: es muy importante para el CICR que la red del Movimiento funcione bien. Y continuará empeñado en que esto sea posible, principalmente contribuyendo al fortalecimiento de la capacidad operacional de las Sociedades Nacionales.

El CICR continuará tomando muy en serio el sentido de las palabras. Importantes palabras que tienen mucho peso, destinadas a reducir la complejidad y la riqueza del mundo real a nociones básicas, demasiado básicas, están influyendo en la conciencia de los seres humanos tanto como los hechos. Si a veces sirven de orientación, más a menudo producen ceguera. Sin embargo, son parte de la realidad porque influyen en las actitudes y los comportamientos de los seres humanos. Conceptos generales como “diálogo de culturas” o “choque de civilizaciones” inducen a error. Lo que hay es diálogos entre seres humanos de diferentes culturas y choques entre seres humanos de diferentes civilizaciones y dentro de cada civilización. Esta declaración nada espectacular es en realidad un mensaje de esperanza. No nos enfrentamos con entidades anónimas; estamos frente a seres humanos individuales. Cuanto más escuchemos a cada ser humano y seamos sensibles a las aspiraciones humanas y a la necesidad de dignidad, mayor será nuestra influencia para que el mundo sea más humano y más respetuoso. Muchas gracias por su apoyo.


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