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Comité Internacional de la Cruz Roja
29-08-2007  Reportaje  
“…nunca vamos a regresar por allá, eso sí que no”
Ana Soila y José Genaro nunca imaginaron que luego de 34 años de casados, tendrían que reiniciar su vida. Asustados por lo que sucedía en el lugar en el que vivían decidieron desplazarse y perderlo todo.

©ICRC

“Teníamos una finca de 50 hectáreas. Allí sembrábamos plátano, café, lulo y palma. Estas maticas nos daban los ingresos para mantener a nuestros 7 hijos”, dice Ana Soila.

“Las cosas estaban tranquilas y vivíamos en paz hasta que a mi hija de 17 años y a mi hijo de 18, que trabajaban con nosotros en la finca, les comenzaron a proponer hacer parte de un grupo armado. Ellos dijeron que no, que preferían trabajar en el campo, entonces comenzaron las presiones. Para evitar que les pasara algo tuvimos que decidir: o nos íbamos y dejábamos todo tirado o nos quedábamos y perdíamos los muchachos”.

“No fue fácil tomar la decisión, eran nuestros hijos o el trabajo de toda la vida. Fueron días de angustia. Pero unos vecinos, testigos del acoso, nos dijeron, saquen a esos muchachos, ustedes los tienen muy bien criados y aquí los van a perder”.

“Un día subimos en dos bestias a la montaña para recoger la palma y llevarla al mercado pero la encontramos toda picada. Recogimos lo que pudimos, era claro el mensaje. Cuando bajábamos unos hombres armados nos obligaron a bajar la carga de palma y transportarles unos mercados. No había duda, las cosas se estaban complicando, por eso el 20 de noviembre de 2003, decidimos salir”. Ana Soila y José Genaro llegaron, con sus hijos, a Villa Juliana una invasión en Villavicencio a donde han llegado decenas de familias desplazadas. “Allí un señor nos dejó, como por tres meses, un cuartito para dormir”, recuerda Ana Soila.

“Cuando llegamos, vivíamos casi de la limosna. Una vecina que había sido beneficiada nos dijo que fuéramos a la Cruz Roja Internacional que allí nos podían ayudar mientras lográbamos conseguir algo. Yo fui a la oficina que tienen en Villavicencio y allí nos entregaron mercados para toda la familia y cositas para la casa”.

Para sobrevivir, Ana comenzó a trabajar en un restaurante. Su esposo con una afección cardiaca no podía trabajar. “Gracias a un subsidio que nos dio el Gobierno - dice Ana - pudimos comprar este ranchito al que le hemos hecho algunas mejoritas. Además, con una plata que me prestaron pusimos una tiendita en la casa y de eso vivimos. A veces nos toca consumir artículos de la tienda porque no hay dinero para comer”.

Ana también lava ropa en casas de familia y con ese ingreso paga los servicios de luz y agua. “Para mi, tan vieja, es muy duro pero esa platica ayuda mucho”.

“Cuando nos desplazamos fue muy duro. Estábamos acostumbrados a vivir muy bien, teníamos la carne, leche, gallina, verduras, todo. Ahora debemos pagar por todo”.

“Hace como seis meses regresamos a San Joaquín. Encontramos todo destruido y quemado incluso los papeles de la propiedad. Ahora no sabemos que hacer para demostrar que la tierrita era nuestra. Pero igual nunca vamos a regresar por allá, eso sí que no”.


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