Cuando supo que las hostilidades habían cesado, Beatrice Gasigua no vaciló. "Pensé que era mejor volver a casa", explica, mientras amamanta a uno de sus cuatro hijos. "Eso sucedió hace una semana. Había pasado más de un año en el campamento de personas desplazadas de Kibati. Allí, la vida es dura. Por eso, regresé a Rugari y estoy lista para recomenzar mi vida en la aldea".
A finales de 2008, comenzaron a regresar, poco a poco, las personas que se habían visto obligadas a huir de sus hogares en Kivu Norte. Ahora, a mediados de febrero, ha crecido el número de personas en movimiento; a lo largo de la polvorienta carretera de Goma, las aldeas vacías vuelven a llenarse de gente y pequeños grupos de agricultores reanudan sus tareas.
"Antes de la guerra, aquí había casi 16.000 habitantes", dice César Sebikima, que dirige la Cruz Roja de la RDC en Rugari. "Muchas personas huyeron de los enfrentamientos. Ahora, casi todos los habitantes han vuelto, sobre todo desde que, el 16 de enero, se declaró oficialmente el fin de las hostilidades. Todavía sigue llegando gente".
Beatrice Gasigua y otras personas se agolpan en la plaza del mercado, bajo un sol ardiente, a la espera de que el CICR las llame por su nombre. La Institución, en colaboración con la Cruz Roja de la RDC y el Programa Mundial de Alimentos, se encuentra allí para distribuir semillas y herramientas.
No es fácil empezar de nuevo
Se han organizado distribuciones para casi 50.000 personas, en todo el territorio de Kivu Norte. En las últimas semanas, las personas desplazadas han visitado discretamente sus aldeas, durante el día, a fin de evaluar la posibilidad de un regreso definitivo. Cuando consideran que las condiciones de seguridad son las adecuadas, vuelven. El CICR asiste a estas personas para regresar a su hogar mediante ayudas específicas.
Dice Abdalá Togola, encargado de administrar los programas de seguridad económica de la Institución en esta zona: "Estamos proporcionando dos tipos de ayuda: la primera consiste en raciones alimentarias, que se distribuirán durante 90 días para ayudar a la gente a vivir hasta la primera cosecha. La segunda consiste en suministrarles los medios necesarios para reiniciar la producción agrícola. Cada familia recibe dos azadas, 15 kg de semillas de frijoles, 200 esquejes de batata y 30 kg de amaranto" (N. de la R.: tipo de espinaca).
No es fácil empezar de nuevo cuando se ha desbaratado el trabajo de toda una vida. Dice la Sra. Gasigua: "Mi casa ha sido destruida, todos mis objetos de valor fueron robados y mis campos están vacíos. Mis gallinas y cabras han desaparecido". Por el momento, vive con su esposo e hijos bajo una lona que trajeron consigo del campamento de personas desplazadas.
"Hasta robaron mi techo de chapa corrugada", se queja Edouard Hishamunda, quien huyó de su aldea, Mugora, hace un año y medio, "solamente con lo que podía llevar sobre la espalda". Un año más tarde, en octubre de 2008, las hostilidades lo obligaron a desplazarse de nuevo. Su hijo es discapacitado, por lo cual, pese a sus 72 años, el Sr. Hishamunda debe proveer el sustento de sus cuatro nietos, de entre dos y 12 años.
Pero la ayuda ha renovado su optimismo. "Voy a plantar frijoles, amaranto y batata. Venderé lo que no comamos, y de ese modo podré pagar la ropa, la atención médica y la escuela de los niños".
El momento justo para sembrar
"Es el momento justo para sembrar", dice con entusiasmo la Sra. Gasigua. "La cosecha estará lista en cuatro meses. Si es buena, podré comprar unas gallinas".
Sin embargo, algunos de los que huyeron no volverán. Por ejemplo, el hijo menor de Bahati Renzaho. "Ni siquiera tenía dos años; le dispararon mientras escapábamos". Enterraron al niño y siguieron viaje hasta Goma, donde vivieron en una iglesia. "No fue fácil, pero sobrevivimos. La semana pasada regresamos a nuestra aldea, donde nos acogieron unos amigos. Ahora, podré cultivar mis campos".
Atardece, y cientos de personas se van, cargadas de latas de aceite, bolsas de semillas y otros artículos. Algunas viven en las laderas del volcán Mikeno, y les esperan tres horas de arduo camino en subida. De repente, empieza a caer una ligera lluvia, que alivia el intenso calor. Como la promesa de un nuevo día.