Las minas están colocadas en la zona norte del país, cerca de la frontera con Ecuador, rodeando las torres de alta tensión que recorren la sierra central y en los alrededores de tres prisiones y de dos estaciones de policía. Estas armas, que conservan su potencial, afectan especialmente a los campesinos que llevan a sus rebaños a pastorear y a los niños, que son atraídos por sus formas y colores.
Freddy Mendoza Córdova tenía nueve años en 1993. Vivía en una zona agrícola y ganadera del departamento de Junín atravesada por la red de transmisión eléctrica, a 3.400 metros sobre el nivel del mar. El 8 de enero, como era su costumbre y la de otros niños de la zona, Freddy había llevado a su rebaño a pastorear cerca de las torres. Un objeto brillante, similar a una radio, semienterrado fuera de las zonas valladas que rodean a los campos minados, llamó su atención. Freddy lo recogió y presionó el botón que tomó por el encendido del aparato.
El artefacto estalló. Los familiares de Freddy quisieron auxiliar al herido pero, creyéndolo muerto, lo llevaron a su casa, donde estuvieron velándolo por dieciséis horas hasta que un movimiento del cuerpo reveló que el niño aún vivía. Recién entonces, Freddy fue trasladado a un centro asistencial, donde pudieron salvarle la vida. Sin embargo, a consecuencia de la explosión, Freddy perdió los ojos y sufrió la mutilación parcial de ambas manos.
En la actualidad vive en Lima para estar más cerca de los centros de salud especializados, donde, mediante cirugía oftalmológica, está intentando mejorar la condición de sus órbitas. "Para que la gente no se espante cuando me vé", dice. Sin embargo, Freddy, que hoy tiene 23 años, no consigue trabajo ni recibe asistencia social. Para sobrevivir, vende caramelos en la calle, apelando a la compasión de la gente. Y depende de su hermana Mary Luz, de doce años, que se ha convertido en su lazarillo.
Noé
El 28 de mayo de 2003, Noé Ñahuero Luján pastoreaba sus animales cerca de unas torres de alta tensión, en Huancavelica. Tenía diez años de edad. Ese día, recogió una mina, que se llevó a su casa. Al día siguiente, mientras estaba solo, acercó el artefacto al fogón de la cocina, provocando su estallido. A consecuencia de la explosión, perdió un ojo y sufrió la lesión del otro y la amputación del brazo derecho. Es otra de las 300 víctimas registradas en la base de datos de Contraminas, el organismo oficial peruano de acción contra las minas.
Para asegurar el acceso de Noé a la atención especializada, toda la familia debió trasladarse a Lima. Allí, Noé fue sometido a varias intervenciones quirúrgicas, como la colocación de una lente intraocular y de una prótesis. Como Noé sigue creciendo, la prótesis y la lente deben ser periódicamente reemplazadas. Por ese motivo, los Ñahuero se han instalado en las afueras de Lima, donde la familia, de cinco miembros, comparte una habitación alquilada. Para sobrevivir, el padre de Noé trabaja eventualmente como peón en los campos de la zona y la hermana mayor se emplea en el servicio doméstico. De origen quechua, se han visto forzados a aprender el español, que no utilizaban.
En 2005, el director de la escuela de su zona había dictaminado que Noé debía asistir a una escuela especial, negándole la matrícula. Pero, a partir de 2006, nuevas normas establecen una mayor flexibilidad para la admisión de niños con alguna discapacidad en las escuelas no especializadas. Noé logró entrar a la escuela, donde intenta recuperar los dos años de estudios perdidos a causa de su accidente.
El CICR y el problema de las minas antipersonal en Perú
El CICR ha colaborado con el Instituto Nacional de Rehabilitación del Callao con materias primas para la fabricación de prótesis y con la capacitación de técnicos. En la actualidad, apoya al estado peruano en la implementación de normativa relativa a las minas y exhorta al congreso a aprobar un proyecto de ley que sanciona penalmente el uso, el empleo, el almacenamiento y la transferencia de estas armas, de acuerdo a lo que establece el Tratado de Ottawa.