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Entrevista a Lech Walesa

31-03-2005 Artículo, Revista Internacional de la Cruz Roja

Como líder de los trabajadores polacos, Lech Walesa fue detenido en varias oportunidades en el decenio de 1970. En diciembre de 1981, Walesa fue arrestado junto con otras personas, cuando el general Jaruzelski impuso la ley marcial y "suspendió" el movimiento laborista "Solidarnosc" (Solidaridad). Walesa estuvo internado en una casa de campo en un lugar remoto de Polonia, cerca de la frontera soviética, y fue visitado por delegados del CICR en tres oportunidades.

  Entrevista a Lech Walesa *  

* La entrevista fue realizada el 5 de enero de 2005 en Gdansk por Toni Pfanner (Redactor Jefe de la Revista Internacional de la Cruz Roja ) y Marcin Monko (de la delegación regional del CICR en Budapest).

     

Como uno de los líderes de los trabajadores polacos, Lech Walesa fue detenido en varias ocasiones en el decenio de 1970. Condujo la huelga de los astilleros y más tarde negoció el acuerdo de Gdansk del 31 de agosto de 1980. En diciembre de 1981, Walesa, junto con otras miles de personas, fue arrestado, cuando el general Jaruzelski impuso la ley marcial y " suspendió " el movimiento de los trabajadores " Solidarnosc " (Solidaridad). Walesa estuvo internado en una casa de campo en un lugar recóndito de Polonia, cerca de la frontera soviética, y fue visitado en tres ocasiones por delegados del CICR. Durante ese período, el CICR visitó a otros 4.850 internados (79 visitas a 24 lugares de detención), les prestó asistencia y los ayudó a restablecer el contacto con sus familiares. Paralelamente y en colaboración con la Cruz Roja Polaca y la Liga de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja (nombre con el que entonces se conocía a la actual Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja), el CICR condujo un extenso programa de asistencia en favor de la población civil que estaba sufriendo necesidades extremas. 

En noviembre de 1982, Lech Walesa fue liberado y volvió a los astilleros de Gdansk. Recibió, en 1983, el Premio Nobel d e la Paz, pero quedó bajo la vigilancia de las autoridades estatales. Al término de la Guerra Fría y nueve años después de haber trepado el muro del astillero durante la huelga de Gdansk, Lech Walesa fue elegido presidente de la República de Polonia en una votación general y ejerció sus funciones hasta noviembre de 1995. Actualmente, dirige una fundación instaurada en su nombre. 

  Corre diciembre de 1981. El ejército toma el gobierno en Polonia, y miles de activistas de la oposición son arrestados e internados. Usted es uno de ellos. ¿Qué recuerdo tiene de las circunstancias en que fue detenido?  
 
Debo decir, primero, que mi posición en ese momento era dual. Yo era electricista, un trabajador, padre de familia y una de las miles de personas que fueron arrestadas. Como individuo, fui apartado de mi familia, de mis hijos, estaba preocupado por ellos. Pero era también un político conocido, el líder del movimiento Solidarnosc, y en ese momento estaba luchando deliberadamente contra el Gobierno. Como político, sólo esperaba la derrota del régimen, que tenía que producirse tarde o temprano. Les dije a mis perseguidores que la victoria era mía y que estaban sellando el féretro del sistema comunista al confinar a miles de personas inocentes. Por supuesto, es difícil recordar esos días, pero sinceramente creo que estaban sumando puntos contra ellos mismos al detenerme. Así, sin tomar en consideración esta posición dual, no puede comprenderse mi situación. Tal vez habría sido mejor si mi situación hubiese tenido una sola cara, como la de la mayor parte de las personas que fueron detenidas.

  En comparación con sus colegas, usted estaba materialmente en una situación más privilegiada.  
 
Repito, esa situación dual era importante. Estaba fastidiado y solo, y había un poder avasallador en mi contra . Por supuesto, estaba en buenas condiciones materiales; estuve arrestado en una " celda de oro " . Pero esa celda no mejoró las circunstancias de mi internamiento. Si los carceleros hubieran recibido la orden de deshacerse de mí, lo habrían hecho inmediatamente y, como la tristemente célebre espada de Damocles, ese peligro siempre estaba acechándome. Incluso después de una suntuosa cena me podrían haber ejecutado. Además, no tenía contacto con mis colegas, ni siquiera una posibilidad de cruzarlos, porque me tenían muy bien guardado. En realidad, me arrestaron con el mero propósito de alejarme del sindicato y aislarme del movimiento. Los carceleros nunca me perdían de vista.

  ¿Cómo veía usted la situación de las otras personas que fueron arrestadas e internadas?  
 
Sin duda, los miembros de Solidarnosc detenidos bajo la ley marcial y las otras personas arrestadas en esa época no recibían un trato tan ceremonioso. Para ellos, los artículos de primera necesidad eran cruciales, con frecuencia recibían malos tratos y estaban en condiciones muy difíciles. Además, Polonia estaba atravesando una crisis económica que, si bien la había generado por sí sola, era catastrófica. En un sentido estrictamente humanitario, las visitas de los delegados del CICR y la asistencia que prestaban eran tal vez más importantes para ellos que para mí.

  ¿Cómo se sentía en relación con esas visitas?  
 
Fui visitado en varias ocasiones por delegados de la Cruz Roja. No tuve ningún problema para hablar con ellos sinceramente, incluso frente a funcionarios del Gobierno. Como sabe, luché contra el comunismo abiertamente. En mi caso, esas visitas tal vez no eran típicas para el CICR, pero eran importantes para mí por razones políticas. Utilicé sus visitas en mi lucha política, especialmente para demostrar lo baj o que había caído el régimen en el plano moral. Una organización internacional respetada viene a ver lo que el Gobierno está haciendo a su pueblo y a los líderes de la oposición, a ver los métodos brutales que está empleando y cómo pone entre rejas a un hombre inocente y popular. Un Gobierno está terminado cuando debe recurrir a la violencia contra su propio pueblo para mantenerse en el poder. Ese reconocimiento fue importante para mí.

  Cuando los delegados lo visitaron, ¿le preguntaron por su salud, las condiciones de detención en que se encontraba y el contacto que mantenía con sus familiares?  
 
Por supuesto, pero yo era un detenido bastante especial. Recuerdo que cuando trataba de mencionar cuestiones políticas durante las visitas del CICR, los delegados siempre intentaban evitarlas; sus colegas de la Cruz Roja no querían hablar de política conmigo. En ese sentido, yo era un caso difícil. Pero incluso durante mi detención, quería luchar contra el Gobierno. No quería hablar confidencialmente. No quería ocultar nada y quería luchar abiertamente. Cuando recuerdo esos momentos, me sorprende a mí mismo el hecho de que no sentía temor, cuando debería haberlo sentido. Hoy probablemente sería más prudente.
 
Dicho esto, debería recalcar que los otros detenidos necesitaban mucho las visitas, eran indispensables para ellos, incluso. Para la mayor parte de las personas privadas de libertad, lo más importante no era su lucha política, sino su mera supervivencia, el trato que recibían y la preservación de su dignidad. Las visitas del CICR les daban la tranquilidad de saber que no eran olvidados y que aún había una esperanza. Es muy importante para todas las personas saber eso. Por supuesto, la importancia de ciertas cuestiones difiere según el tiempo y el lugar, y Polonia, en los años 1980, era un caso muy especial. Pero las visitas de alguien externo a los detenidos siempre son import antes. Esas visitas permiten cambiar su situación: los detenidos visitados saben que no se los olvida, sienten menos temor, sus familias pueden estar más tranquilas. Estas cuestiones son muy importantes. No he hecho suficiente para pagar la deuda que tengo con ustedes; sé que aún hay lugares a los que no pueden acceder y estoy dispuesto a ayudarlos para poder ingresar en esos lugares olvidados.

  Claramente, usted era un preso político, pero suele ser difícil decir quién es un preso político y quién no.  
 
Es cierto, pero en realidad eso no importa. Siempre se tiene que ver al prisionero como un ser humano. Todos tienen derecho a ser tratados con humanidad, a tener la oportunidad de resolver los propios problemas, a tener esperanza. Su misión debe ser estrictamente humanitaria.

  Usted era un preso y luego llegó a ser jefe de Estado.  
 
Bueno, siempre era la misma persona. Fui encarcelado por las mismas cuestiones que después me ayudaron a ser elegido presidente de Polonia. Por supuesto, el paso de una celda a un palacio presidencial, con todas las responsabilidades que eso conlleva, modifica las visiones de uno. Como presidente, tenía que tomar en cuenta las cuestiones de seguridad y ser consciente de que los valores humanitarios y las medidas de seguridad deben coexistir. Eso fue difícil para mí, por ejemplo, cuando la pena de muerte aún estaba en vigor en Polonia. Era inaceptable para mí, pero tenía que respetar la ley. Cuando recibía solicitudes de convictos que deseaban recibir amnistía, debía equilibrar los intereses del Estado y la sociedad y los sentimientos puramente humanos de compasión y perdón. Aún así, hay límites fundamentales que imponen la religión o la humanidad, como quiera, límites que nunca deben infringirse. No había negociación posible entre las condiciones por las que luchaba y la seguridad. Si no, habría luchado en vano.

  En conflictos armados, situaciones de violencia interna o ataques terroristas, muchas personas son arrestadas.  
 
Por supuesto, los arrestos y las detenciones siempre ocurren en situaciones de seguridad tensas. Uno debe afrontar esa realidad y establecer y respetar principios humanitarios básicos. Se deben tomar en consideración los diferentes niveles de desarrollo y las capacidades de los Estados, así como las diferentes tradiciones, cuando se abordan cuestiones de seguridad, al tiempo que se mantienen esos principios. Incluso el CICR debe tomar en consideración las condiciones de seguridad; de otro modo, su acción puede resultar contraproducente.

  A la luz de los ataques terroristas perpetrados en el último tiempo, ¿piensa que las amenazas son mayores ahora que antes y que se ha producido un cambio en el equilibrio entre la seguridad y los intereses humanitarios?  
 
Permítame decirle algo: las amenazas no son necesariamente mayores ahora que antes, son diferentes. El colapso del comunismo soviético confinó algunas de ellas a los libros de historia, pero han aparecido otras. Debemos comprender el tiempo en que vivimos. Casi hasta fines del siglo XX el mundo estaba claramente dividido. Había diferentes amenazas y diferentes oportunidades. El fin del mundo bipolar, sumado al rápido desarrollo tecnológico, nos ha hecho ingresar en una nueva era. En nuestra sociedad de la información globalizada, las fronteras son menos importantes y la defensa de nuestras porciones de territorio ya no es una prioridad como antes. Las amenazas de hoy en día, como las organizaciones terroristas internacionales o la explotación del medio ambiente, son fenómenos transfronterizos. Esta nueva era exige un nuevo sistema de gobierno.

  ¿Cómo deberíamos actuar ante esas nuevas amenazas y, paralelamente, conservar los antiguos valores?  
 
Siempre he sostenido, y lo repito ahora, que necesitamos una asamblea democrática global, un gobierno global, incluso un departamento de defensa global. Esas instancias deberían poder resolver los viejos tipos de conflictos armados y el terrorismo internacional, luchar contra el racismo, el antisemitismo y otros flagelos que son la causa de nuestra inseguridad. Una nueva gobernanza internacional basada en la Organización de las Naciones Unidas actual debería garantizar ese nuevo orden, en nombre de las generaciones del siglo XX que afrontaron las experiencias más traumáticas. Creo que la única manera de resolver los problemas actuales se encuentra en el plano de la gobernanza global.

  ¿Cómo podría lograrse?  
 
Hoy en día sólo tenemos una superpotencia capaz de garantizar la estabilidad global, pero obviamente carece de legitimidad. Al mismo tiempo, tenemos un organismo legitimado, las Naciones Unidas, pero está paralizado, no tiene poderes ejecutivos y carece de medios para hacer efectivas sus decisiones. Ésta es una de las principales razones por las que no somos capaces de atacar los problemas globales de seguridad que se manifiestan actualmente. Apenas estamos saliendo de una era de grandes divisiones políticas y culturales. El progreso económico y tecnológico nos está permitiendo cada vez más, y de hecho en cierta medida nos exige más, superar esas divisiones innecesarias. Al abandonar las restricciones previas, hemos abierto las fronteras entre Estados y liberalizado el movimiento de mercancías, servicios y capitales. Sin embargo, ese proceso exige una visión global. No deberíamos olvidar los efectos colaterales potenciales del proceso de globalización, que también ha abierto el camino a los delit os globales y ha desencadenado, incluso, el terrorismo internacional. En gran medida, aún carecemos de una respuesta coherente y adecuada a algunas necesidades sociales globales y a algunas verdades globales. Tal vez con el tiempo, encontraremos las soluciones y la situación se calmará por sí sola, pero deberíamos preguntarnos cuántas vidas se habrán perdido para entonces. Así, ¿por qué no probamos " programar " la globalización y canalizar sus efectos de manera más estructurada? De ese modo, sería mucho más fácil anticipar las potenciales amenazas y preparar consecuentemente las estructuras adecuadas.

  Volviendo a la cuestión de la detención, ¿cuáles son los límites que por razones religiosas o morales no podemos traspasar?  
 
Los Estados Unidos dirigen el mundo económica y militarmente, pero no en el plano moral. Esto se debe, en parte, al hecho de que, en ocasiones, han recurrido a métodos inmorales para luchar contra el fenómeno del terrorismo internacional. Dicen: tenemos el dinero, tenemos los medios y solucionaremos el problema nosotros mismos. Pero ¿cuánto costará esa solución en vidas humanas? Uno debe probar sus altos preceptos morales con los actos, no con palabras. Esto también es válido para la detención. Lo digo con todo el debido respeto a las preocupaciones que comprensiblemente aquejan a los Estados Unidos y como amigo de los estadounidenses, que están afrontando graves amenazas por parte de organizaciones terroristas.
 
El terrorismo del que somos testigos hoy es también un vestigio del enfrentamiento de los dos bloques. Ambos superpoderes capacitaron y equiparon a varios grupos y personas, e incluso a naciones enteras, para luchar contra el enemigo. Cuando la Unión Soviética colapsó, esas personas y grupos apoyados por el régimen anterior se encontraron de pronto en un vacío. Ahora están librando sus propias guerras privadas. Dado que no se ha mostra do una preocupación significativa por estas personas durante un buen período de tiempo, no se les ha dado asistencia para el desarrollo, no se les ha prestado apoyo en educación, no se les ha conferido ayuda económica para su transición, muchos de ellos recurren ahora a la violencia. En gran medida, les pedimos que abran sus sociedades, sus economías y adopten nuestros valores, pero al mismo tiempo les cerramos nuestras fronteras y cerramos nuestras economías a sus productos. Considero que Europa y sus Gobiernos tienen una gran responsabilidad de cooperar constructivamente con los Estados Unidos en esta tarea y definir modos de acción que sean sostenibles y aceptables en ambos lados del Atlántico, y en todo el mundo. 

  En Irak, la directora de   Care International   , Margaret Hassan, fue tomada como rehén y asesinada. Otros trabajadores humanitarios, algunos de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja, también fueron asesinados. ¿Cómo ve esta situación?  
 
Son actos cometidos por personas que están muy desesperadas y débiles, que no creen tener otros medios para hacer realidad sus causas. Por supuesto, para nosotros, es dramático y horrendo, pero es una consecuencia de la situación general en esa parte del mundo, la humillación de la población local. Debemos recordar que también hubo tomas de rehenes y torturas en Europa, de modo que cuando condenamos y luchamos contra esos actos horribles, también deberíamos tratar de comprender las razones por las que se cometen, lo que no significa justificarlos o aceptarlos. La prohibición de la tortura y de las tomas de rehenes son logros venerables. Dada mi experiencia, creo tener la autoridad para decir que la Cruz Roja debería continuar su labor, a pesar de todas estas dificultades. Es una labor sumamente peligrosa y difícil, y ustedes deben hacer fren te a fuerzas muy poderosas, pero hay muchas personas que tienen las mismas preocupaciones y los mismos objetivos que ustedes.

  ¿Qué responsabilidad les cabe a los políticos?  
 
Los políticos tienen una obligación moral y jurídica de dar señales e instrucciones claras y sin ambigüedades a fin de que se respeten los principios humanitarios fundamentales, incluso en las peores situaciones. Es su responsabilidad moral. Creo que el actual panorama internacional no nos está ayudando, pero también creo que todos somos cada vez más conscientes de nuestras responsabilidades y que estamos avanzando en una dirección mejor.




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