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Entrevista a Terence Taylor – presidente y director ejecutivo del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos, Washington

30-09-2005 Artículo, Revista Internacional de la Cruz Roja

El señor Terence Taylor es miembro del cuerpo directivo del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS) así como presidente y director ejecutivo de las oficinas del IISS en Estados Unidos. Su principal ámbito de trabajo comprende asuntos comunes a la ciencia, la tecnología y las políticas de seguridad internacional. Codirige la elaboración de un proyecto de código de conducta –comportamiento ético, seguro y sin riesgos– para especialistas en ciencias de la vida de los círculos académicos y del sector privado. Asimismo, dirige un proyecto de definición de conceptos y metodologías relativos a la evaluación de riesgos que serán de utilidad para las autoridades de alto nivel encargadas de formular políticas en situaciones de emergencia complejas. Es, además, miembro del Comité de Redacción de la Revista Internacional de la Cruz Roja.

* La entrevista fue realizada el 22 de noviembre de 2005 por el señor Tony Pfanner, redactor jefe de la Revista Internacional de la Cruz Roja.  

     

      ¿Cuál es su visión del rol de la tecnología y de las armas en tiempo de guerra?  

Como concepto general, la ciencia y la tecnología relacionadas con la producción de armas, municiones y diversos sistemas vectores no provocan conflictos armados. El origen de los conflictos armados puede buscarse en razones políticas, históricas, económicas y muchas otras, pero no en las armas y la tecnología, como tales. Sin embargo, la tecnología y las armas pueden influir en el curso de un conflicto armado e incluso definirlo, afectar a combatientes y a civiles, perjudicar el medio ambiente y hasta determinar el resultado de una guerra. Por lo tanto, su influencia es muy importante.

  Sin embargo, con respecto a la última guerra en Irak, ¿no se atribuyó el origen de la campaña militar a la cuestión de las armas?  

La capacidad potencial existente, sobre todo en relación con las armas de destrucción masiva, fue el factor de mayor peso en las decisiones adoptadas por los países que decidieron emprender la guerra contra Irak en 2003. Esta cuestión no era novedosa; ya se había planteado a finales de la Guerra del Golfo en 1991, y los problemas relacionados con las armas de destrucción masiva de Irak no se habían resuelto. Sin embargo, un factor fundamental fue el hecho de que Irak podría haber sido capaz de desarrollar armas de destrucción masiva para promover los objetivos del régimen de Sadam Husein. En ese sentido, los elementos decisivos fueron el tipo de arma y la magnitud de su impacto, sumados a una situación particular.

  ¿En los últimos años, ha cambiado el contexto de la amenaza mundial con relación a las armas?  

La cuestión de las armas de destrucción masiva ha cobrado importancia. En particular, los avances en esa materia son un factor fundamental en el contexto de la amenaza mundial. Si nos remontamos a la guerra fría, algunos sostendrían que las armas nucleares, sobre todo las estratégicas, fueron un factor esencial que impidió la confrontación militar entre las grandes potencias de ese período, y que la disuasión nuclear funcionaba en ambos sentidos.

En la situación actual, lo novedoso es la posibilidad de que las armas de este tipo –nucleares, biológicas o químicas– caigan en manos de grupos no estatales. La ciencia y la tecnología han llegado a un punto en el que grupos pequeños pueden servirse de tecnologías que pueden causar la muerte de muchísimas personas, posiblemente de decenas de miles. Hablo de una posibilidad, más que de una capacidad real. Ésta es una nueva característica del panorama internacional de la seguridad, que aparece a mediados de la década de 1990. Como es natural, no se sabe muy bien cómo hay que reaccionar ante este fenómeno, particularmente por lo que atañe al terrorismo transnacional.

  En consecuencia, lo que ha cambiado no son tanto las armas como tales, sino la posibilidad de que las utilicen otros actores. En otras palabras: ¿son las armas más peligrosas o más difíciles de controlar a causa de su desarrollo?  

Lo que preocupa a muchos Gobiernos del mundo, en particular al de Estados Unidos y a los de las potencias europeas, es lo que Joseph Nye, un importante especialista en ciencias políticas de la Universidad de Harvard, ha denominado la " democratización de la violencia " . Los avances de la ciencia y la tecnología, sin que estén específicamente relacionados con las armas como tales, ofrecen a los individuos y a los grupos la posibilidad de fabricar armas peligrosas, por ejemplo un arma biológica que podría matar a muchos miles de personas. Éste es el cambio más importante. La posible guerra, o situación similar a una guerra, es diferente del clásico conflicto armado entre Estados, y la respuesta a la nueva amenaza tiene que ser distinta.

  ¿Es verdad que, a raíz de los avances técnicos, ahora es mucho más fácil obtener el material necesario para lanzar ataques?  

Como idea general, esa afirmación es correcta. Sin embargo, no quisiera dar la impresión de que, actualmente, es fácil para un pequeño Estado o para un grupo no estatal construir, por ejemplo, un arma nuclear, es decir una que realmente pueda causar una explosión nuclear, no un arma radiológica. Es sin duda más factible, pero, aún así, se necesitan capacidades de alto nivel y, en particular, es indispensable adquirir la materia fisible apta para la construcción de armas nucleares, que no es fácil conseguir. En el amplio proceso de desmantelamiento que se está desarrollando en los países de la ex Unión Soviética, no es inconcebible que se produzca una transferencia ilícita o un robo. Sin embargo, los ámbitos donde se producen avances muy preocupantes son la biología y la química. Son esferas en las que resulta posible que pequeños grupos construyan un arma que pueda utilizarse en la práctica. Aunque sigue siendo bastante difícil, ahora es mucho más sencillo de lo que solía ser.

  Según el Informe sobre armas de destrucción masiva elaborado por el senador Lugar, muchos expertos en la materia consideran que la amenaza principal radica en el posible uso de armas radiológicas, a las que usted ha aludido. ¿Existe un uso militar para estas armas?  

Se trata de un arma con un contenido altamente explosivo, el RDX o un explosivo similar, rodeado de material radiactivo. No se produce una explosión nuclear, pero la explosión convencional esparce el material radiactivo en una amplia zona. Con un coche bomba, podría contaminarse el centro de una ciudad. Sería extremadamente difícil o, según el material radiactivo que se haya utilizado, incluso imposible limpiar y volver a ocupar el terreno afectado. Imagínese los efectos de un ataque de este tipo en un gran centro financiero como Nueva York, Londres o Zurich, o en cualquier conglomerado urbano. Esta situación no causaría la muerte de muchos miles de personas, aunque algunas podrían morir a causa del contenido altamente explosivo de la bomba y otras podrían quedar contaminadas si les cayera encima una gran cantidad de material radiactivo. Se trata de un arma que causa conmoción , más que destrucción masiva. Sin embargo, podría tener efectos sumamente perturbadores. Es una cuestión de la que realmente habría que preocuparse.

  ¿Existe una distinción real entre las armas de destrucción masiva y las demás armas, entre las armas convencionales y las no convencionales?  

Esta pregunta encierra dos aspectos: hay que distinguir entre el técnico y el político. En el plano político, el término " arma de destrucción masiva " se acuñó en la década de 1940 y emanó de los intercambios políticos entre las grandes potencias de esa época. Esa expresión se tornó habitual y, a finales de esa década, se la incorporó en las negociaciones jurídicas oficiales. Concretamente, abarcaba las armas nucleares, biológicas y químicas. En ese entonces, el uso de las armas químicas y biológicas ya estaba reglamentado mediante el Protocolo de Ginebra de 1925; sólo faltaba una normativa internacional sobre las armas nucleares. Desde el punto de vista político, la expresión se utilizaba para describir armas que debían ser específicamente reguladas por el derecho internacional.

Sin embargo, desde la perspectiva técnica, el término no expresa la cantidad de víctimas ni la magnitud de los daños catastróficos que podrían causar las armas de este tipo. Esas tres armas pueden ocasionar cantidades de víctimas o grados de destrucción muy diferentes. Las armas nucleares son las que, por lo general, se ajustan a la expresión " armas de destrucción masiva " sin discusión alguna. Las armas biológicas no causan destrucción material masiva, pero albergan el potencial de matar a muchos miles, tal vez centenares de miles o hasta millones de personas. Así pues, por el número masivo de víctimas que causarían, las armas biológicas responderían a la descripción. Sin embargo, las armas químicas no se ajustarían necesariamente a esa expresión, porque su efecto es más localizado y pueden causar cientos de víctimas sólo si se utilizan cantidades muy importantes de productos químicos.

  ¿Las armas convencionales pueden ser tan destructivas como las armas de destrucción masiva?  

     

Por lo que atañe a los efectos, las armas químicas, en particular, pueden no ser muy diferentes de muchas armas convencionales de gran escala. Pero, por razones políticas y jurídicas, se las ha incluido en la categoría de las armas de destrucción masiva. En el á mbito de las armas convencionales, la tendencia actual es alcanzar los objetivos con más precisión, utilizando ojivas altamente explosivas que causan mayor mortandad en el punto de impacto. En términos generales, puede haber menos víctimas y daños colaterales, pero sólo si se alcanza el blanco militar previsto, claro está.

  ¿Piensa usted que las armas convencionales deben reglamentarse por separado, o que es más importante reforzar los principios generales que rigen la conducción de las hostilidades?  

Al respecto, tal vez se me acuse de ser excesivamente tradicional, pero creo que todavía queda mucho por hacer para promover las normas existentes en materia de conflictos armados, sea en relación con los medios de la guerra, el comportamiento en el campo de batalla o, lo que tal vez es más obvio, con respecto al trato debido a los prisioneros. Es esencial que se difunda el derecho existente.

  ¿Cuándo surge la necesidad de una reglamentación específica?  

Cuando se examinan los hechos históricos, las normas que más éxito tienen son las que surgen de abajo hacia arriba. Un ejemplo histórico obvio es el repudio público del uso de las armas químicas en la Primera Guerra Mundial, que culminó con la aprobación del Protocolo de Ginebra de 1925. Creo que la gente que se encuentra en el campo de batalla, que tiene un interés particular en la existencia de algún tipo de reglamentación, es la que está en mejores condiciones para juzgar la eficacia de las normas. Esta afirmación sigue siendo válida, pero se necesitan acciones de carácter progresivo, que se apliquen a medida que aparecen tecnologías y capacidades nuevas, como las armas láser antipersonal y los explosivos combustible-aire.

  Por lo tanto, ¿opina que en ese proceso deberían participar principalmente los militares?  

Para tratar de desarrollar reglamentos nuevos y eficaces, es necesario lograr la participación de los militares, esto es, las personas que mejor conocen el asunto. Las minas antipersonal son un buen ejemplo de esta forma de proceder. Muchísimos militares, en todo el mundo, tomaron conciencia de que estos tipos de armas eran inaceptables, y opinaban que había que prohibirlas. A través de las " redes de redes " que abarcaban a toda la sociedad civil, finalmente llegamos a la Convención de Ottawa, que prohíbe las minas antipersonal en forma absoluta. No todos los Estados son Partes en el tratado y varios países importantes todavía no se han adherido a él, pero es un modelo para el futuro, que demuestra que las cuestiones relativas a las armas pueden encararse en una forma relativamente rápida y eficaz.

  Podría aducirse que los organismos humanitarios y la sociedad civil no tienen los conocimientos técnicos necesarios en el ámbito militar, menos aún de las armas, para tomar parte en el debate. ¿Cree usted que el ámbito del armamento es un dominio reservado a los niveles superiores de los Estados y de las fuerzas armadas?   

Los diferentes contextos dependen del tipo de armas de que se trate. En el caso de las armas de destrucción masiva, se da una conjunción natural entre la sociedad civil y los actores militares y políticos. Como sucede con el uso indebido de las ciencias de la vida, la cuestión de las armas de destrucción masiva exige una respuesta global, que tendrá éxito sólo con la plena participación de la sociedad civil. El papel de los organismos humanitarios y la sociedad civil puede ser incluso más importante aún en relación con el uso indebido de las ciencias de la vida como arma por parte de un Estado o de un grupo no estatal.

 Del mismo modo, en el caso de las armas químicas, los riesgos residen en una industria cuyos negocios ascienden a miles de millones de dólares y que tiene que participar en el proceso. Es indispensable que haya una interacción entre los Gobiernos y sus fuerzas armadas y la sociedad civil, para tener aunque solo sea una mínima posibilidad de prevenir el uso de esas armas, y además, poder responder en caso que se utilicen.

 El desafío es muy diferente cuando se trata de un tipo de arma más fácil de identificar, como las armas nucleares. En gran medida, el doble empleo de estas armas se limita a la utilización de la energía nuclear. Pero incluso en ese caso, teniendo en cuenta la presión del calentamiento global y la búsqueda de fuentes de energía alternativas, es casi seguro que el uso de la energía nuclear se difunda en mayor grado. Habrá más centrales nucleares en el mundo, y será más difícil impedir que los materiales nucleares caigan en las manos equivocadas.

 Con respecto a las armas convencionales, es evidente que hay cuestiones que son de interés fundamentalmente humanitario. Ejemplo de ello son los restos explosivos de guerra, esto es, las municiones sin estallar y las minas abandonadas en el campo de batalla, que pueden causar lesiones o la muerte a personas civiles e impedirles acceder a la tierra para cultivarla, lo que inhibe la libertad de movimiento y de comercio.

  En el ámbito de las armas convencionales, están apareciendo nuevos tipos de armas no letales, es decir, que están diseñadas para incapacitar más que para matar. Según el ex vicepresidente de la Junta de Jefes de Estado Mayor de los Estados Unidos, en las guerras del futuro se utilizará la energía electromagnética y de los pulsos, los sistemas láser y químicos, el ultrasonido y el infrasonido para detener a los enemigos.  

Probabl emente sea mejor, y menos eufemístico, describir a las " armas no letales " como " armas de baja letalidad " . La idea que impulsa el desarrollo de esas armas es abordar lo que generalmente se describe como operaciones de contrainsurgencia, por ejemplo las diferentes operaciones que se realizan actualmente en Irak. Se asemejan mucho a los conflictos armados convencionales, con ocasionales acciones a gran escala en las que participan aeronaves de combate. Al mismo tiempo, comprenden operaciones en las que es necesario enfrentar a insurgentes y terroristas, e incluso situaciones de toma de rehenes. Esas operaciones suelen desarrollarse en medio de zonas densamente pobladas por personas civiles. Hay interés en diseñar y utilizar un armamento menos que letal, para reducir al mínimo el número de víctimas colaterales. Por un lado, las armas láser cegadoras ilustran el tipo de adelantos cuya finalidad es limitar las víctimas. Por otro, el mismo tipo de arma puede utilizarse para causar ceguera tanto a soldados como a civiles en forma intencional. Por último, fue declarada inaceptable y se prohibió gracias a los esfuerzos del CICR, lo cual fue, en mi opinión, un hecho positivo. Es necesario que los que nos dedicamos al derecho de los conflictos armados prestemos atención a las novedades relacionadas con el desarrollo de las armas descritas como no letales.

  Durante la guerra fría, la carrera armamentista entre Estados Unidos y Rusia condujo a la adopción de medidas de control de armamentos. ¿Cree usted que el nuevo entorno político puede explicar el actual punto muerto a que han llegado las negociaciones sobre desarme que se realizan en Ginebra?  

Es probable que esta situación esté más relacionada con los avances tecnológicos. En el período clásico de la guerra fría, se trataba de armas grandes, como misiles balísticos de alcance intermedio o intercontinentales, que son reconocibl es y que se pueden contabilizar. La Convención sobre Armas Químicas, que se terminó de negociar en 1993 y entró en vigor en 1997, representa un nuevo avance en materia de control de armamentos. No había organizaciones militares específicas que impulsaran el tema, pero muchos actores, incluida una industria mundial cuyos negocios ascienden a miles de millones de dólares, comenzaron a participar en un sistema de verificación. Esto abre un nuevo capítulo en la evolución de los tratados de control de armamento y, en particular, de la verificación. Poco después del colapso de la Unión Soviética y del Pacto de Varsovia, se pudo acordar un régimen de verificación muy detallado y de amplio alcance para la Convención sobre Armas Químicas. Ahora sería imposible hacerlo. El Protocolo de Verificación de la Convención sobre Armas Biológicas, que se está negociando hace más de diez años, no se ha podido concluir.

  ¿Cuáles podrían ser las opciones para poner fin a la proliferación de armas de destrucción masiva, aparte de las medidas de control de armamentos?  

Creo que el Tratado de No Proliferación Nuclear sigue siendo sumamente importante. Cuenta con más Estados Partes que ningún otro tratado de seguridad, y todavía goza del apoyo general. La Convención sobre Armas Químicas también es de alcance mundial; junto con el Protocolo de Ginebra de 1925, fortalece una norma global ya vigente, como también lo hace la Convención sobre Armas Biológicas. Esos tratados son de fundamental importancia, pero, de todos modos, es necesario apuntalarlos en una forma ingeniosa e innovadora, a fin de asegurar su cumplimiento.

  ¿Incluso en ausencia de mecanismos de verificación estrictos?  

Algunos expertos, como Anne-Marie Slaughter, y funcionarios públicos internacionales, como Jean-François Risch ard, proponen la idea de las " redes de redes " , ya mencionada, cuya finalidad es elaborar normas y fortalecerlas. Se trata de una actividad que arranca desde la base, porque compromete a la comunidad, que tiene un interés legítimo en el comportamiento responsable y en el desarrollo de la cultura de la responsabilidad. Si se toma la Convención sobre Armas Biológicas, lo que se necesita ahora es un gran esfuerzo para que el sector privado, los especialistas en ciencias de la vida de los círculos académicos y los institutos estatales de investigación pongan empeño en mejorar el grado de sensibilización y la elaboración de normas, todo ello en aras de prevenir el uso indebido de las ciencias de la vida. Ese empeño debería apuntar a mejorar la seguridad pública, ayudando a prevenir tanto el abuso de la biotecnología por grupos gubernamentales y no gubernamentales, como el posible uso de armas que podrían causar muchos miles de víctimas fatales. Una forma importante de reducir los riesgos es fomentar la sensibilización respecto de los peligros a través de un código de conducta y actividades de formación y educación conexas.

  ¿Cooperará la industria?  

El éxito de este proyecto tendría un interés real para la industria, pues el uso indebido de la ciencia perjudica los negocios. Sus miembros estarán sujetos a una legislación rigurosa, que tal vez un instrumento de obligatorio cumplimiento y no un texto al que puedan adherirse voluntariamente. Es posible que se les impongan medidas y restricciones que inhiban los avances científicos. En el ámbito de las ciencias de la vida, esto podría ser muy perjudicial, porque la mejor defensa estriba en los avances de la ciencia misma. Es necesario proteger esos avances pero, al mismo tiempo, hay que comprender los riesgos y adoptar medidas explícitas para gestionarlos. Esto puede hacerse mediante la adhesión a una carta fundamental o a un código de c onducta y la elaboración de normas análogas al juramento hipocrático, que, incluso sin ser vinculantes por sí mismas, pueden generar normas que terminan por incorporarse en la legislación nacional e internacional.

Las gestiones privadas, como las del CICR, que exhorta a los científicos y a la industria a asumir sus responsabilidades en la prevención del uso hostil de los agentes biológicos, son buenos ejemplos de la forma en que habría que avanzar. Hay otras ideas al respecto, como la mía: me dedico a promover un Consejo Internacional para las Ciencias de la Vida que esté dotado de una carta fundamental. El proyecto consiste en lograr la participación de la industria privada y de otros importantes interesados en la tarea de abordar las oportunidades y los riesgos generados por los avances en las ciencias de la vida, particularmente con relación a la amenaza de las armas biológicas y el bioterrorismo. Todas las actividades destinadas a la sensibilización y a la creación de normas son ahora mucho más importantes y eficaces de lo que hubieran podido ser hace diez o quince años.

  ¿Qué pasará con los actores no estatales en los conflictos armados? ¿De qué manera se logrará su participación?  

Un efecto secundario positivo de estas iniciativas es que las personas que no se adhieren a estos principios éticos quedan aisladas. No se espera que los terroristas obedezcan la ley, porque ellos se proponen precisamente lo contrario: abolirla. No se puede esperar que, por ejemplo, los miembros de Al Qaeda observen el tipo de normas de que hablamos. Creo que la finalidad de los códigos y las cartas fundamentales y, en última instancia, del derecho internacional es, precisamente, distinguir y aclarar las acciones que configuran comportamientos inaceptables y actos ilícitos. Los actores se definen por su comportamiento. Las personas responsables desean estar dentro de los lím ites fijados por esas cartas fundamentales o códigos, no fuera de ellos, para demostrar que se comportan en forma responsable y creen en la gestión de los riesgos, sobre todo a través de la cooperación entre ellos mismos y con los Gobiernos.

  ¿Las iniciativas privadas están reemplazando a la reglamentación internacional?  

Creo sinceramente que esas iniciativas tienen como consecuencia que los Estados adopten una mejor reglamentación. Por ejemplo, en el caso de las ciencias de la vida. Éste es mi parecer porque la bioprotección y la bioseguridad son campos convergentes. Sirva como ilustración el hecho de que no hay una norma mundial sobre las medidas de contención para los laboratorios.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha elaborado unas directrices, pero la acción de ese organismo tiene límites. Es una organización intergubernamental de salud pública, no una organización de seguridad. Por esa razón, los Estados necesitan la ayuda externa de empresas y organizaciones privadas, del CICR y de otras instituciones. 

  Esas iniciativas fortalecen la cooperación. Otra forma de crear obligaciones jurídicas internacionales comparables a los tratados, vinculadas a las facultades del Consejo de Seguridad en virtud de la Carta de las Naciones Unidas, sería que el Consejo adopte una decisión con arreglo al artículo 25 por la que ordene a los Estados modificar su legislación nacional a fin de evitar que surjan amenazas a la paz y la seguridad internacionales. Las resoluciones 1373 (2001) y 1540 (2004) parecen apelar más al palo que a la zanahoria.  

     

Creo que las resoluciones del Consejo de Seguridad no son ni palos ni zanahorias. Son elementos de vital impor tancia, que alientan a los Estados Miembros de las Naciones Unidas a fortalecer su legislación nacional para ayudar a evitar la proliferación de tecnologías y contribuir a impedir con más acierto el uso indebido de las tecnologías que podrían utilizarse para producir armas de destrucción masiva. En este caso, la acción se dirige desde arriba hacia abajo, pero no tendrá resultados por sí sola. Se necesita un esfuerzo multinacional en todos los niveles para lograr la seguridad y la protección del mundo contra los crecientes riesgos que enfrentamos. Se trata de un argumento en el que convergen la seguridad y la protección. Pienso que es útil combinar las zanahorias con los palos.

  Por lo tanto, ¿también se necesitan medidas de aplicación?  

Sí; hay una cuestión que ciertamente me hace pensar mucho, pero que está más relacionada con el jus ad bellum que con el jus in bello . No es un asunto al que se vaya a dedicar el CICR. Se trata de la decisión de realizar o no ataques militares relacionados con la posesión de armas o los avances en materia de armamento, y cuándo hacerlo. Un asunto que merece reflexión en relación con el desarrollo de las ciencias y las tecnologías y que actualmente es muy problemático para los Gobiernos, es la posibilidad de que los Estados se sientan forzados a realizar alguna forma de defensa propia preventiva contra un Estado o un grupo armado no estatal que disponga de un arma capaz de causar miles de víctimas fatales, si es que se conoce la existencia de esos grupos. La información de inteligencia debe ser apropiada, lo que siempre será objeto de debate. Pero a la luz de la evolución actual de la ciencia y la técnica, es necesario meditar sobre las normas de la defensa propia preventiva. Es una cuestión sumamente delicada, que se relaciona con las normas del jus ad bellum . Muchos se mostrarían reacios a perturbar esas normas y se inclinarían por conservar su rigor actual. Sin embargo, es un tema sobre el que habría que reflexionar.

  Incluso para un país muy desarrollado, es muy difícil controlar y enfrentar grandes catástrofes naturales y ayudar a las personas necesitadas. Sin embargo, es esta actividad es probablemente más factible, sobre todo en comparación con situaciones en que se utilicen armas de destrucción masiva.   

En los Estados Unidos y en menor medida, en Europa, e incluso menos en otros lugares del mundo, se preparan planes de intervención para el caso de que ocurra lo peor y se utilice una de estas armas. Sin duda, es necesario planificar estas actividades, pero tengo mis dudas acerca del grado de objetividad y exhaustividad de esa planificación. Los países que han sufrido graves ataques catastróficos han adoptado medidas vigorosas con la esperanza de evitar que haya otros atentados, pero otros lugares siguen ofreciendo aspectos vulnerables.

 Lo que se necesita con urgencia es algún tipo de análisis y evaluación de riesgos. Por ejemplo, las opiniones sobre la posible utilización de un arma biológica son ampliamente divergentes en lo que respecta a los riesgos verdaderos. Hay muchos países afectados por enfermedades originadas por causas naturales, con las que conviven todos los días y que causan numerosas muertes. Hablar a esos países de las armas biológicas resulta un tanto delicado. Se podría encontrar una actitud más receptiva en un país desarrollado, donde las enfermedades infecciosas no representan un problema tan grave. Así pues, las opiniones sobre los riesgos existentes son muy diferentes. Creo que, actualmente, es más fácil lograr la participación de la sociedad civil de los Estados Unidos con respecto a los huracanes o los maremotos de la cuenca del Pacífic o, o motivar a la gente en relación con la posibilidad de que la gripe aviar se transforme en una pandemia entre los seres humanos. Esta clase de acontecimientos se originan en causas naturales, lo que suscita respuestas con mayor facilidad. 

  ¿Esas actitudes se deben a que nadie quiere pensar en esa hipótesis porque causa demasiado temor?  

     

Sólo puedo adivinar que piensan " Bueno, no se trata de nosotros " . La gente no piensa en sí misma como el objetivo de un ataque nuclear, biológico o químico. Posiblemente, temen que grupos terroristas utilicen su país o sus infraestructuras para desarrollar o adquirir los materiales necesarios. Pero, también en este caso, las percepciones de los riesgos difieren de un país a otro, y éste es el aspecto más difícil del intento por preparar una respuesta eficaz al uso de este tipo de armas.




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