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Editorial - Revista Internacional de la Cruz Roja, N.º 877 - Marzo de 2010

09-02-2011 Artículo, Revista Internacional de la Cruz Roja, por Toni Pfanner

Nuestra percepción de los principales protagonistas de los conflictos armados se ha formado a lo largo de los siglos sobre la base de estereotipos que presentan a los hombres como agresores y a las mujeres, como testigos pasivos y pacíficos. La opinión pública y los medios de comunicación suelen reflejar esa victimización de las mujeres, describiéndolas como víctimas presuntamente pasivas de los enfrenamientos. Esos conmovedores retratos destinados a suscitar compasión contrastan con una realidad totalmente diferente, ya que las mujeres también cumplen un papel activo durante las hostilidades y después de terminados los conflictos. Pueden actuar como personalidades políticas, combatientes, responsables de organizaciones no gubernamentales, grupos sociales o políticos, o activistas por la paz.

Si bien las mujeres asumen, principalmente, papeles de apoyo, las combatientes también puede ser sumamente útiles para los grupos armados. Durante la Segunda Guerra Mundial, la movilización de las mujeres soviéticas legitimó la participación activa de las mujeres en la guerra a un nivel sin precedentes y, hoy en día, las mujeres forman parte de las fuerzas armadas, sobre todo en el mundo occidental. Las mujeres siempre han participado, en diferentes niveles, en las luchas armadas, principalmente cuando se trató de guerras civiles que movilizaron a grandes partes de la población o de guerras de las que dependía la vida de la nación.

Poco a poco, se van evaporando las dicotomías entre lo militar y lo civil, lo público y lo privado, la línea de frente y la retaguardia, las víctimas y los culpables, la sociedad en la guerra y la sociedad en la posguerra. La frontera entre militares y civiles se ha ido difuminando , al mismo tiempo que la distinción entre hombres combatientes y mujeres inocentes. Porque las mujeres parecen inofensivas y despiertan menos sospechas, muchas veces se las elige para transportar municiones, recabar información, desplegarse en los combates o cometer un atentado suicida. El genocidio en Ruanda, el año 1994, ilustra ese aspecto, ya que numerosas mujeres fueron responsables de actos de violencia. Esa realidad subraya el papel que cumplen las mujeres en la alimentación de los conflictos y su capacidad de exhibir una crueldad indescriptible. Esos ejemplos, recurrentes en la historia, refutan el mito según el cual las mujeres no son sino víctimas inocentes y vulnerables de los conflictos.

Está claro que es una reducción simplista juzgar la vulnerabilidad de las mujeres basándose en estereotipos. En todas las situaciones de conflicto, debería realizarse una evaluación exhaustiva con miras a identificar el grupo social más vulnerable y las razones de su vulnerabilidad. Las mujeres no constituyen un grupo homogéneo y, como hemos visto, viven la guerra de múltiples maneras, como víctimas, combatientes o artífices de la paz. A las descripciones estereotipadas de las mujeres, este número de la International Review of the Red Cross opone una visión destinada a destacar la pluralidad de funciones, responsabilidades y desafíos que influyen en la manera en que las mujeres viven los conflictos armados y sus consecuencias.

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Los conflictos armados, en particular los conflictos internos, tienen consecuencias devastadoras en la población civil. En el pasado, las mujeres se sentían seguras, tenían la impresión de que, por ser mujeres y sobre todo por ser madres, quedarían a salvo de los exc esos de la guerra. Los conflictos recientes demuestran que, con demasiada frecuencia, esa percepción no tiene nada que ver con la realidad. Por el contrario, las víctimas civiles suelen ser elegidas deliberadamente y, en numerosas ocasiones, el blanco de los ataques han sido mujeres precisamente porque eran mujeres.

Los conflictos y los desplazamientos tienen consecuencias particulares en las mujeres: quedan expuestas a amenazas y a peligros específicos y generan transformaciones sociales que las fuerzan a asumir nuevos papeles y responsabilidades. Por supuesto, hombres, mujeres, niños y niñas no están expuestos a los mismos riesgos. En tiempo de guerra, la mayoría de las personas que resultan muertas, detenidas o víctimas de desaparición forzada son hombres, mientras que las mujeres cada vez más son atacadas por su condición de civiles y quedan expuestas a la violencia sexual. 

La violencia sexual es una de las infracciones del derecho más frecuentes y más traumáticas que las mujeres puedan padecer en tiempo de guerra; atentan contra la dignidad humana y la integridad física. Al abusar sexualmente de las mujeres, los portadores de armas llegan a humillar y desmoralizar a la comunidad, que no ha podido protegerlas. Los abusos sexuales pueden utilizarse como una estrategia deliberada para desestabilizar a las familias y las comunidades, cuya integridad está íntimamente ligada a la " virtud " de las mujeres. Las agresiones de ese tipo causan inmensos sufrimientos físicos y psicológicos y también pueden dar lugar a que las víctimas sean abandonadas por sus familiares o rechazadas por su comunidad.

La violencia sexual en las situaciones de conflicto es tan antigua como la guerra misma; sin embargo, la comunidad internacional no le presta verdadera atención sino a partir de los años 90. En el pasado, el rapto generalizado de mujeres con fines sexuales era el objetivo mismo de las guerras: las mujeres eran el trofeo . Hoy en día, el derecho internacional humanitario prohíbe expresamente la violencia sexual y la engloba en la prohibición de " causar deliberadamente grandes sufrimientos o de atentar gravemente contra la integridad física o la salud " , y la violencia sexual figura en la lista de los crímenes individuales en los estatutos de los tribunales penales internacionales. El crimen que constituye la violencia sexual comenzó a tener más visibilidad e importancia a partir de los procesos iniciados en virtud del derecho humanitario. La violencia sexual está prohibida, así sea ejercida contra hombres, mujeres, niñas o niños. Toda violación de esa norma o de las instrucciones impartidas a los portadores de armas debe ser debidamente sancionada. Es posible prevenir los abusos sexuales; este hecho debe reconocerse, del mismo modo que deben tomarse las medidas necesarias.

Las mujeres pueden vivir la guerra de maneras muy diversas: la guerra puede ser sinónimo de separación, fallecimiento de seres queridos, pérdida de medios de subsistencia, riesgo mayor de desplazamiento forzado, privaciones, violencia sexual, heridas físicas, muerte. En todo el mundo, las mujeres que se hallan en situaciones de conflicto dan pruebas de una valentía, un ingenio y una capacidad de salir adelante inimaginables, mientras que deben afrontar los efectos de la guerra y las dificultades considerables que representa para su capacidad de sobrevivir y protegerse, a ellas y a sus familiares. La acción humanitaria de hoy refleja cada vez más esa toma de conciencia del papel único que cumplen las mujeres en tiempo de guerra. La responsabilidad de atenuar los sufrimientos de las mujeres en las situaciones de conflicto incumbe tanto a las organizaciones humanitarias como a los Estados, y las mujeres deben ser participadas cada vez más de todo lo que se hace en su nombre. La adecuación de las acciones depende de la comprensión de las consecuencias que los conflictos armados tienen en las mujeres y de las vulnerabilidades particulares que sufren. Es fundamental que los equipos que trabajan en el terreno estén integrados por hombres y mujeres, de forma tal que también tengan acceso a las mujeres de estatus social inferior, que pueden quedar apartadas de la esfera pública. Si comprenden la realidad que viven las mujeres, las organizaciones humanitarias y su personal podrán dar una respuesta mejor adaptada a sus necesidades y aliviar su situación.

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Asimismo, se ha prestado particular atención al lugar de las mujeres en la sociedad, a las características que una sociedad o una cultura define como masculinas o femeninas y a las interacciones entre las mujeres y una sociedad o una cultura en guerra. El estudio de las especificidades según el sexo rara vez incluye a los hombres, salvo por lo que se refiere a su papel tradicional de combatientes; por ello, esas especificidades suelen ser sinónimo de cuestiones propias de las mujeres. Sin embargo, el derecho internacional humanitario establece una igualdad de protección para todos los seres humanos y prohíbe toda distinción negativa basada en el sexo; su objetivo es totalmente neutral. Las mujeres se benefician de la protección general que ofrece esa rama del derecho. Al igual que el resto de la población civil, las mujeres deben ser protegidas contra las intimidaciones y los malos tratos. Sin embargo, el derecho internacional humanitario también prevé un régimen de protección especial para las mujeres, que se basa principalmente en sus necesidades en materia de salud e higiene, y en su papel de madres. El derecho de los derechos humanos y el derecho de los refugiados ofrecen una protección suplementaria a las mujeres en las situaciones de violencia.

El desafío consiste en garantizar la aplicación y el respeto de las normas existentes. Los mecanismos destinados a hacer respetar los derechos y reparar las violaciones revisten una importancia crucial. El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas ha adoptado varias resoluciones sobre la protección de las mujeres en las situaciones de conflicto armado. Además, los recientes avances de los tribunales penales internacionales y los procesos contra personas acusadas de crímenes de guerra representan un importante paso en la lucha contra la impunidad y pueden tener un efecto disuasivo, que impediría que esos actos abominables se repitieran en el futuro.

Deben realizarse esfuerzos constantes para promover el conocimiento y el respeto del mayor número posible de las obligaciones que establece el derecho internacional humanitario, utilizando todos los medios disponibles. La responsabilidad de mejorar la situación de las mujeres en tiempo de guerra nos concierne a todos. En efecto, para responder de manera adecuada a las necesidades de las mujeres, es fundamental aplicar el derecho tomando en cuenta las especificidades según el sexo, de acuerdo con las diferentes experiencias, percepciones, competencias, características y vulnerabilidades de hombres y mujeres.

  Toni Pfanner  

  Redactor jefe