Una vida mejor para una comunidad del norte de Afganistán, gracias a la cría de pollos
05-12-2011 Reportaje
Mediante las actividades de asistencia del CICR, se ayuda a crear ingresos para las comunidades rurales vulnerables. Jessica Barry, coordinadora de comunicación del CICR en Afganistán, fue a visitar uno de esos programas, conducido por mujeres de la comunidad.
Hace poco, un grupo de mujeres de mediana edad se reunió por la mañana en la sala de una casa simple en una aldea de Samagan para hablar de cómo sus vidas habían cambiado a lo largo del último año. Todas tenían algo en común, aparte de la edad y del pueblo de origen. Participaban en un proyecto de cría de aves, de alimentos por trabajo, conducido por el CICR.
Las mujeres llegaron al lugar de a una o de a dos. Se sentaron y se cubrieron las piernas con una manta de cama, color rosado, cerca de estufa tradicional de sandali. Pronto había una multitud de rostros enmarcados por chales brillantes alrededor del fuego, y el murmullo de la conversación. Afuera llovía y hacía frío; el calor de las mantas era bienvenido.
“Los pollos son como bebés”, dice Sarwar, madre de 12 niños. “Necesitan mucha atención”.
"Sí”, asintió Jamila, que estaba sentada a su lado. “Como los bebés, si una no los cuida, no crecen.”
Las mujeres aprendieron a empollar huevos en incubadoras
Todas las mujeres reconocieron que el proyecto les ayudó a mejorar su vida. Al comienzo no fue fácil, pero recibieron seis meses de capacitación en cría de aves y gestión que les brindaron formadores del CICR. Si bien muchas familias afganas que viven en zonas rurales crían pollos, el índice de mortalidad de las aves de corral es alto, y las mujeres han tenido que aprender cómo criar animales más fuertes, mantenerlos saludables y comercializar los huevos.
"También nos enseñaron a empollar huevos en incubadoras”, añade otra mujer. “Esto significa que podemos criar pollos para vender también. Fue difícil aprender, pero ahora sabemos qué hacer. Dos de nosotras vigilan las incubadoras durante el día, y dos hombres de la comunidad se ocupan de hacerlo por la noche.”
Más alimentos para los pollos
La empresa parecía estar organizada eficientemente. Sin embargo, para las mujeres, se necesitaba algo más y pidieron más alimentos para los pollos. "Cuando las gallinas comieron el maíz que nos dio el CICR al inicio del programa, produjeron muchos huevos”, explicaron. “Pero ahora están poniendo menos huevos, porque el maíz se acabó y ahora están escarbando la tierra para conseguir alimento.” En realidad, en algunas de las aldeas donde se está llevando adelante el programa, las mujeres ya habían comenzado a preparar su propia mezcla de maíz especial para las aves, con la supervisión de los formadores.
Una empresa cooperativa
Este programa de cría de aves de corral, el primero de su tipo que el CICR conduce en Afganistán, se implementa como empresa cooperativa donde participan el Ministerio de Agricultura, proveedores privados de bebederos, alimentos y maíz, y comunidades locales apoyadas por el CICR. Por ahora, se lo lleva adelante durante un período de un año en doce aldeas de cuatro provincias del norte de Afganistán. Las autoridades locales ayudaron a seleccionar las aldeas y ahora se ocupan del seguimiento de la implementación del programa. Las veinte mujeres participantes de cada aldea fueron elegidas por la comunidad entre las familias de menos recursos.
Valiosa oportunidad para reunirse y socializar
Estos programas no sólo capacitan a las mujeres, sino que también les dan la oportunidad de reunirse y socializar, de beneficiarse de algo que no debe subestimarse en una sociedad tan tradicional y orientada hacia los hombres como la de Afganistán.
Halima fue una de las mujeres que se reunió en torno a la estufa de sandali aquella mañana. “Tengo cuatro hijos ya crecidos”, dijo, “pero uno es drogadicto, otro sufre demencia desde que lo asustó un perro, y otro tiene un dolor de espalda crónico. Formar parte de este grupo me ayuda a enfrentar mis problemas.”
Por lo menos una de las mujeres allí presentes era viuda; los maridos de las demás estaban fuera, trabajando. Todas ellas carecen de recursos. Pero, en cierto sentido, han tenido más suerte que sus hermanas que viven en las zonas de Afganistán afectadas por el conflicto.
Una normalidad poco frecuente
Tal vez fue la sensación de normalidad la que da a la aldea una atmósfera especial en esta tierra de ataques nocturnos, caminos minados, puestos de control y milicias, fuerzas militares y convoyes del ejército. Mientras las mujeres van a ver las gallinas atravesando caminos enlodados entre paredes altas de ladrillos, las hojas se van poniendo doradas y caen de los árboles. Perros grandes duermen en medio de la suciedad, y a pesar del frío, el poblado respira una calma eterna.
En cada patio había pollos de toda edad y color, blanco con manchas, castaño, gris. “Dejamos los pollos en el interior de las casas, donde hace más calor”, explicaron las mujeres. “Las gallinas viven en los gallineros que construimos con ladrillos de barro.” Esa fue su propia contribución al programa. “Aprendimos a construir estructuras como parte de nuestra capacitación.”
Más de 240 mujeres participaron en ocho aldeas
Unos meses después del inicio del programa, más de 240 mujeres ya participaban en los ocho poblados seleccionados. Cada una ha criado unos 15 pollos y recogido un promedio mensual de 20 huevos por gallina. El excedente de huevos que las familias no necesitan se vende en el mercado local por siete afganis cada uno. La venta de los huevos permite un ingreso modesto, pero con ese dinero las mujeres pueden comprar otros artículos básicos.
Los hombres, felices de que sus mujeres tengan su propio dinero
Se les preguntó a las mujeres qué pensaban los hombres de la familia de su trabajo. “Están felices”, dijeron unánimemente. “Les gusta porque no tenemos que pedirles dinero para todo, ahora tenemos nuestro propio dinero.”
"Les agrada nuestra contribución a la economía del hogar”, comentó Bibi Haji, la mujer de más edad del grupo, cuyo hijo, Jan Mohamed, es el secretario del consejo de la aldea local o "shura".
Antes de que las mujeres volvieran a sus casas, Zia Jan manifestó lo siguiente: “A los chicos les gusta cuando preparo huevos con cebolla y papas. A veces hago huevos fritos”.
"Sí, yo también”, agregó Jamila. “Y servimos huevos cuando tenemos invitados.”
Las demás mujeres asintieron y se despidieron. “No lo podríamos haber hecho antes”, dijeron al irse.





