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Colombia: el drama de los muertos sin nombre

01-09-2011 Reportaje

El CICR, con la ayuda del sepulturero y de la Alcaldía municipal, ha identificado y marcado las tumbas de 51 personas sin identificar -NN- en el cementerio de un municipio de la Costa Pacífica colombiana. La esperanza es que estos restos puedan ser identificados y termine la larga espera para algunas familias.

El cementerio se funde de imprevisto con las casas y los locales comerciales del pequeño municipio de la Costa Pacífica colombiana. No es claro en qué lugar exacto terminan las viviendas o los almacenes llenos de mercancía y en qué lugar empiezan las tumbas, los mausoleos, las fosas. Más aún, tampoco es claro en qué lugar del terreno que pisamos están, bajo nuestros pies, enterrados los NN, esos muertos sin nombre de los cuales están llenos muchos cementerios en Colombia.

El cementerio de Bocas de Satinga –al sur del país, en medio de los manglares que crecen entre las aguas saladas del Océano Pacífico y las dulces de las desembocaduras de los ríos Saquianga, el Satinga y el Patía– alberga una historia que puede ser la de los cementerios de muchos pueblos de Colombia y que es, a la vez, una de las situaciones humanitarias más complejas del conflicto armado: la de los desaparecidos, que se calcula en más de 50.000 personas.

En su lote están enterrados, según cuentas de Chaín el sepulturero del pueblo, los cuerpos de 51 personas sin identificar (pueden ser muchas más): que bajaron por el río, que aparecieron en el pueblo, que no tienen papá ni mamá ni esposo conocido. Todos estos cuerpos fueron recogidos por Chaín y preparados para el entierro en la morgue sin luz y sin recursos del pequeño cementerio.     

Chaín trabaja sin sueldo, sin implementos, solo con sus tijeras de sastre y su cuchillo afilado; pero es gracias a este sepulturero de 76 años, que hoy algunos familiares en diferentes regiones de Colombia pueden tener la esperanza de recuperar los restos de sus seres queridos.  

El CICR, con la ayuda de Chaín y de la Alcaldía, empezó a identificar y a marcar con placas de concreto las tumbas como el primer paso para un proceso de identificación. Así mismo, a través del análisis de las actas de levantamiento y los protocolos de necropsias de más de 20 personas y de la información recolectada en trabajo de campo, documentó información que puede ser útil para un posterior trabajo de equipos forenses estatales. La idea es que el proceso no se quede sólo en la marcación sino que, asumiendo el caso, las autoridades forenses realicen el registro, exhumación e identificación y, por último, la entrega de los restos a las familias.

El oficio del sepulturero

Chaín tiene en su memoria ya desgastada por los años las historias de cada uno de los muertos con y sin nombre que ha enterrado en el cementerio de Satinga, desde su fundación en 1942.   

Es sepulturero desde los 14 años y heredó el oficio de su abuelo, Juan Ruperto Hernández, un veterano de la Guerra de los Mil Días que aprendió en la dureza del combate, en los embates de la confrontación, que hasta el peor enemigo merece una sepultura digna. Este básico principio humanitario es el que aplica Chaín en su vida: "lo más importante es servir. Es que puede ser mi peor enemigo y si se muere por ahí yo lo entierro. Soy el único aquí que ve bajando un muerto y pega la carrera y lo va a traer".

Antes de que el CICR con la Alcaldía marcara, primero con estacas y luego con lápidas de cemento, estos lugares gracias a la información brindada por Chaín y a la preocupación por las autoridades del Municipio, los muertos estaban bajo la tierra, en un terreno descampado, sin ninguna señal que indicara su presencia.  Cualquiera podía atravesar el cementerio para adentrarse en las calles del pueblo y pisar sin remordimientos las tumbas de tierra de los desaparecidos.

"El que está marcado ahí como NN1 tenía un tiro en la frente, yo no lo quise enterrar sin el médico de turno. El NN2 era un joven nacido acá, le decían el Bobo pero ni yo sé el nombre", Chaín enumera una a una las lápidas.  La NN4 era conocida como la Cascorva, le decían así porque tenía un defecto físico: las piernas separadas.  La Cascorva encontró la mala suerte un día que salió río arriba y en medio de "una balacera de plomo se tiró al río y no sabía nadar, así se ahogó". Esta última historia la relata Menelio, el fiel asistente de Chaín en el entierro de los muertos que llegan a Satinga. Y así sucesivamente una a una cada lápida de NN tiene una historia aunque no un nombre.

En el lugar que están las lápidas de las tumbas 24, 25, 26 y 27, Chaín se acuerda muy bien que enterró a las cuatro víctimas sin identificar de un atentado con explosivos que hubo hace más de una década.  

Detrás de cada historia que cuenta Chaín, con la poética de quien lleva 76 años sacándole el quite a su propia muerte y enfrentando la ajena, hay un caso de una familia que busca a su ser querido. En el drama del cementerio de Satinga es posible apreciar, además de la crueldad de las prácticas de la desaparición forzada, el drama de las familias que buscan y siguen buscando sin saber que tal vez, en el cementerio de un pequeño pueblo de Colombia, un sepulturero que no los conoce, rescató los restos de sus seres queridos para darles sepultura y llevarles una que otra vez una rosa.

Vea otro artículo sobre Chaín publicado en El Espectador (http://www.elespectador.com)


Fotos

 

Bocas de Satinga, Costa Pacífica nariñense. En el cementerio de Satinga se observan las marcas de los lugares donde fueron enterradas personas no identificadas. El CICR marcó los lugares primero con estacas y luego con lápidas de cemento, como primer paso para que se registren estas personas y se puedan adelantar procesos de identificación. Menelio, con 71 años, es asistente del sepulturero de Satinga.
© CICR / M.C. Rivera

 

Bocas de Satinga, Costa Pacífica nariñense. Chaín realiza las necropsias en la pequeña morgue del cementerio donde no hay luz ni muchos recursos, aparte de las tijeras y su cuchillo.
© CICR / M.C. Rivera

 

Bocas de Satinga, Costa Pacífica nariñense. El CICR con el apoyo de la Alcaldía de Satinga cambió las estacas de madera que identificaban el lugar donde Chaín había enterrado muertos NN por placas de concreto más resistentes.
© CICR / M.C. Rivera

 

Bocas de Satinga, Costa Pacífica nariñense. El equipo del CICR, con la ayuda de la Alcaldía, construye las lápidas de concreto que reemplazarán a las estacas marcadas con los datos de cada NN. En el cementerio de Satinga, según el sepulturero, hay enterradas 51 personas a las cuales no se les conoce la identidad.
© CICR / M.C. Rivera