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Afganistán: el agua trae consigo historias sobre la vida en Qoliobchakan

31-01-2012 Reportaje

Una mañana, a fines del año pasado, Mir Ahmad Shah, ingeniero hidráulico del CICR, llevó a tres colegas mujeres para mostrarles los progresos de una obra en la cual se encontraba trabajando en Qoliobchakan, en la zona montañosa de Kabul. Allí viven cerca de 15.000 desplazados, muchos de ellos provenientes del valle de Panjshir, que debieron abandonar su lugar de origen debido al conflicto que afecta a Afganistán desde hace 30 años.

Era un día fresco y la nieve comenzaba a verse en las montañas que rodean Kabul. Las personas salían de sus casas para conversar con las visitantes, y la mañana se animó con historias de hacía treinta años sobre las dificultades a las que se enfrentaban entonces y se enfrentan ahora las mujeres, y sobre el agua, elemento imprescindible para la vida.

Qoliobchakan está en una cuesta empinada a pocos kilómetros del centro de Kabul. A las sencillas casas, que parecen estar ancladas a las rocas, se accede por senderos escarpados y muy transitados. Durante años, la fuente de suministro de agua de la comunidad fue una bomba manual ubicada en la base del cerro, cerca de un cementerio. Subir la cuesta con baldes y bidones llenos de agua no era tarea sencilla, en especial para las mujeres, quienes habitualmente se encargaban de hacerlo. “Teníamos muchos problemas”, recuerda Malika, una mujer de 31 años y madre de ocho hijos que nació en Qoliobchakan y en esa época era una niña.

En 2003, gracias a un proyecto conjunto de la Cruz Roja Española y el CICR, se acercó el suministro de agua a las casas de los vecinos. En la primera etapa del proyecto, se instaló una tubería a partir de una perforación en una montaña cercana y luego se construyó una cisterna en lo alto de Qoliobchakan. En horas determinadas, una pequeña planta de bombeo suministraba agua a grifos situados cerca de las casas. “No se dan una idea de cómo nos cambió la vida. Se acabaron los problemas”, comenta Malika.

El organismo oficial que controla el agua en Kabul, socio del proyecto desde su inicio, contrató a una persona para que encendiera y apagara la bomba de la planta.

Pasaron los años y fueron llegando más familias a Qoliobchakan; huían de la inseguridad y la inestabilidad reinantes en distintas zonas de Afganistán. Los nuevos habitantes construyeron casas que colgaban de manera precaria de las rocas, igual que las casas erigidas con anterioridad, pero más arriba. En poco tiempo, el lugar se convirtió en el laberinto de viviendas improvisadas que es hoy en día. Los recién llegados tenían que bajar la cuesta para acceder a los grifos y luego subir con los recipientes llenos de agua. En invierno, la nieve y el hielo convertían el trayecto en una pesadilla.

Entonces, en 2011, el CICR extendió la tubería e instaló nuevos grifos en las zonas más altas de Qoliobchakan. También llevó conexiones de agua al interior de las viviendas de las familias que así lo solicitaron, a un costo reducido. Las nuevas tuberías eran las que Mir Ahmad Shah quería mostrar a sus colegas.

Esa mañana fría y despejada, un grupo de mujeres invitó a las visitantes a tomar el té en la casa del empleado que se ocupaba de hacer funcionar la bomba de agua. Muchas veces, el hombre delegaba la tarea en su hermana de 13 años, Mursal, que ofició de anfitriona. Cuando le preguntaron si no sentía que estar a cargo del agua de toda la comunidad era demasiada responsabilidad para ella, la joven respondió tímidamente: “Todos me conocen y confían en mí y en lo que hago”.

Malika, la joven madre que había comentado el esfuerzo que implicaba ir a buscar agua cuando ella era una niña, también estaba presente en la reunión. Se sentó al lado de Mursal, en unos almohadones desparramados sobre un colchón. Las cortinas de color violeta y las paredes pintadas de lila conferían a la habitación un suave tono malva que contrastaba con la alfombra afgana de color rojo. Las mujeres repartieron té y masas, y la conversación pasó del agua a otros temas de la vida cotidiana.

“Hoy tenía que ir a buscar un certificado, pero preferí quedarme con ustedes, así que iré a buscarlo esta tarde”, comentó Malika.

“¿Qué certificado?”, quisieron saber las colegas de Mir Ahmad Shah.

“Es un certificado que acredita que puedo desarmar a un terrorista suicida” respondió Malika ante el asombro de quienes le habían hecho la pregunta, que se enteraron entonces de que la joven era policía.

Las palabras de Malika devolvieron a las mujeres allí reunidas a la realidad. Sentadas en los almohadones y tomando té verde, habían olvidado que Afganistán se ha visto envuelto en guerras durante los últimos treinta años y que hay problemas mucho más graves que el racionamiento del agua o el trabajo agotador del día a día.

En ese momento, entró Hamida, una mujer robusta y de mediana edad que llevaba ropa holgada blanca y negra, una bufanda gris y una sonrisa en los labios. Se dejó caer sobre un almohadón y aceptó el té que le ofrecieron.

La charla volvió a centrarse en la vida en Qoliobchakan. “Mi familia es del Panjshir, pero estamos aquí desde hace mucho, así que conozco muy bien los problemas que teníamos antes con el agua de los que les habló Malika”, afirmó Hamida.

Quizá por considerar que con ese comentario había creado un clima de confianza, la mujer pasó a referirse a temas más personales. “Quiero fundar una ONG”, lanzó mientras sacaba documentos y papeles de un gran sobre, “y necesito ayuda. ¿El CICR podrá dármela?”.
  
Las visitantes le explicaron que el CICR no era una organización que se dedicara a hacer donaciones, así que en ese aspecto no podría ayudarla.

“Ah, sí, ahora me acuerdo. ¿No fue la Cruz Roja la que ayudó una vez a viudas y mujeres pobres?”, dijo con una sonrisa amable. Entonces se puso a buscar otra vez dentro del sobre y sacó un papel que parecía un cupón para canjear por alimentos.

“Así es. Esa ayuda fue parte de la labor del CICR durante los años noventa.”

Mir Ahmad Shah había estado esperando pacientemente fuera que el pequeño grupo se decidiera a iniciar el ascenso por los transitados senderos de la colina para inspeccionar la nueva tubería que llegaba casi hasta la cima. Por trechos, el camino pasaba por unos promontorios rocosos que dificultaban la subida. Unos niños que habían salido de la escuela regresaban a sus casas corriendo y saltando entre las rocas, por delante del grupo.   

El tramo más elevado de la tubería estaba próximo a las casas más cercanas a la cumbre. Junto a uno de los grifos había una hilera de bidones amarillos que se llenarían cuando se habilitara el suministro de agua. Desde allí, las vistas de Kabul eran espectaculares. Las montañas, cubiertas de nieve, brillaban.

Cuando el grupo se detuvo a descansar, Mir Ahmad Shah explicó en qué consistía el proyecto: “Las obras no fueron difíciles ni complicadas. Nosotros proporcionamos los materiales y la comunidad se ocupó del trabajo. En ese sentido, el proyecto les pertenece a ellos”.


Fotos

Malika (en primer plano) y Hamida en el exterior de la casa de Hamida. Las dos mujeres viven en Qoliobchakan desde hace años. 

Malika (en primer plano) y Hamida en el exterior de la casa de Hamida. Las dos mujeres viven en Qoliobchakan desde hace años.
© CICR

Mir Ahmad Shah enseña uno de los grifos a su colega Joana Cameira. El agua se suministra a intervalos regulares durante el día. 

Mir Ahmad Shah enseña uno de los grifos a su colega Joana Cameira. El agua se suministra a intervalos regulares durante el día.
© CICR

Los vecinos colocan los bidones en fila, esperando el momento en que se habilite el suministro de agua. 

Los vecinos colocan los bidones en fila, esperando el momento en que se habilite el suministro de agua.
© CICR

Mir Ahmad Shah explica los trabajos de instalación de las tuberías. 

Mir Ahmad Shah explica los trabajos de instalación de las tuberías.
© CICR

Los niños corren y saltan por las laderas empinadas, por delante del grupo de visitantes. 

Los niños corren y saltan por las laderas empinadas, por delante del grupo de visitantes.
© CICR