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Honduras: fortalecer las oportunidades para jóvenes en barrios vulnerables

13-08-2012 Reportaje

Para los jóvenes que viven en barrios vulnerables de Tegucigalpa, la violencia y la pobreza constituyen barreras que limitan sus oportunidades de desarrollo. Desde 2003, la Cruz Roja Hondureña (CRH) lleva a cabo, en cinco colonias de la ciudad, el Proyecto Ampliando Oportunidades (PAO), con la finalidad de disminuir los factores de exclusión y riesgo social que genera la violencia urbana.

Introducción

Vista de la Colonia San Francisco, donde se encuentra la sede del PAO. 

Vista de la Colonia San Francisco, donde se encuentra la sede del PAO.
© Cruz Roja Hondureña

Desde los años 90, Honduras experimenta una creciente violencia urbana. Ese fenómeno afecta principalmente a la población joven, de la cual el 25% no estudia ni trabaja. Frente a ese fenómeno y a la particular vulnerabilidad de los jóvenes, la Cruz Roja Hondureña (CRH) busca desde 2001 abrir espacios de intervención para prevenir y mitigar las consecuencias de estos problemas.

En 2003, con el apoyo de la Cruz Roja Holandesa y la Cruz Roja Italiana, la CRH dio inicio al Proyecto Ampliando Oportunidades (PAO) en el sector noroccidental de Tegucigalpa, la capital hondureña. Hoy, el proyecto se lleva a cabo en las colonias San Francisco, Altos de San Francisco, San Buenaventura, Vista Hermosa y Fátima, que cuentan con una población aproximada de 13.000 habitantes. El PAO es gestionado desde 2010 por un consorcio integrado por la propia CRH, la Cruz Roja Italiana, la Cruz Roja Suiza y el CICR.

El objetivo del PAO es reducir las manifestaciones de la violencia, la vulnerabilidad y la exclusión social que afectan a los jóvenes y sus familias, creando o facilitando oportunidades para su desarrollo y, por ende, el de sus comunidades. El proyecto se centra en cuatro ámbitos principales: salud, educación, familia, formación y empleo, con una amplia gama de intervenciones.

Cuenta con una clínica de atención diferenciada para jóvenes, organiza jornadas de promoción de salud y de protección del medio ambiente y capacitaciones en primeros auxilios; el programa Educatodos propone una educación alternativa a jóvenes y adultos que quieren iniciar o concluir su educación básica de primero a noveno grado; y la socialización de los principios y valores fundamentales de la Cruz Roja en escuelas supone un eje de trabajo transversal de suma importancia.

En la escuela técnica del PAO, jóvenes, padres y madres pueden formarse en tapicería, electricidad, bisutería, belleza, soldadura básica, computación y pintura automotriz.

En la colonia Vista Hermosa, la ludoteca es un espacio de recreación esencial para los jóvenes y los pobladores de la zona. Es la sede del ámbito de familia, que también organiza escuelas de padres y madres. Un centro comunitario para personas de la tercera edad organiza actividades de convivencia, terapia física y desarrollo de habilidades.

Un equipo permanente de 12 personas dirige el PAO de día a día. Son empleados de la Cruz Roja Hondureña y todos son oriundos de la zona, lo que permite una mayor proximidad con las comunidades y un mejor conocimiento de sus problemáticas y necesidades.

El equipo del PAO no trabaja solo. Además del apoyo técnico y financiero de la Cruz Roja Italiana, la Cruz Roja Suiza y el CICR, hay más de 80 voluntarios de las comunidades que ayudan en los diferentes ámbitos del proyecto.

En sendas entrevistas, Marlen Jiménez, responsable del ámbito de recreación y familia, Gerardo Delgado, instructor del taller de pintura automotriz, Dany Cepeda y Gerson Antonio, ex alumnos del taller de pintura y Delcy Hernández, voluntaria de salud, cuentan sus experiencias en relación al PAO.

Marlen Jiménez, responsable del ámbito de recreación y familia del PAO

Además de su trabajo comunitario con madres y familias, Marlen es encargada de la ludoteca, en el barrio Vista Hermosa. En esta entrevista, habla de las actividades que se llevan a cabo en este importante espacio de socialización.

Marlen Jiménez (de pie), responsable de la ludoteca, con los niños. 

Marlen Jiménez (de pie), responsable de la ludoteca, con los niños.
© CICR / O. Moeckly

 

El espacio de la ludoteca ha sido muy importante para la comunidad. En la Colonia Vista Hermosa, los índices de violencia son bastante elevados. La distribución y el consumo de drogas están muy presentes y los niños no permanecen ajenos a este problema.

En ese ambiente, la ludoteca es un lugar central. Lo vemos a medida que aumenta el número de niños y jóvenes que utilizan el espacio como una forma de compartir juegos, pero también inquietudes y así desahogarse. En sus hogares,  muchos jóvenes enfrentan los problemas del alcoholismo, la falta de acceso a servicios básicos, la violencia doméstica y la violencia entre ellos mismos. Entienden el espacio de la ludoteca como refugio, donde hay personas que los respetan y también les enseñan a respetar a los demás.

Un practicante de la universidad apoya el PAO durante su servicio social. 

Un practicante de la universidad apoya el PAO durante su servicio social.
© CICR / O. Moeckly

A través del juego buscamos fortalecer su valoración personal. En todo lo que realizamos dentro de la ludoteca, nos referimos a principios y valores fundamentales, que también son propios de la Cruz Roja.

La mayoría son niños muy difíciles. La agresividad y la violencia que hay en el hogar y que ven en el ambiente son los patrones de conducta que tienen como referencia; por ende, es lo que suelen imitar. Trabajamos con ellos ese problema. Vemos cambios favorables progresivos.

Dentro de la ludoteca tenemos un espacio para juegos de mesa, otro para las competencias de futbolito, otro para el dibujo y la pintura. También tenemos una pequeña biblioteca. Muchos llegan a hacer consultas de libros para sus tareas de la escuela. 

Una pareja de padres adolescentes en la ludoteca con su bebé. 

Una pareja de padres adolescentes en la ludoteca con su bebé.
© CICR / O. Moeckly

Hay muchas mamás que no tienen educación básica, ni siquiera su primer grado; algunas no saben escribir. Entonces, los niños buscan apoyo con los voluntarios de la ludoteca.

Buscamos mantenerlos siempre activos, a través de un cronograma de trabajo semanal: un día hacemos manualidades, otro día reforzamiento escolar, principalmente en matemáticas y español, dejando espacios intermedios para la recreación.

La ludoteca permite también aproximarnos a sus mamás y a la comunidad. Las madres consideran que éste es un espacio seguro para sus hijos, un espacio de apoyo, sobre todo las que trabajan fuera del hogar. Entonces las invitamos a participar en las escuelas comunitarias de padres y madres, donde se facilita orientación familiar para fortalecer la convivencia saludable en los hogares.

Niños participan en actividades de manualidades organizadas en la ludoteca. 

Niños participan en actividades de manualidades organizadas en la ludoteca.
© CICR / O. Moeckly

Además, dentro de estos grupos de niños o jóvenes, detectamos que algunos tienen dificultades. Algunos son muy agresivos o muy pasivos; otros están tristes. Entonces, poco a poco nos acercamos a esos niños e indagamos de manera sutil. A veces nos damos cuenta de que tienen graves problemas de familia.

Yo no puedo hablar directamente de sus problemas. Tengo que ganarme la confianza de la persona antes de empezar un abordaje con la familia. La escuela de padres y madres es un espacio importante.

También tenemos en la ludoteca tres grupos de danza moderna, un grupo de danza folclórica, un grupo de teatro, un coro infantil y un grupo musical con niños entre 5 y 13 años, que es apoyado por un estudiante de práctica de la carrera de Psicología. Él ha identificado que hay niños y jóvenes con talento para tocar la guitarra y otros instrumentos.

Un niño con su mamá. Se busca involucrar a las mamás en la ludoteca. 

Un niño con su mamá. Se busca involucrar a las mamás en la ludoteca.
© CICR / O. Moeckly

Cuando ellos tienen sus prácticas, dejamos siempre un espacio para hacer reflexiones de grupo o dar una charla importante. Hablamos de los fundamentos, de los valores y de los principios.

Muchos de los que vienen a la ludoteca tienen cosas en común. Están en riesgo social, viven situaciones difíciles en sus hogares, sufren condiciones económicas escasas y tienen un concepto precario del desarrollo de la vida. Además, no tienen un espacio propio: la ludoteca es el único espacio para ellos.

Nelson Gerardo Delgado Martínez, instructor del taller de pintura automotriz

Gerardo Delgado, instructor de pintura automotriz en el taller del PAO. 

Gerardo Delgado, instructor de pintura automotriz en el taller del PAO.
© CICR / O. Moeckly

Me he criado aquí en la zona, desde pequeñito. Soy perito mercantil y contador público; estudié en la Universidad, en el área de derecho. Después trabajé como taxista y en talleres de pintura y se me presentó la oportunidad de trabajar en el PAO.

Hace tres años y medio que iniciamos el taller de pintura automotriz, en la parte vocacional del proyecto. Nos tocó al inicio el acondicionamiento y la pintura del local y la compra de las herramientas. Lo hicimos con los jóvenes, para poder comenzar.

Se organizan dos cursos al año, cada uno de cinco meses: cuatro de aprendizaje y uno para práctica como pasantía laboral. 

Un joven escucha las explicaciones de Gerardo, el instructor. 

Un joven escucha las explicaciones de Gerardo, el instructor.
© CICR / O. Moeckly

Formamos un promedio de treinta jóvenes por curso, entre sesenta y setenta en el año. Este taller es particular. Todos los alumnos son de sexo masculino, en la edad de la adolescencia, en la que hay mucha rebeldía. Están creando su propia identidad y son vulnerables por las situaciones de riesgo y las influencias de la calle. Muchos de los jóvenes toman malas decisiones o entran en grupos negativos, porque es el entorno donde se crían. La violencia está muy presente.

La disciplina es importante: hay que mostrarles cuáles son las reglas del juego. Algunos la rechazan y deciden no terminar el curso, pero con otros notamos un cambio de conducta. El ambiente es idóneo, se encuentran con bastante confianza y se controlan. Es algo positivo para ellos, con tanta violencia en la calle, que haya un lugar donde puedan estar un poquito más tranquilos.

En cada curso, hacemos reuniones con los padres de familia y nos expresan que han notado un cambio en la conducta de sus hijos. La mayoría de los jóvenes termina el curso. 

Gerardo mira el trabajo de Gerson Antonio, un ex-alumno, y le da consejos. 

Gerardo mira el trabajo de Gerson Antonio, un ex-alumno, y le da consejos.
© CICR / O. Moeckly

Tratamos de matricular más de los que necesitamos, porque siempre hay deserción. Los jóvenes prefieren la actividad corporal, estar en movimiento, y la teoría se les hace muy pesada.

El quinto mes del curso es un mes de práctica. Cuando los jóvenes son muy pequeños o muy indisciplinados, o cuando siento que les falta un poquito más de conocimiento, el mes de práctica lo pasan aquí conmigo. La práctica es de ocho de la mañana a cuatro de la tarde, para que ellos se hagan una noción de lo que es una jornada de trabajo ordinaria.

A los que ya han adquirido un poquito más de conocimiento y han puesto más interés los mandamos a talleres cercanos. Eso les puede generar una oportunidad de empleo, porque muchos talleres emplean mano de obra juvenil. De los treinta jóvenes que salen del curso, si diez o quince están trabajando, ya son 15 familias beneficiadas.

Un alumno trabaja en el taller de pintura automotriz. 

Un alumno trabaja en el taller de pintura automotriz.
© CICR / O. Moeckly

¡Es una experiencia bonita! A los jóvenes les gustan los carros, la mecánica. El trabajo de pintura automotriz es arduo, porque estar lijando es difícil, pero a algunos todavía les sigue gustando. Ellos mismos se asombran de lo que pueden hacer cuando realmente le ponen interés a algo.

Sería muy bueno poder multiplicar el proyecto PAO en otros lados. Muchos de los jóvenes se la pasan en las calles porque no hay otra cosa que hacer. Es bueno tener ocupados a los jóvenes en cosas productivas.

Ex alumnos del taller de pintura automotriz

Dany Cepeda, 26 años, y Gerson Antonio, 17 años, siguieron el curso de pintura automotriz del PAO en 2010. Hoy siguen trabajando en el taller con un tercer compañero y apoyan a los nuevos alumnos. Actualmente buscan un local en el barrio para empezar su propia microempresa. En estas entrevistas, ambos cuentan su experiencia en el PAO y sus proyectos de vida.

Dany Cepeda

Dany Cepeda (derecha) con un alumno, en la parte externa del taller. 

Dany Cepeda (derecha) con un alumno, en la parte externa del taller.
© CICR

Antes de entrar al curso de pintura, era albañil. Estuve un buen tiempo sin conseguir trabajo y hablé con una vecina que trabajaba en la Cruz Roja en el PAO. Me habló de los cursos y me interesó el curso de pintura. Me gustó el tipo de trabajo; jamás me imaginé que podía hacer un trabajo tan fino.

Durante dos meses nos enseñaron las cosas básicas. Después empezamos nosotros a practicar y terminamos el curso en cinco meses y medio. Después de los cursos, mandan a los alumnos a hacer prácticas a otros talleres. A Gerson y a mí nos dieron la oportunidad de ir a la Toyota. En el PAO nos preparan, pero en el trabajo nos enseñaron otras cosas que nosotros no sabíamos todavía.

Cuando terminamos la práctica hablé con Gerardo, el profesor del curso, para ver si nos podíamos quedar practicando. Nos dieron la oportunidad de agarrar unos trabajitos y la Cruz Roja nos ayuda con unos materiales.

Dany Cepeda lija la puerta de un carro antes de pintarla. 

Dany Cepeda lija la puerta de un carro antes de pintarla.
© CICR / O. Moeckly

Por ahora, es poco lo que ganamos, pero es mucho lo que aprendemos. Gerson y yo somos los que aplicamos la pintura porque los otros todavía no tienen la capacidad.

Trabajo desde hace casi dos años, tengo dos hijos, tengo mi esposa, y aunque sea así, poco a poco, vamos saliendo adelante. No me da para mantenerla con el dinero de aquí, pero tengo la ayuda de mi suegra. Ella me dice que aprenda bien para que después pueda tener mi tallercito.

Mi idea ahora es poner un taller de pintura automotriz para poder ayudar también a algunos jóvenes como lo hacen aquí. La verdad es que quien sabe aprovechar la oportunidad la aprovecha, cuando uno tiene un mayor conocimiento, un poquito de madurez, o le tiene amor a las cosas - porque al trabajo hay que tenerle amor.

Lo más maravilloso es que hemos tenido la posibilidad de conocer a muchos jóvenes que vienen de otros lados. Ahora, con lo que el profesor nos enseñó, nosotros les podemos ayudar a ellos.

Somos tres los que queremos poner un taller, con Gerson y otro compañero. Ahora estamos buscando un lugar, un terreno para poder empezar este año. Pero la vida da vueltas…

 

Gerson Antonio

Gerson Antonio lija un carro en el taller de pintura. 

Gerson Antonio lija un carro en el taller de pintura.
© CICR / O. Moeckly

Vivo con mi mamá y dos hermanas, mi papá se alejó de la casa. Hasta 2010, hacía parte de un proyecto donde les ayudan a los jóvenes con sus estudios, les dan materiales para estudiar. En las tardes iba a este proyecto, donde me ayudaban a hacer las tareas.

Pero en 2010, no pude seguir en la escuela. A mi mamá le ha tocado criarnos desde que tenía ocho años, y como éramos tres… No estaba haciendo nada, pasaba desocupado en la casa. Como no estaba estudiando, me iban a sacar del proyecto de apoyo para los estudios. La supervisora conocía el PAO y me dijo que, como no iba a estudiar, podía entrar al taller de pintura automotriz.

Me interesó y así fue como me trajeron aquí. Finalicé los cinco meses de práctica, entonces, el profesor nos dijo que tenía en mente apoyar a jóvenes con interés de poner una microempresa. Yo acepté y dije que íbamos a echarle ganas.
 

Gerson Antonio da los últimos toques a la reparación de un carro. 

Gerson Antonio da los últimos toques a la reparación de un carro.
© CICR / O. Moeckly

Desde hace un año y medio, con Dany seguimos aprendiendo en el PAO para especializarnos bien y para no necesitar tanta ayuda al momento de poner la microempresa. Queremos hacerlo solo entre nosotros. Personas de la comunidad facilitan sus carros para las prácticas y dan algo de dinero, para cubrir una parte del material. Estamos buscando un lugar y completando ciertos detalles que nos hacen falta, pero la mayor parte ya casi está.

Me arrepiento de no haber podido estudiar, ¡porque estudiar es cosa importante en la vida de uno! Pero esto también, la pintura automotriz, es excelente. Y tengo en mente sacar otros cursos en el PAO para ir profesionalizándome.

Delcy Johana Hernández Ruiz, 25 años

Ex-voluntaria de salud comunitaria en el PAO, ahora empleada en una ONG, sigue apoyando el proyecto en su tiempo libre.

Delcy Hernandez en la oficina del área de salud y educación de calle. 

Delcy Hernandez en la oficina del área de salud y educación de calle.
© CICR / O. Moeckly

Tenía 20 años la primera vez que vine al PAO, porque me interesé por los cursos que había acá. Terminé mi carrera a los 19 años y después me quedé en la casa cuidando a mis dos hijas. Cuando escuché que estaba el proyecto y que había cursos, pensé que iba a seguir estudiando, mientras tuviera la oportunidad de un trabajo, para seguir estudiando en la universidad. Porque ese es mi anhelo y mi sueño: seguir en la universidad.

El primer curso que tomé en el PAO fue el curso de computación. Después aprendí bisutería. Luego escuché que había cursos de primeros auxilios y me matriculé. Cuando terminé el curso de primeros auxilios, comencé un voluntariado en salud comunitaria.

Luego, me dijeron que tenían una oportunidad para que viniera a trabajar todos los días y que me iban a reconocer los gastos de alimentación y transporte. Entonces empecé a venir todos los días; iba a dejar a mi hija mayor a la escuela y venía para acá a las ocho de la mañana. Estuve aquí dos años completos como voluntaria.

En el centro de salud, dábamos charlas por las mañanas en la clínica del adolescente y en la escuela de padres y madres de familia, junto con la coordinadora del centro de salud.

También ayudaba a coordinar el trabajo de los voluntarios. Por la tarde, íbamos a encontrar a los jóvenes de diferentes comunidades y organizábamos grupos juveniles. Hacíamos además pinturas de calle; había unos jóvenes muy creativos, que estaban desde las ocho de la mañana hasta las cuatro de la tarde. El proyecto les daba la alimentación y yo estaba pendiente de ellos. Chavos que a veces andaban metidos en drogas, y después se metían en el proyecto y se les iba olvidando.

Yo fui obteniendo más experiencia allí con los jóvenes, interactuando con ellos, platicando y aprendiendo de ellos también. Antes estaba bastante encerrada en mi casa; vine al PAO un poco tímida, y pensaba que nunca iba a encontrar trabajo. Pero salí otra vez al mundo y me desarrollé, aprendí de todo.

Después de dos años de voluntariado, quedé embarazada. Tuve que buscar un trabajo rentado, porque mi familia estaba creciendo. Empecé a buscar y en la primera ONG adonde fui a dejar mi currículo, me llamaron. Me entrevistaron un miércoles y una semana después ya estaba trabajando.

Ahora, hace cinco meses que trabajo en Casa Alianza Honduras (una ONG nacional). Soy educadora, y todo lo que hago allí lo aprendí en la Cruz Roja.