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Filipinas: tierra de cocoteros caídos e inundaciones

20-02-2013 Reportaje

Desde Mindanao Oriental, la región del país más devastada por el tifón Bopha (también llamado Pablo), la delegada de comunicación Marie-Claire Feghali comparte sus impresiones en este informe desde el terreno.

Llovía sin cesar desde la noche del domingo. Según el pronóstico, esta nueva tormenta tropical (localmente llamada Crising) alcanzaría su máxima intensidad por la tarde y los residentes corrieron a la panadería. Se les había dicho que los negocios estarían cerrados, ya que los tenderos tenían miedo de dejar a sus familiares solos en casa. En la oficina del CICR, nuestros colegas temían lo peor para las familias, que aún no se han recuperado de la destrucción de sus aldeas causada por el paso del tifón Bopha en diciembre.

Ante la primera señal de mal tiempo, el CICR y su asociado local, la Cruz Roja Filipina, enviaron de inmediato 600 lonas impermeables, 1.200 mosquiteros y 1.200 esterillas de plástico a las personas que residen en las zonas más vulnerables de los municipios de Cateel y Baganga. A principios de año, estos residentes ya habían recibido alimentos y artículos domésticos esenciales que los ayudaron a atravesar los primeros momentos después del paso del tifón. Este tipo de asistencia continúa y eventualmente beneficiará a unas 300.000 personas durante un período de cinco meses.

Baganga, martes 19 de febrero:

Cerca de nuestra oficina en Baganga, Clarissa, con los ojos llenos de lágrimas, mira a su marido, que duerme junto a sus tres hijos en una cama improvisada. La noche anterior fue la más impresionante desde que el año pasado el tifón se llevó su techo y la mayor parte de su casa.

"Cuando comenzó a subir el nivel del agua dentro de la casa, vi que mis tres hijos, de 6, 11 y 13 años, corrían hacia la calle. Pocos minutos después, el nivel del río Dawis casi me llegaba al hombro, y nos dimos cuenta de que no podíamos permanecer aquí mucho tiempo más".

"Ahora, cuando empieza a llover siento ansiedad y temor. Mis hijos están traumatizados. Tienen miedo de quedar atrapados en la casa si viene otro tifón. Anoche no pudimos dormir. Pasamos la noche en la calle junto a los vecinos, esperando que bajaran las aguas".

Rody Silat y sus 11 familiares viven cerca de la casa de Clarissa. Cuando el tifón destruyó la vivienda de su hijo mayor, éste se trasladó a la casa de Rody junto con sus dos bebés. Comparten una pequeña habitación de madera. Las ventanas no tienen vidrios. "Pablo se llevó todo", dice Rody.

 Recuerda que el domingo por la noche, las aguas del río Dawis invadieron su pequeño espacio a través de un enorme agujero en la pared, mientras el lodo que bajaba de la colina vecina entraba por la puerta.  "Cuando nos sentimos rodeados, huí con los niños", dice.

No quiere trasladarse a una zona más segura, porque éste es el único lugar que considera su hogar. Para esta noche, se pronostican copiosas lluvias y Rody dice que se quedarán en la casa. En todo momento, al menos un miembro de la familia se mantendrá despierto para vigilar el nivel de agua y asegurar que la hamaca del bebé se encuentre a suficiente altura.

Cateel, miércoles 20 de febrero:

La llaman Alegría, pero esta aldea está lejos de ser el pueblo feliz de antes…

En la carretera que lleva a Alegría, en el municipio de Cateel, los voluntarios de la Cruz Roja Filipina distribuyen arroz a unas 90 familias que viven a la intemperie desde que la tormenta tropical Crising devastó sus viviendas. Estas personas habían reparado recientemente  sus casas con los materiales de emergencia distribuidos tras la destrucción causada por el paso del tifón Bopha.

Mientras Luz Pagoyan, funcionaria de aldea para la zona de Liwan, espera su turno para recibir cinco kilogramos de arroz, explica que, cuando empezó a subir el nivel del agua, las familias se trasladaron al costado de la carretera. "No lo pensamos dos veces", dice Luz. "Quitamos de los techos las lonas que ustedes nos habían dado, corrimos a la carretera con nuestros niños y ancianos y armamos nuestras carpas".  

Por primera vez en tres días de lluvia, el nivel del agua ha bajado y permite que los pobladores echen un vistazo a sus hogares. Algunas personas, que ya no desean dormir al costado de la carretera, han decidido regresar pese a las inundaciones y al lodo que entró en sus casas. El centro de evacuación en Alegría está colmado y ya no puede acoger a nadie más.

Los veo atravesar los campos de arroz, irreparablemente dañados por tercera vez en dos meses. "Estas plantaciones pertenecen a las familias de Liwan. Todo se ha perdido otra vez", se lamenta Luz.

Más lejos, en Purok San Vicente, Alicia Castillones recibe a sus alumnos en una carpa que hace las veces de escuela. "Como algunos niños ya están durmiendo aquí, decidimos reanudar las clases", explica. Después de dos días de asueto, hoy había en la escuela unos 120 niños. "A veces, la situación se pone difícil", dice Alicia con una sonrisa. "Pero, así son las cosas".