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Colombia: nueva vida para víctimas de contaminación por armas

14-03-2013 Reportaje

Durante 2012, el CICR orientó en Colombia a más de 200 víctimas de contaminación por armas. Muchas de estas personas deben dejar sus hogares, pierden sus medios de subsistencia o sus capacidades físicas para ejercer un oficio y tratan de sobrevivir con profundas secuelas físicas y psicológicas. Tres personas que recibieron apoyo del CICR en Florencia, sureste de Colombia, relatan cómo tratan de sobreponerse a esta situación inesperada.

Es la 1:40 p.m. y Alberto Montenegro se alista para asistir a una terapia en el hospital de Florencia (Caquetá), en el sureste de Colombia. Ultima detalles con una dedicación especial. Sabe que de su compromiso depende el éxito de su rehabilitación y la adaptación a su prótesis. Mientras tanto, sus amigos Héctor y Aldemar esperan pacientes en la puerta del hogar de paso para acompañarlo.

Alberto, Héctor y Aldemar son campesinos y han vivido casi toda su vida en zonas rurales del Caquetá. La amistad que ahora los une surgió por un accidente que, como consecuencia del conflicto armado, los convirtió en víctimas de la contaminación por armas.

Como explica Rodrigo Marles, asistente del CICR en Florencia, "la contaminación por armas incluye la presencia, uso o abandono de minas antipersonal, restos explosivos de guerra y artefactos explosivos improvisados". Las cifras de víctimas son, aunque poco conocidas, impactantes. Durante 2012, en el territorio que cubre la Subdelegación de Florencia (Huila, Caquetá y Putumayo), el CICR registró 63 víctimas civiles.

23 de diciembre de 2009: muerte, desplazamiento e incertidumbre

Héctor Marín Perdomo llevaba 23 años viviendo en su finca. “Un día fuimos con mi hijo a pasar un ganado de un potrero a otro y  el niño se encontró un artefacto. Lo tocó, explotó y lo mató en seco; a mí me cogió como a veinte metros: me volvió nada. En el hospital duré 29 días y todavía tengo pendiente una cirugía".

Héctor y su familia se instalaron en Florencia, donde vivieron durante 18 meses hasta que  tuvieron que irse a administrar una finca en otra región. “Para nosotros fue muy duro, porque no estamos acostumbrados a vivir ni en el pueblo ni en la ciudad”.

Las minas antipersonal, los restos explosivos de guerra y los artefactos explosivos improvisados generan otras consecuencias humanitarias, señala Rodrigo Marles. “Las comunidades se desplazan o quedan confinadas, y hay temor, deserción escolar y dificultad para acceder a los servicios de salud. También limita el acceso de las personas a sus cultivos y sus ingresos disminuyen".

23 de marzo de 2008: una continua lucha

El día previo a su accidente,  José Aldemar Vásquez había escuchado combates en la zona. Lo que no sabía es que esto indicaba que transitar por allí podía ser peligroso. Aunque ya han pasado cerca de cinco años desde su accidente, aún convive con las secuelas. "Llevo cuatro años jodido de ese pie –se queja, volteando de allá para acá–. En eso se ha pasado mi vida: luchando".

A pesar de ello, Aldemar puede considerarse afortunado por no haber perdido sus extremidades, como la mayoría de las víctimas de accidentes por contaminación por armas.

27 de febrero de 2011: una nueva vida por delante

Alberto aún recuerda los duros momentos que vivió después de su accidente. Se sentía acomplejado, creía que se iba a morir y no conocía a nadie en Florencia. El tiempo le  ayudó a sanar las heridas. "De un momento a otro fui cambiando. Estuve en el Hogar de Paso Henry Dunant de la Cruz Roja Colombiana. Allí recibí el apoyo de varias instituciones. Ahora estoy en terapias y ando muy recuperado: tengo una nueva vida por delante".

En el tema de contaminación por armas, el CICR trabaja en atención y prevención. Por un lado, orienta a las víctimas sobre la ruta de atención y sus derechos, y les  brinda un apoyo económico para alojamiento, alimentación y transporte durante la emergencia y para la atención posterior. Por el otro, en prevención, ofrece a las comunidades talleres de comportamientos seguros.

A través del diálogo confidencial, el CICR recuerda a los actores armados su obligación de proteger y respetar a la población civil, así como de limitar los medios y métodos de guerra. Esto incluye un diálogo sobre las consecuencias humanitarias y los efectos del uso y abandono de estas armas.

Alberto, Héctor y Aldemar saben que el accidente cambió sus vidas para siempre. Ven con buenos ojos las promesas de ayuda de las autoridades, que esperan les permita comenzar una nueva vida. Eso sí, en el campo, porque -como afirma Héctor- "uno sabe que es del campo, nos atenemos al campo, sabemos defendernos en el campo y seguro que allí se nos pasará la vida de una manera más disimulada frente a lo que nos ha sucedido".


Fotos

Departamento del Caquetá, municipio de Florencia, sureste de Colombia. Alberto Montenegro, Héctor Marín y José Aldemar Vásquez se conocieron en el Hogar de Paso Henry Dunant de la Cruz Roja Colombiana, adonde llegan víctimas de la contaminación por armas. Desde entonces, se apoyan mutuamente en su recuperación. 

Departamento del Caquetá, municipio de Florencia, sureste de Colombia. Alberto Montenegro, Héctor Marín y José Aldemar Vásquez se conocieron en el Hogar de Paso Henry Dunant de la Cruz Roja Colombiana, adonde llegan víctimas de la contaminación por armas. Desde entonces, se apoyan mutuamente en su recuperación.
© CICR / S. Giraldo

El sol inclemente, la falta de andenes y un diseño urbano que no tiene en cuenta a las personas en situación de discapacidad convierten el trayecto entre el hogar de paso y el Hospital María Inmaculada de Florencia (Caquetá) en una carrera de obstáculos. Alberto acude allí a diario a realizar sus terapias. 

El sol inclemente, la falta de andenes y un diseño urbano que no tiene en cuenta a las personas en situación de discapacidad convierten el trayecto entre el hogar de paso y el Hospital María Inmaculada de Florencia (Caquetá) en una carrera de obstáculos. Alberto acude allí a diario a realizar sus terapias.
© CICR / S. Giraldo

En el consultorio de la fisioterapeuta, Alberto Montenegro se venda lo que quedó de su pierna izquierda tras el accidente de contaminación por armas. A pesar de las secuelas, este campesino afirma que se siente afortunado de continuar con vida. 

En el consultorio de la fisioterapeuta, Alberto Montenegro se venda lo que quedó de su pierna izquierda tras el accidente de contaminación por armas. A pesar de las secuelas, este campesino afirma que se siente afortunado de continuar con vida.
© CICR / S. Giraldo

Alberto Montenegro (derecha) debe hacer ejercicio todos los días para fortalecer su cuerpo y mantener un peso que le permita adaptarse a la prótesis. Aldemar (izquierda), quien fue víctima de la contaminación por armas tres años antes que él, le explica cómo hacer los movimientos. 

Alberto Montenegro (derecha) debe hacer ejercicio todos los días para fortalecer su cuerpo y mantener un peso que le permita adaptarse a la prótesis. Aldemar (izquierda), quien fue víctima de la contaminación por armas tres años antes que él, le explica cómo hacer los movimientos.
© CICR / S. Giraldo