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Jordania: los refugiados sirios anhelan regresar a sus hogares

12-03-2014 Reportaje

El centro de recepción de Bustana, en la frontera entre Jordania y Siria, recibe al menos 500 refugiados sirios por día. Las historias que se relatan a continuación muestran una visión del mundo a través de su mirada.

  
En Bustana, refugiados sirios forman pequeñas comunidades para intentar integrarse. CC BY-SA 2.0 / Rasha Ahmed

En los últimos tres años, el conflicto sirio ha causado sufrimientos indecibles. Para cientos de miles de personas, la única opción es abandonar Siria. Muchas de ellas han utilizado el poco dinero que les quedaba para poder escapar.

A menudo, encontrar un lugar seguro resulta muy complicado. Muchos refugiados erraron de un lugar a otro dentro de Siria durante años antes de llegar al refugio temporal de Bustana, en Jordania, junto a la frontera.

La palabra árabe bustana significa jardín. Sin embargo, ésta es una zona remota, rodeada por el desierto. No se oye el sonido del agua de una fuente, tan sólo el viento.

El frío del invierno y el calor del verano dejan sus huellas en los rostros de los niños que han pasado muchos días y noches en el desierto antes de llegar a Bustana. Aquí esperan, hasta poder mudarse a un campamento de refugiados.

A la distancia, se percibe la desolación de estos refugiados y el sufrimiento que han padecido. Sin embargo, cerca de las carpas y las caravanas del CICR donde se protegen de los rigores del clima, se vislumbra un mundo diferente.

Los niños corretean por el lugar, algunos a pesar de haber sufrido lesiones graves. Juegan y comparten historias sobre sus familias. Hay mujeres jóvenes que han perdido a sus maridos y que siguen adelante sólo por sus hijos. Los hombres, reunidos en torno a una roca, cavilan sobre lo que les ha sucedido y conversan sobre qué hacer para sobrevivir. 

     

Historias de dolor y de esperanza 

 

Los hombres, las mujeres y los niños en Bustana conversan sobre sus viajes y sobre cómo imaginan el futuro.

 

Cicatrices de las noches frías

 

La familia es todo

Un sueño perdido

Las madres hablan

Perderlo todo

 

Razan

 


Razan y su pequeño hermano finalmente se sienten seguros como para volver a sonreír. ©CICR/Rasha Ahmed

 

El viaje fue largo, agotador y pavoroso para Razan, una niña de 9 años que se escabulló de Hama con su madre y su hermano menor.

“Casi todos los días, veía situaciones de violencia y me enteraba de que habían asesinado o secuestrado a alguien. Siempre pensaba en lugares de mi casa donde pudiera esconderme de los ruidos que oía en la calle”, explica Razan. 

 "No podía dormir porque el ruido de las balas me atemorizaba demasiado como para dormir o incluso para jugar. Mis manos temblaban. Mi mamá sostenía mi mano para calmarme, pero ya no me sentía segura."

Finalmente, Razan debió dejar de ir a la escuela. Después, apenas salía de su casa hasta que huyó. Llegó a Bustana en octubre de 2013, con la esperanza de encontrar un lugar seguro donde por fin pudiera dormir y vivir con normalidad.

"¿Ves estas marcas en mi cara? Son de las noches frías que pasé en el desierto durante nuestro viaje a Jordania. ¿Se me van a ir?"  

A pesar del frío, el hambre y el miedo, Razan siguió buscando maneras de normalizar su vida desde que llegó a Bustana. Se sigue lavando la cara para eliminar las marcas dejadas por el frío, hace la fila con su hermano para recibir alimentos y sonríe a todas las personas que conoce.

“Extraño mi país, pero lo que realmente necesito es dormir”, concluye.

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Watfa

  


A pesar del dolor físico, Wafta ver en sus hermanos y su hermana una fuente de seguridad. CC BY-SA 2.0 / Rasha Ahmed

“Soy de Homs. Vivo con mi madre, mis dos hermanos mayores y mi hermana. Mi padre fue asesinado y después, ya no nos sentimos seguros. Él era nuestro símbolo de seguridad”.

"Mi madre decidió abandonar Homs y venir a Jordania porque la vida se había vuelto muy difícil para nosotros, especialmente después de que perdimos a mi padre. No teníamos dinero. Mis hermanos, mi hermana y yo tuvimos que dejar la escuela. ¡Y casi me matan!"


Por cierto, la bala de un francotirador impactó a Watfa en el abdomen. Logró sobrevivir sólo porque sus hermanos (de 12 y 13 años) la llevaron al hospital. Incluso ahora, le duele el estómago cuando come o se mueve.


“Todo lo que quiero es estar con mi familia en un lugar seguro. No importa si me duele, sólo quiero estar con ellos y verlos felices nuevamente”.


“Ahora tengo 8 años, y nunca olvidaré que pasé la mitad de mis primeros ocho años en esta guerra. Quiero regresar a Siria”.

 

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Taj el Deen y Khezam

 


La vida es dura para Taj el Deen (izquierda) y Khezam (derecha), pero tienen grandes esperanzas de poder recomenzar y mantener a su pequeña familia. CC BY-SA 2.0 / Rasha Ahmed

 

Taj el Deen (izquierda) y Khezam (derecha) parecen mayores de lo que son. Su padre murió en un accidente en Homs, y quedaron como sostén de la familia.

“Homs está perdida y con ella perdimos todos nuestros sueños. Nuestros sueños de terminar nuestra educación, nuestro sueño de encontrar un trabajo digno y nuestro sueño de vivir seguros y felices en nuestra patria”, dice Taj el Deen.

"La vida es dura para nosotros. Los enfrentamientos que hemos visto nos han hecho sentir mucho mayores de lo que somos."

“Sabemos que no podremos reanudar nuestros estudios. Sabemos que tendremos que encontrar un trabajo, cualquier trabajo, para mantener a nuestra madre y nuestras hermanas. Somos lo suficientemente realistas para aceptar estos hechos. Así es la vida”.

 

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Amira y Fatma

 

 
Amira y Fatma huyeron de Hama con sus pequeños hijos y dos bebés. CC BY-SA 2.0 / Rasha Ahmed

 

"Fue un infierno. Ni siquiera podía salir de casa para conseguir leche para mi bebé”, dice Amira (derecha). Los tiroteos duraban todo el día y toda la noche. Fue tan terrible que pensé que mi hijo iba a morir, aun cuando lo tenía en brazos."

Amira tiene tres hijos, Rafiq, Muhannad y Belal, que tiene 18 meses. “Estoy feliz de que mis hijos y yo estemos seguros, pero realmente me apena nuestra situación. Hemos perdido todo. Mira la ropa que usamos, mi bebé y yo. La tenemos puesta desde hace semanas, si no meses. Y ahora nos dirigimos al campamento de Zaatari, donde seremos refugiados, aunque nuestra patria se encuentre a pocos kilómetros de distancia”.

Fatma continúa: “No quiero pensar en el pasado. Sólo quiero olvidarme de todo. Mi mayor problema ahora son los pañales. Shahd tiene 18 meses. Si la toca, verá lo mojada que está. Hace frío y no puedo cambiarle su pañal mojado porque no tengo ninguno limpio”.

Aunque estas madres están preocupadas por sus hijos, hay un espíritu positivo entre ellas. Empiezan a formar una comunidad donde se reúnen con mujeres de diferentes ciudades sirias e intercambian historias de guerra y de sufrimiento.

Lo que más necesitan las mujeres de Bustana son alimentos y un lugar acogedor para dormir con sus hijos. Y pañales.

 

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Muhammad

 

  
Sus ojos están tristes, pero Muhammad aun tiene esperanzas de regresar a casa. CC BY-SA 2.0 / Rasha Ahmed 

 

Sus ojos tristes reflejan una profunda pena. Pero Muhammad tuvo el coraje de expresar su enojo frente a la cámara.

Tras salir de Hama, en el centro-oeste de Siria, Muhammad emprendió un peligroso viaje  por todo el país hacia Bustana. Durante los cuatro días de ese largo viaje, cruzó el desierto con su familia. Muhammad llevaba no sólo la carga física del equipaje y los niños, sino también la carga emocional de la responsabilidad por su esposa y una aguda conciencia de la pérdida que habían sufrido. “Caminábamos todo el día, por la noche dormíamos a la intemperie en un clima muy crudo. Pensábamos que moriríamos en cualquier momento. Cuando mis hijos decían que tenían hambre, se me rompía el corazón”.

“Soy un hombre sencillo, un trabajador que vive día a día. Pero ahora ya no me siento humano. Sangro por dentro. Me siento impotente. Miren a todos estos hombres. Son buenas personas, algunos de ellos pudientes, pero lo perdieron todo. Todo lo que poseían. Pero todos queremos regresar a Siria cuando se normalice”.

 

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En 2013, el CICR:

  • proporcionó a más de 78.000 refugiados sirios que cruzaron la frontera para ingresar a Jordania oriental mantas, colchones, almohadas, ropa para niños, galletas de alto valor proteínico y vitamínico, y artículos de higiene;

  • proporcionó casi 68.000 comidas preparadas para los refugiados sirios que cruzaban la frontera hacia Jordania oriental, en asociación con una entidad benéfica local;

  • proporcionó a unos 100.000 refugiados sirios que viven en comunidades locales en el norte de Jordania arroz, trigo burgol, alubias blancas, lentejas, aceite de cocina, atún enlatado, té y otros alimentos, así como artículos de higiene como jabón, champú y jabón en polvo, en cooperación con la Media Luna Roja de Jordania;

  • proporcionó a 1.000 refugiados sirios que residen en comunidades locales en la gobernación de Mafraq, en el norte del país, asistencia en forma de dinero en efectivo, en el marco de un programa implementado junto con la Media Luna Roja de Jordania;

  • en seis lugares situados en la zona de las fronteras oriental y central, proporcionó 35 caravanas destinadas a viviendas; dos carpas de 45 metros cuadrados para instalar dispensarios; 12 instalaciones sanitarias equipadas con inodoros y, en algunos casos, con duchas; 13 dispensadores de agua potable; 12 piletas de lavar; 35 tanques de agua; seis tanques sépticos; seis generadores diésel; cinco calentadores de agua solares y 20 contenedores de residuos sólidos

Más hechos y cifras...

Vea dos videos sobre el mismo tema:

 

Refugiados sirios en Jordania: 

un viaje repleto de miedo

Refugiados sirios en Jordania: dinero

en efectivo para la supervivencia

 


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