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Azerbaiyán: impedir que la tuberculosis se transforme en pena de muerte para las personas detenidas

22-03-2010 Reportaje

En Azerbaiyán, la pena de prisión por un delito menor puede transformarse en pena de muerte, si el detenido se contagia de tuberculosis en la cárcel. Anna Nelson, colaboradora del CICR, y el famoso fotógrafo suizo-afgano Zalmaï visitaron las cárceles de Bakú a fin de investigar lo que se hace para ayudar a los reclusos que padecen esta enfermedad.

     
©CICR/ Zakmai /V-P-AZ-E-00306 
   
Salman (izquierda) e Ilham, ambos enfermos de TB contagiosa y drogorresistente, en el patio que los separa de otros detenidos que están respondiendo mejor al tratamiento. 
               
©CICR/ Zakmai /V-P-AZ-E-00358 
   
La antigua casa de veraneo de los hermanos Nobel en Bakú es ahora un centro de tratamiento en ruinas para pacientes de TB, incluyendo ex detenidos. Situado cerca del Mar Caspio, se cree que el aire fresco es terapéutico para estos pacientes. 
               
©CICR/ Zakmai /V-P-AZ-E-00361 
   
Ilgar (izquierda) e Iramal se conocieron en el hospital de la cárcel y siguieron siendo muy amigos después de ser liberados, en 2009. Ambos continúan necesitando tratamiento contra la TB multidrogorresistente y se brindan apoyo mutuo. 
           

En las afueras de Bakú, capital de Azerbaiyán, no lejos de los ricos yacimientos de petróleo de la ciudad, las autoridades, en una carrera contra el reloj, luchan por detener a un asesino silencioso.

Durante los últimos 15 años, las autoridades penitenciarias del país se han esforzado por contener la propagación de la tuberculosis, una enfermedad mortal que afecta a aproximadamente 9,5 millones de personas en el mundo y que causa la muerte de unos 4.500 enfermos por día, lo que equivale a un fallecimiento cada 20 segundos.

“Un hombre puede matar a otro con sus manos, pero puede matar centenares con la tuberculosis " , dice Nahmat Rahmanov, el médico jefe de la Institución de Tratamientos Especiales (ITE) de Bakú, donde se alojan unos 1.000 reclusos tuberculosos provenientes de todas las colonias penales de Azerbaiyán.

Rahmanov no exagera. Las formas de la enfermedad que son resistentes a los fármacos (drogorresistentes) se propagan por todo el mundo a una velocidad alarmante. Para contraer cualquiera de las formas de la enfermedad, drogorresistente o no, todo lo que hay que hacer es respirar en presencia de una persona portadora de la infección activa. Contrariamente a la creencia popular, las vacunas recibidas en la infancia no protegen a los adultos contra la tuberculosis.

  Una enfermedad muy extendida  

A primera vista, el ITE se parece a cualquier otra cárcel: muros altos, coronados de alambre de púas, guardias armados en las torres de vigilancia y pesadas puertas de hierro separan del mundo exterior a los ladrones, estafadores, traficantes de drogas, asesinos y otros delincuentes. Pero, por dentro, el establecimiento se asemeja mucho más a un hospital que a un centro de detención.

En los años que siguieron al colapso de la Unión Soviética, se registró un marcado aumento de la propagación de enfermedades infecciosas. Cuando el CICR empezó a visitar las cárceles de Azerbaiyán, en1995, los delegados descubrieron que la tuberculosis era la principal causa de muerte entre los reclusos.

Desde entonces, las autoridades y el CICR han logrado, en forma lenta pero segura, reducir en forma drástica el número de casos de tuberculosis en los centros de detención mejorando los procedimientos de examen, prevención, tratamiento y seguimiento.

“En 1999, 285 detenidos murieron de tuberculosis. Para 2009, logramos reducir el número de fallecimientos a 20,” dice el director del ITE, Nizami Guliyev, un hombre de aspecto austero que está muy orgulloso de su amplio establecimiento.

Guliyev muestra el elaborado sistema de ventilación instalado para suministrar la máxima ventilación posible en las celdas y en los dormitorios comunes, típicos lugares que facilitan el contagio de la tuberculosis. Los carteles sobre las paredes explican, con ilustraciones, que la enfermedad prospera en espacios oscuros y cerrados. En un nuevo pabellón, pronto se instalarán modernos equipos quirúrgicos. La cárcel ya cuenta con un laboratorio de diagnóstico y una farmacia.

  Dignidad humana  

Al hablar con los reclusos, desde los delincuentes comunes hasta los que cumplen cadena perpetua, se observa que, más allá de los medicamentos, las radiografías y los guardapolvos blancos, lo que relamente estimula su recuperación es el trato digno y respetuoso.

Con el correr de los años, los guardacárceles han aprendido que un ambiente sano p uede tener efectos positivos en el cumplimiento de los pacientes con el tratamiento, así como en los resultados.

“El objetivo principal del Ministerio de Justicia es curar a estos pacientes. Hacemos todo lo posible por ofrecerles tratamiento médico y buenas condiciones de vida, a fin de que puedan reinsertarse en la sociedad en buen estado de salud, sin infectar a otras personas. Deseamos que se conviertan en ciudadanos que puedan contribuir a la sociedad " , explica uno de los guardias.

En el ITE, las celdas y las salas comunes son limpias y luminosas, y se permite a los familiares traer alimentos para sus seres queridos detenidos. Hasta hay una biblioteca, donde los libros están cuidadosamente divididos en secciones destinadas a lectores muy contagiosos y menos contagiosos. Las cabinas telefónicas están marcadas como positivas y negativas, a fin de indicar qué teléfonos pueden utilizar los detenidos infectados o no infectados para llamar a sus familiares.

En el interior de este establecimiento, la vida gira básicamente en torno de la tuberculosis, y eso es precisamente lo que necesitan los detenidos como Salman e Ilham, que comparten una habitación en la sala destinada a enfermos altamente contagiosos, aislada de los otros sectores de la prisión. 

“Me siento mucho, mucho mejor. Aquí, recibimos todo lo que necesitamos. Hay comida, calefacción y baños limpios. Puedo ducharme cada vez que quiero. Es un lugar tranquilo y cómodo”, dice Salman.

Salman e Ilham pasan los días jugando al backgammon, cuidando sus plantas, mirando televisión, lavando la ropa y haciendo cola para tomar sus medicamentos, bajo la atenta mirada de un médico del establecimiento.

Salman tiene tuberculosis desde hace más de seis años. Ya ha sido tratado dos veces para curarlo de la tuberculosis sensible a los fármacos, y ahora está en tratamiento para la tubercul osis multidrogorresistente, conocida como MDR. La medicación puede causar severos efectos secundarios, como fallas hepáticas y náusea aguda. Los pacientes deben hacer el tratamiento durante unos dos años. Puede llevar más de dos meses determinar la combinación de fármacos exacta para cada persona.

“Cada uno sabe lo que le pasa al otro. Eso ayuda mucho, porque nos alentamos mutuamente " , dice Salman, refiriéndose a su compañero de habitación.

  La cabaña de los hermanos Nobel  

A poca distancia del bien equipado hospital penitenciario, no lejos del Mar Caspio, se encuentra la cabaña de veraneo de los hermanos Nobel, que, allá por 1870, se hicieron ricos con la explotación del petróleo.

Hoy, la cabaña es el hogar de unos " hermanos " muy diferentes, Iramal e Ilgar, que se conocieron cuando se encontraban detenidos en el centro de tratamiento de tuberculosis y que, al igual que Salman e Ilham, han forjado un vínculo sólido. Fueron transferidos a este dispensario tras su liberación, en 2009. Es el único establecimiento médico del país que acepta tratar a ex detenidos.

“Los enfermos reciben tres comidas diarias y los médicos los controlan sistemáticamente. El personal médico se asegura de que tomen todos sus medicamentos con regularidad”, dice Ismayilov Habil, director del establecimiento. “El mes pasado, murieron tres pacientes. No tenían familiares, de modo que pagué su entierro de mi bolsillo. Mi filosofía es que todos merecen ser tratados con humanidad. Por eso, hago lo que puedo por ellos”. 

El CICR proporciona alimentos y artículos de higiene para los ex detenidos, y recolecta muestras de sangre y esputo para realizar los análisis periódicos. La Institución también proporciona, a título de incentivo, una pequeña suma de dinero a las enfermeras, que son respon sables de la supervisión directa del tratamiento de los pacientes.

Sin duda, los hermanos Nobel apenas podrían reconocer su casa de campo si la vieran hoy. En cada habitación, duermen cinco o seis pacientes demacrados. Mientras esperan curarse, es poco lo que tienen para hacer; duermen la siesta en sus catres metálicos y miran una incesante sucesión de imágenes borrosas en un pequeño televisor blanco y negro. Ilgar e Iramal ya no están tras las rejas pero, de muchas formas, son prisioneros de su enfermedad.

Ilgar, preso reiteradas veces por delitos relacionados con drogas, sospecha que contrajo la tuberculosis durante su primera pena de prisión, en 2001. Recientemente, cumplió otra sentencia por consumo de drogas, esta vez de 18 meses, y ahora no tiene adónde ir.

“Estoy solo en el mundo y no tengo hogar”, dice con voz queda y jadeante. “No sé qué haría si no existiese este lugar. Nadie me visita jamás, pero por suerte, tengo a Iramal. Hemos pasado días muy difíciles, juntos en la cárcel. Nunca olvidaremos esos días y seremos amigos para toda la vida”.

  Futuro incierto  

Por desgracia, para Iramal el futuro es muy incierto. Tiene 28 años, y hace más de dos años y medio que toma medicación para la tuberculosis MDR. Ha intentado curarse con otros tratamientos, pero existe la posibilidad de que no llegue a los 30 años con vida.

Fue sentenciado a prisión por vandalismo y ahora afronta una virtual pena de muerte, a causa de la tuberculosis.

“Dejé de beber y de consumir drogas, y empecé a rezar”, dice Iramal. “No he visto a mis familiares desde que salí de la cárcel, porque prefiero que no corran el peligro de infectarse. Todo lo que quiero es curarme y empezar una nueva vida”.

Al salir al aire libre, Iramal e Ilgar escon den las manos dentro de las mangas. Los dos " hermanos " cruzan los brazos sobre el pecho y bajan la cabeza contra el viento frío y salado.

Nadie puede predecir cómo terminará el proceso de su tratamiento, ni si vivirán para seguir siendo amigos; pero Iramal e Ilgar son, al menos por ahora, símbolos vivientes y poderosos de la urgente necesidad de impedir que la tuberculosis siga destruyendo vidas, tanto dentro como fuera de las cárceles.