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Colombia: los médicos en la selva

08-10-2010 Artículo, Semana, Colombia, por José Alejandro Castaño

Una misión humanitaria escoltada por el CICR intenta mitigar el aislamiento en el que viven colonos e indígenas en Colombia. Crónica de una jornada de asistencia médica en la profunda periferia del departamento de Arauca. *

     
©León Darío Peláez / Semana 
   
Con el apoyo del CICR, Marciano de la Hoz improvisa un consultorio odontológico en medio de la selva.  
               
©León Darío Peláez / Semana 
   
Miembros del CICR acompañan las visitas de las misiones médicas, restringidas por la guerrilla. Aquí, a orillas del río Ele.  
               
©León Darío Peláez / Semana 
   
En un día, la misión médica de la alcaldía de Arauca atiende 60 personas y vacuna más de 20 niños que, a pesar de vivir en uno de los departamentos más ricos en recursos naturales, viven en medio de la marginalidad.  
               

  Por José Alejandro Castaño*
 

David, un pequeño niño del pueblo makaguaje, aprieta los puños y pega los talones a la camilla de lona cuando Marciano de la Hoz desgaja de la encía la quinta muela que le saca esta mañana. Todo ocurre debajo de un árbol, en las selvas de la Orinoquia, en límites con Venezuela, en medio del intenso revoloteo de insectos en el aire y de las lagartijas que lamen el suelo de tierra humedecida. Vaya consultorio para un odontólogo.

 
El viaje desde Arauca dura diez horas, primero en carro hasta Bocas, un caserío a orillas del río Ele. Después en canoa hasta un cruce de canales en algún lugar sobre la copa de los árboles, que en esta época del año se inundan y permiten un prodigio: las anguilas eléctricas se ocultan en los huecos de los troncos sumergidos, los mismos nidos donde las guacamayas empollan a sus crías cuando arrecia el verano y las aguas bajan.

La misión médica es responsabilidad de la Alcaldía de Arauca, obligada a ofrecerles atención humanitaria a las familias desperdigadas en esta zona ubicada en el corazón del conflicto armado, una espesura de sabanas, selvas y pie de montes de la cordillera Oriental. Protegidos de la lluvia con batas impermeables vienen dos médicos, un odontólogo, un enfermero, cuatro auxiliares y un regente de farmacia. Los acompañan tres delegadas del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) para garantizar que los grupos guerrilleros respeten su tránsito y permitan la atención de las familias de colonos, unas 50, y también del pueblo makaguaje, 460 indígenas de la etnia hitnú, cuyo territorio son los bosques vírgenes de cedros amargos, de samanes, de tolúa s, de palmas de vino y de dragos, un árbol cuya savia es roja como la sangre y salpica a quien lo tala.
 
A veces la corriente chapotea al paso de la canoa. Son peces, dice Adalberto Ballesteros, a quien todos llaman " Parientico " , el lanchero más curtido de estos ríos. Pero la agitación de la corriente también puede ser un caimán, advierte el hombre, o una tonina, delfín de agua dulce, que de todos los animales es el más inaudito en estos parajes remotos.
 
Alberto Vescance, regente de farmacia, dispone sobre una mesa el surtido de medicinas para los pacientes. Algunos, advertidos de la visita de la misión, vienen caminando por entre el monte desde hace dos días. Los indígenas hitnú no hablan español, solo unos pocos, y se tocan los lugares del cuerpo donde se sienten enfermos. Los médicos se las ingenian para entender el lenguaje de las señas. “No se les pueden dar medicinas para que se lleven porque se las toman todas de una vez”, advierte Leydi Meléndez, mientras pone su estetoscopio sobre el pecho de una mujer embarazada.
 

Cuando las madres indígenas dan a luz queman el ombligo de sus hijos con un tizón encendido, después entierran la placenta y todo lo demás para evitar que los perros hambrientos se lo coman. Si eso pasa, creen los hitnu, el recién nacido siente las dentelladas y muere. Los médicos, sorprendidos, descubren que la mujer embarazada está a punto del parto. Y hay una complicación: el bebé está al revés, casi atravesado. Si quieren salvarles la vida a ambos, deben hacer una cesárea de inmediato, pero es imposible aquí, sin recursos y en medio del calor y la humedad de la selva. Deciden mandarla hasta el hospital de Arauca, tantas horas aguas abajo. ¿Resistirá?
 
Cuatro narices
 
 
A mediodía, en un claro de la manigua donde la misión ha improvisado una suerte de centro de salud, los colonos y los indígenas se aprietan bajo la sombra de dos chozas con techo de palma. El odontólogo Marciano sigue sacando muelas, las que no logra soldar con pegante. En otras circunstancias, muchos dientes podrían salvarse, pero la próxima visita tal vez ocurra en cinco o seis meses y el dolor insoportable de la gente con caries no da tanta espera. En total, ese día reciben atención 63 personas y 23 niños son vacunados contra difteria, tétanos, tosferina, hepatitis, meningitis, fiebre amarilla, sarampión, rubeola y poliomielitis.
 
Aunque intenta mitigar el dolor de las inyecciones con dulces, Marco Tulio Vargas es el otro hombre más temido de la misión médica. A veces, cuando regresa para poner las segundas dosis, algunos de los niños ya han muerto desnutridos, o ahogados, o mordidos por una cuatro narices, la serpiente más temida de estas lejuras, capaz de fulminar a un jaguar, a un chigüiro o a cualquier animal que sea tan infeliz de pisarla.
 
Temerosos de que detrás de la misión médica aparezca el Ejército, los grupos guerrilleros restringen las visitas periódicas del vacunador. En otras oportunidades, Marco Tulio ha tenido que devolverse con su nevera de dosis preservadas en hielo después de horas de caminar inútilmente en la manigua. Hoy, por suerte, el CICR está aquí para asegurarse de que eso no suceda, y la alegría del hombre es el llanto de los niños tristes.
 
Al final, una tonina
 
 
Las noches en las selvas del Arauca suceden bajo una lluvia de sonidos, de chicharras, de aves nocturnas, de murciélagos, de fieras a lo lejos, de arbustos que se mueven de pronto. En el agua siempre parece ocurrir algo y el reflejo largo de la luna se deshace en un chapoteo repentino. El silencio es la suma de todos los ruidos aquí, entonces se da inicio a un ritual muy antiguo: los hombres cuentan sus historias antes de irse a dormir.
 
“Lo mejor del Llano es todo esto: la selva tan pegada al río, después la planicie. Uno tiene dónde poner los ojos”, dice Amílcar Tovar, el otro lanchero que viene con la misión. Él cuenta que la carne del jaguar “sabe tiesa” y es oscura, como si no le pudieran quitar la rabia por más que la embadurnen con aliños. “Yo comí una noche y dormí maluco, con miedo en el estómago”.
 
La mejor carne se supone que es la del venado, y también la del chigüiro, pero nadie en el Llano parece rehusarse a un plato de armadillo, a una sopa de tortuga, a un guisado de cola de babilla. Aun hoy, pagados por los mafiosos, los cazadores se meten al monte a sacar fortunas en pumas y panteras, en nutrias gigantes, en osos de anteojos, en guaguas, en aves con el arco iris pintado al reverso de las plumas. ¿A quién le importa?
 
Arauca se llama así por el arauco, un pájaro de cresta alta y una garra en los codos de las alas. Este territorio de 24.000 kilómetros cuadrados todavía es reserva ecológica mundial, pero no por cuenta de una política de Estado. Lo que pasa, explica Parientico, es que aunque esta tierra esté sembrada de coca y amapola, de oleoductos y gasoductos, la selva y la planicie siguen vivas. Y a veces cobran los abusos. Un domingo, cuenta el hombre, enterraron a un vecino, pero solo la pierna izquierda, que fue lo único que encontraron flotando en el río. Y otra vez una manada de cajuches, cerdos salvajes, casi se comen a un viejo y a la nieta. Y otra vez unos gringos que iban caño arriba tomando fotos y recogiendo muestras de tierra antes de decidir dónde clavar un pozo petrolero, mataron a una cuatro narices que estaba llena de culebritas vivas. “Este es el paraíso de Dios y él brega a preservarlo”, dice Parientico.
 
Nadie sabe a ciencia cierta cuánto petróleo sorbieron las máquinas del subsuelo del Arauca durante la llamada bonanza petrolera que duró 20 años. Tampoco cuánto dinero ganaron las multinacionales. Se sabe que fueron millones de millones. Pero esas ci fras difícilmente pueden adivinarse en las fachadas de la Alcaldía o de la Gobernación, manchadas de goteras, con plantas que crecen en las grietas altas de los muros.

 
La reciente riqueza que pasó por aquí de mano en mano tampoco se adivina en las calles de la capital, sucias de basuras y llenas de huecos, ni en los postes del alumbrado, algunos sin bombillos e inclinados sobre las paredes como vencidos por el abandono. ¿A dónde se fue tanta riqueza?

 
En Romanos y La Conquista, ambas veredas al borde del río Ele, se pudren dos centros de salud devorados por las raíces de los árboles. Uno de ellos está dotado con camillas y muebles, y aunque cueste creerlo, también tiene un consultorio odontológico en el que hay una silla, una lámpara e instrumental quirúrgico. Los miembros de la misión médica se toman la cabeza ante la certeza de tal desperdicio de recursos.
 
De estar funcionando ambos centros de salud, habría un 95 por ciento menos de muertos. Eso cree Juan Pablo Pineda, el otro médico a bordo de la canoa. Cinco días después de navegar por caños y esteros, el número de pacientes atendidos suma 417, una cifra, celebran todos, que justifica el esfuerzo, las picaduras de los zancudos y la falta de pago que ya llega al cuarto mes.
 
Las noticias siguen siendo alegres: la indígena mandada de urgencia aguas abajo el otro día alcanzó a llegar con vida, nadie se explica cómo, y dio a luz a dos bebés, niño y niña. “La terquedad de la vida”, dice Parientico, antes de ponerse a cantar, e insiste en que ojalá la realidad de Arauca fuera siempre esa postal dulce.
 
En el malecón, debajo de un cartel donde un político ahora convertido en gobernante promete lo mismo que todos, tres niñas hitnú aspiran pegante, igual que lo hacen otros niños en cualquier acera de Medellín, de Bogotá, de Barranquilla o de Cali. Y lo mismo que en esas ciudades, por un billete de 10.000 pesos, cualquiera puede comp rarlas un rato. Mientras tanto, el agua sigue su curso. A veces pasa que entre los remolinos del río, bajo la luz anaranjada de la tarde, alguien avista la piel azul de una tonina. Y mientras tanto, los médicos se devuelven.

  * Este artículo forma parte de una serie de producciones especiales realizadas por la revista   Semana   en colaboración con el CICR, y fue publicado en la edición del sábado 25 de septiembre de 2010.  

 

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