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Testimonios: las voces de las víctimas

11-04-2011 Reportaje

Estos testimonios, extraídos del Informe 2010 Colombia, ilustran el sufrimiento de las víctimas del conflictos armado en Colombia.

     
©CICR / Y. Castiblanco 
   
José Abel perdió una pierna a raíz de la explosión de una mina antipersonal. 
               
©CICR / P. Jecquier 
   
Daniel quedó cuadripléjico cuando era bebé, debido a una meningitis desatendida. 
               
©Revista Semana / L.D. Peláez 
   
Paula fue violada junto a su madre, a raíz de lo cual enfermó gravemente. 
               
©CICR / C. von Toggenburg 
   
Jhon Jairo está detenido y ha perdido el contacto con su familia, ya que no tiene acceso a un teléfono. 
               
©CICR / E. Tovar 
   
Jorge fue atacado y quedó incapacitado para trabajar; ahora recibe ayuda del CICR para rehabilitarse y comenzar una nueva vida. 
               
©CICR / Y. Castiblanco 
   
Carmen no ha sabido nada de su esposo y su hermano desde hace ocho años. 
           

  “Hoy tengo fuerza para vivir”  

“Hace nueve años pisé una mina antipersonal en la finca de mis suegros. La explosión me levantó y caí de espaldas. Se me llenaron los ojos de tierra y cuando traté de pararme no pude porque mi pierna estaba mutilada. Me llevaron al hospital en donde estuve 15 días. Los médicos me evaluaron y el CICR me dio una prótesis especial para poder conducir mi camioneta y ganarme la vida transportando niños hacia el colegio donde estudian, en unas veredas del Putumayo.

Ahora me siento bien porque he salido adelante con la ayuda de mi esposa y mis cinco hijos. ¡Yo sabía que iba a volver a caminar porque nunca me he dejado agobiar por las dificultades! He recibido del CICR dos reposiciones de prótesis que son las mejores para mi trabajo como conductor. Ojalá me sigan ayudando y visitando porque eso me ha dado fuerza para vivir y para valorarme más como persona. ¡Si no fuera por eso, andaría en muletas!”

  José Abel  

     

     

***

     

  “Esta silla nos ayudará a moverlo mejor”  

Daniel tiene 10 años y vive en la vereda de Peñas Rojas, municipio de Solano, orillas del río Caguán. Cuando era bebé sufrió una meningitis desatendida que lo dejó cuadripléjico. Este es el testimonio de su papá, cuando Daniel recibe una nueva silla de ruedas para reemplazar a una vieja silla de plástico en la que se movía.

“Daniel sufre de nervios. Tiene cicatrices en la cabeza porque se ha caído varias veces. Pero ahora está feliz por esta silla especial que le trajo el CICR. Poco a poco se va ir adaptando. Es muy distinta a todo. Yo le hice una silla con llantas y correas cuando era bien pequeño, luego no cupo ahí y tocó montarle una ‘rimax’ y tenerlo fijo con cinturones. Muy distinto a esta silla que ahora estrena y que nos ayudará a moverlo mejor”.

  Daniel Castilla  

     

     

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  “No fui capaz de volver al colegio”  

“Uno violó a mi mamá y dos a mí. Estaba oscuro y llovía duro, con truenos y rayos. Se fueron a la media hora. Después me enfermé, me daba fiebre, me sentía débil, con mareos y vómitos. Después de esto no fui capaz de volver al colegio y con mi mamá decidimos no denunciar pues nos dijeron: ‘si abren la boca se las cerramos’”.

  Paula , nombre cambiado para proteger la identidad de la entrevistada.

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  “Desde mi captura no he vuelto a saber de mi esposa”  

“No tener libertad es horroroso. Desde mi captura no he vuelto a saber de mi esposa. Tengo dos niños con ella y no hemos podido comunicarnos porque acá hay teléfonos fijos pero están dañados. He recibido cartas de mis familiares en las que me dicen que están reuniendo plata para conseguir lo de los pasajes y venir a verme, pero no es fácil.

Sin embargo, las visitas del CICR para mí son muy importantes porque siento que no estoy totalmente olvidado, que hay alguien que me tiene en cuenta. Eso me da moral y fuerza para seguir adelante porque aunque yo no pueda hacer nada hay alguien que lo puede hacer. Al menos el CICR sabe qué está pasando conmigo acá y cómo me están tratando”.

  Jhon Jairo , nombre cambiado para proteger la identidad del entrevistado.

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  "Espero poder trabajar de nuevo"  

“Yo trabajaba en un carro de perros calientes en la parte urbana de un municipio del Urabá antioqueño. Tiempo antes de lo sucedido venían cobrando ‘vacunas’. Primero 20 mil pesos semanales y así, sucesivamente, la tarifa subió hasta que me cobraban 150 mil. Me iba muy bien en mi negocio; me hacía como 200 mil pesos por noche y por eso empecé a pagarles, para que me dejaran trabajar, pero

luego cuando subió tanto ya no podía.

Hubo un día en que me cansé de trabajar pa’ ellos y cuando fueron por la plata les dije que no les daba más. Y me dijeron: ‘no hay problema’, pero ¡qué va! Cuando iba en mi bicicleta para la casa me salieron tres hombres armados. Me pegaron cinco tiros. Las balas en la cabeza me dañaron dos glándulas y quedé sin poder tragar. Tuve un derrame cerebral y estuve en coma cuatro días y un mes en cuidados intensivos. Me alimentaron por sondas y es muy difícil para mí tragar todavía. Pasé de pesar 65 kilos a 49. Mi primer acercamiento al CICR fue para apoyo en las terapias físicas y de rehabilitación. Aparte del ataque, nosotros también tuvimos que huir del pueblo. Sacamos lo fácil de traer, la ropa, y nos escondimos con mucho miedo, esperando que absolutamente nadie llamara. Ahora ya llevo seis meses en Medellín, he recibido asistencia del CICR, pero sigo con miedo de que estos hombres me encuentren. Yo por allá no vuelvo. Lo que espero es recuperarme en la totalidad y volver a trabajar de nuevo acá en la ciudad”.

  Jorge , nombre cambiado para proteger la identidad del entrevistado.

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  "Sigo esperando que lleguen algún día"  

“Hace ocho años se llevaron a mi esposo y a mi hermano menor. Los sacaron de la mina de sal donde trabajaban como jornaleros. Una semana después, mi marido regresó muy mal: había sido amarrado, torturado y martirizado.

Volvió con el cuerpo negro por los golpes que le dieron porque, según él, lo confundieron con un guerrillero. Al poco tiempo fue a trabajar estando enfermo y se lo llevaron otra vez. Desde entonces no sé nada ni de él ni de mi hermano.

El CICR me contactó para saber mi situación y gracias a Dios esto no se ha quedado así. Gracias al CICR he sentido que no estoy sola a pesar de vivir en un pueblo tan pequeño en Casanare. Esto es algo muy terrible. Cuando una persona muere uno le da sepelio y sabe que se fue, pero cuando una persona sale y no regresa uno espera que llegue algún día.

Por eso no le deseo a nadie esto. Fue en el 2003 pero es como si hubiera sido ayer”.

  Carmen , nombre cambiado para proteger la identidad de la entrevistada.