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República Democrática del Congo: ex niños soldados regresan a sus hogares

12-08-2010 Reportaje

Quince niños, que hasta hace muy poco eran soldados, son recibidos en Bukavu como paso previo al regreso a sus hogares. Es el final de una experiencia traumática marcada por combates, saqueos y violaciones. Informe de Marie-Servane Desjonquères, desde Kivu Sur.

 
©CICR/P. Yazdi 
   
En el patio de la Oficina de Voluntarios al Servicio de la Infancia y la Salud de Bukavu, los ex niños soldados bailan para celebrar su inminente regreso al hogar. 
           
©CICR/P. Yazdi 
   
Franck (17), sentado junto a Julien Kasongo, colaborador del CICR responsable de buscar a los padres de los niños: “Estaba cansado de ver cómo mataban a mi gente y saqueaban mi pueblo”. 
             
©CICR/P. Yazdi 
   
Un dormitorio en la BVES. Los ex niños soldados tienen que volver a empezar de cero, desde los conceptos más básicos de la vida en sociedad. 
           

Permanecen silenciosos, sentados en círculo, pero hay excitación en el aire. El CICR está en camino, y eso seguramente significa buenas noticias. Murhabazi Namegabe, director de la Oficina de Voluntarios al Servicio de la Infancia y la Salud de Bukavu (BVES, por sus siglas en inglés), presenta a los visitantes. Inmediatamente, los niños se ponen de pie y aplauden. Julien Kasongo conoce bien la BVES, y es el encargado de localizar a los padres de los niños. " Hemos venido para anunciar que los quince niños de Hombo que han recibido mensajes de sus familias regresan hoy a sus hogares " dice sonriente, entre exclamaciones de alegría.. " ¡Silencio! ¡silencio! " , pide el director. De pronto, emergen panderetas de la nada y las chancletas de goma marcan con su redoble una alegre cadencia. Los niños comienzan a cantar.

Otros niños, sentados en unos bancos, los observan en silencio; a ellos aún no les ha llegado su turno. Sin embargo, luego de un momento, la música los inspira, y sus hombros comienzan a moverse y acompañan el ritmo de las panderetas con sus manos. Pronto, todos los allí reunidos, incluso el equipo del CICR y el director de la BVES, se mueven al son de la música.

  Obligados a matar  

Más tarde, hablo con Emmanuel, uno de los niños que hoy regresan a sus hogares. Sentado en la oficina del director, sus ojos rebosan felicidad: " Si la alegría pudiera matar, ya estaría muerto " . Tiene 15 años, y está algo intimidado por los muzungus, estos blancos que quieren entrevistarlo. " Un día , mientras volvía de la escuela, unos hombres con armas me atraparon. Me llevaron al bosque y me enseñaron a disparar. Allí había muchos niños como yo, y nos obligaron a robar, a matar, y a violar a mujeres. Tenían marihuana y alcohol, pero yo no quería consumir y no me obligaron " .

 Emmanuel tenía 13 años cuando lo reclutaron. Luego de dos violentos años en el bosque, su grupo rebelde se incorporó al ejército congoleño y él quedó en libertad. Con la ayuda del UNICEF, la misión de la ONU en el Congo y la BVES de Bukavu, Emmanuel y otros niños fueron trasladados a Bukavu. Allí, les quitaron las armas y se les entregó ropa de civil junto con un paquete de bienvenida que les permitió asearse y usar ropa limpia. Setenta niños de todo el país de entre 8 y 17 años se están preparando para retomar una vida normal con la ayuda de la educación o con el aprendizaje de un oficio.

  Una pesadilla recurrente  

Con 17 años, y oriundo del territorio de Masisi, al norte de Goma, Faustin tiene largas pestañas y luce un esmalte naranja en las uñas de las manos y azul en las de los pies. " Quiero estar lindo, como una niña " , declara entre risas. Debajo de su camiseta azul sin mangas llena de agujeros, tiene el cuerpo musculoso de un atleta, resultado de las pesadas cargas que tuvo que transportar desde los 8 años. Faustin fue secuestrado cuando los rebeldes saquearon su aldea, y durante nueve años luchó en tres grupos rebeldes distintos hasta su desmovilización, hace unos meses. " Cuando estaba de guardia durante la noche, a veces me quedaba dormido, y tenía siempre la misma pesadilla: balas zumbando y silbando a mí alrededor, cientos de balas. Y ahí estaba yo, solo, con mi rifle " . Un día, a Faustin lo hirió una bala de verdad que le atravesó la pierna. Hoy, desea convertirse en un hombre de gran carácter, como su tío al que tanto admira, quien lo ha ayudado y pr otegido. " Les diré a los niños que quieren luchar en los enfrentamientos que eso no es bueno " .

Cuando tenía 10 años, Franck se unió a un grupo armado por su propia voluntad. " Quería luchar contra el enemigo " , explica. " Estaba cansado de ver cómo mataban a mi gente y saqueaban mi pueblo " . Por su corta edad, su tarea consistía en llevar el " grigri " , el amuleto del grupo, y otros objetos a los que se atribuían poderes mágicos que resguardarían a los combatientes. Los miembros mayores del grupo creían que su corta edad, su " pureza " , los protegería.

Hoy, transformado en un joven alto y delgado de 17 años, Franck retuerce sus manos y habla con dificultad mientras relata sus recuerdos, a veces confusos. " En ese momento, no pensaba las cosas, era sencillamente incapaz de sentir. Era demasiado pequeño " .

     

  Cómo volver a aprender el arte de vivir en sociedad  

A los 12 años, Franck recibió un arma y comenzó a participar en los enfrentamientos. Con el paso de los años, las victorias y las derrotas, cambió de bando. Incluso fue desmovilizado, pero abandonó el centro de recepción adonde lo habían llevado. " Les dije que no me trajeran de vuelta, que saldría y salvaría al país " . En 2008, cuando el grupo al que pertenecía se incorporó al ejército congoleño, lo desmovilizaron otra vez. Pero no pudo volver a su zona natal, asolada por las hostilidades. Desde entonces, aprende con paciencia el oficio de soldador.

Franck no nos contó sobre la adicción a las drogas de la que ha logrado librarse recientemente. " Los niños que recibimos suelen ser muy salvajes " , cuenta el director. " Creen en la violencia, el tribalismo y la ideología. Cuando acuden a nosotros, a veces ni siqu iera visten harapos, como si fuesen recién nacidos. Tienen que volver a empezar de cero, desde los conceptos más básicos de la vida en sociedad " . En ocasiones, agrega el director, estallan peleas entre miembros desmovilizados de grupos rivales. El desafío es ayudarlos a reconstruir su identidad. " Mi mayor miedo es que, una vez de regreso en su hogar, los grupos vuelvan a reclutarlos o que decidan volver al bosque por iniciativa propia " .

Al salir de la oficina del director, se nos acerca un joven alto: " Los otros regresan a sus hogares, pero ¿qué hay de nosotros, los niños de Kalehe? ¿Por qué nos odian? " . La delegada de búsquedas Manuela Schild le responde de modo tranquilizador: " Sabes que nos hemos comunicado con tus padres. Falta poco para que tú también regreses a tu hogar. No te preocupes " .