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Gaza-Jordania: madre e hija se reúnen tras diez años de dolor

26-05-2010 Reportaje

En el marco de sus constantes esfuerzos por restablecer el contacto entre familiares separados a raíz de conflictos armados, el CICR ha llevado a una anciana de Gaza a vivir con su hija en Amman, Jordania, tras diez años de separación.

     
©CICR/A.Muhanna 
   
Personal del CICR verifica los documentos de viaje de Hajjeh Moazzaz antes de salir de Gaza. 
               
©CICR/A.Muhanna 
   
El corredor que conduce al puesto de Erez, en la frontera entre Gaza e Israel. 
               
©CICR/R.Afani 
   
El reencuentro entre Sabah y su madre, tras diez años de separación. 
           

Miraba a través de la ventana, mientras respiraba con tranquilidad y sonreía para sí. El sol brillaba en Gaza cuando Hajjeh Moazzaz Aldabba terminó de guardar sus pertenencias en una pequeña maleta. Esa mañana, la incertidumbre y la angustia que la habían perseguido durante años se desvanecieron en un instante cuando Nimah, su sobrina, le dijo: “Tía, acaban de llegar los delegados de la Cruz Roja; te están esperando en el auto. Están listos para llevarte a Amman a ver a Sabah ahora mismo”.

La vida no había sido nada fácil para Hajjeh Moazzaz en los últimos años. Sabah, su única hija, era una adolescente cuando abandonó la casa materna en Gaza y se mudó con el padre a Amman, donde se casó a los 18 años.

Al principio, Hajjeh Moazzaz veía a su hija todos los años. A veces, ella viajaba a Amman y otras, su hija la visitaba en Gaza. Pero, en 2000, con el comienzo de la segunda Intifada, las autoridades israelíes impusieron restricciones a las visitas.

     

  Deterioro de la salud  

La salud de Hajjeh Moazzaz, que tiene más de 80 años, se había deteriorado mucho y ya no podía vivir sola. Un año después de que se mudara con su hermano Ali, él falleció. Durante los últimos diez años, el único contacto entre madre e hija se produjo a través de llamadas telefónicas. La anciana afirma: “Mi salud empeoraba. Quería pasar los últimos años de mi vida rodeada de mis nietos. No podría morir en paz estando lejos de ellos y de mi querida hija”.

Tras varios intentos infructuosos por conseguir un permiso para que su madre sal iera de Gaza, finalmente, en febrero de 2010,  Sabah se puso en contacto con el CICR en Amman y solicitó que la ayudara a reunirse con su madre lo antes posible.

El CICR se ocupó de solicitar los permisos correspondientes ante las autoridades palestinas, israelíes y jordanas y de coordinar el viaje de Hajjeh Moazzaz. “Los ancianos y los niños tienen prioridad para el CICR, que hace todo lo que está a su alcance para reunir a las personas separadas a raíz de un conflicto”, explica Veronika Hinz Gugliuzza, coordinadora de búsquedas del CICR en Jerusalén.

     

  Un viaje riesgoso  

En el auto del CICR, Hajjeh Moazzaz soportó estoicamente el largo viaje, de un día de duración, en medio de la difícil realidad política y la inseguridad de la región. Primero, la anciana tuvo que cruzar de Gaza a Israel por el puesto fronterizo de Erez, donde un colaborador del CICR en el terreno debió llevarla en silla de ruedas a lo largo de un corredor de seguridad de 1,5 kilómetros de largo. En el puesto de control israelí, Hajjeh Moazzaz debió someterse a un cacheo.

A continuación, volvió a subir a un auto del CICR que la llevaría a Jericó para completar los trámites administrativos requeridos por Palestina e Israel antes de dirigirse al puente Rey Hussein (antiguamente conocido como puente de Allenby), que une a Cisjordania con Jordania. Según Anne-Sophie Bonnet, la delegada del CICR que acompañó a Hajjeh Moazzaz en esta épica travesía, la anciana no podía ocultar su asombro ante todo lo que veía en el camino.

Andando sobre el puente Rey Hussein, antes de reencontrarse con su hija, Hajjeh Moazzaz se arregló delicadamente el pañuelo que le cubría la cabeza y, con una mirada alegre, comentó con voz suave: “He soñado con este momento cada minuto de los últimos diez años de mi vida”.

  Emotivo reencuentro  

Después de cruzar el puente, Hajjeh se sentía débil y cansada. Le temblaban las manos. Trataba de descubrir a su hija entre la multitud y, de pronto, la vio corriendo ansiosamente hacia el auto del CICR. Sabah tomó la mano de su madre y la besó. “Sentí algo en el estómago en el instante en que vi el auto cruzando el puente. Estaba ansiosa por abrazarla”, dijo, con los ojos llenos de lágrimas.

Cuando las dos mujeres llegaron a la casa de Sabah, los nietos y bisnietos de Hajjeh Moazzaz  la estaban esperando. Se habían puesto sus mejores ropas para celebrar el acontecimiento.

“Tengo diez hijos y cuatro nietos”, explica Sabah. “Mi madre sólo había visto a cinco de mis hijos y no conocía a ninguno de mis nietos. Tuve que esperar diez años para volver a abrazarla. Es muy importante para mí tener a mi madre conmigo. ¡De ahora en más, no me separaré de ella ni un minuto! "