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Uganda: semillas de esperanza

14-04-2010 Reportaje

Tras el acuerdo de cese del fuego firmado en agosto de 2006 entre el Ejército de Resistencia del Señor y las tropas gubernamentales en el norte de Uganda, un creciente número de personas desplazadas están regresando a sus hogares. La delegada del CICR Fabienne Garaud describe la experiencia de una mujer que está iniciando una nueva vida.

 
       
©ICRC/F. Garaud 
   
Janet, en la dura tarea de limpiar su parcela de tierra. 
               
©ICRC/P. Yazdi/ug-e-00269 
   
Aldea de Apyeta, distrito de Kitgum. Los habitantes de esta aldea, que tuvieron que desplazarse, ahora están iniciando una nueva vida gracias a un programa agrícola de dinero por trabajo que conduce el CICR. 
               
©ICRC/F. Garaud 
   
Janet y seis de sus ocho hijos frente a su nueva casa, acompañados por un colaborador del CICR. 
           
   

Muchos habitantes del norte de Uganda han soñado durante largo tiempo con el día en que finalmente podrían regresar a sus hogares, lugares míticos donde crecieron sus ancestros y donde los acholi (grupo étnico de los distritos de Amuru, Gulu, Kitgum y Pader, del norte de Uganda) han pasado la prueba del tiempo, generación tras generación.

A Janet Limpe, de 37 años, y su familia, los peligros del reciente conflicto armado los forzaron a vivir en un campamento de refugiados durante nueve años. Construyeron su primera vivienda en un lugar enorme llamado el “campamento madre”. Después de pasar seis meses allí, se mudaron a un campamento transitorio más pequeño, cercano al hogar donde pasaron otros tres años.

  Lo único que quedó en la aldea es una piedra sagrada  

     

Al mejorar las condiciones de seguridad, la familia pudo dejar el campamento transitorio en marzo de 2008 y regresar a su aldea al este de Ajok, cerca de Omee, en el distrito de Amuru. La aldea había sido abandonada años antes, y sólo quedaba una sola huella: una roca chata yaciendo en medio del campo. Esa roca fue utilizada durante generaciones para moler el mijo y los cacahuetes y transformarlos en una pasta. Janet dice que esa piedra probablemente esté ahí desde el siglo XIX. Nadie nunca se ha atrevido a mover la roca por respeto a los antepasados.

  Ya no viven en campamentos para desplazados, pero queda un desafío pendiente: la naturaleza  

El movimiento de retorno que ahora está produciéndose en el norte de Uganda plantea muchos desafíos a quienes antes tuvieron que desplazarse. Durante los nueve años que Janet y su familia vivieron en campamentos, recibieron ayuda humanitaria. Ahora su lucha es con la naturaleza, que se ha apoderado de su aldea. Se han quedado sin su instrumento de trabajo: deben limpiar y después arar su parcela de tierra fértil. El hijo mayo de Janet, de 18 años, no puede ir la escuela este año por falta de dinero; se dedicará entonces a ayudar a la familia a limpiar la tierra. Deben plantar habas, cacahuetes, maíz, arroz, mijo y sésamo antes de que comience la estación de lluvias, que por lo general se extiende de marzo a mayo.

  Semillas, herramientas y volver a empezar  

Algo incómoda y tímida, mirando hacia abajo, Janet revuelve la rica tierra negra con los dedos de los pies dañados por largas y duras caminatas. Dice que en la región de Acholi, donde vive, es bastante fácil conseguir alimentos en los mercados locales. El problema es que su familia no tiene dinero para comprar nada. Por ello, en marzo de 2009, Janet recibió semillas del CICR para plantar dos hectáreas, que deberían ser suficientes para cubrir la mitad de las necesidades alimentarias de su familia.

La familia de Janet es una de las más de 1.800 familias vulnerables que pudieron conseguir las semillas de su elección y las herramientas necesarias en los mercados locales gracias al CICR. Janet prefiere este nuevo proceso de compra, ya que el año anterior no pudo elegir las semillas que recibió.

  Toda la familia manos a la obra  

Dado que la familia de Janet no puede pagar por que la ayuden con las tareas de limpieza y arado de la tierra, todos los miembros de la famil ia deben colaborar, cada uno con una azada. Los ocho niños, el menor de los cuales apenas acaba de cumplir tres años, aprenden rápidamente la tarea. En el camino que conduce al terreno, hay surcos de diez centímetros de profundidad donde cavan pozos a intervalos regulares con las azadas. Janet explica que los niños lo hicieron para proteger las tierras sembradas con cacahuetes; los surcos actúan como pequeñas trampas para los merodeadores nocturnos...

De pronto, el cielo se vuelve amenazante. Debemos regresar por entre las altas hierbas, antes de que se desate la tormenta. Janet dice, con un tono muy seguro, que planea conservar una parte de la cosecha para aumentar el número de semillas para la próxima estación; de ese modo podrá comprar herramientas y otras semillas.

Es muy satisfactorio ver la savana nuevamente habitada por las familias que regresan. La esperanza ha vuelto a las personas que perdieron años de sus vidas sobreviviendo en los campamentos. Los toukouls , las tradicionales viviendas redondas de Acholi, construidas con tierra seca y techos de paja, se propagan por todos lados, y se puede ver cada vez más ganado pastando en las tierras. Acholi está finalmente respirando de nuevo, y la vida va mejorando día a día.