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La historia de Olja: un marido desaparecido, una vida truncada y ninguna salida

29-02-2008 Reportaje

Diez años de conflictos armados en los Balcanes causaron la desaparición de miles de personas en los años 1990. Ésta es la historia de una mujer que sufrió la desaparición de su esposo y la angustia de esperar en vano, y del apoyo que le permitió superar ese duro trance.

     
© Nick Danziger / nb pictures for ICRC 
   
Olja junto a la tumba de su esposo. 
               
© Nick Danziger / nb pictures for ICRC 
   
El diario de Olja, que comenzó cuando desapareció su esposo y terminó cuando pudo sepultarlo. 
               
© Nick Danziger / nb pictures for ICRC 
   
Olja sale de la oficina. 
           

Mi esposo, Rade Budimir, de Pristina, subdirector de una conocida agencia de viajes, fue secuestrado el 2 de agosto de 1999, en Pristina; nunca sabré cómo ni por qué. Probablemente, fue asesinado de inmediato. Si la eternidad existe, él sabe cuánto lo extraño.

Huí de Kosovo con un solo bolso en el automóvil. No tenía trabajo, vivienda ni dinero para comprar comida. Lo único que tenía era la carga de un marido desaparecido, una vida truncada y ninguna salida.

  La unión hace la fuerza  

     

Cuando llegué a Belgrado, leí en los periódicos que había otras personas en la misma situación que yo. Intenté ponerme en contacto con algunas de ellas, para compartir experiencias y asegurarme de que no estuviera omitiendo nada que pudiera hacer para averiguar el paradero de mi marido. Me enteré de que el CICR organizaba una reunión de los familiares de personas dadas por desaparecidas. Estuve en la reunión, parada en un rincón, llorando sin cesar detrás de mis anteojos oscuros. Había muchas personas como yo, todas preocupadas, angustiadas y desvalidas; pero, al menos, alguien nos escuchaba. El CICR sugirió unir fuerzas y crear una asociación que realmente tuviese un impacto, y aceptamos la idea de inmediato.

 
"Estaba perdida. Sentía que no tenía ni cuerpo, ni alma ni sentimientos..." 
 

Me di cuenta de que sólo podíamos progresar si nos organizábamos, entablando relaciones y presentando propuestas, y que nada podía hace r yo sola. El CICR pagaba los costos de la oficina de la asociación y daba cursos de computación a los miembros. Fui la primera en comenzar a trabajar. Dedicaba todo mi tiempo y energía a la asociación y durante tres años, ocupé el cargo de secretaria general. Era una ocupación terapéutica, que fue muy importante para mí. Si no hubiese estado ocupada, habría enloquecido. Además, gracias a mi trabajo, estaba al corriente de los acontecimientos, lo que me ayudó a adoptar un enfoque constructivo que me beneficiaba a mí y a los demás. 

  "Me ayudó el hecho de estar activa"  

     

La actividad y el trabajo intensivo me ayudaron a superar los momentos más difíciles. Eso es lo que le recomendaría hacer a cualquier persona que esté en esa situación. El trabajo trae beneficios económicos y seguridad. Todos nos sentimos más seguros y resueltos cuando no tenemos preocupaciones económicas. Reclamar el lugar de uno en la sociedad significa reincorporarse en las mismas condiciones que los demás.

El 14 de septiembre de 2002, me entregaron los restos mortales de mi esposo, que fueron encontrados tras una larga búsqueda. Se exhumaron los restos, se realizó una autopsia y se tomaron muestras de ADN, todo en mayo de ese mismo año. A finales de julio, una prueba confirmó la correspondencia entre las muestras y el ADN de mi esposo.

  Finaliza la larga espera, comienza un nuevo dolor  

     

Aunque el sepelio de mi esposo se realizó tres años después de su desaparición, sentí que había muerto ese mismo día. Durante los años de búsqueda, yo conservaba la esperanza de que estuviera con vida, de modo que el golpe fue muy duro, sobre todo por el dolor latente, acumulado a lo largo de los años. Estaba perdida y sentía que no tenía ni cuerpo, ni alma ni sentimientos... Ese estado, donde se suman la aceptación del hecho, la impotencia y el dolor, es indescriptible. Lo único que sentía era que estaba destrozada. Ni siquiera era consciente de mi propia existencia. El horror. Después, cuando terminó el sepelio, al que concurrieron miles de personas, me quedé sola en la recepción del hotel, sola con mi dolor y el silencio del hotel.

Cuando encontraron a Rade, me sentí aún más sola que antes y con mayor necesidad de apoyo. Mientras lo buscaba, todavía era su esposa. Cuando eso cambió, no encontraba apoyo en ningún lado, y sentía una enorme congoja. Pero, tenía que seguir adelante; quería hacerlo.

Me impulsaban la necesidad interior de seguir adelante, el amor y la sensación de vacío. Extrañamente, cuanto más desvalida me encontraba, tanto más crecía mi fuerza. Incluso cuando me iba a dormir desalentada, me levantaba, a veces sin haber dormido, con nuevas energías para seguir adelante.

  Nadie asume la responsabilidad  

     

No recibo ningún apoyo de otras organizaciones. No tengo derechos jurídicos que ejercer. Me veo obligada a considerar una pérdida anormal como una cosa normal, por la que nadie asume la responsabilidad. Es muy triste. No me gusta perder tiempo pensando en las decepciones; no estoy decepcionada. Estoy triste porque lo que me pasó es muy doloroso, pero hay que afrontar los acontecimientos. No puedo decir que esté decepcionada con la gente. Todos hemos pasado por experiencias muy duras en estos años, y ya tenemos bastante. Algunas personas atravesaron pruebas incluso más dolorosas.

Últimamente, mi mayor alegría es que puedo ir con frecuencia a las mont añas. Me siento cerca de la naturaleza y de la gente, y eso significa que he vuelto a vivir. Es difícil ser mujer y sufrir la desaparición de un ser querido. Yo soy una de esas mujeres, y he conocido a muchas otras que han pasado por las mismas circunstancias.

  Las personas fuertes sufren más  

     

Creo que las personas que parecen fuertes, en realidad sufren más que las que se permiten ser débiles. A las personas fuertes no se les ofrece ayuda. Todos creen que la gente fuerte se puede arreglar sola, pero realmente no es así. Preferiría no ser fuerte, sino estar protegida, en el término medio, que me rodeasen y me consintiesen. Pero no he tenido esa suerte. No me queda sino seguir el camino de mi vida y no acobardarme ante los obstáculos. Mi vida es sólo mía. Soy la única responsable de mi vida.