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Uruguay: un ex preso habla de su cautiverio y de las visitas de la Cruz Roja

30-11-2009 Entrevista

El poeta y dramaturgo uruguayo Mauricio Rosencof fue encarcelado de 1973 a 1985 en relación con su militancia en el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros. Rosencof evoca sus 13 años de aislamiento y lo que significó para él las visitas del CICR durante su cautiverio.

     
    pdf     Extracto de "Memorias del Calabozo"     , de Mauricio Rosencof y Eleuterio Fernández Huidobro  (18 Kb)    
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©CICR/D. Baumann 
   
Mauricio Rosencof. 
               
©CICR/D. Baumann 
   
Mauricio Rosencof delante del Museo Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja en Ginebra. 
       

       
 
   
El reencuentro de Mauricio Rosencof con su hija tras la liberación. 
       

    Lea también la entrevista a un delegado del CICR que visitó a Mauricio Rosencof cuando estuvo detenido en Uruguay.    

  Usted dijo en un momento que la tortura física no es nada, comparada con el aislamiento prolongado…  

Son dos instancias distintas. Lo que tenía el interrogatorio - la picana eléctrica, el " submarino " , la golpiza - es que en algún momento paraba porque el cuerpo no daba más.

El aislamiento es un tipo de tortura de otro nivel. A nosotros, los dirigentes de la organización, nos separaron por todo el país. El general que hizo ese operativo de aislamiento declaró públicamente: “Ya que no pudimos matarlos cuando cayeron, los vamos a volver locos. " De los nueve, uno murió en el calabozo y dos se trastornaron.

A mí me tocó con José Mújica, " el Pepe " , y con Fernández Huidobro, " el Ñato " , y recorrimos el Uruguay en un calabozo. Estuvimos mucho tiempo bajo tierra, en lugares donde, en el mejor de los casos, teníamos calabozos que tenían dos metros por uno. Solían no darnos agua, aprendimos a beber nuestras propias orinas. Solían no darnos de comer y comimos insectos… Nos llevaban al baño una vez por día. Entonces era un tormento porque si lo hacías dentro del calabozo eras castigado, entonces se nos trastocaban los órganos, la vejiga entraba funcionar en el cerebro, porque no pensabas en otra cosa. No veíamos un rostro humano, no vimos el sol, no nos vimos entre nosotros.

Todo eso creaba un estado de tensión muy grande, al punto de que empezamos a pensar la manera de comunicarnos. En el calabozo no había nada, había que sentarse en el piso, y con los brazos hacía atrás, reinventamos el código Morse. El día que c omenzamos a dialogar fue una Navidad. De repente siento que del otro lado del muro, el Ñato araña la pared, y yo me doy cuenta de que quiere comunicarse, yo me siento ahí y le devuelvo el arañazo, y él empieza a golpear   rítmicamente. Me mandaba una palabra que pensaba él relacionada con ese día, que si yo descifraba la primera letra iba a descifrar toda la clave. Y lo que me mandó fue: " En la vida, felicidad”.

Allí comenzamos a comunicarnos, y eso fue una gran ventana a la vida, porque nos contamos nuestra infancia, nuestras novias, organizamos revoluciones, todo durante años; le conté novelas que había escrito en la cabeza, poemas…

  ¿De dónde sacó usted la fuerza para sobrevivir bajo tales condiciones durante tanto tiempo?  

     

Yo creo que todos los seres humanos en situaciones impensadas se prenden a la vida como la   hiedra al muro. Cualquiera en una situación así hubiera resistido, porque tenía padre, porque tenía hijo, porque quería el futuro.

Iba a visitarme mi hija de 7 años. Mi hija estaba en terapia y una de las cosas que le decía al terapeuta es: “Papá no tiene manos”, porque nos esposaban abajo de la mesa y no me veía las manos. No podía llevarle un dibujo, no podía llevarle una manualidad, no podía llevar nada. Pero en el calabozo, la pared estaba descascarada, y yo rescaté de allí una piedrita muy blanca. Cuando me esposaron, la guardé en la mano, y cuando llegué a la visita, le muestro al oficial si le podía entregarle a mi hija esta piedrita. Él miró la piedrita con asco, la tomó entre sus dedos, y se la dio a mi hija.

Le dije a Alejandra: “¿Te acuerdas de la historia de Pulgarcito? Pulgarcito, la primera vez q ue se internó en el bosque, arrojó miguitas de pan, pero se las comieron los pájaros, y no pudo encontrar el camino de regreso a casa. La segunda vez tuvo más cuidado, y regó el sendero con piedritas, y así pudo volver a la cocina del pan humeante. Casi todas estas piedritas se han perdido, sólo se conservan tres: dos que están en el castillo de los cuentos de Perrault, y la que tienes en tus manos es la tercera, que hoy no te puedo explicar cómo llegó a mis manos, y ahora está en las tuyas. "  A partir de entonces, mi hija dormía con la piedrita bajo la almohada, y a los que preguntaban decía: " Es para que mi papá encuentre el camino de regreso a casa. "

  ¿Cómo vivó usted vivió las visitas de la Cruz Roja?  

Los rehenes teníamos prohibidas las visitas de la Cruz Roja. Sabíamos que la Cruz Roja había ido al penal de Libertad y al penal de Punta de Rieles, donde estaban las mujeres, y seguramente que el papel que cumplieron allí fue muy importante. Nosotros notábamos que alguien se estaba preocupando por nosotros, porque nos endurecían las condiciones de prisión. Nos dejaban por ejemplo de plantón toda la noche para que la Cruz Roja supiera por intermedio de la familia que si reclamaba mejores condiciones para nosotros, las consecuencias iban a ser que éstas empeorarían.

En una oportunidad, hubo una visita de la Cruz Roja en el cuartel de Caballería 8 en Melo, porque había transcendido que estábamos muy enfermos. Ese día notamos algo extrañísimo, porque nos hicieron salir de la celda, abrieron la ventana, entró el sol, trajeron una mesa, una silla. Yo me sentaba de un lado, de otro. Hacía diez años que no me sentaba en una silla.

Nos bañaron, nos afeitaron, nos llevaron a un lugar a donde nunca nos habían llevado, que eran las oficinas. Al llegar a una puerta nos sacaron las esposas y la capucha, y el capitán nos dijo: " Acá adentro está la Cruz Roja. Ustedes no pueden acercarse a más de 20 metros, ni pueden decir una sola palabra, porque de lo contrario, ya saben lo que les espera " . Entramos, nos miraron los de la Cruz Roja, estaban rodeados de los oficiales mayores del cuartel. El comandante del cuartel preguntó mi nombre, yo respondí mi nombre. Luego me preguntó si me encontraba bien, y yo le respondí que sí, y me retiraron. Se fue la Cruz Roja; sacaron la mesa, sacaron   las sillas, y la vida continuó igual.

La segunda visita fue al Penal de Libertad, en el 1984. Allí conocí a Hernán Reyes. Le conté lo que estoy contando ahora, sin dramatismo, con humor. El humor es una herramienta de supervivencia y de vida formidable.

  ¿Qué les diría a los delegados de hoy en día que visitan prisioneros en 80 países?
 

Hay una psicología del preso, hay una psicología del torturador, hay una psicología del custodio, y es muy importante tener conocimiento de cómo funciona la cabeza de ellos para poder intervenir mejor en lo que intervienen, que ya lo que están haciendo es muchísimo.

Cuando hablan con los presos, que tengan en cuenta que puede haber micrófonos, que tengan mucho cuidado con eso, porque después de que la Cruz Roja se va, los torturadores, los dueños de la prisión, quedan, entonces uno paga las consecuencias. Que la Cruz Roja saque a los presos al patio y hable con ellos allá. Que los delegados no hablen con un preso al que designó la autoridad de la cárcel, que lo elijan ellos. Que hablen con la familia del preso. Lo importante es proteger al preso y además el anonimato de las declaraciones que hará.

  ¿Para usted cuál fue la acción más positiva de la Cruz Roja?  

     

Lo que significa la Cruz Roja para el preso no está escrito, es una esperanza, es una ilusión, siempre algo se logra. Haber logrado que la Cruz Roja nos haya visto, que se supiera y que, de alguna manera, esto significara una protección. No una mejoría de reclusión, pero sí una protección de vida por el sólo hecho de habernos visto y haber dado testimonio que estábamos vivos. Eso yo diría que fue lo más importante de la visita de la Cruz Roja.