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Reflexiones sobre una acción de difusión en Burundi

31-07-1997 Artículo, Revista Internacional de la Cruz Roja, por Édith Baeriswyl y Alain Aeschlimann

  Declaración en favor de normas de conducta humanitaria: un mínimo de humanidad en situaciones de violencia interna 


  Todo en la guerra se opone a la idea de humanidad, todo exige que se la salvaguarde.  Atender a esa exigencia es la razón de ser y la función de las normas del derecho de la guerra. 
Olivier Russbach [1 ]   

Texto dedicado a la memoria de Benoît y Stanislas, colaboradores de difusión en Burundi  


l proyecto de difusión que se propone para examen en este artículo se inició a finales de 1993, cuando se desencadenaron en Burundi las llamadas violencias interétnicas, tras la tentativa de golpe de Estado de octubre de 1993 y el asesinato del presidente Ndadaye y de varias altas personalidades del país. Ante la gravedad de las destrucciones materiales y humanas (generalmente se reconoce que hubo varias decenas de miles de muertos durante las primeras semanas) y ante la crueldad de los actos perpetrados, los delegados del CICR se mostraron primeramente reticentes a la idea de emprender una acción específica de difusión. Así pues, en un primer momento, se limitaron a una «demostraci ón concreta» del gesto humanitario y a la utilización de mensajes radiodifundidos cuya prioridad era informar para facilitar el trabajo operacional.

Por supuesto, los interrogantes y la sensación de impotencia de los delegados frente a un contexto desconocido y a manifestaciones de violencia extrema, en total contradicción con el derecho internacional humanitario, no eran nuevos para el CICR. Sin embargo, se expresaban con particular vehemencia debido a la atrocidad de los actos de violencia (ninguna racionalidad podría admitir la matanza o la mutilación de niños de corta edad), y al hecho de que eran perpetrados, muchas veces, con armas blancas que requerían cierta proximidad a la víctima, demostrando hasta dónde podía llegar la voluntad individual en juego.

   Las guerras que nos rodean y se ciernen en el horizonte ya no son el resultado de la estrategia ni de la ideología, sino de las vísceras. Ya no son una opción política, sino una necesidad orgánica.  

 P. Delmas

El objetivo de este análisis es exponer una tentativa de acción y no erigirla como modelo para eventualmente reproducirlo. Se trata de una contribución a una reflexión más general sobre las posibilidades y las limitaciones de las actividades del CICR que no son directamente operacionales, o sea, las que consisten en promover prescripciones de conducta destinadas a limitar ciertas consecuencias de la violencia y de los conflictos consideradas inaceptables por la comunidad de los Estados signatarios y por las Partes en los tratados del derecho humanitario. Se trata, pues, de sobreponerse a entusiasmos ingenuos o a actitudes tajantes de rechazo en relación con ese tipo de medidas, para interrogarse sobre ciertas características propias a esa tentativa, remitiéndose a de terminados elementos clave del proyecto (véanse puntos 1 y 2), y examinar, después, algunas de las opciones tomadas (punto 3), a fin de poder hacer finalmente un análisis más conceptual (punto 4).

  1. Génesis y fundamentos del proyecto  

     

  Octubre de 1993. El desencadenamiento de la violencia que se abate sobre Burundi sorprende tanto a la comunidad internacional y a los organismos humanitarios como a los propios burundianos.

  Noviembre-diciembre de 1993. A fin de tener la debida perspectiva para planificar una acción de difusión de envergadura, los delegados del CICR enviados sobre el terreno deciden transmitir sus interrogantes a los burundianos y organizan:

  • una jornada de reflexión con unos 20 intelectuales locales sobre el tema «Las tradiciones humanitarias burundianas, sus mutaciones y los modos de difusión idóneos en este contexto», y
  • un encuentro con unos 15 oficiales del ejército, la mayor parte de los cuales conoce de cerca las actividades del CICR y el derecho internacional humanitario.

En esas dos reuniones hubo cierta resistencia de los interlocutores a la idea de una acción de difusión basada exclusivamente en las normas y los principios del derecho internacional humanitario o en códigos de conducta como el que propuso Hans-Peter Gasser [2 ] o el grupo internacional de expertos reunido en Turk u el año 1991 («Declaración de Turku») [3 ] . El grupo de personas civiles que participó en la jornada se mostró escéptico debido a la incapacidad del Estado de Burundi para impedir las matanzas y la violencia, a pesar de que hay instrumentos oficiales de índole preventiva (una Constitución en la que están integrados los derechos humanos y una «Carta de la Unidad» aprobada oficialmente en 1993 por más del 90 por ciento de la población). Los representantes militares insistieron, por su parte, en el hecho de que los actos de violencia habían sido perpetrados e instigados tanto por miembros del cuerpo político y militar como por habitantes de los poblados. Por consiguiente, abogaban por una acción global y no centrada en las fuerzas armadas, a fin de evitar un sentimiento de delación.

  Enero de 1994. Para tratar, a pesar de todo, de intervenir en la espiral de violencia y de acusaciones recíprocas que se estaba instaurando, e instados por algunos interlocutores motivados, los delegados del CICR decidieron ahondar en las enseñanzas de esas dos reuniones, en particular a nivel de las tradiciones locales. Comenzó entonces una fase de investigaciones (lecturas, entrevistas), con objeto de encontrar los mensajes y los medios idóneos para una acción de difusión centrada en las formas de conducta.

De esta primera investigación se infirieron dos premisas. Por una parte, el fuerte sentimiento de la unicidad y del particularismo de la desgracia que manifestaban los burundianos y que los llevaba a rechazar, casi a priori , las soluciones «importadas» o estereotipadas. Por otra parte, una especie de ósmosis entre la figura de la víctima y la del agresor: cada uno presentaba justificantes y explicaciones para sus actos y los del otro —la convicción profunda de que estaba en juego la supervivencia—, que sólo dejaban un estrecho margen para una actitud de compasión co ncreta hacia el otro. Esta situación estaba muy influida por la gran confusión que entonces reinaba por lo que respecta a la reconstrucción del aparato político, que ocupaba la mente de todos y relegaba a menudo muy lejos la preocupación puramente humanitaria. En esa situación, el CICR estableció una prioridad y un deber fundamental: proponer de sustituir la figura del chivo expiatorio por la de la víctima, sin tener en cuenta las dimensiones política y étnica, y brindar ayuda.

  Febrero de 1994. La tentativa de interesar a un grupo de burundianos (en particular por medio de la Cruz Roja de Burundi) para que trazaran ellos mismos un proyecto tuvo que abandonarse rápidamente. Los interlocutores invocaron el temor de defender un proyecto decididamente apolítico y «moderado» sin que contara con legitimidad ética del exterior. La convicción de los burundianos de que eran muy pocas las posibilidades de llegar a las altas autoridades, sin el apoyo de una personalidad o de una institución de renombre internacional, indujo al CICR a comprometerse, en su propio nombre, a buscar personas dispuestas a dedicar tiempo para la elaboración de un texto. Veinte personas, elegidas por su compromiso personal con una causa social o humanitaria no politizada, aceptaron finalmente el desafío propuesto.

  20 de marzo-25 de julio. Una vez formado el grupo iniciador, se pudo definir el concepto de una acción en 14 sesiones plenarias y unas 20 reuniones de subgrupos y elaborar un texto y diversos vectores. Los acontecimientos de Ruanda y el espectro de una evolución semejante en Burundi instaron a los miembros del grupo a intensificar y a acelerar sus trabajos.

  25-28 de julio. El lanzamiento del proyecto se efectuó por medio de un Foro organizado en Bujumbura, al que se invitó a 13 grupos integrados por 25-100 personas. Participaron representantes de los medios económicos, políticos, docentes, religiosos, diplomáticos, militares, gubernamentales, parlamentarios, de la policía, de organizaciones no gubernamentales, de los jóvenes, de los ancianos, así como representantes administrativos de las provincias y de los barrios de la capital.

  2. Descripción del proyecto  

     

   Para que el mal se concrete, no basta la acción de algunos, es necesario, además, que la gran  mayoría permanezca indiferente; de esto, todos somos capaces. T. Todorov

La finalidad del proyecto era llegar a toda la sociedad: por una parte, para que recobrase la esperanza de una posibilidad de cohesión en el marco del objetivo humanitario y, por otra parte, para afirmar la neutralidad de la gestión. En un contexto complejo, en el que la separación entre víctima y verdugo era poca, por razón del miedo y del odio que podían adueñarse de cada uno, por turno, sobre la base de hechos reales presentes o históricos o de rumores a veces hábilmente manipulados, esa no distinción a priori de los diferentes públicos habría de garantizar una mejor aceptación del CICR y de quienes deberían posteriormente tomar el relevo encargándose de difundir el texto. Partiendo de la idea de que «(...) nada favorece mejor el espíritu de comprensión que la reflexión obsesiva sobre nuestros propios crímenes» [4 ] , la elaboración del texto y de los vectores se basó en una perspectiva de realismo local, mediante el efecto espejo, con el que se pretendía suscitar reacciones positivas ante las consecuencias que habían acarreado efectivam ente en Burundi las formas de conducta que negaban toda dignidad.

El proyecto se articulaba en cuatro etapas:

  • elaboración de un texto de referencia: «Declaración en favor de normas de conducta humanitaria: un mínimo de humanidad en situaciones de violencia interna» («Declaración» — véase texto adjunto); lanzamiento oficial del proyecto en un Foro de presentación y debates; actividades de difusión y educación con el apoyo de un folleto, una canción, una película y una obra de teatro, así como de programas escolares; oficialización de la Declaración .

  Elaboración de la «Declaración en favor de normas de conducta humanitaria: un mínimo de humanidad en situaciones de violencia interna»  

     

  "Cuando en una sociedad no se imponen por igual a todos ni Dios, ni el hecho de ser, ni un sentido de la historia, ni siquiera tal o cual valor, sólo queda el consenso como única forma posible de existencia para personas que viven juntas descentradas y creyéndose aún libres". J. Houssaye

El grupo iniciador se concertó acerca de la necesidad de elaborar primeramente un texto, como medio para relacionar los particularismos sociales, culturales y de conflicto (aporte de los burundianos) a las normas jurídicas, en particular a las prescripciones del derecho internacional humanitario (aporte del CICR y de un joven jurista miembro del grupo, así como de un profesor burundiano de derecho internacional consultado como experto).

Esta operación de transposición de normas, en particular las que figuran en los convenios del derecho humanitario, y de búsqueda de normas humanitarias consensuales permitió comprender mejor los mecanismos subyacentes que desencadenan ciertas formas de conducta en una situación de violencia, y evitar, al mismo tiempo, que el CICR fuese considerado como «esa organización extranjera que tiene grandes ojos pero que nada ve» [5 ] .

El título «Declaración» quería indicar la voluntad de iniciar una movilización humanitaria y una apropiación del texto por parte de los burundianos, que, en este caso, deberían llevarse a cabo gradualmente a partir del Foro de lanzamiento (véase más adelante).

En el texto consta una formulación pragmática de la conducta observable más bien que teórica y universal; se evita el tono moralizador, demasiado próximo al mundo de la religión. Esta opción por el realismo indujo también a dar a la Declaración una forma de interpelación colectiva (el «nosotros»). En la Declaración se prescriben o se prohíben normas para todos: soldados, miembros de la oposición, padres de familia, mujer, anciano, estudiante, escolar, o sea, para todos los burundianos o habitantes de Burundi, incluidos los autores del texto y los futuros propagadores.

La Declaración incluye tres partes: introducción, conclusiones y normas de conducta propiamente dichas, numeradas y enunciadas en forma de exhortación.

  a) Introducción y conclusiones  

Tienen como objetivo plantear la necesidad de que cada persona se implique en el proyecto debido a la gravedad de la situación (principio de responsabilidad individual y colectiva); en la introducción se insiste en la catástrofe humana que se está viviendo, y en la conclusión se pone de relieve la esperanza de un futuro mejor.

b) Normas de conducta  

Están divididas en cuatro capítulos:

     

  Respetemos y protejamos a las personas y su dignidad  

El texto comienza remitiéndose al principio general que es la base misma de la Declaración y que, paradójicamente, es el único concepto verdaderamente abstracto. «Tratemos a todas las personas con humanidad y respetemos su dignidad en toda circunstancia». A continuación, se enumeran en siete puntos las prohibiciones de venganza, tortura y otros malos tratos, incluidas las manifestaciones de odio gratuitas, la profanación de cadáveres, y se enuncia el deber de asistencia humanitaria a los heridos y a las personas víctimas de ataques. Por otra parte, se menciona la justicia como la instancia de recurso que debe sustituir a los hábitos de venganza.

  Protejamos, en particular, a ciertas categorías de personas  

Esta protección especial concierne a la población civil, definida como las personas que no están implicadas directamente en los enfrentamientos, incluidos los extranjeros y los refugiados, las categorías vulnerables (enfermos, niños y ancianos), el personal médico y los «socorristas». A la luz de los acontecimientos de Ruanda (donde, incluso en los peores momentos de los acontecimientos de abril a julio de 1994, continuaron las actividades de la delegación y de un hospital en Kigali), se incluyó una mención especial del emblema de la Cruz Roja.

     

  Respetemos los bienes materiales comunes y privados  

Se hace una distinción entre los bienes comunes indispensables para la comunidad (hospitales, lugares sagrados, monumentos, escuelas) y los bienes privados (casas, cultivos, bienes indispensables para la supervivencia de la población civil) y se afirma, en cada caso, su protección absoluta.

     

  Sólo utilicemos la fuerza con moderación  

Este capítulo de la Declaración, que corresponde a las normas del derecho internacional humanitario relativas a la conducción de las hostilidades o al uso de la fuerza en una operación de mantenimiento del orden, planteó problemas particulares. No se quería jugar la carta del pacifismo (por ser irrealista y porque podía ser equiparada al discurso religioso entonces desacreditado a los ojos de muchos); tampoco se podía recurrir a la distinción entre combatiente y no combatiente ni hablar de objetivo militar (el texto debía dirigirse a todos, no solamente a los grupos armados organizados). Así pues, el discurso tuvo que centrarse en una gradación en torno a la idea de legítima defensa, con inclusión de los principios de proporcionalidad y de prohibición de los males superfluos. La primera norma de este capítulo invita a la reflexión previa («interroguemos a nuestra conciencia, a nuestra familia, a los sabios»), antes de decidir el uso de la violencia. Esta exhortación estaba destinada a contrarrestar la norma 4 a la que obligatoriamente debía preceder: «No matemos nunca a una persona o a un grupo de personas indefensas ni a quienes se rindan», y que suscitó debates en el grupo, por razón del riesgo de interpretación a contrario (entonces, matemos a los otros).

  Foro de lanzamiento  

La idea de ciertos miembros del grupo de que los dirigentes políticos y militares asumieran oficialmente, desde el comienzo, la responsabilidad de la Declaración - por ejemplo, mediante un acto público en el que suscribirían su adhesión-fue rechazada por los que temían que sólo se tratase de un ejercicio artificial. Y esto, por razón, en particular, de la inestabilidad de las instituciones estatales establecidas provisionalmente. Además, la idea básica de un texto aceptable para todos, independientemente del lugar que una persona ocupara en la sociedad, sólo podría realizarse, en ese período de la historia del país, por medio de un grupo de personas civiles políticamente anónimo.

En cambio, parecían necesarios desde el comienzo, la «adhesión moral» y el apoyo de todos los dirigentes gubernamentales y militares, así como de personalidades de la sociedad civil, para garantizar, progresivamente, un discurso común. Esta opción conformó la estructura que finalmente se adoptó para el Foro de lanzamiento del proyecto.

Como complemento del texto de la Declaración , se produjeron dos vectores especiales para ese Foro:

  • una película, concebida como una oposición entre las imágenes, que representaban las consecuencias de la violencia, observadas sobre el terreno en noviembre de 1993, a las palabras que presentaban poco a poco las normas de conducta que se ha de seguir para evitar esos excesos. Con esta película se pretendía suscitar, desde el comienzo, un choque emocional en los dirigentes de los diferentes grupos invitados al Foro de lanzamiento;
  • una canción, creada por artistas locales. Se trata de una adaptación libre del texto de las normas con una música que combina lo tradicional y lo moderno. Estaba destinada, sobre t odo, a los jóvenes y fue difundida durante varios meses por radio, a veces, muy oportunamente, tras las informaciones acerca de nuevas explosiones de violencia. También sirvió para animar los lugares públicos como el mercado o el estadio de fútbol.

Por otra parte, la información de los medios de comunicación, en particular la información sobre las sesiones de lanzamiento y las entrevistas a los participantes en el Foro, sirvieron como primer signo de un compromiso no confidencial de los dirigentes, que podían demostrar, así, públicamente, su apoyo a la idea de un mínimo de humanidad. Se promovió la difusión del acontecimiento por los medios de información internacionales como apoyo del exterior a una actividad que iniciaba una acción positiva emprendida por los burundianos.

Cada una de las 13 sesiones del Foro tuvo lugar según el mismo esquema: explicación de los objetivos del proyecto por un miembro del grupo iniciador, presentación de la película seguida de un debate centrado en la crítica del texto y en las posibilidades de su difusión. Por último, se hacía un llamamiento a fin de estimular a los participantes a proponer proyectos para la difusión y la promoción de la Declaración en su ámbito de influencia.

Al margen del Foro, se había invitado a las organizaciones no gubernamentales nacionales y extranjeras a que expusieran sus actividades en carteles.

     

  Fase de difusión y educación  

Como los proyectos propuestos por los burundianos tardaban en concretarse, el grupo iniciador —que no quería perder las ventajas del Foro— decidió dedicarse a la producción de dos vectores más:

  • una ilustración de la Declaración , mediante dibujos realistas contextualizados, y
  • una obra de teatro según el espíritu de la Declaración , creada a finales de 1994 por autores locales; al adoptar el modo de expresión popular de las historias de la vida cotidiana, los autores se proponían mostrar lo absurdo de la conducta atrapada en una lógica de desmesura frente a las terribles consecuencias humanas que generaba; voces de humanidad representadas por niños, mujeres y un viejo sabio intentaban abrir un espacio para la reflexión en las distintas escenas; de finales de 1994 a mediados de 1995, más de 30.000 personas participaron directamente en una representación de la obra, que también fue difundida por televisión y radio en Burundi, así como por una radio humanitaria con sede en Zaire.

Por otra parte, la película, concebida al principio únicamente como producto de lanzamiento para el Foro, fue utilizada más ampliamente, los meses siguientes, porque se evidenció como un instrumento de diálogo que tenía sentido para otros públicos.

Se cursaron pedidos oficiales para que el proyecto pudiera llegar a las aulas. Tres grupos de enseñantes se dedicaron, de finales de 1994 a mediados de 1995, a elaborar módulos pedagógicos, respectivamente para la escuela primaria (en forma de actividades basadas en cuentos y testimonios), para los liceos (mediante debates-reflexiones sobre la película) y para la universidad (como parte de los cursos obligatorios de instrucción cívica, que incluían actividades sobre el derecho consuetudinario y el derecho internacional humanitario). Por último, algunos grupos de jóvenes se mostraron interesados en proseguir la difusión en su ámbito de influencia utilizando sus propias competencias.

La realización de algunos proyectos duró varios meses (reproducción del esquema de sesiones utilizado para el Foro en colegios y liceos, perió dico humanitario distribuido durante las campañas de difusión), mientras que otros nunca pudieron concretarse, por razón de falta de interés y de apoyo o de dificultades de desplazamiento debidas a la situación de inseguridad (en particular, los programas escolares).

  Fase de oficialización  

El proceso de toma de conciencia de los dirigentes había comenzado y, gracias a la obra de teatro y a la película, había comenzado también la promoción de la Declaración . Era necesario proseguir con la idea de buscar mecanismos de oficialización de la Declaración , y no contentarse con una difusión que sólo tenía como objetivo obtener adhesiones voluntarias. Se exploraron varias pistas, además de las entrevistas bilaterales con interlocutores gubernamentales. Destacamos, en particular:

  • búsqueda de apoyo a la Declaración por parte de la comunidad internacional
  • búsqueda de un mecanismo de aplicación de la Declaración a nivel nacional

  3. Principales características de la Declaración  

     

  La postura humanitaria  

El grupo iniciador impuso como regla básica para la elaboración del texto la determinación de un ámbito puramente humanitario, sin referencia alguna a las causas políticas, étnicas y sociales de la violencia. Esta postura no era fácil de mantener frente al discurso que predominaba, en particular el de ciertos medios de información que se referían más a los factores explicativos y a las razones políticas y sociales del conflicto que a la suerte que corrían las víctimas y a las consecuencias de la violencia para el futuro. A pesar de los inevitables momentos de desaliento por razón de la fragilidad de una intervención cuya finalidad no era abordar las causas del odio desde el punto de vista de los nacionales (por ejemplo, la impunidad y la distribución desigual del poder y de los recursos), prevaleció el postulado exclusivamente humanitario en el grupo iniciador.

Adoptar, comunicar y estimular esa postura humanitaria se evidenció como una necesidad para colocar de nuevo a las víctimas en el centro del discurso y de las preocupaciones. Era necesario darles una voz y una identidad, y rechazar la espiral homicida; era necesario exigir un cambio de conducta por parte de los que utilizaban la violencia ciega. Explicar ese cambio y contribuir a lograrlo permitiría demostrar también que, a falta de una paz duradera, y más allá de una supervivencia física inmediata, la tarea de modificar las formas de conducta violentas era posible, y ya había comenzado. Se trataba también de una dimensión importante de la dignidad: tanto la de las víctimas como la de la nación.

     

  Mantener el objetivo del espíritu del «derecho humanitario» más bien que el del espíritu de paz  

   El derecho es en su conjunto el reflejo de una sociedad y el proyecto de influir en esa sociedad, un dato de base de la organización social y un medio de encauzar la evolución de las relaciones entre los individuos y los grupos.  

L. Assier-Andrieu

El espíritu del derecho humanitario es apoyar la necesidad de establecer un marco de referencia comú n en el que se prescriban formas de conducta y estrategias que habrán de adoptarse en caso de recurso a la violencia; pero, al mismo tiempo, es admitir que ese recurso puede ser uno de los medios elegidos para resolver discrepancias de índole política y social. Este postulado pragmático y modesto planteó algunos interrogantes ante la aspiración legítima de que el conflicto cesase —y, por consiguiente, que se emprendiese una acción destinada a resolver el conflicto o a educar para la paz. Sin embargo, los rebrotes de violencia, aún muy frecuentes en 1994 y, sobre todo, la explosión súbita y devastadora del genocidio y del conflicto ruandés hicieron que se llegara a un cierto consenso en el grupo iniciador por lo que respecta a la prioridad del espíritu del derecho humanitario sobre el espíritu de paz. Esto explica la razón de que la Declaración haya quedado centrada en el mínimo que debía exigirse más bien que en el máximo deseable.

El espíritu del derecho humanitario es también rechazar la idea de que la conducta en situaciones de violencia sólo puede modificarse cuando se eliminan ciertas causas de esa violencia, lo que implica el rechazo de suavizar el carácter derogatorio del sentido de ciertas normas fundamentales que deben aplicarse. Por ejemplo, el no funcionamiento de la justicia no debe impedir que se abogue por la prohibición de la venganza popular.

  Referencia a las tradiciones humanitarias de los burundianos  

     

   Hoy, los principios que sirven como criterios son mucho más universales y consensuales, pero las situaciones son mucho más particulares y fragmentadas. — P. Hassner

La búsqueda de los rasgos tradicionales qu e correspondan a los principios fundamentales del derecho humanitario se proponía, ante todo, entender la conducta observada como accidental, y no como el resultado de una fatalidad.

     

   Muy a menudo no es tanto la calidad de la persona la que determina sus actos cuanto la situación en la  que se encuentra. — S. Milgram

     

   Esas tendencias inhibidas, ocultas, se expresan en circunstancias excepcionales, con motivo de accidentes, catástrofes, guerras, revoluciones. Pero esas particularidades ocultas no son solamente destructivas o negativas. En tales circunstancias se reavivan también potenciales actitudes de generosidad y de solidaridad . — E. Morin

Como todas las culturas del mundo, la tradición burundiana en materia de conducta, particularmente en fase de conflicto, está provista de normas explícitas e implícitas de regulación. Los vectores de esta tradición son esencialmente los proverbios y los dichos, aún muy utilizados en la lengua autóctona. A menudo, esas limitaciones de la violencia tienen ecos exactamente contrarios en otros proverbios (particularmente en cuanto a los motivos y a las formas de venganza). Esta característica, que de ninguna manera es inherente a esta región, refleja ciertamente una especie de reconocimiento de la existencia de la dualidad del bien y del mal, aunque podría también ser el reflejo del «principio de acumulación de las normas» en ciertas sociedades [6 ] .

Esta observación fue objeto de apasionados debates en el grupo iniciador y entre otras personas. Por último, s e utilizó en el texto final de la Declaración , incluyendo en su conclusión un proverbio «negativo» como contraejemplo, para no dar a entender que se creía ingenuamente en la absoluta bondad de las tradiciones y para destacar específicamente la prohibición de una costumbre de delación globalizante entonces muy arraigada. El dicho «si hay un culpable en la familia, toda la familia es culpable» ya no puede admitirse.

La referencia a las tradiciones es el objeto principal del capítulo de la Declaración sobre «el uso moderado de la violencia». En ese capítulo se invita a recurrir a la tradicional mediación de los sabios de las colinas para resolver los conflictos, institución formalmente abandonada desde la instauración de un Estado de derecho, pero que ha permanecido profundamente arraigada en la conciencia colectiva y es aún, a menudo, representada en los sainetes producidos por la radio o la televisión.

  4. Análisis crítico  

A mediados de 1995, por falta de tiempo y de medios, y por razón de una dramática intensificación de las tensiones, no pudo llevarse a cabo sobre el terreno una evaluación formal de los efectos de la Declaración . El examen de su pertinencia es, pues, forzosamente parcial. En general, el proyecto contaba con el interés y el apoyo casi unánimes de los burundianos y de los representantes de la comunidad internacional. Sin embargo, suscitó críticas entre quienes tenían como punto de referencia la prosecución, e incluso la amplificación, del conflicto. Ahora bien, aunque el proyecto se proponía mucho más que una simple recepción positiva, no tenía como objetivo directo, a corto plazo, provocar una interrupción de los excesos de la violencia, y menos aun de las hostilidades.

Concebido como apoyo para un período transitorio, el proyecto se situaba en la perspectiva de que los propios burundianos hicieran suya esa Declaración , tanto a nivel de su difusión como de su oficialización. Sin embargo, ocurrió que el «período transitorio» concluyó menos de un año después del lanzamiento del proyecto de Declaración , lo que no permitió emprender, de hecho, la fase educativa ni un proceso serio de oficialización Además, varios factores hicieron que progresivamente se agotaran tanto la voluntad como las posibilidades de explotar enteramente el concepto del proyecto: falta de personal expatriado especializado del CICR, dificultad que tenían los colaboradores nacionales y los burundianos, en general, para desplazarse sobre el terreno, reanudación violenta de las hostilidades a mediados de 1995 y, por último, reducción y suspensión de las actividades del CICR tras el asesinato de sus colaboradores. Estas observaciones plantean la problemática de las posibilidades y de los límites de cualquier acción en el ámbito de la difusión, cuando ésta se propone sobre todo influir en la conducta. Esto s límites están relacionados con el tiempo y el contenido del derecho internacional humanitario en los contextos en los que se produce una situación de violencia que no está cubierta por la definición de conflicto armado y en la que intervienen tanto grupos armados organizados como personas civiles sin mando jerárquico.

Por lo tanto, no corresponde en este documento juzgar el proyecto teniendo en cuenta la evolución del conflicto que no evidenció, en general, progresos importantes en el ámbito de la conducta, ni teniendo en cuenta el ataque contra los delegados del CICR, en junio de 1996, dado que se establecería una relación de causa a efecto reductora. Y sería igualmente equivocado hacer una generalización diciendo que, esencialmente gracias al proyecto de Declaración, el CICR pudo, a pesar de todo, desplegar actividades en Burundi hasta ese día trágico.

En cambio, sería útil tratar de examinar más a fondo las intenciones a corto, mediano y largo plazo a partir de este ejemplo concreto, a fin de que puedan servir para una reflexión más amplia.

  Influir en la conducta — un proceso progresivo  

Un proyecto como el de la acción de difusión en Burundi es un proyecto a largo plazo, sobre todo por el hecho de que no se pretendía imponerlo del exterior, sino suscitar una adhesión desde el interior, teniendo en cuenta la complejidad local: fragmentación extrema de las jerarquías militares, políticas y sociales, yuxtaposición de estructuras de pensamiento tradicionales y de esquemas occidentales, explosivo intrincamiento de las problemáticas políticas, sociales, económicas, etc. La opción adoptada apuntaba fundamentalmente al establecimiento de un diálogo sobre un referencial humanitario común mínimo, entre los burundianos, por una parte y, por otra parte, entre ellos y el CICR. Tras el período de lanzamiento del proyecto, la primera fase de difusión debía obtener la adhesión de la población a ese referencial que, a su vez, debía ceder el paso a una etapa más educativa de la que se encargarían los dirigentes autóctonos, para llegar, finalmente, a una etapa de oficialización más obligatoria.

  a) Instaurar un diálogo entre y con todos  

     

   Incluso cuando un pueblo está en guerra, es necesario hablarle y volver a hablarle. Hay que desactivar  la locura colectiva mediante la palabra, el mensaje. — Un participante en el Foro de lanzamiento

   

Instaurar un diálogo en una nación sumida en un horror que, en pocos días, había destruido las referencias con las cuales los individuos y los grupos habían contado hasta entonces (valores culturales y religiosos, costumbres y recientes promesas democráticas) no es tarea fácil. En ese contexto y en ese momento preciso de la historia, esa tarea parecía necesaria para tratar de dinamizar una «conversación nacional» que no fuera excluyente como la de la política, la del odio y la de la violencia radical. Así pues, la finalidad del proyecto era introducir algo que «se interpusiera entre los impulsos de los seres humanos y su realización» [7 ] y que pudiera llegar a ser «un operador de inteligibilidad [que favoreciera ] el acuerdo social que determina que lo que es tolerable en un momento dado (...) no lo es en otro» [8 ] .

Por otra parte, el diálogo también debía ayudar a forjar la imagen más transparente posible de la identidad del CICR al servicio de la acción humanitaria en Burundi. Ahora bien, esa imagen es siempre muy frágil en los contextos en los que se declara que la neutralidad y la imparcialidad son inadmisibles: el simple hecho de tomar partido por las víctimas se considera como un acto político, dado que víctima y enemigo están inextricablemente fusionados. La tentativa del proyecto de Declaración de volver a dar sentido a principios exclusivamente humanitarios arraigados en el contexto era portadora, por sí misma, de una imagen precisa de la Institución. Por otra parte, era una afirmación de la preocupación de ayudar no sólo a reparar materialmente los efectos de las destrucciones, sino también a regular ciertas formas de conducta teniendo en cuenta los particularismos locales. Se afirmaban, así, las nociones de humanidad, de neutralidad, de imparcialidad y de empatía por el sufrimiento, sin ser expresamente mencion adas.

Aunque se haya criticado, a veces, el texto en sí mismo tanto por su utopía como por su modestia, nunca fue cuestionado por ser parcial o ideológicamente tendencioso. Por otra parte, las preguntas que suscitaba el texto y sus representaciones cinematográfica o teatral, originaron, a menudo, un debate que iba más allá de la simple curiosidad y que evidenciaba que el objetivo de instaurar un diálogo, admitiendo que no fuera necesario, era al menos portador de sentido.

   El derecho existe en primer lugar al nombrar y al calificar, es el arte del lenguaje, es ante todo palabra.   — L. Assier-Andrieu

  b) Esforzarse por difundir las normas de conducta referenciales contenidas en el derecho humanitario  

Es sabido que una conducta pervertida no se cambia con un discurso, y que las más sólidas referencias morales pueden tambalearse, e incluso, según las circunstancias, se puede llegar a negarlas. El combate entre las pulsiones y la ley es tan viejo y universal como la sociedad humana, y ninguna receta ha logrado probar qué mecanismos pueden regular eficaz y radicalmente ese combate para que predomine la ley sobre las pulsiones. Sin embargo, nadie se atreve abiertamente a contentarse con esas comprobaciones y a decretar un «ya veremos» generalizado: la historia humana es la de una larga búsqueda de la sublimación y la superación de la ambivalencia del ser y de los grupos humanos.

   Y entonces se comprende que, precisamente a causa de la imprevisibilidad fundamental de la evolución de los conflictos, es obligatorio preservar, cualesquiera que sean las circunstancias, la posibilidad de una conducta racional (...) que permita que se puedan vislumbrar ciertas alternativas que podrán presentarse, o no, y en el marco de las cuales el actor podrá optar por una u otra manera de actuar; el  hecho de haber previsto ciertas opciones por adelantado puede contribuir, llegado el caso, al menos, a  que pueda orientarse hacia esas opciones en medio de la tormenta. - P. Hassner

El CICR participa en esa búsqueda, en un ámbito particularmente complejo, el del conflicto armado. La difusión y la enseñanza del derecho internacional humanitario y de los principios humanitarios, las campañas internacionales, las tentativas innovadoras de adaptación de los vectores utilizados, la participación en los procedimientos de «puesta en práctica a nivel nacional» forman parte de esa búsqueda. Esas actividades sólo pueden considerarse en esa perspectiva que es fundamental para quien se niega a aceptar el fatalismo unilateral de que «el hombre es un lobo para el hombre», aunque sea, lamentablemente, una realidad, como nos lo recuerda constantemente la actualidad cotidiana.

  De la adhesión voluntaria a una oficialización de normas obligatorias  

El texto de la Declaración, que es la base mínima de los deberes de cada persona en tiempo de conflicto o de violencia, está formulado de manera declarativa. El procedimiento adoptado apuntaba, en un principio, a la obtención de una adhesión voluntaria (fases 1 y 2 del esquema B), que, al final, debería transformarse en una obligación mediante su oficialización (fase 3 del esquema B); esta fase debería seguirse de acciones de promoción, apoyadas y llevadas a cabo por los dirigentes y los poderes oficiales (fase 4).

  De la fase de difusión a la fase oficial de educación — Dar a conocer el texto, suscitar un diálogo humanitario, generar una toma de conciencia en cuanto a las consecuencias de actos que violan la dignidad y a las ventajas personales y colectivas del respeto de las normas humanitarias es la tarea fundamental de la difusión. En un contexto como el de Burundi, la tarea de difusión sólo podía contar, en una primera fase, con una adhesión voluntaria, por lo que era necesario encontrar los argumentos y los mecanismos que suscitarían esa adhesión.

Esta fase comenzó con la semana de lanzamiento, seguida de la presentación de la película, de la obra de teatro y de diversas iniciativas a nivel de los medios de información, pero nunca pudo consolidarse realmente mediante un proceso más educativo, dado que la reanudación de los enfrentamientos retrasó considerablemente la elaboración de módulos destinados a los jóvenes estudiantes, e impidió una utilización verdaderamente didáctica de las representaciones teatrales por parte de los dirigentes locales. Estos acontecimientos aumentaron la «timidez» de los burundianos para tomar el relevo del grupo iniciador.

  Una oficialización constrictiva — La tentativa de oficializar la Declaración , mediante su incorporación en los textos oficiales, fue dejada de lado, y demasiado rápidamente abandonada. Ciertas personalidades locales de renombre utilizaron, a veces, la Declaración en sus discursos, y hubo intentos de crear un grupo interministerial de «puesta en práctica». Sin embargo, estas gestiones no contaron con suficiente apoyo, y se habrían requerido mayores esfuerzos para hacer posible la conceptualización y la puesta en práctica de la Declaración .

En el plan de acción, adoptado con ocasión de la Conferencia zonal sobre la asistencia a los refugiados, a los repatriados y a las personas desplazadas en la zona de los Grandes Lagos, organizada en Bujumbura por la Organización de la Unidad Africana y el ACNUR, en febrero de 1995, se recomienda específicamente que se difundan «tan ampliamente como sea posible (...) las normas de conducta humanitaria mínimas establecidas en Burundi con la ayuda del CICR». En diversas resoluciones del Consejo de Seguridad relativas a Ruanda se recuerda esta recomendación [9 ] .

Sin embargo, no hubo seguimiento específico alguno por lo que atañe al punto del plan de acción relativo a la Declaración . La Declaración llegó a ser progresivamente lo que precisamente no se quería que fuera: «un texto de salón», que, ciertamente, fue más allá de la simple etapa de publicidad, pero cuyas fases de apropiación, educación y oficialización quedaron pendientes, y siguen estándolo.

La evolución de la situación, caracterizada, desde mediados de 1995, por una radicalización progresiva, también impuso, inevitablemente, límites objetivos. La incertidumbre en cuanto a las instituciones estatales y la debilidad del aparato judicial no favorecían en absoluto la posibilidad de una oficialización de la Declaración , lo que no hace más que corroborar que «las instituciones y el derecho no crean la legitimidad política, sino que son el resultado de esa legitimidad» [10 ] . Ya no nos encontrábamos en una situación de postconflicto, sino más bien en una situación de intensificación radical de la tensión, que habría precisado medios de intervención mucho más importantes, vectores más adaptados, así como el apoyo concreto de la comunidad internacional y de los dirigentes locales.

A la luz de esta experiencia, la cuestión de la compartimentación y de la organización de las actividades de difusión y educación así como la relativa al espacio jurídico no son simples cuestiones de principio. Por el contrario, dependen de una coherencia que es mucho más necesario garanti zar cuando el contexto no corresponde —o aún no corresponde— a la definición de conflicto armado, y cuando las estructuras estatales y jurídicas están en decadencia. Se debería estudiar más a fondo esta cuestión, tanto más cuanto que no es seguro ni está comprobado que, en tales circunstancias, la existencia de una estructura de represión sea una condición sine qua non para inducir al respeto de las normas jurídicas. Por ejemplo, debería estudiarse la existencia de una fuerte tradición de impunidad (que cada uno denuncia en relación con el adversario... pero no necesariamente en relación consigo mismo) porque «nuestras formas occidentales y contemporáneas de concebir una relación de dependencia lógica entre el castigo y el buen funcionamiento del derecho no se aceptan universalmente», como dice D. de Béchillon. Este autor destaca, asimismo, que nada prueba que la promesa de represión sea disuasiva porque «no sabemos mucho acerca del orden de las causas reales de nuestros actos».

  5. Conclusión  

Más allá de su repercusión real o potencial, que sin duda nunca podrá medirse verdaderamente, el proyecto llevado a cabo en Burundi tiene el mérito de plantear cierto número de cuestiones basadas en la experiencia. Un aspecto espectacular e innovador encubrió la modestia que se quería para esa empresa, y sus límites. Y, sobre todo, hizo que se subestimase la importancia de la transformación de la adhesión voluntaria, indispensable en un principio, para una adhesión obligatoria. Esta evolución, que desde el comienzo no se tuvo en cuenta suficientemente, habría requerido estudios suplementarios y un apoyo más firme de los dirigentes.

La idea de «normas humanitarias mínimas» para las situaciones de disturbios y de tensiones internas es recurrente y continúa suscitando debates y seminarios. Presenta, una y otra vez, la problemática del contenido del núcleo duro de los derechos humanos y del lugar del derecho internacional humanitario, incluidas las medidas que se han de tomar para que este derecho sea más y mejor respetado. En Burundi, el CICR continuó actuando, paralelamente al proyecto de Declaración , para ayudar a la jerarquía oficial de los portadores de armas a enseñar las reglas de conducta contenidas en el derecho humanitario. Sin embargo, la evolución del conflicto evidencia que prosiguen las violaciones, en particular, contra la población civil. Estas observaciones, que no son de ninguna manera específicas de este contexto, ¿pueden ser el único motor de las evaluaciones y de las acciones del CICR en materia de difusión?

   El destino del derecho es permanecer parcialmente ineficaz (...) El derecho alza diques contra la marea. Y la marea nunca se retira durante mucho tiempo, vuelve amenazante y desborda, en la  primera ocasión, destruyendo, a veces, el dique. Y he aquí nuestro derecho violado, ineficaz. Es la suerte que le corresponde correr. Pretender que sólo un derecho perfectamente respetado es auténtico es equivocarse de mundo. - D. de Béchillon

Sin embargo, las policías del mundo nunca han renunciado a procurar que el código de la circulación sea mejor respetado, los órganos del Comité Internacional Olímpico tratan una y otra vez de dar con los medios para que las normas de conducta deportiva no sean violadas, los expertos se esfuerzan, en todas las partes, por que los jóvenes no sean el blanco fácil de los traficantes de drogas y de las redes de perversión sexual. Todos conocen fracasos, pero todos se aferran a la esperanza. Ciertamente, en los conflictos armados y en las situaciones de conflicto, las problemáticas son aun más complejas y hacen que el dique del derecho quede sumergido en las aguas más a menudo y más dra máticamente que en el mundo penal o deportivo. Esta comprobación debería inducirnos a esforzarnos por encontrar más estrategias innovadoras que permitan rechazar el fatalismo y exigir una conducta conforme a las exigencias de la dignidad humana y de la conciencia pública. Esas exigencias requieren que todos los que las respetan tengan una sutil dosis de idealismo y de humildad.

  Édith Baeriswyl   es jefa del sector Juventud de la División de Promoción del Derecho Internacional Humanitario, en el CICR. Tras una experiencia de 20 años en la enseñanza (actividades prácticas e investigación), la autora efectuó varias misiones como delegada del CICR, sobre todo en África. —   Alain Aeschlimann   es jefe adjunto de la División de la Agencia Central de Búsquedas y de Actividades de Protección, en el CICR. En su anterior función de jurista para las cuestiones operacionales, estaba encargado, sobre todo, de los expedientes relativos a África.  

     

Original: francés. Las citas de las obras en francés son traducciones del CICR.

     

     

  Notas  

1. Véase Bibliografía al final del texto.

2. H.P. Gasser, «Un mínimo de humanidad en las situaciones de disturbios y tensiones interiores: Propuesta de un Código de Conducta», RICR , nº 85, enero-febrero de 1988, pp. 38-60.

3. H.P. Gasser, «Nuevo proyecto de declaración sobre las normas humanitarias mínimas», RICR , nº 105, mayo-junio de 1991, pp. 351-352.

4. T. Todorov.

5. Proverbio dida, Costa de Marfil.

6. Véase, en particular, D. de Béchillon.

7. D. de Béchillon.

8. M. Hunyadi.

9. Resoluciones del Consejo de Seguridad S/RES/997 del 9.6.1995 (preámbulo) y S/RES/1029 del 12.12.1995 (preámbulo).

10. P. Delmas.

     

  Bibliografía  

L. Assier-Andrieu, Le droit dans les sociétés humaines , Nathan, París, 1996

D. de Béchillon, Qu’est-ce qu’une règle de droit? , Odile Jacob, París, 1997

P. Delmas, Le bel avenir de la guerre , Gallimard, París, 1995

P. Hasner, la violence et la paix , Esprit, París, 1995

J. Houssaye, Les valeurs à l’école , PUF, París, 1992

M. Hunyadi, La vertu du conflit , Cerf, coll. Humanités, París, 1995

S. Milgram, Soumission à l’autorité , Calmann-Lévy, París, 1974

E. Morin, entrevista sobre su libro «Pleurer, aimer, rire, comprendre», en Sciences Humaines , Auxerre, junio de 1996

O. Russbach, ONU contre ONU , La Découverte, París, 1994. T. Todorov, Face à l’extrême , Essais, Points, París, 1991

  Anexo  

Declaración en favor de normas de conducta humanitaria

  Un mínimo de humanidad en situaciones de violencia interna  

  Introducción  

Burundi vive una crisis grave: la gente muere, sus bienes son destruidos sin razón y todo ocurre en un clima de indiferencia, de desaliento, de desolación y de venganza.

Tenemos que acabar con esta situación y preparar un futuro mejor y más seguro. La violencia nunca es una solución para los problemas y sólo genera destrucciones morales y materiales inútiles: «IKIBI NTIKIVURA IKINDI» [1 ] .

Es cierto que los hombres no son perfectos («AHARI ABANTU NTIHABURA URUNTURUNTU») [2 ] y que en la convivencia los choques son inevitables: «NTA ZIBANA ZIDAKOMANYA AMAHEMBE» [3 ] .

Sin embargo, es necesario hacer todo lo posible por resolver pacíficamente los litigios y evitar que las disputas se transformen en catástrofes. No olvidemos: «AHARI ABAGABO NTIHAGWA IBARA» [4 ] .

Tenemos que rechazar de plano, en toda circunstancia, los horrores generados por la violencia, tanto para nosotros como para los démas. Y nosotros lo sabemos «UHISHIRA UMUROZI AKAKUMARIRA ABANA» [5 ] .

Para conservar la dignidad de nuestro país y de su población, nosotros, los habitantes de Burundi, nos comprometemos, como mínimo, a respetar y a hacer respetar en toda circunstancia, las normas de conducta humanitaria siguientes:

  I. Respetemos y protejamos a las personas y su dignidad «RURIYE ABANDI RUTAKWIBAGIYE» [6 ]

1. Tratemos a todas las personas con humanidad y respetemos su dignidad en toda circunstancia.

2. No nos venguemos y dejemos actuar a la justicia: la espiral de violencia destruiría progresivamente a toda la familia, a todo el clan, a toda la comunidad. «WIHORA UWAWE UGAHONYA UMURYANGO» [7 ] .

3. La tortura, los tratos crueles, humillantes o inhumanos no son en ninguna circunstancia actos honorables: no los practiquemos nunca contra nuestros semejantes, aunque sean nuestros enemigos.

4. No recurramos nunca a actos de brutalidad como la violación o la mutilaciónantes o después de la muerte, o dando muerte arrojando a las personas en letrinas o quemándolas vivas. Esas manifestaciones de odio gratuito dejan profundas heridas morales.

5. Cuando podamos hacerlo, ayudemos a TODOS los heridos, bahutu, batutsi, batwa o a los extranjeros, y prestémosles asistencia sin otro criterio que su sufrimiento como seres humanos.

6. Respetemos a todos los muertos sin distinción: si es posible, informemos a sus familiares, tomemos nota de su identidad, señalemos su presencia a las autoridades. En todos los casos, los muertos tienen derecho a una sepultura digna.

7. No permanezcamos indiferentes ante el sufrimiento de los que son víctimas de ataques, cualquiera que sea su identidad étnica o su adhesión política, y hagamos todo lo que podamos por prestarles la asistencia humanitaria que requiera su estado.

  II. Protejamos a las personas, en particular a ciertas categorías de personas  

1. Recordemos que la población civil que no está directamente implicada en los enfrentamientos, incluidos los extranjeros y los refugiados, no debe ser objeto de ataques ni estar implicada en las luchas y la violencia.

2. Los niños, las mujeres, los discapacitados, los ancianos y los enfermos deben estar particularmente protegidos: alejémoslos de las zonas de enfrentamiento para que estén a salvo del peligro.

3. No utilicemos como escudo humano a las personas civiles que no estén directamente implicadas en los enfrentamientos, y no recurramos a actos o amenazas con objeto de infundir terror: es una conducta cobarde.

4. Nunca permitamos que los niños y los adolescentes participen en las luchas violentas, no les demos armas, no los utilicemos en acciones que puedan desembocar en la violencia, porque se pondría el futuro de la nación en peligro. «UWANKA AGAKURA ABAGA UMUT AVU» [8 ] .

5. No olvidemos que una persona detenida está sin defensa: siempre debe ser tratada con humanidad y dignidad.

6. Respetemos al personal médico y a los socorristas que prestan asistencia y protección a las víctimas sin distinción, y facilitemos su trabajo en toda circunstancia.

7. Recordemos que el emblema de la Cruz Roja es reconocido y respetado en todo el mundo

     

  III. Respetemos los bienes materiales comunes y privados  

1. No destruyamos, no robemos, no saqueemos el patrimonio que es indispensable para toda la comunidad, en particular los hospitales, los centros sanitarios, las escuelas, las fuentes y los manantiales, las carreteras, los puentes, etc.

2. Respetemos los lugares sagrados, los lugares de culto, los cementerios, los monumentos: son indispensables para la conciencia colectiva.

3. Incluso en medio de la violencia, respetemos las viviendas y los bienes ajenos. La intimidad de las personas debe preservarse: no saqueemos y no tiremos fuera las esteras, los cántaros, la ropa y otros objetos personales.

4. De nada nos sirve y nos deshonra que destruyamos los campos, los cultivos, el ganado y otros bienes indispensables para la supervivencia de la población: las vacas, los platanales y los cafetales nunca son nuestros enemigos.

  IV. Sólo utilicemos la fuerza con moderación «IYO INKUBA IRABIJENTUGIRE NGO MARA ABANSI, N’ABAKUNZI BARAJANA» [9 ]

1. Antes de cometer un acto de violencia o cualquier otra acción que pueda desembocar en la violencia, interroguemos a nuestra conciencia, interroguemos a nuestra familia, interroguemos a los sabios.«INGUMBA ITAZI IKIBI IRIGATA ISHENYO» [10 ] .

2. Sólo utilicemos la fuerza como último recurso, en situaciones de peligro excepcional que amenacen directamente a nuestra vida y a la de las personas que tenemos que proteger.

3. Cuando recurir a la fuerza sea inevitable, actuemos con moderación y causemos el mínimo posible de sufrimiento: nunca actuemos de forma ciega y sin discriminación.

4. Nunca matemos a una persona o a un grupo de personas indefensas ni a los que se rinden. «NTA WUKUBITA UWUTAMUSUBIZA» [11 ] .

5. Recordemos que los enfrentamientos en zonas muy pobladas ocasionan muchas víctimas inocentes: se hará todo lo posible por evacuar a las personas que no participen en la violencia y por dejarlas salir de los lugares peligrosos.

6. No rematemos a un enemigo capturado, herido o que se rinde: desarmémoslo, protejámoslo de la venganza popular y entreguémoslo a las autoridades o a los bashingantahe «UWUTSINZWE NTIBATSINDAHO» [12 ] .

     

  Conclusiones  

1. Nunca dudemos ante la posibilidad de adoptar una conducta humanitaria y de fomentar la tolerancia, porque quienes demuestran tener humanidad en toda circunstancia son la esperanza de Burundi «UMUGIZI W'INEZA IMURENZA IMPINGA» [13 ] .

2. Recordemos que cada persona es siempre responsable individualmente de sus actos, aun cuando actúe en grupo o por coacción. «UWORUKARISHA RWOMUMWA» [14 ] «HARI SESA SESA, ATARI BUKUYOZE» [15 ] .

Inversamente, nunca condenemos a un grupo en su totalidad, sino que tratemos de saber quién es el responsable individualmente. El dicho «UMURYAMBWA ABA UMWE AGATUKISHA UMURYANGO» ya no puede aceptarse [16 ] .

3. Nosotros, habitantes de Burundi, bahutu, batutsi, batwa o extranjeros, cualesquiera que sean nuestro rango social y nuestra adhesión política, respetemos y hagamos respetar estas normas humanitarias mínimas.

4. Padres, dirigentes políticos, religiosos y civiles, comprometámonos a desempeñar un papel primordial para garantizar el respeto de esas normas.

Nosotros, todos, esforcémonos por prevenir las matanzas y la violencia, a fin de que Burundi deje de vivir en la desesperanza.

  Notas (anexo)  

1. No se puede curar un mal con otro mal.

2. Cuando los hombres viven juntos siempre hay conflictos.

3. Los cuernos de las vacas que viven en un mismo establo inevitablemente se entrechocan.

4. Cuando hay hombres dignos, no puede haber una catástrofe.

5. Si escondes a un brujo, embrujará a tus hijos.

6. La muerte se lleva a otros, pero no te olvida.

7. Si tu venganza recae sobre los tuyos destruirás a toda la familia.

8. Quien no quiere ver una vida crecer, lleva el ternero al matadero.

9. No hagas caer el rayo sobre tus enemigos, porque puede caer sobre tus amigos.

10. Una vaca estéril sin experiencia lame el filo del hacha.

11. No se golpea a quien no puede defenderse.

12. No debemos matar a los vencidos.

13. Quien hace una buena obra podrá atravesar las regiones lejanas.

14. Que la hoja del cuchillo corte al que la ha afilado.

15. Hay quienes te incitan: «destruye, destruye» pero nunca te ayudarán a reconstruir.

16. Cuando hay un culpable en la familia toda la familia es culpable.




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