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Bibliografía: "The news media, civil war, and humanitarian action"

30-11-1997 Artículo, Revista Internacional de la Cruz Roja, por Kim Gordon-Bates

  Larry Minear, Colin Scott, Thomas G. Weiss, The news media, civil war, and humanitarian action, Lynne Rienner Publishers, Boulder Londres, 1996, 123 páginas.  

  Los medios informativos y las cuestiones humanitarias  

  Reflexiones a partir de la lectura de una obra, recientemente publicada, sobre los medios informativos, la guerra civil y la acción humanitaria  

«Les dimos de comer, los alojamos, los transportamos, les proporcionamos información, les dejamos utilizar nuestro teléfono satélite, los llevamos de la mano, les limpiamos la nariz, hicimos de todo por ellos y ... ¡ni una línea, ni una palabra, nada!». Esto dijo, expresando muy claramente una frustración y un resentimiento contenidos, un jefe de delegación del CICR. Él y su delegación tenían una maravillosa reputación ante la prensa internacional; pero, después, algo ocurrió. Los periodistas daban sólo la impresión de ser una fastidiosa pérdida de tiempo, de dinero y de energía. En su opinión, la labor de la prensa se había reducido a un simple trueque: «Nosotros les damos, ustedes muestran (lo que significa: «lo que queremos que muestren»).

Desafortunadamente, dichos trueques funcionan pocas veces. Demasiadas buenas noticias aburren y los artículos periodísticos promocionales carecen de credibilidad. Sin embargo, la credibilidad es el eje en torno al cual giran todos los programas de comunicación institucional. El CICR no es, ni puede ser, una excepción de la regla.

Sin em bargo, «el trueque de visibilidad» no es sino una de las atractivas trampas en que pueden caer los colaboradores humanitarios que tratan con la «necesaria desgracia» de la prensa. La otra, mucho más peligrosa, es creer que se puede y se debe seducir de este modo a la prensa para que se convierta en un objetivo y dócil aliado de nuestra labor orientada hacia las víctimas. Suenan con mucha mayor dulzura los melosos tonos de nuestras canciones de sirena desde que algunos famosos periodistas del mundo han puesto abiertamente en tela de juicio la base ética de su labor. Algunos han abandonado completamente el periodismo para trabajar al servicio de organizaciones humanitarias o para entrar en el mundo de la política. Otros se dejan atraer por iniciativas como la del Centro Internacional de Información Humanitaria (ICHR), con sede en Ginebra, esperando mejorar lo que consideran una convergencia objetiva de intereses entre periodistas y colaboradores humanitarios.

Muy plausible. Pero, ¿tiene esto algún sentido? ¿Funciona?

Tratando de encontrar una respuesta, tres analistas de los medios informativos que trabajan en el Instituto Thomas J. Watson Jr. para Estudios Internacionales de la Universidad de Brown (EE.UU.) decidieron definir la índole de la relación triangular entre periodistas, colaboradores en el ámbito humanitario y Gobiernos. Por supuesto, para realizar este tipo de estudio hay que examinar los factores que afectan a cada componente de lo que los autores llaman «triángulo de crisis» y los factores que influyen en cada uno de ellos. Basándose en seis casos de estudio (evaluaciones tripartitas de la interacción de los componentes en Liberia, norte de Irak, Somalia, ex Yugoslavia, Haití y Ruanda), los autores tratan de singularizar las vinculaciones causa-efecto entre una multitud de datos que, según otros, parece más un formidable juego de palillos, aunque con frecuencia lleno de muerte.

Los autores del estudio presentan u n enfoque final de las relaciones; pero, en cada etapa, reconocen que hay una serie de interrogantes, parámetros variables y condiciones restrictivas. Trabajar con los medios de comunicación y ejercer influencia no es una ciencia exacta. Es un ejercicio que no se presta fácilmente a estrategias de comunicación sistemáticas.

Sin embargo, hay una constante en todo el libro y puede resumirse en una palabra: claridad. Los autores ponen constantemente de relieve la absoluta necesidad de que todos los actores concernidos comprendan lo que los otros componentes pueden o, más exactamente, no pueden hacer; cada componente del «triángulo» necesita estar totalmente seguro de las limitaciones estructurales, de la finalidad en la vida y en la sociedad, así como de las prioridades y las responsabilidades del «otro». La claridad absoluta en los programas y en las gestiones es la piedra angular de toda intención y labor en que se busque mayor eficiencia. Desafortunadamente, esto es, en mi opinión, sólo una ilusión, pues el programa de alguno de ellos puede incluir el deseo de comprometer los movimientos que el otro haga en el juego (¿la versión actual de un Kriegspiel?).

Como tal —y a nadie sorprendería—, la relación entre los componentes del «triángulo de crisis» se caracteriza, al menos en las sociedades democráticas occidentales que son el centro implícito del estudio, por la interdependencia y por cierta casualidad. Cada componente siente/sabe implícitamente que necesita (o que puede llegar a necesitar) a los otros dos; pero, al mismo tiempo, cada componente cuida celosamente su reafirmada independencia. En pocas palabras, los autores ponen de relieve el hecho de que determinan la compensación triangular tanto el oportunismo como principios más o menos universalmente reconocidos. Entonces la cuestión que se plantea es: ¿debe ser y deberá ser siempre así?

La observación más pertinente de la investigación, que nos concierne como instituci ón humanitaria, es quizás el hecho de que hay pocas probabilidades de que la amplia cobertura de una crisis por los medios de comunicación, especialmente la televisión, influya en la política gubernamental (si es que el Gobierno en cuestión tiene una política). Por supuesto dicha cobertura es, prácticamente por definición, de causa simplificada y emotiva. Como máximo, según el estudio, puede acelerar la presión nacional por lo que hace a coordinación de las intenciones del Gobierno en determinado ámbito, encubiertas o declaradas.

En las pocas ocasiones —como en el caso de Somalia— en que la tiranía de la chocante imagen ha dictado la política de un Gobierno extranjero, las consecuencias han sido desastrosas. Así pues, los Gobiernos no sólo han aprendido a resistir a la imposición emocional de la cobertura generalizada de los medios de comunicación, sino que aprenden cada vez mejor a controlarlos, especialmente proyectando una imagen de asistencia humanitaria concebida como pretexto: si la gente quiere que estemos allí, entonces dejemos que allí nos vean, ayudando a las víctimas. En lo humanitario, la visibilidad es ahora sinónimo de fondos; los Gobiernos (occidentales) son, o comienzan a ser, políticamente inmunes al tamascha humanitario de alta visibilidad, al estilo Goma donde, como Minear y todos lo dicen acertadamente, había algo de circo de visibilidad de una ONG. Los ostentativos logos y camisetas sirven tal vez para que las organizaciones concernidas recaben fondos; pero, en términos de influencia política, su impacto es nulo.

La experiencia adquirida muestra incluso que los Gobiernos ya no pueden hallarse desprevenidos en el caso de una crisis humanitaria de gran envergadura; lo que significa que los Gobiernos y las autoridades tienen la responsabilidad de insertar la gestión de crisis humanitarias en sus más amplios objetivos políticos. Cuando hay directrices políticas, los medios de información pintorescos sólo sirven para supervisar los progra mas de asistencia emprendidos. En dichas circunstancias, la cobertura por los medios informativos, especialmente la televisión, es, en el mejor de los casos, un sensor de la opinión pública nacional, y, en el peor, el factor ahora famoso en inglés de CNN. La consecuencia probable de ello es que los Gobiernos donantes y los que disponen de medios para actuar según cometidos de mantenimiento/refuerzo de la paz sean cada vez más insensibles, si no displicentes, en cuanto a las emotivas manifestaciones de preocupación en el ámbito humanitario.

En lo humanitario, el CICR también tiene razones para querer mantener a distancia, por lo menos, la más extrema índole de periodismo emotivo. La cobertura llena de emotividad puede incluso dar lugar a soluciones falsas en el ámbito humanitario. El arquetípico ejemplo es sin duda alguna la avalancha de eventuales padres adoptivos en Occidente tras dramáticos metrajes televisivos de huérfanos o de niños presentados como tales. Esas imágenes causan no sólo la separación de familias, sino también un racismo humanitario perverso: los medios informativos occidentales se movilizan para que el niño «adoptado» permanezca con sus padres adoptivos y lejos de sus padres biológicos (en algún lugar de África...) porque éstos no pueden, (¡)probablemente(!), mantener al niño como es debido. La prensa difama a los padres naturales por los motivos más humanos: el deseo de dar al niño la posibilidad de vivir decentemente... El CICR no desea propiciar, ni en el plano humanitario ni en el plano ético, esta tendencia de la información humanitaria. No obstante, los colaboradores humanitarios deben tener también cuidado y no denigrar esta formulación genuina y valiosa de generosidad humana como la de eventuales padres adoptivos; pero hay que encauzarla adecuada y constructivamente. Puede hacerse estableciendo sociedades en las que se adopten consideraciones humanitarias como una cuestión de orientación política, como una macroaplicación de los recursos humanos que propici an un medio en el que los generosos puedan sentirse bien.

Larry Minear y sus coautores identifican otra forma de presión de que son objeto los medios informativos más o menos acomodadizos que han tenido, y seguirán teniendo, implicaciones para la labor en el ámbito humanitario. En pocas palabras, dicen —y nadie habrá para contradecirlos— que las historias deben ser cortas y sencillas sobre todo porque los espacios de impresión y de emisión son escasos. Los periodistas profesionales, de los medios informativos escritos u orales, aprenden rápidamente a responder a este requisito de «historia». Entonces surge, casi por definición, una especie de potenciado maniqueísmo en el centro de todas las historias de índole humanitaria: hay lo «bueno» y lo «malo»; hay «víctimas buenas» y (puede haber) «víctimas malas». Este maniqueísmo dimana con frecuencia de la necesidad que los periodistas y los redactores (que, muy acertadamente, Minear llama, junto con los magnates de los medios de comunicación, «guardabarreras») creen que relacionan a la gente con los políticos, a los políticos con la política y, consiguientemente, a todas las historias, sobre todo si se refieren a un desastre de índole humanitaria, con causas, reales o supuestas, de culpabilidad. El lector (o el telespectador) debe tener capacidad psicológica para evaluar la cantidad de responsabilidades, aunque sólo sea para ver el desarrollo del drama como algo «ajeno». Los medios de comunicación, más o menos voluntariamente, son el vehículo de estereotipos; ilustración de ello es la cobertura por la prensa de los acontecimientos en ex Yugoslavia y la región de los Grandes Lagos en África.

La impresión del lector es que la red de contactos entre medios de comunicación, colaboradores humanitarios y autoridades es un enmarañamiento de deseo de ayudar, de ineficiencia, de desconfianza, de programas divergentes, de cinismo y, cada vez más, de objetivos políticos fundamentales, declarados o no, a corto, mediano y largo plazo. La conclusión lógica de todo ello es que si una institución como el CICR desea influir en la política gubernamental (o multinacional) proporcionando sus propios datos, establecidos mediante modelos legítimos de referencia, debe hacerlo a contracorriente de los medios de comunicación. La línea adecuada para nuestra información y nuestro asesoramiento político es contribuir a establecer sociedades serenas en las que los principios humanitarios sean aceptados como una guía normativa. Entre tanto, es mejor guardar las joyas de información o de reflexión del CICR para una elite capaz de apreciarlas. El resultado neto de este planteamiento es, por supuesto, que los organismos como el CICR deben adoptar una política de comunicación orientada hacia la audiencia.

Otra conclusión que saqué del estudio o, más concretamente, de la compleja y embrollada red de contactos entre medios de comunicación, Gobiernos y colaboradores humanitarios, es que todos nosotros —colaboradores humanitarios, periodistas, Gobiernos e, incluso, hasta las víctimas— estamos aprendiendo. No ha habido Edad de Oro de sistemas perfectos de influencia de los medios informativos; tampoco hay experiencia probada en el pasado de la que podamos aprender, ni manual de referencia establecido. Los medios informativos también están aprendiendo: aprenden nuevas tecnologías y acerca de la reacción de nuevas audiencias con diferentes capacidades económicas y niveles educativos. En la segunda mitad del siglo XX, se construyen empíricamente los modelos de comunicación. Las personas que están aprendiendo más rápidamente son, probablemente, las que tienen las cotas más altas de responsabilidad, es decir, Gobiernos constituidos y personas que fomentan un «problema de imagen» o encargadas de algo.

Este proceso significa, asimismo, que los medios de comunicación tienen que encontrar el equilibrio necesario entre información-entretenimiento (una tendencia que se observa, sobre todo, aunque no exclusiv amente, en los reportajes televisivos) y un papel de adecuada información. Suele considerarse que los más de los periodistas, como individuos que actúan por su cuenta, son derribadores de ídolos mundanos, humanitarios o políticos. Sin embargo, como todos sabemos, incluso el periodista más iconoclasta debe comprometerse con la realidad, especialmente el derecho y su salario. Esto no concierne directamente a los colaboradores humanitarios, excepto por el hecho de que, objetivamente, tenemos un interés directo en que los medios de comunicación sigan siendo, como nosotros, tan independientes política y económicamente como lo permiten las circunstancias actuales.

Este último problema es quizás el que más afecta a los organismos humanitarios. Los medios de comunicación necesitan dinero para funcionar, y el dinero procede del mercado, de los subsidios estatales y del eufemísticamente llamado sector privado «bien informado». En todo caso, el acceso al dinero depende de la audiencia y de lo que ésta quiere leer, oír o ver, o de lo que otros piensan que debe leer, oír o ver. Quienes se mueven en el círculo de los medios de comunicación querrían ser totalmente independientes y presentar las historias que consideran pertinentes y en el modo que creen más conveniente. Pero, en todo caso, la forma que se acepte sólo puede ser transitoria. Basta ver cómo ha cambiado la forma de los reportajes en las últimas décadas para percatarse de la inestabilidad estructural de este negocio y de las dificultades con que se tropieza para atrapar esa resbaladiza pastilla de jabón.

Sin embargo, los medios de comunicación se atienen a ciertas normas y hay muchas teorías sobre lo que deberían hacer y cómo. Con frecuencia, las menos importantes son las que prestan asesoramiento desde fuera. Si se describe a los medios de comunicación, se describe menos una ciencia que un arte. No se puede comparar a los periodistas con los médicos, pero sí con los músicos cuya categoría más baja actúa en las calles y la más alta en las salas de concierto, y otras para audiencias elitistas de música de cámara. Esta es la profesión del periodista, y es lo que debe ser. Depende de nosotros arreglarnos con lo que hay. Y no creo que tengamos que tratar de pensar en querer cambiarlo.

Demasiadas personas quieren cambiar/supervisar los medios de comunicación. Gente que ni conocemos ni nos inspira confianza. Si queremos instituir y hacer respetar prácticas y principios humanitarios, no sólo tenemos que poder explicarlos sino poner de relieve su pertinencia. Uno de los medios de que disponemos para lograrlo es la prensa, la prensa creíble. No debemos unirnos con aquellos que, por el motivo que fuere, honorable o no, tratan de menoscabar sus mecanismos; no podemos hacer de la prensa un aliado natural de la acción humanitaria; sólo podemos hacer de él un mensajero real de nuestras historias y de nuestros sentimientos. Lo dijo el decidido director de un medio de comunicación británico «no quiero aficionados con máquinas de escribir». Sin duda, el periodista que se deje llevar demasiado por una historia, pierde la independencia de pensamiento y de expresión. Temo que cualquier tentativa para relacionar a la prensa con una convergencia un tanto fina de intereses puede subordinar y, en el fondo, desacreditar a quienes deben tener siempre la libertad de ponerse en contacto con nosotros, individuos e instituciones, para obtener información sobre nuestras acciones, acerca de nuestros gastos y planteamientos políticos. De este modo, la prensa sigue siendo creíble y, siempre que realicemos nuestro trabajo debidamente, también nosotros. Éste es precisamente el interés de las víctimas.

Por último, a nuestro airado jefe de delegación cuya observación citamos al comienzo del artículo y que se refiere a un tema no examinado por Larry Minear y compañía, diría yo: «paciencia, todo a su debido tiempo». El mero hecho de que los periodistas recurran a nuestra Institución significa qu e consideran que es un eficiente componente del «triángulo de crisis».

  Kim Gordon-Bates es Redactor del CICR NEWS




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