• Enviar
  • Imprimir

El CICR y la Segunda Guerra Mundial: La acción del CICR en Extremo Oriente

06-04-1998

 

Tras el ataque de Pearl Harbor, el 7 de diciembre de 1941, el ejército japonés conquista la mitad de Asia y captura decenas de miles de prisioneros de guerra. Pero los autoridades japonesas no se preocupan por la suerte que corren estos prisioneros puesto que, para el soldado japonés, la derrota es un deshonor y prefiere la muerte al cautiverio. Esto explica que el número de prisioneros de guerra japoneses caídos en manos de los Aliados -incluso después de que Japón hubiera perdido la iniciativa de los combates- fue siempre muy bajo. Por lo demás, Japón no había ratificado el Convenio de Ginebra de 1929 relativo al trato debido a los prisioneros de guerra. En ese contexto, la acción del CICR se tropieza con enormes dificultades.

Al día siguiente del ataque de Pearl Harbour, el CICR solicita a los beligerantes que le comuniquen las listas de prisioneros y propone a Japón que aplique, de facto , las disposiciones del Convenio de 1929, a reserva de reciprocidad. Las propuestas son aceptadas; Japón anuncia la apertura de una oficina de informaciones sobre los prisioneros de guerra y acepta la presencia en Japón de un delegado del CICR. Las autoridades japonesas convienen igualmente en que se designen delegados del CICR en Shanghai y Hong Kong, pero se niegan a acreditar a los delegados nombrados por el CICR en Bangkok, Borneo, Java, Manila y Sumatra; los delegados tropiezan con enormes dificultades y dos de ellos, el doctor Matthaeus Visher y su esposa serán ejecutados por los japoneses.

En este contexto, la acción de los delegados del CICR se enfrenta a inmensos obstáculos. Es lo que constata el delegado del CICR en Tokio, el doctor Fritz Pravicini, en el pri mer informe que remite al CICR en fecha del 15 de mayo de 1942.

Por lo demás, las autoridades japonesas no se preocupan por sus soldados capturados quienes son perfectamente conscientes de la reprobación de que son objeto. En consecuencia, no desean escribir a sus familias e, incluso, solicitan que no se comunique sus nombre a su gobierno. No era el mismo caso por lo que atañe a los internados civiles que no habían podido evitar el internamiento, de cuyo abastecimiento se había encargado la Cruz Roja Japonesa.

A finales de octubre de 1994, las fuerzas aliadas tienen en su poder a 6.400 japoneses, mientras que el número de prisioneros detenidos por los japoneses asciende a 103.000 (esencialmente estadounidenses, ingleses, australianos, holandeses y neozelandeses).

Sólo a partir de comienzos de 1945, tras la reconquista de Filipinas por los Aliados y la ocupación de Okinawa, el número de prisioneros japoneses aumenta notablemente. Finalmente, la orden de rendición dada por el emperador, el 14 de agosto de 1945, obliga al ejército japonés a deponer las armas.

  

En Extremo Oriente, durante toda la guerra, la acción del CICR es muy limitada. En Japón, Manchuria y Formosa, los delegados del CICR pueden visitar campamentos de prisioneros de guerra y de internados civiles. Pero estas visitas son limitadas por numerosas restricciones; se efectúan en presencia de las autoridades japonesas y a los delegados ni siquiera se les autoriza a hablar con los prisioneros.

Para Shanghai, Hong Kong y China ocupada, el CICR recibe autorización de abrir sólo una delegación (Shanghai), y las autoridades japonesas reducen a lo mínimo las actividades del delegado del CICR. No obstante, visita campamentos en las mismas condiciones que sus colegas en Japón.

En los territorios ocupados del Sudeste asiático, el CICR no está autorizado a llevar a cabo la más mínima acción, con excepción de una actividad muy restringida en favor de los internados civiles en Filipinas.

El Reino de Tailandia, llevado a la guerra al lado de Japón, el 25 de enero de 1942, conserva un gobierno nacional. Los internados civiles dependen de este gobierno, mientras que los prisioneros de guerra dependen de las autoridades militares japonesas. Las autoridades de Bangkok reconocen oficialmente al delegado del CICR, el cual recibe el apoyo de la Cruz Roja Tailandesa y puede visitar a unos doscientos civiles internados y distribuirles socorros. Los prisioneros de guerra, por su parte, son obligados por los japoneses a construir, en condiciones sumamente penosas, la línea de ferrocarril de Birmania. Los delegados del CICR no son autorizados a visitarlos. No obstante, ignorando a veces deliberadamente las instrucciones, escoltan socorros hasta los límites de los campamentos, pero no pueden proceder, ellos mismos, a las distribuciones.

Por lo que concierne a los prisioneros de guerra japoneses en manos de los aliados, el CICR no encuentra las mismas dificultades. Hasta el final de la guerra, su número se mantiene reducido; a finales del año 1944, el CICR ha identificado 8.658, repartidos en cinco campamentos en Estados Unidos, siete en Australia y Nueva Zelanda, cuatro en las islas de Oceanía y cinco en China.

Durante los seis primeros meses de 1945, con el avance de las fuerzas aliadas en Filipinas y en las islas japonesas, el número de estos prisioneros aumenta rápidamente; a finales de julio de 1945, éste se calcula en 15.949.

  

Los internados civiles japoneses están repartidos en diferentes campamentos en Estados Unidos, el Reino Unido, los países de la Comunidad Británica de Naciones ( Commonwealth ), Centroamérica y Sudamérica. A diferencia de los prisioneros de guerra, utilizan gustosamente los servicios del CICR para comunicarse con su familia, y la Cruz Roja Japonesa remite al CICR socorros destinados a ellos. Con el asenso de esa Sociedad Nacional, el CICR hace llegar una parte de esos socorros a los prisioneros de guerra japoneses.

Durante el año de 1944, las fuerzas al iadas prosiguen con su ofensiva en el Pacífico. Las islas Marshall, Biak y Marianas son teatro de encarnizados combates. Nada más que en la campaña de las Marianas, los japoneses pierden unos 46.000 hombres y muy pocos son capturados. En las islas Palau, en el archipiélago de las Carolinas, mueren 13.600 japoneses y son capturados 400. Estas operaciones son el preludio de la reconquista de las Filipinas por el general MacArthur.

A partir de 1944, el ejército del aire japonés recurre a pilotos suicidas, los kamikazes, hecho que muestra la voluntad de resistencia del Japón.

Desde 1943, el CICR procura reforzar su delegación en Japón a donde quiere enviar al doctor Marcel Junod. Pero Japón vacila y no es hasta junio de 1945 que el doctor Junod puede finalmente emprender su viaje, vía URSS y el 1 de agosto de 1945 llega a Manchuria.

El 6 de agosto de 1945, Estados Unidos lanza una bomba atómica sobre Hiroshima y, el 9 de agosto, una segunda bomba atómica sobre Nagasaki. El 14 de agosto, los Aliados anuncian la capitulación de Japón, la cual es firmada el 2 de septiembre.

El 5 de septiembre de 1945, el CICR hace un llamamiento solemne sobre los peligros que los progresos de la civilización y la utilización de la física atómica hacen correr a las poblaciones civiles.

Tras la capitulación del Japón, los delegados del CICR visitan los campamentos en donde se encontraban los prisioneros de guerra aliados, reparten los primeros socorros y sirven de enlace con el cuartel general aliado. Por último, los delegados emprenden una acción de protección y de asistencia en favor de los prisioneros de guerra japoneses; así, desde septiembre de 1945, y hasta 1949, los delegados del CICR efectúan más de 300 visitas en lugares de internamiento en que están agrupados dichos prisioneros.