• Enviar
  • Imprimir

El derecho internacional humanitario puesto a prueba por los conflictos de nuestro tiempo

30-09-1999 Artículo, Revista Internacional de la Cruz Roja, por François Bugnion

  Resumen:

La caída del Muro de Berlín ha cambiado fundamentalmente a Europa, lo que ha ocurrido de manera sorprendentemente pacífica. No obstante, los acontecimientos de 1989-1991 no han dado lugar a un orden nuevo y estable. Han estallado conflictos en muchas partes de la antigua Unión Soviética, en particular en Europa del Este y en África central. Las tensiones entre las ex superpotencias han sido remplazadas por un gran número de conflictos locales, es decir, de guerras civiles. Tras analizar las características de estos conflictos armados internos, el autor examina las respuestas del derecho internacional humanitario actual a las cuestiones humanitarias planteadas por esos conflictos. Son de especial importancia las diferentes medidas que puedan fortalecer el respeto de las normas. Con todo, los recientes acontecimientos demuestran que el empleo de la fuerza militar puede no ser necesariamente la reacción adecuada a las violaciones del derecho humanitario, en particular si el número de muertos y heridos y el daño material causado por tales intervenciones pueden ser muy desproporcionados. Un orden internacional duradero no puede basarse en la fuerza sino únicamente en el diálogo y el respeto mutuo.
 

 
 

El mundo retuvo su aliento durante las manifestaciones que dieron lugar a la caída del muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989, así como durante el in tento de golpe de estado del 19 de agosto de 19991 en Moscú, cuyo fracaso haría precipitar el desmembramiento de la Unión Soviética. No se habían olvidado los tanques y en todas las memorias estaba el recuerdo de la represión de los disturbios de Berlín en junio de 1953, el del levantamiento húngaro de octubre de 1956, el del aplastamiento de la " primavera de Praga " , el 21 de agosto de 1968, y el de la proclamación del estado de guerra en Polonia, el 13 de diciembre de 1981. Pero, por una vez, no ocurrió lo peor y esta transición, que cambiaría radicalmente el destino de los pueblos de Europa del Este y de Asia central, se produjo, en la mayoría de los países, casi sin violencia [1 ] . Nunca antes se había producido en la historia un cambio radical de esta importancia que no hubiese desembocado en un baño de sangre. No cabe duda de que en la transición pacífica que experimentaron los países de Europa del Este y de Asia Central hay que ver una prueba de la madurez política de los dirigentes y las poblaciones de esos Estados.
 

El fin de la guerra fría constituyó indudablemente un cambio radical del orden internacional de una magnitud comparable a las mutaciones resultantes de los grandes conflictos que sembraron de duelo a Europa y al mundo entero: la Guerra de los Treinta Años, las guerra napoleónicas, la Primera y la Segunda Guerras Mundiales. Pero, mientras cada uno de estos conflictos fue seguido por la instauración de un nuevo orden internacional - los Tratados de Westfalia en 1648, el Acta Final del Congreso de Viena en 1815, el Tratado de Versalles en 1919 y la Carta de San Francisco en 1945-, no se ve aún surgir un nuevo orden internacional que pueda reemplazar el orden de Yalta que se desmoronó con la caída del muro de Berlín.
 

Con el fin de la guerra fría, la naturaleza y la tipología de los conflictos armados a los que se enfrenta nuestra época se vieron también transformadas y, a causa de ello, se transformaron las condiciones de apli cación del derecho internacional humanitario. ¿Cuáles han sido las consecuencias de estas transformaciones para la aplicación de este derecho y para las posibilidades de acción de los organismos internacionales? Son estos algunos interrogantes que conviene examinar a la luz de los conflictos de estos últimos años, en particular del reciente conflicto de Kosovo.
 

  La guerra fría y sus consecuencias  

 
Es inútil lamentarse por la existencia de la guerra fría. La división del mundo en dos bloques antagonistas opuestos en todo engendró interminables conflictos a lo largo de la línea divisoria de estos dos bloques: en Indochina, en Corea, en Afganistán y el África austral. Estos conflictos ocasionaron indescriptibles sufrimientos e innumerables víctimas, a causa de la violencia de los enfrentamientos, del armamento masivo del que disponían los beligerantes, de la intervención oculta o confesa de las grandes potencias. Las diferencias ideológicas obstaculizaron la aplicación del derecho internacional humanitario y el Comité Internacional de la Cruz Roja, cuya misión es brindar protección y asistencia a las víctimas de la guerra, sufrió en el marco de estos conflictos dolorosos fracasos. Por último, durante todos estos años, el mundo vivió bajo la amenaza que las armas nucleares y termonucleares hacían pesar sobre las poblaciones civiles de uno y otro lado de la cortina de hierro e, incluso, sobre el porvenir de la humanidad.
 

Es pues ilusorio creer que bajo el imperio de la guerra fría la acción humanitaria era más fácil o que el derecho humanitario fuese más respetado. Las dificultades con las que se topaba la acción humanitaria eran diferentes de las que enfrentamos hoy, pero no eran menores.
 

Desafortunadamente, la caída del muro de Berlín y el desmembramiento de la Unión Soviética no aportaron la tranquilidad generalizada que tenían derecho a esperar los pueblos del mundo. Es cierto que el fin del antagonismo entre dos bloques opuestos en todo permitió encontrar soluciones a determinados conflictos, en particular en Centroamérica, en Camboya y en África austral. En la atmósfera de pesimismo que experimentamos hoy, que se nutre de las imágenes de las masacres y de las atrocidades que presenciamos día tras día, no olvidemos destacar el milagro sudafricano: una transición pacífica permitió poner fin a un conflicto secular y restablecer la concordia en un país que estaba al borde de la guerra civil. En cambio, otros conflictos han perdurado, pues sus causas endógenas sustituyeron a la antigua confrontación ideológica que las ocultaba. Tal es el caso en particular en Angola, en Colombia, en Perú y en Afganistán.
 

Pero, sobre todo, el fin de la guerra fría ha liberado antagonismos y odios reprimidos durante mucho tiempo y a dado lugar al desencadenamiento de nuevos conflictos de violencia inusitada, en especial en los Balcanes y en las fronteras de la antigua URSS, en el Cáucaso y en Asia central.
 

Con todo, a los conflictos que eran el doloroso resultado de la división del mundo en dos bloques antagónico, la guerra fría imponía un molde relativamente uniforme, en el que cada uno de los adversarios se veía obligado a formular sus objetivos en términos ideológicos y a solicitar el apoyo de una u otra de las grandes potencias que dominaban la escena internacional - Estados Unidos y la Unión Soviética -. Tal división obligaba, a su vez, a cada una de las superpotencias a mantener un mínimo de orden en su zona de influencia, so pena de dar a su rival la ocasión de intervenir en su " patio trasero " . Hoy, en cambio, estamos ante la proliferación de conflictos que escapan a los esquemas a los que nos habíamos acostumbrado.
 

Conviene analizar la tipología de estos nuevos conflictos, pues ésta va a determinar las posibilidades de aplicación del derecho int ernacional humanitario, así como las posibilidades de acción de las organizaciones humanitarias.
 

¿Cuáles son sus elementos esenciales?

 
El factor decisivo es la desaparición de la bipolaridad, tanto en la escena internacional como en el teatro de operaciones de la mayoría de estos nuevos conflictos. Desaparición de la bipolaridad, por lo tanto, proliferación de facciones, de grupos armados, y aparición de nuevos actores que no aceptan estar obligados por el derecho humanitario. En ciertos casos, la multiplicación de facciones y de grupos armados se traduce en el desmoronamiento de todos los servicios públicos e, incluso, en la desaparición de toda estructura estatal. Los jefes de la guerra obtienen feudos sobre los cuales reinan indiscutiblemente, extorsionando a las poblaciones y librando una guerra casi permanente. Desde hace varios años, Somalia constituye el ejemplo extremo de un Estado sin Estado.
 

Como no pueden ya contar con el apoyo de sus antiguos padrinos, los beligerantes garantizan sus propias fuentes de financiamiento saqueando los recursos naturales o el patrimonio arqueológico de regiones bajo su control, dedicándose al tráfico ilícito de drogas o de piedras preciosas o extorsionando a las poblaciones civiles o a las organizaciones humanitarias. La economía de guerra produce una economía de depredación. La distinción entre la acción política y el crimen organizado tiende a desaparecer. Los objetivos políticos de la lucha se olvidan; el pillaje y el crimen se convierten en las palabras clave.
 

Por último, y sin duda es una de las paradojas de nuestra época, mientras presenciamos un desarrollo fulgurante de los medios de transporte y de los intercambios, mientras el mundo está inmerso en una red cada vez más densa de medios de comunicación que llegan a cada aldea y pronto a cada familia, presenciamos asimismo el ascenso de los particularismos y de las reivindiciones de ident idad. Estos comportamientos se apoyan en el miedo al otro y desembocan en el rechazo al otro, en la exclusión y en el racismo. Este fenómeno afecta, a diferentes grados, a todos los países. Aunque las democracias liberales no están exentas de él, es en las situaciones de transición que da lugar a las manifestaciones más virulentas: depuración étnica o genocidio. Los dramas de Bosnia-Herzegovina, de Ruanda o de Kosovo están en la memoria de todos, pero se han observado las mismas desviaciones, a menor escala, sin duda, en otros teatros de enfrentamientos: Abkasia, Alto Karabaj, Tayikistán, Chechenia...
 

Así pues, hay que interrogarse sobre las posibilidades de aplicación del derecho humanitario en el marco de estos nuevos conflictos. ¿Cuáles son las consecuencias de esta evolución?
 

  El derecho humanitario y los conflictos de nuestro tiempo  

 
El derecho humanitario nació de la confrontación en el campo de batalla entre soberanos iguales en derechos. Durante largo tiempo, estuvo constituido por un conjunto de reglas consuetudinarias que los reyes observaban respecto de sus semejantes, pero que no se aplicaban a las relaciones entre un soberano y sus súbditos insurrectos. Asimismo, los primeros tratados de derecho humanitario -el Convenio de Ginebra de 1864, la Declaración de San Petersburgo de 1868 y los Convenios de La Haya de 1899 y de 1907- tenían carácter de derecho únicamente entre las partes contratantes, es decir, entre Estados.
 

Se necesitaron todos los horrores de la guerra civil rusa, y luego de la guerra de España, para que los Estados se decidieran al fin a reconocer algunos principios humanitarios fundamentales que debían respetarse en toda circunstancia, incluso en caso de guerra civil. Es el caso hoy del artículo 3 común a los Convenios de Ginebra del 12 de agosto de 1949 y del Protocolo II adicional a esos Convenios.
 

Pero sólo se trata de una reglamentación mínima.

 
Hace falta aún que las partes en conflicto acepten estar obligadas por esos instrumentos. Hace falta aún que los beligerantes tengan la voluntad de respetarlos y de imponer su respeto a sus tropas. Hace falta aún un mínimo de organización, una estructura jerárquica y línea de mando que permitan imponer un mínimo de disciplina sin el cual el derecho humanitario se quedará en letra muerta y sin el cual la acción humanitaria está condenada al fracaso.
 

Desafortunadamente, estamos lejos de conseguirlo. Con demasiada frecuencia, el CICR ha sido obligado a retirar a sus delegados y a sus equipos médicos de teatros de operaciones - pese a la urgencia de las necesidades de asistencia humanitaria- debido a que no se cumplían ya las condiciones mínimas de seguridad. Fue así como debió retirarse de Burundi, de Somalia, de Chechenia, de Liberia y de Sierra Leona. En ciertos casos, la suspensión de las operaciones del CICR fue sólo temporal, mientras que en otros, no se han conseguido aún las condiciones de seguridad que permitirían al CICR reanudar sus operaciones. El CICR y otras organizaciones humanitarias han sido víctimas de amenazas, de secuestros y de asesinatos.
 

Lo único que puede permitir superar progresivamente estos obstáculos es una acción que se inscriba en el largo plazo, destinada a entablar contactos con todas las facciones y todos los grupos armados, a fin de hacer conocer los principios esenciales del derecho humanitario y garantizar la aceptación de la acción humanitaria. Y esto sólo se consigue a fuerza de perseverancia y a costa de riesgos que no podemos subestimar. Pero se trata de una lucha desigual. Aquí como en otros ámbitos, con demasiada frecuencia son los violentos y los menos escrupulosos los que imponen su ley.
 

No obstante, hay que reconocer que los peores vejámenes implican siempre la re sponsabilidad de un Estado o de un grupo organizado. Ni el genocidio camboyano ni el genocidio más reciente de Ruanda, ni la depuración étnica de la que fuimos testigos en Bosnia-Herzegovina, en Croacia y, luego, en Kosovo, hubieran sido posibles sin un plan concertado y sin la voluntad política de un gobierno o de un partido fuertemente estructurado. Lo mismo se aplica a la Shoah y a la masacre de armenios de fines de siglo.
 

Así pues, la cuestión se plantea en estos términos: ¿cómo proteger a las poblaciones civiles, cómo garantizar el respeto del derecho internacional humanitario cuando nos vemos confrontados a políticas - depuración étnica o genocidio- que son la negación misma de todo principio humanitario?
 

Al no disponer de la fuerza, las organizaciones humanitarias sólo pueden emplear la persuasión de la que, en situaciones de esta naturaleza, conocemos las limitaciones.
 

En realidad, es a los Estados a quienes corresponde en primer lugar garantizar el respeto de los tratados que han suscrito y que se han compromentido no sólo a respetar sino además a hacer respetar [2 ] .
 

Indudablemente, las presiones diplomáticas y las resoluciones de los organismos internacionales pueden ejercer cierta influencia. Pero si estas presiones no se apoyan en medidas de ejecución, tanto en el orden interno de los Estados como en el plano internacional, terminarán por volverse inoperantes.
 

La creación de tribunales penales internacionales no dejará de ejercer en el futuro una acción disuasiva, ya que pone fin a una cultura de la impunidad. Quienes tuvieran la tentación de cometer o de ordenar cometer infracciones graves del derecho humanitario o de los derechos humanos reflexionarán dos veces antes de pasar al acto si saben que es posible que tengan que responder de sus acciones ante una jurisdicción internacional. No obstante, la experiencia demuestra que, mientras las hostilidades continúen, es difícil atrapar a los autores de los peores vejámenes y, aún más, a quienes los hayan ordenado o tolerado.
 

Con las sanciones económicas se puede aumentar la presión sobre las partes en conflicto. Por ello las Naciones Unidas han hecho de ellas una pieza importante de los mecanismos de seguridad colectiva. Con todo, a largo plazo, sus efectos afectan a las poblaciones civiles y, en particular a los más desvalidos, más fuertemente que a los ejércitos o a los miebros de los círculos dirigentes.
 

Queda, en último lugar, la solución militar.

 
Ésta puede tomar dos formas: la de escoltas armados que puedan abrir corredores humanitarios para proteger convoyes de víveres y de otros socorros destinados a las poblaciones civiles, o para proteger zonas de seguridad en las que encuentren refugio las poblaciones civiles. No se puede despreciar su importancia, en particular a la luz de la operación Provide Comfort en el norte de Irak y de la experiencia de la guerra en Bosnia-Herzegovina. No obstante, con esta acción se corre el riesgo de poner a los actores humanitarios a depender de los dirigentes de las fuerzas armadas. Y, sobre todo, con este tipo de intervención se corre el riesgo de no seguir sin incidir sobre las causas de los sufrimientos infligidos a las poblaciones civiles, sobre los comportamientos de los beligerantes, sobre las atrocidades cometidas y sobre las políticas de las que esas atrocidades son la manifestación.
 

¿Hay que recurrir a la fuerza para prevenir las violaciones graves del derecho internacional humanitario o para ponerles fin, para detener masacres, restablecer el orden en un país destruido por la guerra civil, o para permitir a los refugiados regresar a sus hogares? Tal es la cuestión a la que se ve confrontada la comunidad internacional. La guerra para rest ablecer el derecho, la guerra para proteger a las víctimas de la guerra, tal fue precisamente uno de los envites de la reciente intervención de las fuerzas de la OTAN en Kosovo.
 

Esta intervención obligó al Gobierno de Belgrado a retirar sus tropas de Kosovo y a aceptar el despliegue de fuerzas de la OTAN en la provincia. Los refugiados albaneses de Kosovo comenzaron a regresar a sus hogares. Así, la intervención de las fuerzas de la OTAN permitió conseguir os principales objetivos que se le habían asignado. Pero, no deja de plantear cuestiones delicadas respecto del derecho internacional humanitario [3 ] . Se pueden identificar estas cuestiones, pero sería prematuro pretender que ya hoy se les dé una respuesta.
 

A pesar del avance tecnológico de las armas y de las precauciones tomadas, los bombardeos aéreos ocasionaron grandes sufrimientos, muertes y heridos, sin duda más numerosos entre las poblaciones civiles que entre los combatientes. Estos bombardeos aniquilaron grandes sectores de la infraestructura económica de Yugoslavia e incluso de Kosovo.
 

Así pues, no es posible dejarse de interrogar sobre la relación entre los sufrimientos que pretendía evitar esta intervención armada y los que efectivamente engendró el uso de la fuerza. En esta sangrienta aritmética, el análisis no puede limitarse a contabilizar únicamente las víctimas de esta operación; habrá que tener en cuenta igualmente los efectos a más largo plazo, así como los que hubiera ocasionado la inacción, efectos éstos imposibles de cuantificar.
 

Por otra parte, la intervención de la OTAN no ha aportado aún la pacificación que se había esperado. En las rutas del exilio, los refugiados serbios han reemplazado a los albaneses de Kosovo. Únicamente el futuro mostrará si es posible restaurar la coexistencia de dos comunidades que pretenden el mismo territorio, pero separados desde hace años por el abismo de una desconfianza insondeable y de odios exacerbados por los acontecimientos de estos últimos años.
 

El empleo del término humanitario para calificar e incluso para justificar el recurso a la fuerza de las armas plantea igualmente preguntas delicadas que no pueden dejar de preocupar a las organizaciones humanitarias cuyas posibilidades de acción dependen del consentimiento de las partes en conflicto.
 

Por último, es ilusorio pensar que este modelo de intervención pueda ser fácilmente importado a otros teatros de enfrentamientos. ¿Veremos mañana a los países de la OTAN o a miembros de otras organizaciones internacionales enviar sus fuerzas armadas para restablecer el orden al corazón del África, al sur del Cáucaso o a Afganistán? Cabe perfectamente dudarlo. En efecto, una intervención de la Alianza Atlántica provocaría indudablemente un levantamiento de escudos de todos los que verían en esta iniciativa un resurgimiento del colonialismo. En cuanto a las demás organizaciones, sus medios de acción son infinitamente más limitados.
 

A la inversa, es indiscutible que la pasividad frente a violaciones graves y deliberadas de las leyes y costumbres de la guerra o de los derechos humanos, frente a políticas destinadas a erradicar poblaciones, ante el genocidio - sea donde sea que se produzcan estos hechos- arruina indefectiblemente la autoridad del derecho internacional humanitario y la del sistema internacional de protección de los derechos humanos. En términos más generales, la historia ha demostrado que la pasividad frente a tales atrocidades no puede hacer otra cosa que menoscabar la autoridad del derecho internacional, la estabilidad de las relaciones internacionales y la paz. La falta de acción acarrea de nuevos dramas, nuevos conflictos y nuevas víctimas. " La violencia engendra violencia " señalaba ya Esquilo [4 ] .
 

A través de estas preguntas se mide la necesidad de una concertación, de una acción común de los Es tados -y, en particular, de las grandes potencias -, así como la necesidad de prevenir y contener los conflictos, mientras se esté aún a tiempo. Porque, todos los ejemplos recientes lo han demostrado, la guerra tiene su propia dinámica: cuando se ha dado libre curso a la violencia, es casi imposible detenerla.
 

Para evitar que el mundo caiga nuevamente en las divisiones de la guerra fría, hay que encontrar nuevas modalidades de diálogo y de cooperación, pues la antigua confrontación ideológica ha sido relevada por la lucha por la dominación planetaria.

La historia nos enseña, en efecto, que ningún orden duradero puede fundarse en una relación de fuerzas simple. Únicamente la instauración de un nuevo orden internacional basado en el diálogo, la concertación y el respeto del derecho permitirá liberar al siglo próximo de la amenaza de la guerra que tan fuertemente ha pesado sobre el que pronto va a terminar.
 
 

  Indicaciones bibliográficas  

 
- Geoffrey Best, War and Law since 1945 , Clarendon Press, Oxford, 1994, 454 páginas.

- François Bugnion, Le Comité international de la Croix-Rouge et la protection des victimes de la guerre , CICR, Ginebra, 1994, XLIII, 1438 pp.

- François Bugnion, " Del fin de la Segunda Guerra Mundial al alba del tercer milenio: La acción del Comité Internacional de la Cruz Roja bajo el imperio de la guerra fría y de sus consecuencias, 1945-1995 " , RICR , no 128, marzo-abril de 1995, pp. 229 - 248

- Luigi Condorelli y Laurence Boisson de Chazournes, " Quelques remarques à propos de l'obligation des États de're specter et faire respecter le droit international humanitaire en toutes circonstances'" , en C. Swinarski (dir.), Études et essais sur le droit international et sur les principes de la Croix-Rouge en l'honneur de Jean Pictet , CICR/Martinus Nijhoff Publishers, Ginebra/La Haya, 1984, pp. 17-35.

- Simone Delorenzi, Face aux impasses de l'action humanitaire internationale: La politique du CICR depuis la fin de la guerre froide , CICR, Ginebra, 1997, 112 páginas.

- Jacques Freymond, Guerres, Révolutions, Croix-Rouge: Réflexions sur le rôle du Comité international de la Croix-Rouge , Institut universitaire de hautes études internationales, Ginebra, 1976, XII, 222 páginas.

- François Jean y Jean-Christophe Rufin (dirs.), Économie des guerres civiles , Librairie Hachette, París, 1996, 593 páginas.

- Hans-Peter Gasser, " Ensuring respect for the Geneva Conventions and Protocols: Ther role of Third States and the United Nations " , en H. Fox y M.A. Meyer (dirs.), Effecting Compliance , British Institute of International and Comparative Law, Londres, 1989, vol. II, pp. 15-49.

- Hans-Peter Gasser, " The International Committee of the Red Cross and the United Nations'involvement in the implementation of international humanitarian law " , en L. Condorelli, A.-M. La Rosa y S. Scherrrer (eds.), Les Nations Unies et le droit international humanitaire , Actes du Colloque international à l'occasion du cinquantième anniversaire de l'ONU (Ginebra, 19-21 de octubre de 1995), Éditions Pedone, París, 1996, pp. 259-284.

- Christophe Girod, Tempête sur le désert: Le Comité international de la Croix-Rouge et la guerre du Golfe, 1990-1991 , Émile Bruylant, Bruselas, 1995, 401 páginas.

- Christophe Girod y Angelo Gnädinger, " La politique, le militaire, l'humanitaire: Un difficile mariage à trois " , en J. Cot (dir.), Dernière guerre balkanique? Ex-Yougoslavie: témoignages, analyses, perspectives , París y Montreal, 1996, pp. 139-163.

- Marion Harroff-Tavel, " La acción del Comité Internacional de la Cruz Roja ante situaciones de violencia interna " , RICR , no 117-, mayo-junio de 1993, pp. 199 - 225

- Marion Harroff-Tavel, " Promover normas destinadas a limitar la violencia en situación de crisis: reto, estrategia y alianzas " , RICR , no145, marzo de 1998, pp. 5 - 21

- Marion Harroff-Tavel, " Strategie de l'action humanitaire du CICR face aux conflits du XXIe siècle " , en Annuaire Suisse - Tiers Monde 1999 , Institut universitaire d'études du développement, Ginebra, 1999, pp. 51-60.

- Massimo Lorenzi, Entretiens avec Cornelio Sommaruga, Président du Comité international de la Croix-Rouge: Le CICR, le coeur et la raison , Éditions Favre, Lausana, 1998, 170 páginas.

- Michèle Mercier, Crimes sans châtiment: L'action humanitaire en ex-Yougoslavie 1991-1993 , Émile Bruylant, Bruselas, París, 1994, X, 323 páginas.

- Jonathan Moore (dir.), Hard Choices: Moral Dilemmas in Humanitarian Intervention , Rowman & Littlefield, Lanham/Oxford, XIII, 322 páginas.

- Umesh Palwankar, " Medidas a las que pueden recurrir los Estados para cumplir su obligaciòn de hacer respetar el derecho internacional humanitario " , RICR , no 121, enero-febrero de 1994, pp.10 - 27

- Cornelio Sommaruga, " Die Neugestaltung Europas und das Rote Kreuz " , en J. Krainer y W. Manti (dirs.), Ortsbestimmung - Politik, Wirtshaft, Europa , Styria Verlag, Graz/Viena/Colonia, 1993, pp. 207-215.
 
 

  Notas  

 
1. Nos referiremos aquí únicamente a los profundos cambios políticos, a la sustitución de un sistema económico, político y social por otro. El desmoronamiento de la URSS precipitó el surgimiento de conflictos de orden territorial o étnico, cuya gravedad no es posible estimar, pero que no alteran el carácter esencialmente pacífico del sistema político de los países que hacían antes parte del bloque soviético.

2.  " Las Altas Partes Contratantes se comprometen a respetar y a hacer respetar el presente Convenio en todas las circunstancias " se proclama en el artículo 1 de los Convenios de Ginebra del 12 de agosto de 1949 y en el artículo 1 del Protocolo I adicional a dichos Convenios.

3. No tenemos la intención de abordar aquí la cuestión de la legalidad de la intervención de las fuerzas de la OTAN respecto del jus ad bellum y, en particular, respecto de las disposiciones de la Carta de las Naciones Unidas, puesto que el presente estudio versa únicamente sobre el examen de las condiciones de aplicación del derecho internacional humanitario en el marco de los conflictos contemporáneos.

4. Esquilo, Agamenón , verso 763.




Secciones relacionadas

Páginas relacionadas