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EL CICR y la Primera Guerra MundialIII. La acción del CICR contra la guerra química

12-04-2000

       

  Batalla de Estaire: una fila de soldados cegados por los gases,  

  en un puesto de primeros auxilios, cerca de Bethune,     10 de abril de 1918. Ref. hist. 3088/25

Las primeras armas tóxicas se ensayaron, a partir de 1915, en los combates que tuvieron lugar en el frente occidental de la guerra. Las fuerzas enemigas utilizaron masivamente esas armas durante dos años consecutivos. En julio de 1917, cerca de la ciudad de Ypres en Bélgica, los alemanes emplearon, por primera vez, el gas mostaza, llamado posteriormente “iperita” por analogía con el nombre de esa ciudad.

A comienzos de 1918, el CICR temió un empleo generalizado de esas armas de destrucción masiva e indiscriminada, para oponerse a esta trágica esca lada de los medios de combate, pudo apoyarse en los Reglamentos anexos de las Convenciones de La Haya de 1899 y 1907 sobre la leyes y costumbres de la guerra que prohiben el empleo de armas tóxicas, así como en una declaración de los Estados Partes en la Convención de 1899 que proscribe el uso de proyectiles que esparcen gases asfixiantes .

El 6 de febrero de 1918, lanzó un llamamiento contra el empleo de gases tóxicos para convencer a los beligerantes de que renunciaran a ello suscribiendo un acuerdo bajo la égida de la Cruz Roja.

Al decidir oponerse firmemente al empleo de armas tóxicas, el CICR dio a su labor una nueva dimensión que sobrepasaba la asistencia a las víctimas para interesarse en los métodos y las técnicas de combate. En ese ámbito abordaba una cuestión sumamente controvertida, que era objeto de acusaciones recíprocas por parte de los Estados beligerantes.

Pero, con el propósito de proteger a las víctimas de la guerra, el CICR decidió proseguir en esa dirección y dar gran publicidad a su acción en ese ámbito. El 8 de febrero de 1918, envió el texto de su llamamiento a los soberanos y jefes de Estado de los países beligerantes o neutrales, así como a las Sociedades Nacionales, a diversas personalidades religiosas y a la prensa.

Se recibieron respuestas alentadoras en Ginebra, particularmente por parte de las Cruces Rojas Danesa, Noruega y Sueca que dieron parte de su aprobación. El Vaticano sostuvo igualmente la iniciativa del CICR.

Alentado por ese éxito, el CICR intentó convencer a las grandes potencias aún renuentes. En marzo de 1918, Édouard Naville, presidente interino del Comité, y el doctor Ferrière, su vicepresidente, viajaron a París. El presidente de la República Francesa, Raymond Poincaré, les informó de que los aliados estaban dispuestos a hacer una declaración según la cual renunciaban al empleo de gases a condición de que sus adversario s, los Imperios centrales hicieran lo mismo.

En mayo de 1918, los Gobiernos de los Aliados remitieron al CICR una respuesta oficial al llamamiento del 6 de febrero, en la que declaraban que hacían suya la iniciativa del CICR y aceptaban incluso la idea de un acuerdo que prohibiera el empleo de gases, pero atribuían la responsabilidad de la guerra química a sus contendientes.

El 12 de septiembre, el CICR recibió la respuesta del Gobierno alemán. Tras haber recordado la posición adoptada durante la Conferencia de La Haya de 1899 en favor de la supresión de las armas tóxicas, así como sus protestas contra el empleo de gases en el frente europeo, Alemania acusó, a su vez, a sus contendientes de ser responsables de la invención y el desarrollo del empleo de gases en el conflicto.

En realidad, las gestiones del CICR alcanzaron un éxito matizado, cuyos efectos positivos se verificaron sólo ulteriormente. No obstante, el CICR proclamó oficialmente la necesidad de prohibir completamente ese tipo de armas durante la Primera Guerra Mundial y prosiguió sus gestiones en ese sentido asociando a ellas a los círculos académicos o militares, así como a las Sociedades Nacionales.

Esos esfuerzos contribuyeron directamente a la aprobación del Protocolo relativo a la prohibición del empleo, en la guerra, de gases asfixiantes, tóxicos o similares y de medios bacteriológicos , aprobado en Ginebra el 17 de junio de 1925. Pero era tan sólo una primera etapa en los sucesivos estudios que el CICR emprendería posteriormente sobre las armas que afectan sin discriminación, tales como el arma nuclear, las armas biológicas y las minas terrestres, y que siguen siendo hoy el meollo de los asuntos que preocupan al Movimiento Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja.