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Ruanda: "En momentos como esos, lo más importante es, sobre todo, no mostrar que uno está muerto de miedo"

02-04-2004

Conferencia que dio Philippe Gaillard, jefe de la delegación del CICR en Ruanda de 1993 a 1994, el 18 de octubre de 1994 en el Museo Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja en Ginebra, bajo el título: "Ruanda 1994: La vida verdadera está ausente (Arthur Rimbaud)"

No es mi intención reescribir aquí la historia de Ruanda. Me limitaré a recordar algunas fechas clave:

  • 1959: año de la revolución hutu

  • 1962: año de la Independencia

  • 1973: año del golpe de Estado del presidente Habyarimana

  • octubre de 1990: comienzo de las hostilidades entre el Frente Patriótico Ruandés (FPR) y el ejército gubernamental

  • 6 de abril de 1994: asesinato del presidente Habyarimana

  • 4 de julio de 1994: toma de Kigali y del poder por el Frente Patriótico Ruandés.

En julio de 1993, el presidente del CICR, el señor Sommaruga, efectuó una visita a Ruanda, en el transcurso de la cual se reunió, en particular, con el presidente ruandés Habyarimana. De ese encuentro, mi memoria sólo ha retenido un detalle: cuando el señor Sommaruga abordó la cuestión de las minas antipersonal –en ese momento había unas 30.000, sobre todo en el norte de Ruanda, en la línea de frente- y de las consecuencias trágicas que acarrean para la población civil, el presidente Habyarimana le respondió que era plenamente consciente de ese problema, pero que, en su opinión, lo más importante no era tanto " desminar los cultivos de té o de patatas, sino desminar los corazones... " .

Yo había llegado a Ruanda quince días antes y, a través de una sola metáfora, me enteraba de dos cosas fundamentales: primero, que las flores de la retórica no eran necesariamente exclusivas de los poetas, ya que un jefe de Estado osaba l anzarse en un terreno tan escabroso y en el marco de una reunión absolutamente formal; y segundo, que el corazón de los ruandeses estaba minado y, tal vez, listo para estallar en sangre y en furia.

  Acuerdo de paz  

Una semana después de la entrevista entre el señor Sommaruga y el presidente Habyarimana, se firmó un acuerdo de paz en Arusha, Tanzania, entre el jefe de Estado Ruandés, el general Habyarimana y el presidente de los rebeldes del FPR, Alexis Kanyarengue. De modo que, el 4 de agosto de 1993, todo iba bien en el mejor de los mundos.

Reflexionando sobre ese optimismo excesivo, compartido por las más altas instancias internacionales, que suscitó la firma del acuerdo de paz, he vuelto a leer recientemente Cándido , donde Voltaire se complace en describir, no sin ironía y antífrasis, un campo de batalla:

" No había nada más hermoso, más diestro, más brillante, más bien ordenado que ambos ejércitos: las trompetas, los pífanos, los oboes, los tambores y los cañones formaban tal armonía cual nunca hubo en los infiernos. Primeramente, los cañones derribaron unos seis mil hombres de cada parte, después la fusilería barrió del mejor de los mundos unos nueve o diez mil bribones que infectaban su superficie y, por último, la bayoneta fue la razón suficiente de   la muerte de otros cuantos miles. Todo ello podía sumar cosa de treinta millares. Cándido, que temblaba como un filósofo, se escondió lo mejor que pudo durante esta heroica carnicería.  

  En fin, mientras ambos reyes hacían cantar un Te Deum, cada uno en su campo, se resolvió nuestro héroe ir a discurrir a otra parte sobre los efectos y las causas. Pasó por encima de muertos y moribundos hacinados y llegó a un lugar inmediato; estaba hecho cenizas; era una aldea ávara que, conforme a las leyes de derecho público, habían incendiado los búlgaros; aquí unos ancianos acribillados de heridas contemplaban morir a sus esposas degolladas, con los niños apretados a sus pechos ensangrentados. Más allá, exhalaban el postrer suspiro muchachas destripadas, después de haber saciado los deseos naturales de algunos héroes; otras, medio tostadas, clamaban por que las acabaran de matar; la tierra estaba sembrada de sesos al lado de brazos y piernas cortadas. "

  Retorno de la violencia  

Los primeros signos de la " heroica carnicería " , para retomar la expresión de Voltaire, no se remontan al asesinato del presidente Habyarimana, el 6 de abril de 1994. Sólo algunas semanas después de la firma del acuerdo de paz de Arusha, en agosto de 1993, unos cincuenta campesinos fueron asesinados en el norte del país.

Las tropas de la ONU conducidas por el general Dallaire, blanco permanente de las burlas de Radio-Télévision-Libre des Mille Collines, eran incapaces de explicar esa masacre.

En enero de 1994, se produjo en Kigali un retorno de la violencia. Escenario idéntico al de febrero, al que se añadió el asesinato por razones políticas de dos personalidades de envergadura: Félicien Gatabazi, ministro, y Martin Bucyana, presidente de CDR, un partido hutu de tendencia radical. Ruptura del diálogo entre militares gubernamentales y militares del FPR, escaramuzas entre beligerantes en el norte del país.

En la víspera de Pascuas, el 4 de abril de 1994, circulaban los rumores más diverso s, incluso en el ámbito diplomático, y se decía que algo grave iba a pasar. El Nuncio Apostólico, monseñor Giuseppe Bertelli, me convocó, me previno e incluso me aconsejó que estuviéramos alerta y preparados para actuar. Lo grave sucedió dos días más tarde, la noche del 6 de abril, cerca de las 20 horas, cuando el avión que trasladaba al presidente de Ruanda, Juvénal Habyarimana, y al presidente de Burundi, fue abatido por un tiro de misil justo encima del aeropuerto de Kigali.

  En el Parlamento, bajo los disparos  

En ese momento, yo estaba en una reunión con dirigentes del Frente Patriótico Ruandés en el Parlamento que, desde el 28 de diciembre de 1993 (¡el 28 de diciembre es el día de los Santos Inocentes!), y tras los acuerdos de paz de Arusha, era utilizado como sede por los rebeldes en plena ciudad de Kigali.

Estaban conmigo dos colegas. Pasamos la noche en el fondo de una sala inundada de agua, rodeados de bolsas de arena para protegernos de las balas y los tiros de mortero del ejército gubernamental, que había comenzado a disparar contra el Parlamento. Estábamos al corriente del drama, pues las radios ruandesas lo habían anunciado apenas una hora después de la caída del avión presidencial.

La locura asesina que se apoderó de la población ruandesa fue instantánea. Pudimos comprobarlo la mañana del 7 de abril, cuando observamos las primeras masacres sistemáticas de personas civiles. Dentro del Parlamento, los miembros del Frente Patriótico Ruandés hervían de rabia y de impaciencia, pues asistían impotentes, como nosotros, a las primeras evidencias de la hecatombe. Pude ver cómo los soldados del FPR incriminaban a los soldados de la ONU y les suplicaban que intervinieran o que les permitieran intervenir, a ellos, los combatientes del FPR. Pero los soldados de la ONU se mantuvieron inflexibles y no vacilaron. Sin duda no compren dían lo que estaba pasando.

La tensión no dejaba de aumentar. Presionado por mis dos colegas, que a su vez eran presionados sin cesar por sus esposas que llamaban por teléfono –los teléfonos todavía funcionaban-, teníamos la impresión de estar atrapados en una verdadera trampa para ratones.

Quedarnos en el Parlamento con el FPR nos convertía en blanco militar; salir del Parlamento significaba exponernos a las balas, las barreras y quedar a la merced de la dudosa misericordia divina. Finalmente, decidimos dejar el Parlamento, lo que nos valió hacernos tratar de locos y de inconscientes, tanto por el FPR como por los funcionarios de la ONU que estaban en el lugar.

  "   Fácilmente uno pasa por loco...   "  

En alguna parte de Viaje al fin de la noche , Céline escribe: " Cuando llega el momento del mundo al revés y es loco preguntar porqué a uno lo asesinan, es obvio que fácilmente uno pasa por loco, pero eso tiene que prender. Y cuando se trata de evitar el gran descuartizamiento, en algunos cerebros se hacen magníficos esfuerzos de imaginación " .

En el caso particular de esa jornada del 7 de abril de 1994 a las 13:30 hs., Céline tenía mucha razón.

En nuestro camino de vuelta, recogimos a Muriel, una colega que se había quedado sola en una de nuestras casas. Después seguimos camino. En una barrera, unos soldados gubernamentales, ebrios, nos detuvieron y nos pidieron el automóvil. Salí del vehículo, me presenté a su jefe, que estaba particularmente ebrio –los jefes siempre tienen derecho a una cerveza más que los soldados-, le estreché la mano y le pregunté su nom bre. Se negó a dármelo. En momentos como esos, lo más importante es, sobre todo, no mostrar que uno está muerto de miedo; se debe conservar el aplomo, mirar al otro a los ojos y, aun corriendo el riesgo de equivocarse, encontrar argumentos convincentes.

 
         
   
    Kigali. La población civil huye.©      L'ILLUSTRÉ /Claude Glunz/ref. rw-d-00020-09 
Sin vacilar, hice saber a nuestro militar ebrio que yo vivía en el mismo barrio que el ministro de Defensa, Augustin Bizimana, y que su director de gabinete, el coronel Téoneste Bagosora, y que no dudaría en informarles acerca del comportamiento poco disciplinado de esa barrera.

El militar pareció sorprendido por mis conocimientos de la jerarquía y nos dejó pasar. Dos minutos antes, su arma apuntaba contra mi abdomen: no habría podido e scapar. Sin lugar a dudas, Céline tenía razón, al menos en lo que respecta al gran descuartizamiento y a los esfuerzos de imaginación.

En el barrio donde vivía la mayor parte de los delegados, se habían perpetrado sistemáticamente masacres y pillajes, desde el asesinato del presidente Habyarinama. Lo mismo había sucedido en toda la ciudad de Kigali: bandidajes, arreglos de cuentas, pillajes, violaciones, matanzas étnicas, asesinatos políticos hicieron de Kigali un osario como sin duda nunca se había visto después de la Segunda Guerra Mundial, salvo en la Camboya de Pol Pot.

  La salida de los funcionarios extranjeros  

Probablemente ante el miedo provocado por la histeria colectiva del crimen y la destrucción, ante la amplitud del drama humano que se desarrollaba en plena calle e incluso en las casas, todas las embajadas, todas los organismos de la ONU, todas las organizaciones no gubernamentales, todos los proyectos de desarrollo y de cooperación cerraron sus puertas y se fueron del país, en avión o por tierra, a partir del 10 de abril, y abandonaron a sus colaboradores ruandeses, que en general quedaron en un absoluto desamparo. 

Antes del 6 de abril, las tropas de la ONU contaban con 2.500 integrantes; después de esa fecha, ese número se redujo a 300, lo cual implicó que el valiente general Dallaire quedara desprovisto, tanto de medios como de mandato.

La MINUAR (Misión de las Naciones Unidas para la Asistencia a Ruanda), nacida a raíz del acuerdo de paz de Arusha del 4 de agosto de 1993, se había transformado en un fantasma político y logístico.

Mientras tanto, fundamentalmente por razones de seguridad, habíamos decidido reunir a todos los delegados del CICR en la misma delegación y evacuar a aquellos que no eran absolutamente indispensables para la acción .

  Evacuación y masacre de los heridos  

     
    Kigali. Heridos atendidos en el hospital del CICR.©      L'ILLUSTRÉ /Claude Glunz/ref. rw-d-00020-11 
Con la ayuda de la Cruz Roja Ruandesa, también habíamos comenzado a evacuar heridos hacia una escuela ubicada a unos pasos de la delegación, que habíamos transformado en hospital de campaña. Estábamos conscientes, aunque no todos en la misma medida, de que evacuar y atender heridos en ese contexto de violencia era, de algún modo, una apuesta estúpida: la violencia que se había apoderado de Ruanda no estaba destinada a neutralizar al otro, haciéndolo prisionero o hiriéndolo, sino a eliminarlo lisa y llanamente a golpes de machete o de destornillador. Los heridos que recogíamos eran, en realidad, sobrevivientes que los asesinos, en particular los milicianos interhamwe, no habían tenido tiempo de eliminar.

En dos ocasiones, en abril de 1994, nuestras ambulancias fueron detenidas por barreras de milicianos: los heridos que transportábamos fueron obligados a descender a la fuerza y asesinados ante nuestros ojos. En la radio, la Radio-Télévision-Libre des Mille-Collines, se anunció que el CICR transportaba " enemigos de la República disfrazados de heridos…". . Explicaciones, protestas, comunicados de prensa desde Ginebra, reproducidos por los medios de información occidentales, efecto bumerán en el terreno, toma de conciencia por el Gobierno y los medios de información ruandeses del deterioro considerable, abrumador, de su imagen, corrección, campaña de sensibilización sobre el derecho de los heridos a recibir atención médica y sobre el papel de la Cruz Roja.

Unos días más tarde, nuestras ambulancias ya no tenían problemas para circular libremente en la ciudad de Kigali.

El asesinato de esos heridos en nuestras ambulancias nos permitió salvar a miles de otros, cerca de diez mil, entre el 10 de abril y el 4 de julio de 1994, según las estadísticas de nuestro hospital improvisado.

  Un milímetro de humanidad  

Diez mil personas no son nada en un conflicto donde murieron casi un millón en menos de tres meses; es sólo un milímetro de humanidad en kilómetros de horror. ¿Valían la pena los riesgos que decidimos correr para salvaguardar ese milímetro de humanidad? ¿Cuántos de nosotros nos hicimos esa pregunta, diciéndonos una vez más, como Céline:

" Rechazo la guerra y todo lo que conlleva, no la deploro, yo no me resigno, no lloriqueo, la rechazo categóricamente con todos los hombres que contiene. No quiero tener nada que ver con ellos, con ella. Aunque ellos sean 995 millones y yo uno solo, ellos están equivocados y yo tengo razón, porque soy el único que sabe lo que quiere: no quiero morir " ?

¿Acaso los otros, los que se fueron, los diplomáticos, los voluntarios para el desarrollo, los organismos de la ONU y las ONG no habían tenido razón cuando se dijeron, como Rimbaud: " Lo más inteligente es abandonar este continente donde la locura está acechante para proveer de cautivos a esos miserables " ?

La inmensa mayoría de nuestros colaboradores ruandeses habían podido llegar hasta la delegación, muchos de ellos con sus familiares, niños sobre todo.

     
    Kigali. Bandera del CICR frente a la línea de frente para proteger el hospital de campaña de Kiyovu.©      L'ILLUSTRÉ /Claude Glunz/ref. rw-d-00020-19 
 

 ¿Qué les sucedería si nos íbamos? Centenas de miles de personas dejaban Kigali, huían de los campos a medida que el FPR ganaba terreno. ¿Debíamos dejar que murieran de hambre en las carreteras?

  Cien heridos por día en el hospital  

El hospital de la ciudad de Kigali, bombardeado por los rebeldes, había cerrado sus puertas. El hospital del CICR recibió un promedio de cien heridos por día durante noventa días, fue amenazado por milicianos ebrios, desesperados, fue bombardeado por los rebeldes. Una verdadera temporada en el infierno, e inédita, puedo jurarlo. Rimbaud una vez más: " Debilidad o fuerza: estando aquí, fuerza. No sabes adónde te diriges ni por qué, de modo que entras en todos lados, respondes a todo. Nadie puede matarte porque eres un cadáver " .  

     

Eso es lo que de algún modo hicimos en Kigali y en otras partes de Ruanda: fuimos, entramos, respondimos en lugar de largarnos, nos abrimos en lugar de encerrarnos, dialogamos y, en el infierno ruandés, hablamos con todos los diablos.

La prefectura de Kigali necesitaba combustible para los camiones que evacuaban los cadáveres en volquetes para residuos. Se lo dimos. Una autoridad de la prefectura nos confió, tres semanas después, en secreto, que habían evacuado sesenta y siete mil cadáveres tan sólo en la ciudad de Kigali.

Por falta de cloro y de sulfato de alumina, la ciudad de Kigali se quedó sin agua. Proporcionamos los productos necesarios y de ese modo pudimos postergar quince días la agonía de la estación central de bombeo.

  El Gobierno abandona Kigali  

Hacia mediados de abril, el Gobierno interino huyó de Kigali y se dirigió a Gitarama, en el sur. Era patético ver a todos esos ministros irse del Hôtel des Diplomates en pleno centro de Kigali, cargando las propias valijas, y los niños llorando. Uno de los funcionarios, del partido gubernamental, no tenía combustible. Le ofrecí un poco en la delegación, ante la mirada aterrorizada de nuestros empleados locales.

Un ministro no tenía automóvil y me pidió ayuda. Lo ubiqué en el vehículo de otro ministro, que yo conocía personalmente. Después de todo, en circunstancias como esas, incluso entre ministros hay lugar para expresiones mínimas de solidaridad. Era lamentable, ¡no sabía si tenía que reírme o llorar!

Del Hôtel des Diplomates , ya sin sus augustos y nobles ocupantes, volví a la delegación y releí un poema, que leí y leí decenas de veces en Kigali. Un poema de Arthur Rimbaud, que se titula " Mañana " . También pertenece a Una temporada en el infierno :

  ¿No transité una vez una juventud amable, heroica, fabulosa, para ser escrita sobre hojas de oro? - ¡Mucha suerte! Por aquel crimen, por aquel error, ¿merezco mi debilidad actual? Ustedes que pretenden que hay animales capaces de sollozar entristecidos, que hay enfermos que desesperan, que hay muertos que duermen mal, prueben hacer el relato de mi caída y mi somnolencia. Yo ya no puedo explicarme sino mediante los continuos Pater y Ave María. ¡Ya no sé hablar!  

  No obstante, hoy creo haber finalizado el relato de mi infierno. Era indudablemente el infierno; el antiguo, aquel donde el hijo del hombre abrió las puertas.  

  En el mismo desierto, en la misma noche, siempre mis ojos tienen la revelación de la estrella de plata, siempre, sin que se conmuevan los Reyes de la vida, los tres magos, el corazón, el alma, el espíritu. ¿Cuándo iremos, más allá de las playas y los montes, a saludar el nacimiento del trabajo nuevo, la sagacidad nueva, la huida de los tiranos y los demonios, el fin de la superstición, a adorar - ¡los primeros! - la Navidad sobre la tierra?  

  ¡EI canto de los cielos, la marcha de los pueblos! Esclavos, no maldigamos la vida.  

     

  Pauillac del 86 a 5 dólares la botella  

Esa noche, tomé bastante alcohol. Nuestro administrador, Jean Pascal Chapatte, había conseguido botellas de Pauillac de 1986 a cinco dólares. Algo bueno tenía el pillaje de los comercios de lujo y las residencias de los embajadores. En mis sueños, soñaba que no estaba en Kigali, estaba solo en un convento benedictino en pleno centro de Nueva York bajo las llamas, era magnífico.

Unos días más tarde, instalamos una subdelegación en Gitarama, más precisamente en Kabgayi, el bastión católico más importante del país.

En Kabgayi había un hospital y numerosas instalaciones donde se habían refugiado civiles, unos 35.000, en su mayoría tutsis, muy expuestos a la furia popular. Decenas, tal vez centenas, de ellos murieron en condiciones atroces durante las redadas nocturnas perfectamente definidas y organizadas.

Los problemas eran muchos. En varias ocasiones, me desplacé de Kigali a Kabgayi, me entrevisté con las autoridades religiosas y gubernamentales, conduje a ministros, e incluso a militares, al lugar para que t omaran conciencia de la amplitud del desastre y de las condiciones infrahumanas en que sobrevivía la población, independientemente de cualquier consideración de orden étnico.

Comprobaban que la situación era dramática, pero su nivel de desorganización, su sentimiento de impotencia, su desaliento eran tales que se sentían incapaces de poner término a la locura asesina y a la masacre sistemática que habían contribuido a organizar, al menos algunos de ellos. Digo bien: algunos de ellos, pues en el gobierno hutu, que caerá a comienzos de julio de 1994, encontré personas lúcidas, sin ninguna clase de odio racial.

Pienso en ese ministro que, a pedido del CICR y con todo el apoyo de un funcionario de alto nivel de las fuerzas armadas ruandesas, fue personalmente a un orfanato, ubicado en las cercanías de Gisenyi, para salvar de una muerte segura a trescientos niños cuyos padres habían sido masacrados.

  Un funcionario que salvó centenares de civiles  

   
    Kigali. Philippe Gaillard con el coronel François Munyengago.© L'ILLUSTRÉ /Claude Glunz/ref. rw-d-00020-22_m.jpg 
Pienso en todos esos funcionarios moderados, abiertos al análisis y al diálogo, y desesperados por el comportamiento asesino y suicida de algunos de sus colegas.

Pienso, por último y sobre todo, en el coronel François Munyengango, oficial de enlace con la delegación del CICR, que por sí solo contribuyó a salvar a centenares de civiles indefensos, entre ellos seiscientos huérfanos en peligro de muerte, en el sur del país, en la ciudad de Butare. El coronel sufría una enfermedad incurable; por esa razón, sin duda, el ministro de Defensa lo había designado como oficial de enlace con el CICR. Murió unos meses más tarde. ¡Que Dios lo tenga en la gloria!

Pienso también en algunas autoridades que, a fuerza de paciencia y persuasión de nuestra parte, y a pesar de las innumerables presiones de que eran objeto por parte de los milicianos interhamwe, hicieron todo lo que estuvo a su alcance para evitar que fueran asesinados unos nueve mil civiles que se encontraban en el campo de Nyarushishi, los únicos sobrevivientes tutsi de toda la prefectura de Cyangugu. Los sobrevivientes de Nyarushishi fueron protegidos más tarde por las tropas francesas de la Operación Turquesa.

  El suicidio en menos de tres meses  

Quiero que se me entienda bien: no trato de minimizar la tragedia ruandesa. Lo que sucedió en Ruanda es absolutamente monstruoso, inadmisible, inaceptable. Los ruandeses se suicidaron en menos de tres meses.

Lo que intento mostrar con los ejemplos antes mencionados es, simplemente, que incluso en una situación dominada por el horror más profundo e impenetrable, hubo hombres y mujeres de un coraje y una lucidez suficientemente excepcionales como para plantar una flor de humanidad en lo que era, ellos mis mos lo sabían, un verdadero cementerio nacional, un genocidio.

Lo que también quiero decir es que los medios de información occidentales tal vez efectuaron un análisis demasiado simplista, al presentar el drama ruandés como un conflicto étnico. Es fácil, y sin duda muy práctico, tirar de la cuerda étnica cuando se es incapaz de resolver un problema político relacionado con la distribución del poder.

El problema étnico ruandés tal vez no es sino la máscara detrás de la que se oculta, o se ocultó, un grupo reducido de políticos y de militares que no querían que resultaran menoscabados sus privilegios, pacientemente adquiridos en el transcurso de los veinte años de la democracia de Habyarimana.

  Los condenados de la tierra  

Lo trágico es que, como siempre en esos casos, la increíble factura de la violencia nunca la pagan los responsables, sino los pequeños, los campesinos, los iletrados que compran como pan bendito cualquier propaganda difundida, en particular, a través de las insanias radiofónicas de Radio-Télévision-Libre des Mille Collines. Son ellos los que vivieron una temporada en el infierno, mucho más que nosotros; son ellos los verdaderos condenados de la tierra, estén en Sarajevo, en Afganistán, en Liberia o en Ruanda.

En ellos pienso cuando releo aquí la súplica de Rimbaud: " Esclavos, no maldigamos la vida " . En ellos también debería pensar ese alto funcionario del Frente Patriótico Ruandés, más tarde ministro y hoy embajador de su país en Europa, cuando hacia fines de abril de 1994 me dice: " Señor Gaillard, sabemos lo que está pasando, pero también sabemos que, incluso después de Hiroshima, hubo sobrevivientes " . Esas palabras quedaron grabadas en mi memoria, como el hiel o transparente en la falla de una roca.

Cuando uno está entre la multitud en un carnaval macabro, siempre se sorprende cuando encuentra interlocutores lúcidos, que no vacilan y que no dejan surgir las propias heridas. Para algunos seres humanos, en particular para los que frecuentan las esferas del poder, los imperativos políticos y militares constituyen una prioridad tal que sin duda no tienen otra opción.

  En Ruanda y en los países vecinos  

Mientras tanto, el CICR abrió una delegación en Ngara, Tanzania, para ayudar a cerca de trescientos mil refugiados hutus que habían huido del avance del Frente Patriótico Ruandés. Entre esos refugiados, sin duda había muchos milicianos que tenían sangre hasta el cuello.

También abrimos subdelegaciones en Goma y en Buakvu, Zaire, para ayudar a las poblaciones desplazadas hacia el oeste del país en Ruhengeri, Gisenyi, Kibuye, Cyangugu, Kibeho. Las necesidades eran muchísimas; la agresividad de los milicianos, difícil de manejar.

Abrimos también una subdelegación en Kabale, Uganda, para ayudar a la población civil del norte del país, bajo el control de los rebeldes del FPR: un territorio casi vacío, con medio millón de habitantes como máximo, en su mayoría concentrados en los campamentos improvisados. Un mes antes nos estábamos preguntando si nos íbamos de Ruanda o no, y ahora estábamos presentes en seis lugares del país, repartidos en la zona gubernamental y en la zona rebelde, así como en la periferia, en las fronteras con Tanzania, Uganda y Zaire.

 
    Kigali. Colaboradores de MSF trabajan con el CICR en el hospital de campaña de Kiyovu.© L'ILLUSTRÉ /Claude Glunz/ref. rw-d-00020-10 
En Kigali, nuestro hospital no se vaciaba. Al contrario, estaba saturado. Debíamos hallar una solución, rápidamente. Decidimos comenzar a transferir a los heridos convalecientes de nuestro hospital improvisado, ubicado al lado de la ciudad bajo control gubernamental, hacia el hospital del Rey Fayçal, del otro lado de la línea de frente, bajo control de los rebeldes. Limpiamos el hospital del Rey Fayçal en dos días, con ayuda de Médicos sin Fronteras , y comenzamos los traslados.

Había que pasar por varias barreras de milicianos interhamwe. Era delicado y peligroso. Al principio, sólo trasladamos heridos hutus, después una complicada mezcla de ambos, hutus y tutsis, varias veces. Y más tarde, cuando ya no había heridos hutus para trasladar, sólo trasladamos heridos tutsis. En ese momento, las cosas se complicaron. Fuimos detenidos por una barrera formada por guardias presidenciales y milicianos, justo en medio del puente que indicaba la línea de frente y donde, unos días antes, los rebeldes del FPR habían atacado a unos cascos azules. No podíamos avanzar. Los milicianos se subieron al camión y gritaron: " ¡Inyenzi, inyenzi! " (literalmente, " ¡cucarachas! " , forma peyorativa con que los extremistas hutus se refieren a los tutsis).

Por un momento creí que íbamos a ser asesinados. Pedí a un miembro de la guardia presidencial que consultara por radio a sus jefes para que nos dieran autorización para pasar. No hubo caso. Me subí rápidamente a mi automóvil y fui hasta las instalaciones del Estado Mayor de las fuerzas armadas ruandesas, donde un coronel tomó un trozo de papel y escribió rápidamente unas palabras en ruandés: " Con esto debería poder pasar... " . Volví al puente. Todos seguían vivos. Mostré mi papelito al guardia presidencial. Llamada por radio. Espera interminable. Y finalmente estas palabras: " Está bien. Pueden pasar " .

  "¡Has traído a mi hermano!"  

     

Seguimos nuestro camino. Yo estaba pálido. Ahora teníamos que pasar la barrera de los rebeldes. Uno de ellos subió al camión, después al remolque del camión. Cuando bajó, tenía los ojos llenos de lágrimas. Se acercó a mí y me dijo: " ¡Has traído a mi hermano!   ¡Has traído a mi hermano! " . Sonreí para no llorar: demasiada emoción a la vez. Después de mi experiencia ruandesa, nunca más asistí a ninguna reunificación de familiares separados por la guerra. Estoy relativamente endurecido respecto del horror, pero no resisto las cosas bellas, hacen que las lágrimas broten de lo más profundo de mis entrañas y me vacíen el estómago.

El avance militar del FPR era impresionante. Antes de fines de mayo, los rebeldes habían tomado Byumba, Kayonza, Rwamagana. Controlaban la frontera con Tanzania. Habían atravesado el Buge sera y cortado la ruta que lleva de Kigali a la frontera con Burundi, en el norte de Butare. Las autoridades gubernamentales, que se habían ido de Kigali a Gitarama hacia mediados de abril, ahora dejaban Gitamara para dirigirse a Goma, en la frontera con Zaire.

Unos días más tarde, Kabgayi y Gitarama caían en poder de los rebeldes. Los delegados del CICR habían salido indemnes de Kabgayi, al igual que los heridos del ejército gubernamental, que se encontraban en nuestro hospital improvisado, dentro del obispado, y no habían podido huir con el resto de la tropa, pues no podían caminar.

 
        Kabgayi. Hospital del CICR.© L'ILLUSTRÉ /Claude Glunz/ref. rw-d-00021-15 
El hospital debe mudarse

Los rebeldes forzaron a los delegados a dejar Kabgayi, pues consideraban que la situación era allí muy peligrosa, y dirigirse a Nyanza, más al sur. Yo les había ordenado que aceptaran las órdenes terminantes del FPR. Los delegados se mudaron a Nyanza, con todos los heridos de guerra: los heridos del ejército gubernamental fueron considerados como prisioneros de guerra por el FPR. Además, estaban vivos unos treinta mil civiles, en su gran mayoría tutsis, que se habían desplazado a Kabgayi y que vivían una verdadera pesadilla desde hacía casi dos meses. Pero estar vivo era mucho en ese contexto.

En Kigali, incluso nuestra situación era difícil. A mediados de mayo, uno de nuestros convoyes de alimentos fue deliberadamente atacado por el FPR a la salida de la ciudad de Kigali, en dirección de Gitamara. Durante una hora y media, los delegados Pierre Gratzl, Ian Stefanski y François Conrad soportaron una lluvia de balas y proyectiles. Pierre Gratzl resultó herido, cuando un obús lo alcanzó en el vientre. El general Dallaire lo salvó al enviar, a pedido nuestro, dos vehículos blindados al lugar. Pierre Gratz fue operado en nuestro hospital y, ese día, aprendí una nueva palabra: laparotomía. 

Pierre Gratzl es un amigo de la escuela, hacía veintisiete años que nos conocíamos, y de algún modo estoy convencido, aunque sea difícil decirlo para alguien tímido como yo, de que Pierre Gratzl tal vez no habría aceptado ir al infierno de Kigali si yo no hubiera estado allí también. Si es así, es muy simpático de su parte.

  Problemas de agua  

Un día, Kigali se quedó sin agua. A partir de entonces, tuvimos que ir a buscar agua a una fuente, a cinco minutos de la delegación, lo cual era una verdadera suerte.

De ese modo pudimos lavarnos todos los días. Cuando la muerte, con todos sus olores, merodea cerca de uno, es importante lavarse. Tengo un estómago que funciona como un reloj. Lo vacío todas las mañanas, ni bien me levanto. Cuando me duchaba, recuperaba el agua del enjuague en un balde de plástico. A veces lloraba, agachado en la bañera. Mis lágrimas se mezclaban con el agua del enjuague, después vertía toda esa agua sucia en el ino doro y la evacuaba junto con mis excrementos en el desagüe de la ciudad.

Sabrán perdonarme estos detalles técnicos que, en realidad, no lo son: la verdad pertenece más a la psiquiatría que a la economía doméstica. Lo cierto es que, en esas circunstancias, para el propio equilibrio mental, es fundamental poder evacuar la propia mierda con las propias lágrimas. El pH de todo el cuerpo, el pH del alma también, se normaliza. La acidez de la noche desaparece, y uno puede volver a caminar, sin titubear.

Al día siguiente del accidente de Pierre Gratzl, yo podía caminar sin titubear. Estoy olvidando otro detalle. En la misma época en que ocurrió ese accidente, un obús cayó sobre la delegación del CICR. Dos personas murieron y otras cinco resultaron heridas. Era demasiado, y esos obuses provenían del FPR...

  El respeto del derecho internacional humanitario   

Desde el inicio del conflicto, en octubre de 1990, el Frente Patriótico Ruandés, nos había dado las garantías formales de que respetaría el derecho internacional humanitario, el mandato del CICR y el trabajo de los delegados.

El CICR y el movimiento de los rebeldes establecían contactos de forma muy regular; todo el mundo lo sabía, incluido el Gobierno ruandés.

En julio de 1993, el presidente del CICR, señor Sommaruga, se reunió con el presidente de la República, Juvenal Habyarimana, pero también con el presidente del FPR, Alexis Kanyarengwe.

Tras la firma del acuerdo de paz de Arusha, el 4 de agosto de 1993, los contactos entre el CICR y los rebeldes del FPR eran casi cotidianos. ¿Había cambiado su posición respecto de nosotros? Para saberlo, teníamos que reunirnos con los rebeldes y, en lo posible, con los del más alto nivel.

  Encuentro con el general Kagamé  

El responsable de las actividades operacionales del CICR para África, Jean-Daniel Tauxe, se desplazó de Ginebra a Uganda. Valiente de su parte. Siempre reconforta no sentirse abandonado por su jerarquía. Por mi parte, aprovechando un desplazamiento de mi amigo el general Dallaire y del embajador de la ONU José Ayala Lasso hacia el norte del país, me dirigí por tierra hasta Byumba, donde me reuní con el general Paul Kagamé, jefe de los rebeldes, y le solicité una entrevista con Jean-Daniel Tauxe y yo, para dos días después. Inmediatamente me la concedió.

El general Kagamé nos respondió: " It´s not our aim to shoot at you " . Le respondí: " General, it´s good to know but please, don´t kill us, even by mistake " . Después hicimos algunas bromas.

¡Siempre reconforta saber que si uno debe morir sólo será por un error de disparo! Porque errores de disparo hubo muchos, uno de ellos monumental, la tercera semana de junio, cuando dos obuses cayeron directamente en la sala de urgencias de nuestro hospital. Siete heridos murieron y decenas de otros volvieron a sufrir heridas de gravedad. Yo estaba muy conmocionado.

Los cursos de derecho internacional humanitario siempre deberían ir acompañados de cursos de artillería y de balística. Pero el mandato del CICR no parece tan amplio como para que debatamos ese tipo de cosas, que se consideran demasiado agresivas...

  Noticias rápidas  

Me contacté con la BBC, la CNN, Radio France Internationale, etc., para contarles nuestra desgracia, para que los artilleros del FPR aprendieran a disparar mejor.

La prensa internacional, aun cuando funciona con la moda lidad de las " noticias rápidas " , a veces aporta algo bueno. En todo caso, el FPR no apreció para nada, pero para nada, que se deteriorara de ese modo su imagen de ejército disciplinado, organizado, respetuoso de los convenios internacionales.

Entre fines de junio y comienzos de julio de 1994, el presidente del FPR mismo, Alexis Kanyarengwe, nos remitió dos cartas donde nos solicitaba que mudáramos nuestra delegación y nuestro hospital a otra parte de Kigali. Personalmente, y desde hace años, siempre he preferido recibir cartas, en lugar de obuses. Una herida provocada por una carta no se cura necesariamente en un quirófano. Teníamos que ganar tiempo; Kigali estaba cercada por los rebeldes y no iba a tardar en caer.

Respondimos a la primera carta del presidente Kanyarengwe, en la que le solicitamos tuviera la deferencia de indicarnos un lugar seguro, en la misma Kigali, adonde pudiéramos mudar nuestra delegación y nuestro hospital. No tuvimos tiempo de responder a la segunda carta, porque en la noche del 3 de julio de 1994, oficiales del ejército gubernamental nos llamaron por teléfono en tres ocasiones para decirnos que el ejército iba a dejar Kigali esa misma noche. Además, nos agradecieron que hubiéramos tenido la valentía de habernos quedado para salvar lo que habíamos podido salvar.

El día anterior, un equipo de milicianos armados hasta los dientes habían llegado a nuestro hospital. Habían traído a una joven mujer tutsi. Me dijeron:

" Esta mujer es enfermera, la tuvimos con nosotros estas últimas semanas para que nos atendiera si sufríamos algún accidente. Es una enemiga. Ahora nos vamos de la ciudad y hemos decidido no matarla...Pensamos que sería más útil en su hospital que muerta. ¡Adiós! " .

Les agradecí como corresponde y les deseé buen viaje. A veces ocurren milagros que llegan directo al corazón.

  Última cena con el general Dallaire  

En la madrugada del 4 de julio, las tropas del FPR circulaban libremente en toda la ciudad de Kigali. Invité a dos oficiales del FPR, dos mayores, a tomar una cerveza en la delegación. Aceptaron contentos la invitación.

Al día siguiente, me fui de Ruanda, no sin haber cenado una última vez con el general Dallaire, que me regaló una condecoración. Le regalé mi insignia de la Cruz Roja, aclarándole que no podía ponérsela. A pesar de que los cometidos que debíamos cumplir eran muy diferentes, el general Dallaire había vivido la misma pesadilla que nosotros, tal vez peor: perdió a trece de sus hombres, una decena de ellos en circunstancias atroces, asesinados a quemarropa, y los milicianos interhamwe habían puesto precio a su cabeza.

Desde comienzos de junio, el general Dallaire ya no podía cruzar las líneas de frente y vivía prácticamente recluido en su cuartel general. Recuerdo que, en las semanas anteriores a la caída de Kigali, el general nos pidió, en varias ocasiones, que entregáramos cartas a las autoridades gubernamentales, prueba de que entre éstas y la MINUAR el diálogo se había interrumpido.

 
    Kabgayi. Enfermera del CICR hablando con un oficial del ejército ruandés sobre la entrega de material sanitario.© L'ILLUSTRÉ /Claude Glunz/ref. rw-d-00021-20 
  Lo más difícil: mantener el diálogo  

Debe decirse que mantener el diálogo con todas las fuerzas beligerantes ruandesas, entre el 6 de abril y el 4 de julio de 1994, fue sin duda la parte más difícil de nuestro trabajo, un ejercicio de equilibrismo permanente.

Dialogar es, ante todo, escuchar al otro, sobre todo si ese otro llega hasta uno porque está desesperado. Es servirle de referencia, incluso sin hablar, o tal vez sobre todo sin hablar. Dialogar también es percibir la manera en que el otro nos comprende, siempre y cuando aún esté en condiciones de comprender algo.

En ese sentido, en Kigali, la delegación del CICR mantuvo una actitud de diálogo permanente, incluso en los peores momentos, sobre todo en los peores momentos. El diálogo es la piedra angular de la seguridad, más importante que los vehículos blindados y los chalecos antibalas. El diálogo es un signo de apertura, un signo de confianza. El vehículo blindado es la expresión física de un temor, de un repliegue, la expresión de una fuerza falsa, de una fuerza agresiva. El diálogo es la expresión de una fuerza tranquila, que a veces sirve para que el interlocutor salga reconfortado.

  Bases operacionales en todos lados  

La coordinación interna es otro punto clave del éxito de una misión. Entre Ginebra, Nairobi, Kinshasha, Bujumbara, Kabale, Goma, Bukavu, Kabgayi, Ngara, Kampala y Kigali, teníamos 11 bases de acción, que debían funcionar coherentemente.

La percepción que se tiene de un conflicto no necesariamente es la misma en Ginebra y en el terreno. En el caso de Ruanda, eso no ocurrió. Nunca hubo divergencias entre Ginebra y nosotros, el terreno.

Y luego está la prensa. La mayor parte de los periodistas, aunque no todos, son buitres de lo inmediato, cinematógrafos de lo mórbido. De todas maneras, ellos moldean la opinión pública, en todo caso en el exterior. Pero sus comentarios tienen repercusiones dentro del país. Los beligerantes a veces son muy sensibles respecto de su imagen, y no es sólo el caso de Ruanda. Teníamos que tener mucho cuidado al hacer nuestras declaraciones, a veces hasta nos ofrecimos la frustración de callarnos, pero en esos casos, la frustración suele ser una cuestión de supervivencia.

Por último y sobre todo, quiero destacar el coraje de las personas que trabajan con ustedes en el terreno. Ya he mencionado a Pierre Gratzl, François Conrad, Ian Stefanski. También quisiera rendir homenaje a Patrick Gasser, Jean-Pascal Chapatte, Hervé le Guillouzic, Didier Grond, Valérie Le Van, André Musy, Markus Dolder y a todo el equipo de Médicos sin Fronteras : Gilbert Ascotte, John Sanding, Isabelle, Matto, Cornelia, René, en fin a todos los que permitieron que nuestra delegación siguiera siendo solidaria, incluso y sobre todo en los peores momentos.

También quisiera agradecer a mi esposa María Teresa, que trabajó en el norte de Ruanda y nunca, nunca, nunca me presionó para que dejáramos el país. Y finalmente quisiera rendir un muy sincero homenaje a todos nuestros colaboradores ruandeses, hutus, tutsis, mezcla de ambos, sin los que nunca habríamos podido trabajar, pues sólo ellos tenían ese conocimiento de los detalles indispensables para la supervivencia, la determinación de los importante, y lo importante era, más que nada, no morir.

 
    Buhoro. Niños separados de sus familiares por el conflicto llegan a un campamento.© L'ILLUSTRÉ /Claude Glunz/ref. rw-d-00024-10 
  Los niños que se llaman "Gaillard"  

Los hijos de esos colaboradores, por decenas, se tiraban al piso de la delegación durante los bombardeos. Jugué con ellos cada vez que pude. Terminaron llamándome " el abuelo " .

Para esos niños y para todos los niños ruandeses que sobrevivieron a la masacre (años más tarde y con mucha emoción me enteré de que en Ruanda muchos niños llevan por nombre " Gaillard " ...¡ la vita é bella !), quisiera leerles un último texto: un poema de García Lorca, incluido en Poeta en Nueva York , que se titula " Infancia y muerte " :

  INFANCIA Y MUERTE  

Para buscar mi infancia, ¡Dios mío!

comí naranjas podridas, papeles viejos, palomares vacíos,

y encontré mi cuerpecito comido por las ratas,

en el fondo del aljibe y con las cabelleras de los locos.

Mi traje de marinero

no estaba empapado con el aceite de las ballenas,

pero tenía la eternidad vulnerable de las fotografías.

Ahogado, sí, bien ahogado. Duerme, hijito mío, duerme.

Niño vencido en el colegio y en el vals de la rosa herida,

asombrado con el alba oscura del vello sobre los muslos,

agonizando con su propio hombre que masticaba tabaco en su costado

siniestro.

Oigo un río seco lleno de latas de conserva

donde cantan las alcantarillas y arrojan las camisas llenas de sangre;

un río de gatos podridos que fingen corolas y anémonas

para engañar a la luna y que se apoye dulcemente en ellos.

Aquí solo con mi ahogado.

Aquí solo con la brisa de musgos fríos y tapaderas de hojalata.

Aquí sólo veo que ya me han cerrado la puerta.

Me han cerrado la puerta y hay un grupo de muertos

que juega al tiro al blanco, y otro grupo de muertos

que busca por la cocina las cáscaras de melón,

y un solitario, azul, inexplicable muerto

que me busca por las escaleras, que mete las manos en el aljibe

mientras los astros llenan de ceniza las cerraduras de las catedrales

y las gentes se quedan de pronto con todos las trajes pequeños.

Para buscar mi infancia, ¡Dios mío!,

comí limones estrujados, establos, periódicos marchitos.

Pero mi infancia era una rata que huía por un jardín oscurísimo,

una rata satisfecha mojada por el agua simple,

y que llevaba un anda de oro entre los dientes diminutos.

7 de octubre, 1929.

New York.

  Nacido en Valais, Suiza, en 1956, Philippe Gaillard ingresó al CICR en 1982. Hizo misiones en Irak, en América Latina, y trabajó también en la sede de la Institución durante más de un año. En julio de 1993, fue nombrado jefe de la delegación del CICR en Ruanda, de donde volvió en julio de 1994. Estudió Letras en las Universidades de Ginebra, de Freiburg-en-Breisgau y de Salamanca. Actualmente, es jefe de la delegación del CICR en Lima, Perú.