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Marcel Junod (1904-1961): el centenario de un "tercer combatiente"

24-08-2005

Luchó con los puños contra los saqueadores cuando Addis Abeba cayó ante las fuerzas italianas; negoció el canje de rehenes en la guerra civil española; en Berlín, la Gestapo lo tomó por un espía y lo arrestó, y fue el primer médico extranjero en ayudar a las víctimas de la bomba atómica en Hiroshima. Semblanza de un delegado excepcional del CICR.

     

  (El siguiente artículo fue tomado de un discurso que pronunció el 6 de mayo de 2004 el señor Jacques Forster, vicepresidente del CICR, en la inauguración de una muestra fotográfica sobre la vida y obra del doctor Marcel Junod, organizada en una localidad cercana a Ginebra.)  

Marcel Junod tenía apenas 30 años; estaba realizando sus prácticas como médico en la región de los Vosgos cuando, un día de otoño de 1935, el CICR le propuso viajar a Abisinia. Aceptó el ofrecimiento en el acto.

  "Sea prudente y mantenga la objetividad en todo momento" , fue el consejo que le dio el presidente de CICR, Max Huber, durante una breve reunión informativa celebrada en la Villa Moynier, que en ese entonces era la sede de la Institución en Ginebra. 

Al llegar al país, el doctor Junod se enfrentó de inmediato con la realidad del terreno y con los horrores de una guerra en la que las tropas fascistas italianas combatían al ejército del Emperador de Etiopía, Haile Selassie: bombardeos aéreos, ejecuciones sumarias de prisioneros, gente quemada y ampollada por el gas mostaza líquido, ataques intencionales contra las ambulancias... El país estaba sumido en el desorden, y el doctor Junod se encontró en muchas situaciones de grave peligro, como la que enfrentó durante la caída de Addis Abeba, cuando, tras perder su revólver, tuvo que defenderse de los saqueadores con los puños.

  "Acepte la misión, no durará mucho..."  

Un año más tarde, en 1936, estalló la guerra civil española, precursora de la Segunda Guerra Mundial. En su libro El tercer combatiente , el doctor Junod relata cómo le fue asignada esta misión:

  Max Huber, el presidente del CICR: "Hace falta alguien que vaya allí cuanto antes a ver qué se puede hacer..." Todas las miradas se volvieron hacia mí. (...) Todos me dijeron lo mismo: "Acepte la misión, no durará mucho. A lo sumo, tres semanas. Sólo se trata de averiguar exactamente qué está sucediendo". Aquellas tres semanas habrían de durar tres años.  

A partir de ese momento, Marcel Junod recorrió España a lo largo y a lo ancho. Estuvo en Barcelona, que había caído en manos de la Federación Anarquista Ibérica; en Madrid, controlada por los republicanos, y después en Pamplona, en poder de los nacionalistas. 

En esa guerra fratricida, las necesidades eran inmensas, sobre todo en el ámbito de la protección de prisioneros y civiles. Marcel Junod hizo todo lo que pudo para solucionar el trágico problema de los rehenes: hombres, mujeres y niños estaban atrapados en una espiral de represalias y ejecuciones, perpetradas por todas las facciones.

  "En pequeños grupos, se canjeaban vidas..."  

A fuerza de obstinación, el doctor Junod logró negociar varios canjes de rehenes en circunstancias caóticas.  "Lista por lista, en forma individual y en pequeños grupos, se canjeaban unas vidas por otras " , señala sobriamente en El tercer combatiente . Entre los que se salvaron del pelotón de fusilamiento, estaba el ento nces desconocido periodista húngaro Arthur Koestler. 

En ese entonces, el CICR aún no tenía el cometido, que más tarde le asignó la comunidad internacional, de asistir a las víctimas de los conflictos internos. Pero, para Marcel Junod, lo más importante era el espíritu de la Cruz Roja. Con firme convencimiento, lograba, de vez en cuando, acceder a los prisioneros políticos y enviar noticias a sus familiares mediante los mensajes de Cruz Roja.

Para cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial, Marcel Junod ya se había destacado como hombre de acción. Su sentido de iniciativa le ayudaría a vencer obstáculos aparentemente insuperables y a negociar oportunidades para realizar una acción humanitaria en un conflicto que fue " la primera guerra total " .

Llamado con urgencia por el Comité en septiembre de 1939, Marcel Junod viajó por toda Europa, un continente asolado por la guerra.

  Prisioneros, familiares, hambruna  

     

Viajó a Berlín, después a Polonia ocupada, y en junio de 1940, a Francia, donde primero se dirigió a Burdeos y después se reunió con el mariscal Pétain en Vichy. En todos lados, negociaba el acceso a los prisioneros de guerra y el intercambio de cartas entre éstos y sus familiares. Más adelante, viajó a Lisboa, a Londres y a Estocolmo para organizar la " flota del CICR " , que transportó cientos de miles de toneladas de suministros por el Mediterráneo y el Atlántico. Más adelante, en el invierno de 1941, viajó a los Balcanes, donde organizó una importante operación de socorro en Grecia ocupada, que sufría una grave hambruna.

Marcel Junod conocía bien los terribles límites jurídicos que entorpecían la acción del CICR durante la guerra, en particular la falta de protección para los civiles en los campos nazis; sabía también que las negociaciones entre la URSS y Alemania sobre los prisioneros habían llegado a un punto muerto. Sin embargo, no se detuvo en sus intentos por arrancar concesiones de índole humanitaria a todos sus interlocutores. Sorteaba los obstáculos con osadía en un entorno plagado de dificultades, y cuando llegaba el momento de actuar con decisión, lo hacía con increíble sangre fría. Así lo hizo en Berlín, cuando fue arrestado por la Gestapo, que lo había tomado por un espía de la Resistencia francesa... un equívoco que se aclaró prontamente.

  La prueba más penosa  

     

Pero, sin duda alguna, fue en Japón, en 1945, donde el doctor Junod se enfrentó con la prueba más penosa de todas. El 6 de agosto de 1945, a las 8.15 de la mañana, la ciudad de Hiroshima fue arrasada por una bomba atómica.

Marcel Junod llegó el 8 de septiembre. Fue el primer médico extranjero en presentarse sobre el terreno. Traía consigo 15.000 toneladas de suministros médicos que había logrado movilizar a través de sus contactos con los Aliados. Durante cuatro días, visitó hospitales e investigó lo que había sucedido; presenció escenas que superaban, de lejos, los límites de la imaginación humana.

El doctor Matsunaga, un ginecólogo de Hiroshima, se encontraba con él en ese momento, y dejó este conmovedor testimonio: "Trepamos la colina hasta el Tensyukaku, la torre del castillo de Hiroshima, porque el doctor  Junod quería observar la amplitud de la destrucción. (...) Desde esa altura, se veía toda la ciudad, que se extendía ante nosotros, iluminada, en parte, por el sol que asomaba entre las nubes, como un cadáver casi carbonizado y parcialmente reducido a cenizas. Por un momento, nos quedamos sin hablar.   

     

  Después de unos minutos, el doctor Junod dijo: "¿Dónde está el oeste? ¿Dónde está el epicentro? Vayamos allá". Observó la escena de devastación con gran atención. Mientras caminábamos, dio un rodeo para evitar un árbol quemado. Entre los escombros, encontró un hueso de una víctima y lo acarició con ternura, como si quisiera consolar a la persona fallecida".  

     

  En China, para UNICEF  

     

Tras la guerra, Marcel Junod escribió su libro El tercer combatiente , que, desde entonces, se ha traducido a una docena de idiomas. Después, emprendió una nueva misión sobre el terreno, esta vez a China, como representante de UNICEF, antes de volver a la medicina y especializarse en anestesiología.

En 1952, se hizo miembro del Comité y realizó nuevas misiones para el CICR. En una de ellas, el doctor Junod organizó la repatriación de ciudadanos coreanos desde Japón.

En 1959, Marcel Junod fue elegido vicepresidente del CICR. El 16 de junio de 1961, fue víctima de un ataque cardíaco mientras despertaba a un paciente de la anestesia. Murió tal como había vivido, dedicado a la medicina y al servicio de los demás.

  "¡No sabía que era imposible, por eso lo hizo!"  

     

Como médico y delegado del CICR, Marcel Jun od nos ha dejado un legado valioso, que consiste, en lo esencial, en el concepto de que la acción humanitaria ha de adaptarse constantemente a la evolución de las situaciones y a las necesidades nuevas. Este énfasis en la acción operacional no sólo ayuda a aliviar el sufrimiento humano en el momento, sino que también puede sentar precedentes que permitan lograr progresos en el ámbito del derecho internacional humanitario. A su manera, el doctor Marcel Junod siempre ponía en práctica las palabras de Mark Twain: " ¡No sabía que era imposible, por eso lo hizo! "

El incansable compromiso de Marcel Junod con las víctimas de la guerra sigue siendo hoy una fuente de inspiración y de motivación para todos nosotros.