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Ochenta años de prevención del empleo de armas biológicas y químicas

10-06-2005 Declaración

Discurso de Jacques Forster Vicepresidente Comité Internacional de la Cruz Roja durante el Seminario internacional sobre la amenaza del empleo de armas químicas y biológicascon motivo del octogésimo aniversario del Protocolo de Ginebra de 1925 sobre la prohibición del empleo, en la guerra, de gases asfixiantes, tóxicos o similares y de medios bacteriológicos.

     

 
   
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El 6 de febrero de 1918, el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) hizo un enérgico llamamiento a los beligerantes de la Primera Guerra Mundial contra el uso de gases tóxicos. El CICR describía estos gas como " una bárbara innovación que la ciencia tiende a perfeccionar " , y protestaba " con todo el vigor posible contra esa forma de hacer la guerra que sólo puede ser calificada de criminal " y advertía que habría una lucha que " superará en ferocidad a los episodios más bárbaros de la Historia " .

El mismo año, un químico llamado Fritz Haber fue galardonado con el Premio Nóbel de Química. Inspirándose en la preocupación que causaba el hecho de que la población de la tierra excedería la producción mundial de alimentos, Haber inventó un proceso para c onvertir el nitrógeno atmosférico en fertilizante agrícola. Hoy, el abastecimiento de alimentos de unos 2.000 millones de personas depende de este proceso.

Pero el ingenio de Haber no se limitaba únicamente a la producción de alimentos. Pensaba que la química servía también para resolver el punto muerto en las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Convencido del potencial de una nueva forma de guerra, desempeñó un papel central en el primer ataque con gases en la historia militar, el 22 de abril de 1915. En las tierras de Flandes (Bélgica), se dispersaron unas 150 toneladas de gas de cloro, provocando la muerte de cientos de soldados. Ésta fue descrita como " un ahogamiento en tierra firme " . Una vez que dejó de ser tabú el empleo del veneno en la guerra, las dos partes en conflicto utilizaron el gas mostaza, el cual provoca quemaduras en la piel y causa ceguera.

 

   
" 22 de abril de 1915: muerte de cientos de soldados, descrita como un ahogamiento en tierra firme." 

 

Si no se hubiera restablecido la prohibición del uso de armas envenenadas con el Protocolo de 1925, ¿qué habría ocurrido en la Segunda Guerra Mundial? Si bien en los seis años que duró este conflicto se conculcaron enteramente muchos principios humanitarios fundamentales, todos los beligerantes respetaron el Protocolo de 1925. Podría argüirse que el temor a las represalias tuvo un importante efecto disuasivo. Esto es probable, pero lo cierto es que, sea por temor a las represalias, sea por otras razones, el Protocolo fijó un límite que ningún beligerante se atrevió a traspasar.

El uso del veneno en la guerra, que sólo fue codificado en el Protocolo de 1925, era ya un tabú dos milenios antes y se basaba en las normas de l a guerra de diferentes órdenes morales y culturales. Los antiguos griegos y romanos observaban de forma consuetudinaria la prohibición del uso del veneno y de las armas envenenadas. Unos 50 años a. C., en India, se había prohibido el uso de estas armas en virtud de las Leyes de Manú aplicables en la guerra. Unos mil años después, las normas sobre la conducción de la guerra que los sarracenos extrajeron del Corán prohibían especialmente el envenenamiento.

Tanto el aborrecimiento que causa en la opinión pública el uso de gases en la guerra, expresado en el llamamiento que el CICR hizo en 1918, como el llamamiento que la Institución hizo en favor de la prohibición de ese uso en la Conferencia Internacional de la Cruz Roja en 1921 dieron impulso al movimiento diplomático que llevó a la elaboración del tratado al que rendimos homenaje, 80 años después de su aprobación. Cabe observar que, a pesar de que todos sabemos que ha habido muchas violaciones desde la aprobación del Protocolo de 1925, la norma relativa a las armas envenenadas que éste contiene ha sido respetada en casi toda la miríada de conflictos armados ocurridos desde entonces. Pero nuestro deber hoy no es únicamente celebrar ese logro. También debemos preguntarnos con cuánto celo velamos por que el envenenamiento y la propagación deliberada de enfermedades no se utilicen nunca más en la guerra o con cualquier otro fin hostil. Tenemos que preguntarnos, con la adecuada ponderación, si los regímenes de las Convenciones relativas a las armas químicas y a las armas biológicas conservan su robustez ante la reciente evolución técnica y política.

 

   
" Casi todos los avances más importantes (...) han sido utilizados con fines hostiles." 

 

La obra de Fritz Haber nos confronta con la terribl e verdad del progreso de la ciencia. Casi todos los avances más importantes, independientemente del ámbito en que se hayan logrado, han sido utilizados con fines hostiles. A comienzos del siglo XXI, debemos considerar cuál será el futuro de la humanidad si los más provechosos adelantos en las ciencias de la vida, la biotecnología y la farmacología que actualmente comprobamos son utilizados con fines hostiles.

El progreso que hoy observamos en las ciencias biológicas podría incrementar la eficacia del uso de las armas químicas o biológicas, hacer más fácil su fabricación, reducir el peligro que corre quien las emplea, aumentar la dificultad de su detección y, por ende, hacer que su empleo sea mucho más interesante para un Estado, grupo o persona que desee planificar un ataque. Se puede incluso alterar a distancia el comportamiento y la fertilidad de las personas sin que podamos detectarlo. El uso de agentes farmacéuticos como armas es hoy una realidad con trágicos y demostrables resultados. Quizás no esté lejos el día en que se tenga la capacidad para hacer de un grupo étnico concreto el blanco de un agente biológico. Estas situaciones no son el producto de la imaginación del CICR; han ocurrido claramente o han sido comprobadas por un sinnúmero de expertos gubernamentales e independientes. Por esta razón, en septiembre de 2002, el CICR hizo otro llamamiento público sobre " Biotecnología, Armas y Humanidad " . El Llamamiento contenía tres mensajes: en primer lugar, se llamaba la atención sobre los potenciales peligros inherentes a algunos adelantos en las ciencias de la vida y la biotecnología; en segundo lugar, se subrayaba la pertinencia de las normas jurídicas y éticas que prohíben el envenenamiento y la propagación deliberada de enfermedades y, en tercer lugar, se hacía resaltar la responsabilidad que tienen los Gobiernos, la comunidad científica y la industria de impedir el uso de los avances científicos para lo que no sea en provecho de la humanidad.

 

   
" Aunque aumenta la preocupación sobre la amenaza del terrorismo y el potencial de utilizar agentes químicos o biológicos, hay que reconocer que es sólo una de muchas amenazas del uso indebido de agentes químicos." 

 

La respuesta al Llamamiento del CICR ha sido desigual. La más alentadora procede de científicos y algunas importantes academias de científicos que han comenzado a reflexionar sobre el peligro del uso indebido de su obra y la responsabilidad ética y jurídica que recae sobre ellos de prevenirlo. Desafortunadamente, muchas personalidades de las industrias biotecnológica y farmacéutica se muestran reacias a emprender un intercambio de opiniones sobre el uso indebido que potencialmente puedan tener sus investigaciones y productos. Sin embargo, nos alienta el hecho de que se desplieguen esfuerzos para comprometer a la industria concernida en una " Carta " de prácticas responsables.

Felicitamos, asimismo, a los Estados Partes en la Convención relativa a las armas biológicas por los esfuerzos que han desplegado para determinar una serie de medidas destinadas a prevenir y castigar las violaciones de las disposiciones de este instrumento. No obstante, lamentamos que los fallidos esfuerzos para aprobar un protocolo relativo a la supervisión de la aplicación de esa Convención sigan siendo óbice para llegar a un acuerdo sobre un plan general de acción concertada, cuya realización es acuciante. Aunque aumenta la preocupación sobre la amenaza del terrorismo y el potencial de utilizar agentes químicos o biológicos, hay que reconocer que es sólo una de muchas amenazas del uso indebido de agentes químicos y, sea cual fuere el contexto en que se aborden todas las posibles amenazas, deberán tener se en cuenta el Protocolo de 1925 y la Convención relativa a las armas químicas.

Dado el masivo incremento del número de agentes potencialmente peligrosos junto con los medios para difundirlos, así como la multiplicación de quienes tienen acceso a esos agentes, la humanidad corre el riesgo de perder la batalla contra el envenenamiento y la propagación deliberada de enfermedades. Pero esto puede evitarse. Podremos reducir los peligros si conjugamos nuestros esfuerzos para reafirmar las normas jurídicas y éticas existentes y logramos que no sólo los expertos gubernamentales sino también todos los científicos y la industria interesados se comprometan a cooperar en una acción preventiva.

 

   
" ...la humanidad corre el riesgo de perder la batalla contra el envenenamiento y la propagación deliberada de enfermedades." 

 

El aborrecimiento público, las normas éticas, los códigos de conducta, las medidas preventivas jurídicas y prácticas son los medios a que ha recurrido la humanidad en el transcurso de generaciones y de milenios para protegerse contra el envenenamiento y la propagación deliberada de enfermedades. El debilitamiento de estas formas de protección –por negligencia, por ceder a la tentación de desarrollar nuevos tipos de armas biológicas o químicas, por dificultades políticas insuperables entre las principales Potencias o por fiar la responsabilidad de velar por la aplicación de estas normas a expertos– no va en interés de la humanidad. Empleando los mismos términos del Llamamiento de 2002, el CICR " pide encarecidamente que consideren el umbral en el que nos encontramos y recuerden que formamos parte de una misma humanidad " .

Las normas contenidas en el Protocolo de Ginebra de 1925 y en las dos Conve nciones que se basan en ese instrumento figuran entre los elementos del derecho internacional humanitario más antiguos y fundamentales. Las hemos recibido de las generaciones pasadas como fiadores. Pero para que pervivan, deben ser más que documentos jurídicos, pues no se aplican por sí solas. La vigilancia y el sentido de responsabilidad que requieren deben extenderse fuera de esta sala, a los líderes políticos, a los periodistas y al público en general, a cada científico en su ámbito de especialización, a las personas que subvencionan la investigación científica y a las industrias y las compañías privadas pertinentes. Es probable que, en los próximos años, se ponga a prueba el Protocolo de 1925 como nunca antes. No podemos permitirnos ignorar los riesgos, menoscabar las normas o declinar nuestras responsabilidades. Ya conocemos muy bien algunos de los efectos de las armas químicas y biológicas y no hay razón para que los presenciemos una vez más o para que lleguemos incluso a ser testigos de otro horror antes de que todos los concernidos asuman debidamente sus responsabilidades.