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Debe incrementarse la ayuda a las víctimas de minas antipersonal

03-12-2012 Declaración

12ª Reunión de los Estados Partes en la Convención sobre la prohibición de las minas antipersonal, Ginebra, 3-7 de diciembre de 2012. Alocución inaugural del señor Peter Maurer, presidente del CICR.

Los aniversarios suelen ser un motivo de celebración y, al mismo tiempo, de sobria reflexión. El 15º aniversario de la apertura a la firma de la Convención sobre la prohibición de las minas antipersonal no es una excepción. Hoy tenemos la ocasión de hacer balance de los progresos realizados en los últimos años para erradicar las minas antipersonal en todo el mundo y, lo que es más importante, de recordar el mortífero y perdurable legado de estas armas así como los obstáculos que nos quedan por salvar. Este aniversario debería animar a los Estados a renovar su compromiso de cumplir los objetivos de la Convención.

En este Día Internacional de las Personas con Discapacidad, quisiera rendir tributo a los supervivientes de estas armas, sabedor de que las personas con discapacidad de los países en los que trabaja el CICR suelen ser uno de los grupos más vulnerables y desatendidos.

En muchos aspectos, los logros alcanzados en los últimos 15 años han sido ciertamente extraordinarios. El empleo y la producción de minas antipersonal se han reducido drásticamente, y la información recabada, entre otros, por el Landmine Monitor en relación con las tareas de limpieza, la destrucción de los arsenales y el número de víctimas, que no creo necesario repetir aquí, dan fe del innegable progreso realizado a lo largo de los años para eliminar estas armas y disipar la amenaza que plantean a la población civil.

Sin embargo, estos progresos se están viendo empañados por la titubeante aplicación de algunos de los principales requisitos de la Convención, lo cual entraña unas consecuencias en el terreno de las que el CICR está siendo testigo directo.

En muchos de los 27 contextos de todo el mundo en los que el CICR tiene en marcha programas para reducir el impacto de la contaminación por armas, la mayoría de las minas y artefactos explosivos se concentran en tierras de cultivo, pastos, sistemas de irrigación, zonas residenciales y carreteras. Como bien saben las Partes en la Convención, las repercusiones que ello acarrea para la población civil son nefastas, no sólo por el sufrimiento físico y psicológico que conllevan, sino también por sus costes económicos y sociales.

En este sentido, el CICR está profundamente preocupado por la lentitud con la que se están llevando a cabo las tareas de limpieza en algunos Estados Partes en los que existen zonas minadas. Somos conscientes de que la limpieza de minas es un proceso largo y laborioso, pero nos parece inquietante que muchos Estados Partes desconozcan a estas alturas las dimensiones de sus zonas minadas o que se estén quedando rezagados en sus planes de limpieza. Es urgente que las promesas se traduzcan en hechos y que el trabajo se lleve a cabo.

Si lo que falta es capacidad o conocimientos, el CICR puede facilitar apoyo técnico y fortalecer la capacidad de los Estados para ayudarles a inspeccionar y limpiar las zonas minadas y a cumplir así sus responsabilidades en esta materia. En situaciones de crisis humanitaria y cuando no haya otros actores que puedan llevar a cabo esta labor, el CICR puede encargarse de las actividades de limpieza.

Mientras no se limpien todas las minas y los restos explosivos de guerra, seguirá siendo necesario mitigar su impacto en la medida de lo posible. Camboya, Colombia y Georgia son solo tres de los diversos contextos en los que el CICR y las Sociedades Nacionales de la Cruz Roja llevan a cabo actividades de reducción de los riesgos, que consisten entre otras cosas en facilitar un acceso seguro al agua, la alimentación y otras necesidades vitales o en implantar proyectos de microcréditos para evitar que la población se tenga que dedicar a actividades peligrosas.

Aunque se han realizado avances alentadores en la aplicación de los requisitos de ayuda a las víctimas previstos en la Convención, ni las buenas palabras ni las cifras o datos prometedores cambiarán la dura realidad de la gente que ha quedado discapacitada para siempre por culpa de estas armas y que a duras penas tiene acceso, si es que tiene alguno, a los servicios que necesita. Para un gran número de víctimas de las minas terrestres y otros restos explosivos de guerra que viven en países asolados por las guerras, los compromisos de los Estados todavía se tienen que traducir en una realidad tangible.

Pongamos el ejemplo de Afganistán, país que visité en julio en mi primera misión al extranjero desde que asumí el cargo de presidente del CICR. Una de las cosas que más me impactaron fueron las ingentes necesidades de los supervivientes, si bien es cierto que Afganistán es uno de los países más minados de todo el mundo y que ha hecho progresos considerables para combatir esta lacra. Pero lo que realmente me dejó impresionado y admirado fue la resistencia y la fuerza de voluntad de muchas de esas personas.

En el hospital regional de Mirwais, en Kandahar, vi como ingresaban en el hospital a un grupo de niños que habían tropezado con una mina u otro artefacto explosivo. Sus heridas eran tan espantosas que prefiero no describirlas. En el centro de rehabilitación física del CICR en Kabul vi como decenas de mutilados aprendían a caminar con sus nuevas prótesis, dando un doloroso paso tras otro. Los cerca de 250 colaboradores locales del centro son discapacitados, muchos de ellos a causa de las minas antipersonal. Todos ellos han plantado cara al sufrimiento y a las dificultades para conseguir un cierto grado de independencia. Muchos de sus pacientes han hecho lo mismo con la ayuda del programa de microcréditos del CICR, que les ha permitido montar pequeños negocios.

Aunque no se volviese a producir ningún incidente con minas en el mundo, harían falta décadas para atender a todas las personas heridas por las minas, las municiones en racimo y los restos explosivos de guerra. No me refiero sólo a sus necesidades en materia de salud y rehabilitación física, sino también a las barreras sociales, económicas y físicas que tienen que salvar las personas con discapacidad.

En este Día Internacional de las Personas con Discapacidad, quisiera rendir tributo a los supervivientes de estas armas, sabedor de que las personas con discapacidad de los países en los que trabaja el CICR suelen ser uno de los grupos más vulnerables y desatendidos. La institución está incorporando a sus programas un enfoque que tendrá en cuenta a las personas con discapacidad, y aprovecho la oportunidad que se me brinda hoy aquí para animar a los Estados a que se adhieran a la importante Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad.

En vista del perdurable legado de las minas antipersonal en todo el mundo y de la magnitud de sus consecuencias, es evidente que poco se puede lograr sin el firme compromiso político, humano y financiero de los Estados. Insto a todos los Estados Partes a que renueven las promesas que contrajeron para erradicar de una vez por todas las minas antipersonal, y a que tomen medidas concretas para que los supervivientes y sus familias puedan acceder a los servicios que necesitan para el resto de su vida.

Hace quince años, los Estados Partes, en una muestra de acierto y determinación, abrieron la puerta a la total eliminación de las minas antipersonal a través de un compromiso jurídicamente vinculante. Ojalá el día de hoy sea recordado por la renovación de un liderazgo y compromiso tangibles de los Estados Partes en la Convención. Entonces sí sería un aniversario  digno de celebración.


Fotos

El presidente del CICR, Peter Maurer, en la 12ª reunión de los Estados Partes en la Convención sobre la prohibición de las minas antipersonal. 

El presidente del CICR, Peter Maurer, en la 12ª reunión de los Estados Partes en la Convención sobre la prohibición de las minas antipersonal.
© CICR

El presidente del CICR, Peter Maurer, durante una visita al centro de rehabilitación física en Kabul, en agosto de 2012. 

El presidente del CICR, Peter Maurer, durante una visita al centro de rehabilitación física en Kabul, en agosto de 2012.
© CICR / F. Wahidy / af-e-01877