Las mujeres se enfrentan con grandes penurias cuando sus familiares varones desaparecen en la guerra. Viven en una situación indefinida, aferradas a la esperanza de que sus seres queridos estén con vida. Incluso mucho tiempo después, si no reciben la prueba irrefutable que representan los restos mortales, se rehúsan a creer que la persona está muerta. La incertidumbre les impide llevar a cabo el duelo, por lo cual no pueden comenzar el largo proceso de la recuperación.
Las actividades del CICR en relación con las personas desaparecidas se orientan, en gran medida, hacia las mujeres, dado que la mayoría de las personas que desaparecen o pierden la vida en conflictos armados o en otras situaciones de violencia son hombres; por ende, los miembros de la familia que quedan atrás son, casi siempre, mujeres.