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1-07-1992  Revista Internacional de la Cruz Roja No 112, julio-agosto de 1992, pp. 353-358 por Cornelio Sommaruga
Unidad y pluralidad de los emblemas

Los conflictos armados que ensangrientan a varias zonas del mundo plantean reiteradamente, uno de los problemas fundamentales de la acción humanitaria en tiempo de guerra: la manera de garantizar el respeto de los signos le protección, tras los cuales pueden cobijarse las víctimas de la violencia y las personas que las socorren.

    En 1864, el Convenio de Ginebra creó un signo distintivo uniforme para los servicios sanitarios de los ejércitos, a fin de mejorar la protección debida a los militares heridos y a los miembros de los servicios sanitarios. Casi 130 años más tarde, dos factores menoscaban el valor protector del emblema de los Convenios: el uso abusivo del emblema y su pluralidad.

    Las consecuencias de esta situación se manifiestan en la pérdida de vidas humanas y en sufrimientos inútiles, que conciernen, prioritariamente, al Movimiento Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja. Uno de los principales retos de esta Institución consiste en obtener un respeto total de los emblemas. Las opiniones sobre el alcance simbólico de la cruz roja y de la media luna roja deben dar paso a la preocupación de potenciar el valor protector de estos emblemas, ya que el sistema de protección estipulado en el derecho internacional humanitario perdería gran parte de su sustancia sin el respeto del emblema y de sus condiciones de uso. A continuación, se examina un aspecto de esta problemática: el de la unidad y la pluralidad de los emblemas.

    En los últimos años, los problemas relativos a los emblemas de la cruz roja y de la media luna roja y a la connotación religiosa que se les atribuye han resurgido, periódicamente, en diversos países de varios continentes. El hecho, en especial, de que nuevas Sociedades Nacionales deban hacer frente a dificultades por lo que respecta a la elección del emblema plantea problemas concretos al Movimiento Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja. Unos diez años después de la disolución, por el Consejo de Delegados celebrado en Manila el año 1981, del Grupo de Trabajo encargado de estudiar las cuestiones relativas al emblema, cabe comprobar que todavía no han podido resolverse los problemas que motivaron la creación de ese grupo y que hechos más recientes requieren una nueva reflexión al respecto. Es importante analizar las razones por las cuales la situación actual no es satisfactoria y enumerar las condiciones que debería reunir toda solución realista.

    El objetivo de la unidad del signo distintivo, símbolo del socorro desinteresado a las personas que sufren, es el corolario del ideal fundador del Movimiento. La utilización de un solo emblema por los servicios sanitarios de las diferentes partes en un conflicto pone de relieve los valores fundamentales que las partes adversarias deben tener en común: humanidad para con todas las víctimas, neutralidad para con aquellas que prestan socorros e imparcialidad de la ayuda prestada. Se afirma así la unidad de las civilizaciones humanas por lo que respecta a ciertas normas de comportamiento. Que este Movimiento haya crecido hasta reunir a casi todas las culturas, religiones o nacionalidades, que haya logrado que el mayor número de Estados del mundo amplíe, cada vez más, la protección estipulada en el derecho internacional humanitario en favor de las víctimas de los conflictos armados y que, además, ayude a la población afectada por catástrofes naturales, accidentes o enfermedades son factores que refuerzan la justificación inicial de un emblema único.

    Pero, en la guerra de Oriente de 1876-1878, se faltó a la norma de la unidad del signo, que había sido estipulada en el artículo 7 del Convenio de 1864: el Imperio Otomano informó al depositario del Convenio que, al mismo tiempo que respetaba el signo de la cruz roja que protegía a las ambulancias enemigas, adoptaba, a partir de entonces, para proteger a sus propias ambulancias, el signo de la media luna roja sobre fondo blanco [1]. Desde esa fecha, más de 20 Estados, cuya mayor parte de la población es musulmana, también han adoptado la media luna roja.

    La actitud del CICR fue constante al respecto, alertando contra los peligros inherentes al fraccionamiento del signo de protección: de esa manera, se oponía a la cruz roja, en la que los musulmanes ven un emblema religioso, la media luna roja, que era el emblema nacional y religioso del Imperio Otomano.

    En 1981, en su alocución como presidente del CICR ante la Conferencia Internacional de Manila, el fallecido presidente señor Hay ponía de relieve que «el emblema enarbolado no es exclusivo de un Estado, de un pueblo ni de una religión, sino un signo de respeto debido a la víctima herida e indefensa y de la solidaridad humana en el desamparo».

    Dicho esto, no puede hacerse abstracción de la historia que condujo a la elección de la cruz roja como emblema protector y, después, a la admisión de la media luna roja. No podría ponerse en tela de juicio el valor intrínseco de la cruz roja o de la media luna roja, como tampoco la inquebrantable adhesión de que para millones de seres humanos son objeto. No obstante, la coexistencia de dos signos ha tenido como consecuencia el refuerzo de la connotación religiosa de éstos ante la opinión pública. No cabe duda de que esta identificación con un grupo religioso tiene consecuencias para las víctimas de conflictos en que todos los adversarios hacen uso de un signo diferente. Como ya antes se dijo: «el valor de protección del emblema se debe a que es idéntico para el amigo y para el adversario» [2]. Si el emblema pierde su neutralidad, se corre el gran riesgo de que sea objeto de ataques. La experiencia del CICR en los conflictos de finales de este siglo XX ha despertado su gran preocupación de que se pueda debilitar el valor protector del emblema, en detrimento de las víctimas.

    Por lo demás, la identificación de los emblemas autorizados con dos de las más grandes religiones monoteístas, aunque sea equivocada, es poco compatible con el principio de universalidad. Puede dar la impresión de que se toma partido en favor del cristianismo y del islam, en detrimento de otras religiones: el judaísmo, el hinduismo y el budismo, así como de otras corrientes de pensamiento de inspiración religiosa o laica. De esta manera resulta afectada la credibilidad del emblema según las personas que, con razón, no le atribuyen connotación religiosa alguna. Si quienes integran el Movimiento Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja basan su motivación humanitaria en la fe, el emblema debe simbolizar, ante todo, la unidad de inspiración y de finalidad que los anima. Por otra parte, la reserva que los miembros del Movimiento deben observar en sus actividades humanitarias con respecto a las diferentes corrientes religiosas, incluso a la religión en general, no obstaculiza, en absoluto, su libertad individual en lo espiritual.

    Para el público, la unidad del Movimiento debería reflejarse en un emblema único. Ahora bien, la pluralidad de los signos demuestra una división, así como una incapacidad para resolver ciertas divergencias y eliminar diferencias de índole religiosa o cultural. Lo que otras organizaciones con vocación universal han logrado, especialmente los organismos de las Naciones Unidas, el Movimiento no ha podido lograrlo.

    El Movimiento tampoco ha obtenido la universalidad, que es uno de sus Principios Fundamentales, debido, en parte, a motivos relacionados con los emblemas existentes. La población de algunos países y los miembros de algunas Sociedades Nacionales piensan que no pueden reconocerse en el emblema de la cruz roja o de la media luna roja. Por ejemplo, la Sociedad del Escudo Rojo de David («Magen David Adom» en Israel); aunque presta considerables servicios humanitarios en una zona conflictiva del planeta, no pueden pertenecer formalmente al Movimiento por el hecho de que consideran que no pueden adoptar la cruz roja o la media luna roja. En el pasado, otras Sociedades Nacionales solicitaron el reconocimiento de signos diferentes, que correspondían a sus aspiraciones religiosas, filosóficas o étnicas; pero después renunciaron.

    La situación de algunas Sociedades Nacionales de la Cruz Roja o de la Media Luna Roja en países poblados por comunidades de religión diferente suscita, actualmente, serias preocupaciones. Parte de la población se identifica con un signo y la otra con otro emblema, dividiendo así a la Sociedad Nacional. Tales antagonismos pueden tener consecuencias para el reclutamiento de los voluntarios, así como para la credibilidad de la Sociedad Nacional. En caso de conflicto interno, cuando se pone más duramente a prueba la cohesión de la Sociedad Nacional, el fraccionamiento de las secciones locales que adoptasen uno u otro emblema haría perder el cometido protector al signo distintivo. Precisamente cuando su intervención sería más necesaria, la Sociedad Nacional se vería paralizada por esas divisiones.

    Al respecto, cabe también poner de relieve el peligro de la proliferación de emblemas que plantea la existencia de dos signos, cada uno de ellos identificado con una religión en particular. Cuando se encuentra tal connotación, surgen otras solicitudes de reconocimiento de emblemas. Multiplicar los emblemas sería disminuir cada vez más su valor protector. En el peor de los casos, los signos partidistas se convertirían en objeto de ataques. La adopción de uno o de varios nuevos signos con connotación particular, que sólo serían válidos en un país o en un pequeño número de países, contribuiría a dividir al Movimiento y a debilitar la eficacia protectora del emblema.

    Actualmente, no hay solución fácil para estos problemas. El hecho de que el Grupo de Trabajo del Movimiento, disuelto en 1981, no pudiera formular propuestas aceptables indica claramente las dificultades que tiene la búsqueda de una solución. Sin embargo, el Movimiento no puede eludir este reto. Debe hacer todo lo posible por encararlo, de conformidad con el principio de humanidad, en el que se le solicita que favorezca la comprensión mutua y la amistad entre los pueblos, y con el principio de universalidad en el que se le impone estar abierto a todos. A fin de evitar que las discrepancias políticas, religiosas e ideológicas que dividen al mundo contemporáneo se conviertan en motivos de ruptura y en portadores de riesgos de nuevos conflictos, el Movimiento tiene el deber de manifestar, en el ámbito humanitario, una cohesión que, además, debe reflejarse por lo que atañe a la cuestión del emblema. Más allá de los problemas concretos, relativos a la índole religiosa que algunos atribuyen a los emblemas de la cruz roja y de la media luna roja -tanto más importantes cuanto que, en situaciones conflictivas o de disturbios, hay vidas humanas que dependen del respeto de esos signos-, el reto que se plantea es la coexistencia entre comunidades culturales y religiosas diferentes.

    Así pues, el CICR desea que se haga un nuevo examen de la cuestión y desea, asimismo, contribuir en él abiertamente. La búsqueda de una solución, cualquiera que sea, deberá reunir cuatro condiciones, cuya pertinencia han demostrado las experiencias anteriores del Movimiento:

    • tal solución deberá ser ampliamente aceptable;
    • los Estados y las Sociedades Nacionales que utilizan uno de los signos reconocidos no deberán estar obligados a renunciar a él o a modificar su emblema si no es su deseo;
    • cualquier nuevo signo eventual deberá ser de una sencillez gráfica tal que pueda ser bien visible a distancia, no comportar connotación religiosa, política, étnica o de otra índole, y ser objeto de una gran difusión, ya en tiempo de paz, a fin de que las personas que deban respetarlo puedan identificarlo fácilmente; y
    • debe evitarse la multiplicación de los signos, que no dejaría de ocurrir si hubiera demasiada libertad de elección.

    No obstante, si se emprende una nueva búsqueda, se trata, de entrada, de ser realistas en dos aspectos: que se adopte de nuevo la cruz roja como emblema único, deseo que el CICR expresó durante mucho tiempo, ya no es posible, mucho menos por cuanto, actualmente, es inconcebible imaginar un acuerdo de todos los componentes del Movimiento para abandonar los signos existentes, que millones de personas llevan en su corazón.

    Por otra parte, la utilización de los emblemas de la cruz roja y de la media luna roja yuxtapuestos (lo que iría en contra del derecho existente, puesto que en el artículo 38 del I Convenio de Ginebra del 12 de agosto de 1949 se prevé el uso de la media luna roja en lugar de la cruz roja, y no junto a ésta) no dejaría de tener graves inconvenientes. Se reforzaría la connotación religiosa de los dos signos. La generalización del empleo del doble emblema también tendría como enojosa consecuencia cerrar la puerta a cualquier solución que puedan tener las Sociedades Nacionales que no pueden adoptar la cruz roja ni la media luna roja; seguirán surgiendo, periódicamente, solicitudes de reconocimiento de nuevos signos. Por último, la visibilidad a distancia de todo signo combinado, con un grafismo complicado (cruz roja y media luna roja, u otros signos yuxtapuestos) deja mucho que desear, como se ha podido demostrar. Cuando se despliegan grandes esfuerzos para mejorar la identificación de las personas y de los bienes protegidos según el derecho internacional humanitario, es necesario apreciar este argumento debidamente.

    El CICR desea, pues, un debate abierto y sereno sobre esta cuestión. Por lo que a él respecta, está preparado para contribuir en el mismo, así como para examinar toda propuesta que permita encontrar una solución. Por su parte, ha llegado a la conclusión de que la solución de un tercer signo presenta importantes ventajas y merecería un detenido examen en el Movimiento. En el caso de que el Movimiento acepte que se ponga a disposición de los Estados y de las Sociedades Nacionales que lo deseen un tercer signo, se podrían evitar los inconvenientes antes mencionados por lo que respecta a los emblemas existentes. Tal signo debería responder a las exigencias de la visibilidad, no tener connotación religiosa, política, cultural u otra y ser elegido con el mayor cuidado.

    Sin duda, los emblemas de la cruz roja y de la media luna roja siguen gozando de un gran respeto y cumplen su función de protección en la gran mayoría de tos casos. Además, el CICR es totalmente consciente del hecho de que sólo los Estados pueden modificar la situación existente por lo que respecta a los emblemas.

    Sin embargo, los hechos antes citados deberían inducir al Movimiento a examinar de nuevo estos problemas. El estudio emprendido con respecto al futuro del Movimiento es una oportunidad para hacerlo. Debe presentarse al Consejo de Delegados cualquier propuesta y, después, sin duda alguna, a los Estados Partes en los Convenios de Ginebra, si ello implica la modificación de estos tratados.


    *******

    Cornelio Sommaruga, Presidente, Comité Internacional de la Cruz Roja

    Notas:

    1. Véase al respecto: El emblema de la Cruz Roja. Reseña histórica, por F. Bugnion, Ginebra, CICR, 1977.

    2. Véase François Bugnion, «El emblema de la cruz roja y el de la media luna roja», RICR, Núm. 95, septiembre-octubre de 1989, p. 441.


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