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5-05-2008  Reportaje  
Argentina: el restablecimiento del contacto entre familiares en situaciones de conflicto armado o de violencia
Irene Quaglia es, desde hace treinta años, encargada de las actividades de búsqueda de la delegación del CICR en Buenos Aires. Como responsable del restablecimiento del contacto entre familiares, ha trabajado durante dos momentos dramáticos de la historia argentina: la violencia de los años de 1970 y la guerra por las islas Falkland/Malvinas. En este artículo, comparte sus recuerdos.

Irene Quaglia

Mi primera tarea en la Agencia de Búsquedas fue armar listas de personas desaparecidas en los años 1977 a 1979. Luego de anotar todos los datos, confeccionábamos las listas sobre los escritorios y, cuando no había lugar, directamente sobre el piso. En esa época no contábamos con computadoras.

Recibíamos a diario múltiples denuncias de personas desaparecidas. Yo no tenía demasiada conciencia de lo que los nombres en las listas representaban. En este país, nadie parecía estar muy enterado de lo que estaba pasando y la gente todavía festejaba el triunfo en el mundial de fútbol de 1978.

A los pocos días de comenzar mi trabajo, vi por la ventana de la oficina a un señor de aspecto muy humilde, de baja estatura, calvo, con un gorro de paño que hacía girar en sus manos. Acababa de ser atendido por una de mis colegas y cruzaba la calle de un lado a otro, como si hubiera olvidado preguntar algo y no se atreviera a volver a entrar. Había venido a buscar noticias de su hija desaparecida. La imagen de ese padre jamás se borrará de mi memoria.

En Chile se vivía por esos años una situación parecida a la de Argentina. Las personas a las que se les permitía salir de su país de origen llegaban a Buenos Aires para obtener su título de viaje y poder seguir a un país de acogida, generalmente Canadá o países de Europa, como Bélgica y Francia. Muchas veces perdían el contacto con su familia, pues no se atrevían a dar noticias de su paradero por temor e inseguridad.

No mucho tiempo después, un conflicto armado nos tocó muy de cerca: comenzó la guerra de Falkland/Malvinas. El CICR estuvo presente en el terreno con sus delegados y delegados médicos. Entregaban carpas, bolsas de sangre y otros artículos de suma necesidad y, por supuesto, confeccionaban listas de los soldados que visitaban. Aquí en Buenos Aires, casi todo el personal local atendía a los familiares que a diario se presentaban para conocer noticias de los soldados en las islas.

Generalmente, eran los padres los que nos visitaban. Los hijos de muchos de ellos se encontraban vivos y con buena salud. Puedo asegurar que no hay una sonrisa en el mundo que iguale a la de un padre al que le informan que su hijo se encuentra con vida. Por lo general, en el primer momento, ni siquiera se acuerdan de preguntar si es buena su salud; sólo importa eso: haberlo encontrado, haberlo recuperado.

Pero no siempre la noticia que teníamos para dar era buena. Entre las personas que en esos momentos me tocó atender, estaba un matrimonio que tenía a su hijo embarcado en el Crucero General Belgrano, un buque argentino que fue hundido por la armada británica. Luego del hundimiento, esta familia empezó a visitarnos para averiguar qué había pasado con su hijo; muy pronto tuvimos la lista de los pocos sobrevivientes y el hijo de este matrimonio no figuraba en ella.

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A través de su delegación en Buenos Aires, el CICR provee en la actualidad títulos de viaje a personas provenientes de países en conflicto que buscan refugio en Argentina o en terceros países y entrega certificaciones a veteranos de la guerra de Falkland/Malvinas.

Al mismo tiempo, corría el rumor, que luego supimos que era infundado, de que las tropas inglesas habrían recogido a varios sobrevivientes. Esa incertidumbre de no saber dónde estaba su hijo fue lo que deterioró más a los padres. La madre, una mujer relativamente joven, en tan sólo un mes, tenía el aspecto de una anciana a la que ya no le quedaban fuerzas para luchar. Sólo se sentaba frente a mí y lloraba. Creo que lo peor de todo fue la búsqueda sin resultados, el hecho de no poder encontrar a su hijo ni vivo ni muerto.

Desconocer el paradero de un ser querido es uno de los mayores sufrimientos para una persona, porque, si bien es triste y doloroso tener a un padre, un hijo o un hermano encarcelado o muerto, mucho más doloroso es no saber que pasó con él. La incertidumbre y la desolación es la misma, ya sea que se perdió el contacto a causa de la guerra, la violencia o la emigración.

Muchas veces es difícil, para quien necesita encontrar a un ser querido, entender que no pudo lograrse el objetivo, y así como he recibido el reconocimiento y el agradecimiento de muchos, también tuve que recibir, a veces, las críticas de personas que no entendieron que no tenía la posibilidad de ayudarlos. Pero, en compensación, no hay mayor alegría que poder colaborar y ayudar a quienes sufren estas situaciones y poder restablecer el contacto entre familiares.

© ICRC / cl-n-00001-33
1973, Chile. Delegados del CICR entregan cartas con noticias familiares a un grupo de detenidos.

©ICRC/Luc Chessex/V-P-FK-D-00001-08
1982, a bordo del buque hospital británico HMS Hecla. Un delegado del CICR registra los datos de los prisioneros de guerra argentinos.

© ICRC
1991, cementerio militar de las islas Falkland/Malvinas, tumba de dos soldados desconocidos. En 1991, familiares de soldados argentinos muertos durante el conflicto visitaron, bajo los auspicios del CICR, el cementerio militar de las islas.

Vea también el testimonio del delegado del CICR Edmond Corthésy.


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5-05-2008